La perfección se alcanza mediante la obediencia y la perseverancia
Por el élder Lorenzo Snow, pronunciado en la Conferencia General, en Salt Lake City, el lunes 7 de abril de 1879 por la mañana.
El Señor nos manda llegar a ser perfectos y nos proporciona, mediante el Evangelio y el Espíritu Santo, la ayuda necesaria para superar nuestras debilidades y perseverar sin desanimarnos.
Las bendiciones del Evangelio solo se obtienen mediante el cumplimiento de la ley
«Y siendo Abram de edad de noventa y nueve años, se le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto».
En relación con esto, citaré parte de las palabras del Salvador en Su Sermón del Monte, que se encuentran en el último versículo del capítulo 5 de Mateo.
«Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto».
Al ocupar unos breves momentos esta mañana, deseo contar con su fe y sus oraciones.
Aprendemos que el Señor se apareció a Abraham y le hizo promesas muy grandes, y que, antes de que estuviera preparado para recibirlas, se le impuso cierto requisito: que llegara a ser perfecto delante del Señor. Y el Salvador impuso el mismo requisito a Sus discípulos: que llegaran a ser perfectos, así como Él y Su Padre Celestial eran perfectos. Considero que este es un asunto que concierne a los Santos de los Últimos Días; y deseo ofrecer algunas observaciones a modo de sugerencia, para la reflexión de aquellos a quienes concierne.
El Señor se propone conferir las más altas bendiciones a los Santos de los Últimos Días; pero, al igual que Abraham, debemos prepararnos para recibirlas, y para ello se nos ha dado, a fin de que la observemos, la misma ley que él recibió del Señor. También a nosotros se nos exige alcanzar un estado de perfección delante del Señor; y en este caso, como en todos los demás, el Señor no ha establecido un requisito que no pueda cumplirse, sino que, por el contrario, ha puesto a disposición de los Santos de los Últimos Días los medios por los cuales pueden ajustarse a Su santo orden. Cuando el Señor impuso este requisito a Abraham, le dio los medios por los cuales podía capacitarse para obedecer aquella ley y cumplir plenamente con lo requerido. Él tenía el privilegio de contar con el Santo Espíritu, pues se nos dice que el Evangelio fue predicado a Abraham, y mediante ese Evangelio podía obtener la ayuda divina que le permitiría comprender las cosas de Dios; y sin ella ningún hombre podría alcanzar un estado de perfección delante del Señor. Así sucede también con los Santos de los Últimos Días: les sería imposible alcanzar semejante nivel moral y espiritual sin ayuda y asistencia sobrenaturales. Tampoco esperamos que los Santos de los Últimos Días puedan o vayan a ajustarse de inmediato a esta ley en todas las circunstancias. Se requiere tiempo; se requiere mucha paciencia y disciplina de la mente y del corazón para obedecer este mandamiento. Y aunque al principio fracasemos en nuestros intentos, esto no debe desanimar a los Santos de los Últimos Días en su empeño por ejercer la determinación de cumplir con este gran requisito. Abraham, aunque tuviera fe para andar delante del Señor conforme a esta ley divina, pasó por momentos en que su fe fue duramente probada; sin embargo, no se desanimó, porque ejercía la determinación de cumplir la voluntad de Dios. Quizás pensemos que no podemos vivir conforme a la ley perfecta, que la labor de perfeccionarnos es demasiado difícil. Esto puede ser cierto en parte, pero sigue siendo un mandamiento del Todopoderoso para nosotros y no podemos ignorarlo. Cuando pasamos por momentos de prueba, es precisamente entonces cuando debemos aprovechar el gran privilegio de invocar al Señor para pedir fortaleza y entendimiento, inteligencia y gracia, mediante los cuales podamos vencer la debilidad de la carne contra la que debemos librar una lucha continua.
