El cumplimiento de las profecías y la renovación de la tierra.
Por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo, Salt Lake City, el domingo 23 de junio de 1878 por la tarde.
El Señor cumplirá Sus promesas, purificará la tierra de la iniquidad y la dará como herencia eterna a los justos.
Interpretación de las Escrituras—Los aparentes milagros se realizan fácilmente cuando son necesarios—La desobediencia trae calamidades—El cumplimiento de las profecías.
Llamaré la atención de la congregación a una parte de una profecía de Malaquías, que se encuentra en el último capítulo del Antiguo Testamento.
“Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; y aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama.
“Mas para vosotros, los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia y en sus alas traerá sanidad; y saldréis y saltaréis como terneros del establo.
“Y hollaréis a los malos, porque serán ceniza ba-[p. 8b]jo las plantas de vuestros pies en el día en que yo actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos”. Mal. 4:1–3
Al levantarme y abrir la Biblia, sucedió que la abrí en las palabras que acabo de leer, las cuales fueron pronunciadas por medio de Malaquías, uno de los últimos profetas de la antigüedad. Son palabras muy conocidas por los Santos de los Últimos Días, pues a menudo se les ha llamado la atención sobre ellas. Al leer las profecías de los santos profetas, esperamos que la parte de ellas que aún no se ha cumplido se cumpla a su debido tiempo y en su debida época. No leemos las Escrituras como lo hace la mayoría de los habitantes de la tierra, pensando que hay que darles un sentido espiritual. [p. 9a] Apenas hay profecía que esta generación, así como algunas de las generaciones pasadas, no interprete como si significara algo completamente distinto de lo que dice. Consideran que los hombres inspirados dicen una cosa y quieren decir otra, y que la única manera de determinar el significado que realmente desean comunicar es conseguir que un hombre no inspirado les dé otro significado completamente distinto de la interpretación literal de las palabras del escritor inspirado. Son relativamente pocas las personas entre las naciones de la cristiandad que difieren de la creencia predominante, a saber, que la Biblia es un libro que solo puede entenderse mediante el saber y la sabiduría del hombre; que el predicador no inspirado, que quizá sea muy instruido según la manera de los hombres, está mucho mejor capacitado para interpretar las cosas de Dios que aquel o aquellos por medio de quienes fueron pronunciadas. Los Santos de los Últimos Días que hayan recibido una formación semejante estaban más o menos inclinados a sostener tales opiniones; pero cuando abrazaron el Evangelio sempiterno y recibieron el Espíritu Santo, ese mismo Espíritu por el cual fueron escritas las Escrituras, 2 Pe. 1:20–21 se corrigieron sus juicios y aprendieron que toda la palabra de Dios que aún no se haya cumplido se cumplirá, D. y C. 29:30 JS—M 1:35 y que debe entenderse bajo la misma luz y en el mismo sentido en que entenderíamos los escritos de personas no inspiradas cuando escriben de manera sencilla y clara sobre algún tema particular. Esto es algo que todo hombre de inteligencia común, sin instrucción académica alguna, es plenamente capaz de hacer, especialmente cuando se utiliza un lenguaje sencillo y fácil de comprender. Por ejemplo, cuando recibimos cartas y comunicaciones de nuestros amigos que están lejos, [p. 9b] nunca pensamos en dar un significado diferente a sus frases y afirmar que no quisieron decir lo que escribieron. Por tanto, cuando los antiguos profetas predijeron que “viene el día ardiente como un horno”, y que “todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; y aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama”, Mal. 4:1 debemos creer que el profeta quiso decir precisamente lo que dijo. Cuando leemos en el libro de Génesis acerca de las lluvias que cayeron de los cielos e hicieron que un diluvio de aguas inundara la tierra, en cumplimiento de cierto mensaje de amonestación que se había predicado previamente a las personas que vivían entonces, por el cual fueron barridas y se ahogaron, debemos creer que el escritor inspirado que escribió esas palabras describió el acontecimiento tal como ocurrió, al menos en lo que respecta a los hechos generales, y que el diluvio del que se habla fue una masa literal de agua, y que efectivamente cubrió todas las partes de la tierra. Gén. 7:4–24 No digo que el diluvio cubriera toda la faz de la tierra en el mismo instante; pero antes de que las aguas descendieran, Gén. 8:1–3 todas las partes habitables de la tierra firme quedaron cubiertas por las aguas. El escritor inspirado no explica cómo se llevó a cabo esto, sino que nos deja hacer conjeturas. El Señor dispone de muchísimas maneras y medios para producir un acontecimiento de esta naturaleza. Por ejemplo, cuán fácil sería ahogar a todos los habitantes de las regiones templadas y árticas con solo detener la rotación de la tierra sobre su eje. A menos que se realizara otro milagro para impedir que las aguas acumuladas alrededor de las regiones ecuatoriales fluyeran [p. 10a] hacia las regiones polares, necesariamente, a medida que la tierra comenzara a detenerse o a girar más lentamente sobre su eje, las aguas de la región ecuatorial fluirían hacia las dos regiones polares. Para un matemático sería fácil demostrar la profundidad de las aguas en cualquier parte o latitud de nuestro globo si tal acontecimiento se produjera. Al retirarse de la gran región ecuatorial, las aguas cubrirían las grandes montañas que tenemos al este, y nosotros, a esta altitud, quedaríamos sepultados bajo una profundidad de agua de más de una milla. No digo que ese fuera el medio que el Señor empleó para que fueran “rotas todas las fuentes del gran abismo”. Gén. 7:11 Puede haber habido otras causas desconocidas para nosotros; pero afirmar que nunca ocurrió tal acontecimiento carece por completo de fundamento. Sin embargo, podría decirse que esto no cubriría toda la tierra firme, sino que dejaría las tierras ecuatoriales aún más elevadas sobre el océano, y si todas las tierras del mundo habían de quedar bajo el agua, ¿cómo podría explicarse eso? Muy fácilmente. Hagan que la tierra gire sobre su eje con mayor rapidez de la que gira ahora, digamos, por ejemplo, en la mitad del tiempo —en doce horas en lugar de veinticuatro—, y todas las tierras ecuatoriales de nuestro globo quedarían sumergidas. Cuán fácil sería para el Señor hacer que la tierra girara con mayor rapidez y luego volviera a girar más lentamente, y producir los efectos que se atribuyen al diluvio.
Por tanto, cuando leemos que la tierra quedó una vez despoblada, con excepción de unas pocas personas que se salvaron en el arca, 1 Pe. 3:20 ¿por qué habría de considerarse increíble que el Señor volviera a despoblar nuestro globo, no mediante un diluvio, sino mediante fuego consumidor? Isa. 29:6 Podría decirse que no comprendemos cómo puede un fuego universal extenderse sobre toda la faz [p. 10b] de la tierra. Hay diversas maneras en que esto podría llevarse a cabo. ¿Cómo hizo el Señor, en la antigüedad, que se desatara fuego entre los hijos de Israel cuando transgredieron Sus santas leyes y cuando murmuraron y se quejaron contra Dios? Se nos dice que de Su presencia salió fuego y que reposó sobre el tabernáculo; Él estaba en el tabernáculo y Su nube estaba sobre el tabernáculo; Éx. 40:38 y de ese centro, o del lugar donde el Señor escogió manifestar y mostrar Su gloria, salió fuego y destruyó a muchos del pueblo. Lev. 10:1–2 Núm. 11:1 Núm. 16:35 Núm. 26:10 Ustedes podrían decir: “Pero ese fue un fuego sobrenatural que procedió de la presencia de Dios, del tabernáculo, y consumió a miles de transgresores”. Yo preguntaría: ¿No puede el mismo Ser que fue capaz de producir esta destrucción por fuego sobre unos cuantos miles de personas hacer que sus efectos sean más extensos y universales? ¿No tiene el mismo poder para producir un fuego sobrenatural sobre toda la tierra, hasta