Abraham fue llamado a dejar su parentela y su país. Si no hubiera cumplido con este requisito, no habría recibido la aprobación del Señor. Pero lo cumplió; y mientras dejaba su hogar, sin duda estaba viviendo en obediencia a esta ley divina de perfección. Si hubiera fallado en esto, ciertamente no habría podido obedecer lo que el Todopoderoso le requería. Y mientras dejaba la casa de su padre y se sometía a esta prueba, estaba haciendo aquello que su propia conciencia y el Espíritu de Dios le indicaban que era justo hacer, y nadie podría haberlo hecho mejor, siempre que no estuviera obrando mal al llevar a cabo esa labor.
Cuando los Santos de los Últimos Días recibieron el Evangelio en las naciones lejanas, y cuando la voz del Todopoderoso les mandó dejar las tierras de sus padres y abandonar a su parentela, como lo hizo Abraham, en la medida en que cumplieron con este requisito, estaban andando en obediencia a esta ley; y eran tan perfectos como podían serlo los hombres en aquellas circunstancias y en la esfera en que actuaban, no porque fueran perfectos en conocimiento o poder, etc., sino en sus sentimientos, su integridad, sus motivos y su determinación. Y mientras cruzaban el gran océano, siempre que no murmuraran ni se quejaran, sino que obedecieran los consejos que se les daban y se comportaran debidamente en todos los aspectos, eran tan perfectos como Dios requería que fueran.
El Señor tiene el propósito de llevarnos al reino celestial. Ha dado a conocer, mediante revelación directa, que somos Su descendencia, engendrados en los mundos eternos, y que hemos venido a esta tierra con el propósito especial de prepararnos para recibir la plenitud de la gloria de nuestro Padre cuando regresemos a Su presencia. Por tanto, debemos procurar la capacidad de guardar esta ley, de santificar nuestros motivos, deseos, sentimientos y afectos, para que sean puros y santos, y para que nuestra voluntad esté en todas las cosas subordinada a la voluntad de Dios, sin tener voluntad propia salvo la de hacer la voluntad de nuestro Padre. Un hombre así es perfecto en su esfera y se hace acreedor a la bendición de Dios en todo lo que hace y adondequiera que va. Pero estamos sujetos a la insensatez, a la debilidad de la carne, y somos más o menos ignorantes, por lo que estamos expuestos a errar. Sí, pero esa no es razón para que dejemos de sentir el deseo de cumplir este mandamiento de Dios, especialmente cuando vemos que Él ha puesto a nuestro alcance los medios para realizar esta obra. Así entiendo el significado de la palabra perfección, tal como la expresaron nuestro Salvador y el Señor al hablar con Abraham. Una persona puede ser perfecta en algunas cosas y no en otras. Quien obedece fielmente la Palabra de Sabiduría es perfecto en lo que respecta a esa ley. Cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y fuimos bautizados para su remisión, fuimos perfectos en lo que respecta a ese asunto. Ahora bien, el apóstol Juan nos dice que «somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es». «Y todo aquel que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, así como él [Cristo] es puro». Los Santos de los Últimos Días esperamos alcanzar este estado de perfección; esperamos llegar a ser como nuestro Padre y Dios, hijos aptos y dignos de morar en Su presencia; esperamos que, cuando aparezca el Hijo de Dios, recibiremos nuestros cuerpos renovados y glorificados, y que «estos cuerpos de humillación serán transformados para ser semejantes a su cuerpo de gloria». Estas son nuestras expectativas. Ahora, que todos los presentes se hagan esta pregunta: ¿Están bien fundadas nuestras expectativas? En otras palabras, ¿estamos procurando purificarnos? ¿Cómo puede un Santo de los Últimos Días sentirse justificado en su interior a menos que esté procurando purificarse, así como Dios es puro, a menos que esté procurando conservar una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres todos los días de su vida? Sin duda, muchos de nosotros andamos día tras día, semana tras semana y mes tras mes delante de Dios, sin sentir condenación alguna, comportándonos debidamente y buscando con fervor y con toda mansedumbre que el Espíritu de Dios dirija nuestro proceder diario; y, sin embargo, puede haber algún momento o algunos momentos de nuestra vida en que seamos puestos a prueba de manera severa y quizás seamos vencidos; aun si así fuera, esa no es razón para que no volvamos a intentarlo, y ello con renovadas energías y determinación para alcanzar nuestro objetivo. Tenemos, por ejemplo, al apóstol Pedro, un hombre valiente en la defensa de la verdad, que andaba delante de Dios de una manera que contaba con Su aprobación divina; en cierta ocasión le dijo al Salvador que, aunque todos lo abandonaran, él no lo haría. Pero el Salvador, previendo lo que sucedería, le dijo que aquella misma noche, antes de que cantara el gallo, lo negaría tres veces, y así lo hizo. Demostró que no estaba a la altura de la prueba; pero después adquirió fortaleza, y su mente llegó a estar tan disciplinada que semejantes pruebas no podían afectarlo. Y si pudiéramos leer en detalle la vida de Abraham o la de otros hombres grandes y santos, sin duda descubriríamos que sus esfuerzos por ser justos no siempre se vieron coronados por el éxito. Por eso, no debemos desanimarnos si somos vencidos en un momento de debilidad; por el contrario, debemos arrepentirnos de inmediato del error o del mal que hayamos cometido, repararlo en lo posible y después acudir a Dios en busca de renovada fortaleza para seguir adelante y hacerlo mejor.