consumir a “todos los soberbios y todos los que hacen maldad”, Mal. 4:1 quemándolos literalmente y convirtiendo sus cuerpos en “ceniza”, Mal. 4:3 como un agricultor que prende fuego y quema la estopa de sus campos? Pues bien, ustedes dicen: “Si admitimos que lo primero fue sobrenatural, que Dios efectivamente quemó con fuego a los transgresores de Israel, estamos dispuestos a admitir que el mismo Ser que pudo hacer esto en pequeña escala podría realizar una obra semejante a escala universal”. Es muy razonable admitirlo. Pero quizá el Señor no considere conveniente realizar esta obra de quemar en los últimos días enteramente mediante un procedimiento sobrenatural; tal vez la lleve a cabo mediante ciertas fuerzas o leyes físicas, mediante ciertos cambios que puedan efectuarse en nuestros elementos; porque el Señor tiene en Sus propias manos todos los elementos, y no solo los de este pequeño globo [p. 11a] nuestro, sino todos los elementos que componen el universo; están en Sus manos, puede darles instrucciones y quedan sujetos al cumplimiento de Sus grandes y sabios propósitos. Ahora bien, en el mismo aire que respiramos, y que todos los seres animados respiran en mayor o menor medida y por el cual viven, hay un principio de calor; y cuando este calor, en su forma latente, se libera o sale de los componentes de la atmósfera, ¿no habría una cantidad suficiente para producir esta transformación sobre la tierra? ¿No hay suficiente calor, no solo para quemar a los inicuos y a los soberbios, sino para hacer que los mismos elementos de nuestro globo se derritan por su intensidad? 2 Pe. 3:10–12 3 Ne. 26:3 D. y C. 101:25 Así se cumpliría otra profecía que dice: “Los montes se derritieron como cera delante de Jehová”; Sal. 97:5 y otra profecía que dice que los montes se derretirán ante Su presencia, Isa. 64:1 como una sustancia fundida; correrán como ríos, a consecuencia de la intensidad del calor relacionado con los elementos de que se componen nuestra atmósfera y nuestras montañas.
Además, independientemente del calor latente relacionado con la atmósfera de nuestro globo, ¿no puede Él hacer que el gran centro de nuestro sistema, el sol, emita más calor, suficiente para consumir a los inicuos y derretir la tierra por su intensidad? Sí. Recuerdo haber leído algo al respecto en una de las profecías de Isaías. Isa. 29:6 Isa. 30:26–30 Recuerdo también haber leído en el Apocalipsis de San Juan que los hombres serían quemados con gran calor (Apoc., capítulo 16, versículo 8). Apoc. 16:8–9 Había de ser uno de los grandes juicios de los últimos días, según lo vio aquel hombre inspirado. E Isaías, hablando de este asunto, dice: “Y la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor”, Isa. 30:26 etc. Supongamos que el calor aumentara en [p. 11b] la misma proporción en que aumenta la luz; o, en otras palabras, supongamos que nuestros termómetros, cuando marcan cien grados Fahrenheit, subieran a setecientos grados Fahrenheit, ¿cuál sería el efecto? Se produciría una conflagración general sobre toda la faz del globo, cumpliéndose así tanto las profecías antiguas como las modernas.
Pero continuemos. No nos corresponde, a menos que tengamos instrucciones precisas mediante la palabra de Dios, decir cómo llevará Él a cabo Sus grandes propósitos. Nos basta saber que lo hará. Se nos dice que este fuego será universal en lo que respecta a todos los soberbios y a todos los que hacen maldad. Mal. 4:1 Parece, entonces, que será una de las últimas destrucciones de los inicuos. Antes de esto habrá numerosas destrucciones mediante terremotos, plagas, granizadas, guerras, D. y C. 43:25 etc., que prevalecerán y barrerán a millones de la faz de nuestro globo. Pero el gran juicio que ha de limpiar la tierra de todo pecado será mediante el elemento del fuego. Heb. 6:7 (TJS) D. y C. 43:32 “Pero”, pregunta alguien, “¿cree usted que habrá muchos en aquel día que sean soberbios e inicuos? Mal. 4:1 ¿No se habrá convertido la mayoría y, por consiguiente, escapará de esta gran conflagración, así como Noé escapó de morir ahogado?”. Responderé repitiendo otra profecía que ahora me viene a la mente, registrada en el capítulo 24 de Isaías. Isa. 24:1–23 Este hombre de Dios vio la época en que la tierra se tambalearía como un borracho; Isa. 24:20 y vio aquel día glorioso en que Jehová de los ejércitos estaría a punto de reinar en Sion y en Jerusalén. Isa. 24:23 Y entre otras cosas que vio en visión estaba que la tierra se había contaminado bajo sus habitantes; “porque”, dice el profeta, “traspasaron las leyes, cambiaron la ordenanza, quebrantaron el convenio sempiterno”. Isa. 24:5 [p. 12a] Esto muestra claramente que habían de ser un pueblo corrupto; un pueblo que, por ejemplo, cambiaría la ordenanza del bautismo de la inmersión a la aspersión o al derramamiento de agua, o la suprimiría por completo, y que de la misma manera cambiaría las diversas ordenanzas del Evangelio de la forma original en que el Señor las reveló. Él dice, por boca de Su profeta, que el pueblo que fuera culpable de esta gran iniquidad sería visitado con fuego: “son quemados los habitantes de la tierra, y quedan pocos hombres”. Isa. 24:6 Esto es un poco más preciso. Por medio de Malaquías aprendimos que serían destruidos tanto la raíz como la rama, Mal. 4:1 sin que quedara ninguna rama de iniquidad, ninguna raíz de iniquidad; pero no se nos da la proporción entre los justos y los inicuos. Sin embargo, Isaías nos da una indicación adicional sobre este asunto. A la pregunta de cuántos serán alcanzados por este último juicio grande y abrumador, Isaías respondería: “son quemados los habitantes de la tierra, y quedan pocos hombres”. Isa. 24:6 ¿Cómo? ¿Solo unas pocas personas se convertirán, solo unas pocas recibirán el verdadero Evangelio y estarán preparadas para la venida del Esposo; solo unas pocas escaparán de esta terrible desolación? Así lo dice el profeta Isaías; es decir, pocas en comparación con la gran y numerosa población de nuestro globo. Incluso unos pocos millones serían pocos comparados con los mil doscientos millones que habitan la tierra. Isaías, en el mismo capítulo, al describir la gloria de Su reinado personal sobre la tierra, dice que “la luna se avergonzará y el sol se confundirá”, debido a la luz superior que acompañará la presencia del Ser que ha de reinar en Sion y en Jerusalén. Isa. 24:23 El Señor produce la luz natural del sol y su calor; D. y C. 88:7 Él produce la luz natural de los otros luminares [p. 12b] que titilan en aquellos cielos, y también el calor que emana de sus cuerpos. D. y C. 88:9 Ahora bien, si puede producir un calor tan intenso mediante cuerpos como nuestro sol; si puede hacer que los mundos circundantes se calienten y reciban cierta temperatura mediante la radiación de luz y calor; si el sol puede producir una temperatura tan elevada sobre nuestra tierra, estando a unos noventa millones de millas de distancia, ¿por qué no podría el Señor producir una luz y un calor mayores, si fuera necesario, para barrer a los inicuos, Sal. 68:2 y hacer que la tierra, por así decirlo, sintiera en un instante el poder de ese calor, hasta derretirse como cera ante Su presencia? Sal. 97:5 Pero ustedes podrían preguntar: “¿Por qué este calor no destruiría a los justos, así como a los inicuos? ¿No han sido quemados muchas veces los justos en la hoguera? ¿No han sido reducidos a cenizas por el poder de los inicuos? Y ¿por qué ese calor intenso del que usted habla, que ha de destruir a los inicuos de raíz y rama, no afectaría también a los justos?”. Permítanme explicarlo. Antes de este día de fuego, no habrá justos sobre la tierra. ¿Ni uno solo? No, ni uno solo. “¿Qué será de ellos?”. El apóstol Pablo nos informa que “el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivamos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire”. 