Abraham podía andar perfectamente delante de Dios día tras día mientras dejaba la casa de su padre, y dio muestras de una mente superior y bien disciplinada en el proceder que propuso cuando sus pastores riñeron con los pastores de su sobrino Lot. Sin embargo, llegó un momento en la vida de Abraham que debió de haber sido sumamente difícil; de hecho, apenas puede concebirse algo más severo: fue cuando el Señor le mandó ofrecer en sacrificio a su amado y único hijo, precisamente aquel por medio de quien esperaba el cumplimiento de la gran promesa que el Señor le había hecho; pero, al manifestar una disposición apropiada, pudo superar la prueba y demostrar a Dios su fe e integridad. Difícilmente puede suponerse que Abraham heredara semejante disposición de ánimo de sus padres idólatras; pero es razonable creer que, bajo la bendición de Dios, pudo adquirirla después de pasar por una lucha con la carne semejante a la nuestra, siendo sin duda vencido algunas veces y después venciendo, hasta que pudo soportar una prueba tan severa. «Haya, pues, en vosotros este sentir», dice el apóstol Pablo, «que hubo también en Cristo Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios». Ahora bien, todo hombre que tenga este objetivo ante sí se purificará, así como Dios es puro, y procurará andar perfectamente delante de Él. Tenemos nuestras pequeñas insensateces y debilidades; debemos procurar vencerlas lo más pronto posible, y debemos inculcar este sentimiento en el corazón de nuestros hijos, para que el temor de Dios crezca con ellos desde su más tierna edad y aprendan a comportarse debidamente delante de Él en todas las circunstancias. Si un esposo puede vivir un día con su esposa sin reñir, sin tratar a nadie con falta de bondad y sin contristar de ninguna manera al Espíritu de Dios, hasta ahí todo está bien; hasta ese punto es perfecto. Que procure entonces ser igual al día siguiente. Pero supongamos que fracasa en su intento del día siguiente. Esa no es razón para que no pueda lograrlo al tercer día. Si el apóstol Pedro se hubiera desanimado por su evidente fracaso en mantener la posición que había adoptado de permanecer junto al Salvador en todas las circunstancias, lo habría perdido todo; en cambio, al arrepentirse y perseverar, no perdió nada, sino que lo ganó todo, dejándonos también a nosotros la oportunidad de beneficiarnos de su experiencia. Los Santos de los Últimos Días deben cultivar constantemente esta aspiración que los apóstoles de la antigüedad expusieron con tanta claridad. Debemos procurar andar cada día de tal manera que nuestra conciencia esté libre de ofensa ante todos. Y Dios ha dispuesto en la Iglesia ciertos medios por los cuales podemos recibir ayuda, a saber: apóstoles, profetas, evangelistas, etc., «a fin de perfeccionar a los santos», etc. Y también nos ha conferido Su Santo Espíritu, que es una guía infalible y permanece a nuestro lado como un ángel de Dios, diciéndonos qué hacer y proporcionándonos fortaleza y socorro cuando se presentan circunstancias adversas en nuestro camino. No debemos permitirnos caer en el desánimo cada vez que descubrimos nuestra debilidad. Apenas podemos encontrar, entre todos los gloriosos ejemplos que nos han dado los profetas antiguos o modernos, un caso en que permitieran que el maligno los desanimara; por el contrario, procuraban constantemente vencer, ganar el premio y prepararse así para una plenitud de gloria. El profeta Elías lo logró. Anduvo de tal manera delante de Dios que fue digno de ser trasladado. Y Enoc fue hallado digno de andar con Dios unos 300 años y, finalmente, fue llevado al cielo junto con su pueblo.