1 Tes. 4:16–17 Parece, entonces, que los justos que duermen en sus sepulcros se levantarán en ese momento para ser arrebatados junto con aquellos que vivan sobre la tierra y sean suficientemente justos. Ahora bien, supongamos que no ascendieran para recibir al Señor, sino que permanecieran en la tierra, y que Él considerara conveniente preservarlos de este fuego consumidor, ¿podría hacerlo? Ciertamente, y conforme al mismo principio [p. 13a] por el cual preservó a los tres jóvenes hebreos en medio del fuego. Dan. 3:1–30 Se nos dice, con respecto a esta notable preservación de la vida, que ni siquiera había olor a fuego en sus ropas, ni un cabello de sus cabezas había sufrido daño, Dan. 3:27 mientras que algunos de los inicuos, cuando estaban arrojando a estos jóvenes al horno, que había sido calentado siete veces más de lo acostumbrado, Dan. 3:19 fueron ellos mismos consumidos. Dan. 3:22 Sin embargo, los justos fueron preservados y no recibieron daño alguno. Ahora bien, ese mismo Dios que preservó a los tres jóvenes hebreos en medio de la terrible prueba por la que pasaron podría preservar a los justos sobre la tierra si considerara conveniente hacerlo. Pero los llevará a la nube, y estarán con Él cuando venga. 1 Tes. 4:17 Pero ustedes podrían decir: “¿No ha dicho usted que, cuando Él venga, el sol ocultará su rostro avergonzado, Isa. 24:23 etc.? Por tanto, ¿no consumirá a los justos, después de ser arrebatados, esa gloria que rodea la persona del Salvador?”. En absoluto; no estarán sujetos al elemento consumidor del fuego, aunque todavía no hayan sido transformados a la inmortalidad; porque el momento en que los justos que permanezcan vivos sean transformados llegará hasta mil años después de que desciendan sobre la tierra; después de que haya habido generación tras generación aquí sobre la tierra; entonces, al sonar la última trompeta, el apóstol Pablo nos informa que los justos serán transformados en un abrir y cerrar de ojos. 1 Cor. 15:52 No han de experimentar este cambio cuando Jesús venga al comienzo del reinado de mil años, sino después de que terminen los mil años, al sonar la última trompeta, que despertará y llamará a salir de sus sepulcros a las naciones dormidas de los inicuos; D. y C. 88:102 entonces los justos que permanezcan en la carne, 1 Tes. 4:17 [p. 13b] serán transformados en un momento; 1 Cor. 15:52 y después de ese tiempo ya no habrá mortalidad sobre la tierra. “Pero”, podrían decir otra vez, “nos resulta difícil creer que estos grandes milagros ocurrirán como usted dice, de acuerdo con la profecía”. Supongamos que no pueden creerlo, ¿acaso su incredulidad deja sin efecto las predicciones de los siervos de Dios? Rom. 3:3 Supongamos, por ejemplo, que todos fuéramos incrédulos excepto ocho almas, 1 Pe. 3:20 como sucedió con el mundo antediluviano, ¿invalidaría nuestra incredulidad la palabra de Dios? No. El Señor es un Dios de milagros, Isa. 29:25 (TJS) 2 Ne. 27:23 Morm. 9:11 o, en otras palabras, es un Dios de poder y obra sobre los materiales de nuestro globo de acuerdo con Su propia voluntad y beneplácito. Jacob 4:9 Cuando queme a los inicuos, cuando haga que los elementos se derritan con calor abrasador, 2 Pe. 3:10, 12 3 Ne. 26:3 D. y C. 101:25 cuando haga que los montes se derritan y fluyan como cera ante Su presencia, Sal. 97:5 Isa. 64:1 Miq. 1:4 D. y C. 109:74 nada de esto destruirá una sola partícula de materia, sino que únicamente cambiará la materia de un estado a otro. No será aniquilada una sola partícula de los materiales de nuestro globo; todos seguirán existiendo; y aunque llegara el tiempo en que el calor fuera tan intenso que dispersara los materiales de nuestro globo sólido y convirtiera el gran y poderoso abismo en sustancias gaseosas, y separara los elementos, y el agua dejara de existir tanto en forma de vapor como de agua; aunque llegara el tiempo en que el hidrógeno y el oxígeno, que constituyen la gran masa del agua de nuestro globo, se convirtieran en gases, el Señor podría reorganizar esos elementos, así dispersos en el espacio, mediante Su poder, reuniéndolos de nuevo por Su ley y por Su palabra, haciendo un mundo nuevo y creando un cielo nuevo y una tierra nueva, Apoc. 21:1 en los cuales, dice el apóstol Pedro, morará la justicia. 2 Pe. 3:13 Esta tierra nueva que ha de ser creada no será habitada por los desobedientes y los inicuos, como sucede ahora con el mundo actual; habrá [p. 14a] un cambio completo en la condición de la tierra y también en la condición de la familia humana; las maldiciones de la Caída no se encontrarán en ninguna de las dos y, por consiguiente, ya no habrá mortalidad en la nueva creación, ni dolor ni llanto; tampoco habrá más muerte; porque las primeras cosas habrán pasado y todas las cosas serán hechas nuevas. Apoc. 21:4–5 Habrá un solo gobierno, no varios centenares de formas distintas de gobierno, sino que una sola forma prevalecerá sobre la nueva creación, habitada por seres inmortales. Todos estos cambios son los que esperan los Santos de los Últimos Días. No leemos estas profecías para luego tratar de cambiarlas y decir a nuestros oyentes que deben entenderse como si significaran otra cosa, en algún sentido espiritual. No les decimos que este día de fuego es un día en el cual la iniquidad será limpiada de la tierra por la influencia purificadora del Espíritu de Dios, y que todas las personas se convertirán y, por tanto, la tierra no será habitada sino por los justos; ni que aquella parte de las Escrituras que se refiere a que los inicuos se convertirán en ceniza bajo los pies de los justos, Mal. 4:3 significa algo completamente distinto de su lectura literal, y que todos sus pecados serán consumidos, y que ellos serán justos y todos caminarán sobre la tierra nueva libres de pecado. No; cuando hablamos de fuego consumidor, Isa. 30:30 ardiente como un horno, Mal. 4:1 esperamos que sea fuego; esperamos que sea calor intenso; y cuando Él dice que consumirá a todos los soberbios y a todos los que hacen maldad, Isa. 33:14 Mal. 4:1 2 Ne. 27:1–2 no esperamos que quede un hombre o una mujer inicuos sobre toda la tierra; D. y C. 29:9 y cuando dice que no les quedará ni raíz ni rama, Mal. 4:1 no esperamos que se encuentre vestigio alguno de iniquidad en ningún rincón de la tierra, por remoto que sea, sino que todo será consumido [p. 14b] y no quedarán sino los justos.
Nuestro profeta moderno, José Smith, cuando pronunció sus profecías, el Señor habló por medio de él, y no necesitamos que ningún hombre no inspirado se levante y nos diga lo que el Señor quiso decir cuando habló por medio de él. Por ejemplo, nuestro profeta habló de este mismo día de fuego; se refiere a él en muchos lugares de Doctrina y Convenios, D. y C. 29:9 D. y C. 31:4 D. y C. 38:12 D. y C. 43:33 D. y C. 63:34 D. y C. 63:54 D. y C. 64:23–24 D. y C. 85:3 D. y C. 86:7 D. y C. 88:94 D. y C. 101:66 D. y C. 109:46 D. y C. 112:24 D. y C. 133:41 D. y C. 133:64 libro que tengo en la mano. ¿Ha procurado el Señor dar un sentido espiritual al conceder estas nuevas revelaciones? No; nos ha dicho cómo son las cosas. Por ejemplo, en un lugar, al hablar de la venida del Señor, dice que los inicuos serán destruidos de sobre la tierra, D. y C. 1:9–10 D. y C. 29:8–11 D. y C. 34:9 D. y C. 43:32–33 y que los justos serán arrebatados, D. y C. 88:96–98 D. y C. 109:75 de la misma manera en que lo describe el Nuevo Testamento. 1 Tes. 4:17 Y luego habla de que los justos también descenderán después de que los inicuos sean destruidos. D. y C. 88:96–98 Se ha hecho una promesa a los Santos de los Últimos Días, así como a los santos de los primeros días. El Señor dijo en 1831 al profeta José, en una revelación dada ante una conferencia general y escrita por un escribiente en presencia de la conferencia, que, entre otras grandes cosas que habían de ocurrir, los santos poseerían la tierra como herencia en estos nuestros días y que toda iniquidad cesaría. Hago una promesa, dice el Señor, y este es mi convenio con ustedes y con sus hijos después de ustedes, que tendrán cierta tierra que les daré por herencia, y la poseerán en el tiempo, mientras la tierra permanezca, y volverán a poseerla en la eternidad, y nunca más pasará. D. y C. 38:20 Si los Santos de los Últimos Días quieren saber dónde se encuentra esta promesa, lean la revelación dada el 2 de enero de 1831. D. y C. 38:1–42 Fue una