Se nos dice que en los últimos días «no habrá más allí niño que viva pocos días ni anciano que sus días no cumpla, porque el niño morirá de cien años». Y en otro pasaje de las Escrituras se nos dice que la edad del niño será como la edad de un árbol y que no morirá hasta ser viejo, y entonces no dormirá en el polvo, sino que será transformado en un abrir y cerrar de ojos. Pero en aquellos días las personas deberán vivir perfectamente delante del Señor, porque se nos dice en el mismo pasaje que «el pecador», en lugar de ser favorecido, «de cien años será maldito». Cuando lleguemos a comprender que verdaderamente tenemos en nosotros mismos, mediante el Evangelio que hemos recibido, el poder de vencer nuestras pasiones y apetitos, y de someter en todo nuestra voluntad a la voluntad de nuestro Padre Celestial, y que, en vez de ser motivo de sentimientos desagradables en nuestro círculo familiar y entre aquellos con quienes nos relacionamos, podemos contribuir en gran manera a crear un pequeño cielo sobre la tierra, entonces podrá decirse que la batalla está medio ganada. Una de las principales dificultades que muchos padecen es que somos demasiado propensos a olvidar el gran objeto de la vida, el motivo por el cual nuestro Padre Celestial nos envió aquí para revestirnos de mortalidad, así como el santo llamamiento con que hemos sido llamados; y por eso, en lugar de elevarnos por encima de las pequeñas cosas pasajeras de esta vida, con demasiada frecuencia nos permitimos descender al nivel del mundo, sin aprovechar la ayuda divina que Dios ha dispuesto y que es lo único que puede permitirnos vencerlas. No somos mejores que el resto del mundo si no cultivamos el deseo de ser perfectos, así como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
Esta fue la exhortación del Salvador a los santos de la antigüedad, personas de pasiones semejantes a las nuestras y sujetas a las mismas tentaciones que nosotros, y Él sabía si podían cumplirla o no; el Señor nunca ha requerido ni requerirá de Sus hijos cosas que les sea imposible realizar. Los élderes de Israel que esperan salir a predicar el Evangelio de salvación en medio de una generación torcida y perversa, entre personas llenas de maldad y corrupción, deben cultivar especialmente este espíritu. Y no solo ellos, sino todos, cada joven y cada jovencita que pertenezca a esta Iglesia y sea digno de ser llamado santo, deben cultivar este deseo de cumplir con este requisito, para que su conciencia esté limpia delante de Dios. Es hermoso, tanto en los jóvenes como en los ancianos, tener este objetivo presente; es especialmente grato ver a nuestros jóvenes seguir un proceder que permita que la luz y la inteligencia de Dios resplandezcan en sus rostros, para que tengan una comprensión correcta de la vida y puedan vivir por encima de las insensateces y vanidades del mundo y de los errores y la maldad de los hombres.
Que Dios los bendiga, hermanos y hermanas, y derrame Su Santo Espíritu sobre ustedes, para que sean bendecidos en todos sus actos, en sus entradas y salidas y en el cumplimiento de cada deber, y sean bendecidos al invocar al Todopoderoso; que Su Espíritu sea en ustedes como una fuente de agua que brote para vida eterna, para guiarlos en Su temor a través de todas las circunstancias de la vida, es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.


