revelación dada cuando éramos un pueblo pequeño, antes de que hubiera recogimiento alguno de los santos; y, de hecho, cuando solo había unas [p. 15a] pocas personas reunidas en la casa del padre Whitmer, el lugar donde el Señor organizó por primera vez Su Iglesia. Allí se nos informó que el Señor tenía la intención de dar cierta porción de este continente a los Santos de los Últimos Días y a sus hijos después de ellos, como herencia sempiterna. D. y C. 38:20 Esto era contrario a nuestra fe anterior, cuando éramos metodistas y bautistas, y cuando éramos presbiterianos y profesábamos las creencias de las distintas denominaciones, antes de entrar en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; se nos enseñaba entonces que nuestro hogar estaba allá en los cielos, en alguna parte distante del universo, más allá de los límites del espacio, si alguien puede comprender dónde está eso; yo nunca pude. Y, sin embargo, cristianos ilustrados cantan acerca de ello. Antes de vincularme con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, asistía a menudo a las reuniones de los metodistas, los bautistas y los presbiterianos; y recuerdo muy bien que este concepto se expresaba en uno de los himnos favoritos que cantaban los metodistas. Las palabras tenían una melodía muy buena y, como entonces yo no era más que un muchacho, no podía menos que pensar que esa era la mejor clase de religión. Nunca dudé de la veracidad de aquel concepto, porque yo también había creído que nos despediríamos para siempre de la tierra y que seríamos llevados y llevados hasta llegar más allá de los límites del espacio, para encontrar allí un lugar celestial adaptado a nuestra condición celestial. Pero cuando comencé a reflexionar y a escudriñar las Escrituras por mí mismo, descubrí que, aunque la melodía era dulce y el canto hermoso, no había verdad en ello; descubrí que la “morada segura de los santos” no estaba más allá del espacio, sino aquí, en nuestra tierra. ¿Y por cuánto tiempo? Por toda la eternidad. Pero la tierra tiene que experi-[p. 15b]mentar numerosos cambios. Habrá un cambio parcial cuando Jesús venga, al comienzo de los mil años de reposo; luego habrá otro cambio aún mayor, después de que haya pasado el Milenio, cuando suene la gran última trompeta y despierte a las naciones de los inicuos que duermen en sus sepulcros. D. y C. 88:102 Leí entonces en las Escrituras de verdad que Dios crearía un cielo nuevo y una tierra nueva, Apoc. 21:1 y que en esta nueva creación moraría la justicia. 2 Pe. 3:13 También leí acerca de una ciudad santa llamada la Nueva Jerusalén, que descendería sobre esta tierra nueva, y que Dios mismo estaría entre aquellas personas justas que habitarían esa ciudad santa. Apoc. 21:2–3 Y también leí que las primeras cosas pasarían y que todas las cosas serían hechas nuevas. Apoc. 21:4–5 Leí, además, que no solo la Nueva Jerusalén descendería sobre esta tierra, sino otra ciudad llamada la Santa Jerusalén, cuyas dimensiones y arquitectura se describen, y que, debido a la gloria que existiría allí, sus habitantes no tendrían necesidad de la luz del sol, ni de la luna, ni de las estrellas; porque Dios mismo moraría allí con ellos, y Él sería su luz y su gloria. Apoc. 21:10–23 Y que esas dos grandes ciudades que han de descender sobre esta tierra nueva serán las grandes capitales de esta nueva creación, Isa. 2:3 habitada por seres inmortales: los santos de Dios que han vivido en las diversas dispensaciones de este mundo. Esto era algo nuevo para nosotros; y era contrario a nuestras nociones y opiniones sectarias y a las enseñanzas de las sectas acerca de la condición futura del hombre y de la tierra en que vivimos. Sin embargo, cuando comparamos la nueva doctrina de la nueva revelación con la que se expone en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, encontramos una concordancia perfecta. Por ejemplo, recordemos los días de los patriarcas, y encontramos a Abra-[p. 16a]ham, después de abandonar su tierra natal en obediencia a un mandamiento directo de Dios, morando en una nueva tierra llamada Canaán, conocida ahora como Palestina; y, mientras estaba allí, leemos que el Señor conversó con él y le prometió a él y a su descendencia “toda la tierra de Canaán en posesión perpetua”. Gén. 17:8 ¿Qué significa todo esto? ¿Heredó Abraham alguna vez parte de aquella tierra? Ni un palmo de ella. Hech. 7:5 Compró un lugar, un sitio de sepultura para él y sus familiares; Gén. 23:1–20 pero no vio cumplida esta promesa de poseer la tierra de Canaán, sino que, por el contrario, se consideraba extranjero y peregrino en aquella misma tierra. Éx. 6:2–4 Heb. 11:13 Y no solo Abraham, sino también sus descendientes han quedado sin ver cumplida esta promesa. El mártir Esteban, que vivió muchos siglos después, poco antes de su muerte, al dar testimonio acerca de Abraham a las personas que estaban ante él, Hech. 7:2–8 dijo, refiriéndose a esta promesa del Señor, que durante su vida no recibió ni aun para asentar un pie. Hech. 7:5 No obstante, el Señor le prometió toda aquella tierra como herencia sempiterna para él y para su descendencia después de él. Gén. 17:8 El apóstol Pablo, hablando de lo mismo, dice que “conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos”. Heb. 11:13 ¿A qué distancia? Miles de años después de que durmieran en el sepulcro. Miraban con fe hacia el vasto futuro, persuadidos de la veracidad de la promesa; pero veían que, antes de poder heredar la tierra prometida, tendrían que buscar una ciudad que estaba en los cielos, Heb. 11:10 y morar allí hasta que el debido tiempo del Señor los llevara a tomar posesión de su herencia. El profeta Ezequiel vio la manera en que tomarían posesión de ella, como está registrado en el capítulo 37 de su profecía. Ezeq. 37:1–14 El Espíritu del Señor lo llevó en medio de un valle, [p. 16b] un gran cementerio, por así decirlo, donde vio una inmensa cantidad de huesos que estaban muy secos, pues la carne se había deshecho hasta convertirse en polvo. Ezeq. 37:1–2 Y se le hizo la pregunta, sin duda para probar su fe: “Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos?”. Ezeq. 37:3 Ezequiel no era un incrédulo; no dijo que fuera imposible ni que no pudiera haber tal milagro, sino que dijo: “oh Señor, Jehová, tú lo sabes”. Ezeq. 37:3 Estaba dispuesto a dejar que el Señor supiera todo al respecto y que manifestara Su poder si consideraba conveniente hacerlo. Entonces el Señor le mandó profetizar con estas palabras: “Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd la palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. Y pondré tendones en vosotros, y haré subir carne sobre vosotros, y os cubriré de piel y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y sabréis que yo soy Jehová”. Ezeq. 37:4–6 Y después de haber hablado así, el profeta nos dice que “hubo un ruido […] y he aquí un temblor, y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso”. Ezeq. 37:7 No cometieron ningún error, como que un hueso perteneciente a determinado cuerpo se uniera al de otro; sino que cada hueso se unió al que le correspondía, y los tendones, la carne y la piel los cubrieron, y así se formaron los cuerpos. Pero aún no había vida en ellos. Ezeq. 37:8 Por tanto, se le mandó profetizar de nuevo y decir al viento: “Así ha dicho Jehová el Señor: Oh espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, y vivirán”. Así lo hizo, “y entró espíritu en ellos, y vivieron y se pusieron de pie, un ejército grande en extremo”. Ezeq. 37:9–10 Esta fue una visión de la resurrección: la resurrección de los antiguos patriarcas y profetas de Dios y de todos los justos de Israel.
[p. 17a]
Por lo que dice el registro, parece que los judíos de los días de Ezequiel se habían formado una idea muy semejante a la de muchos de nuestros amigos cristianos que viven en la actualidad: se habían vuelto bastante incrédulos en sus opiniones; habían comenzado a decir en su corazón, refiriéndose a sus padres: “Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo talados”; Ezeq. 37:11 o, en otras palabras, nuestros antepasados, de quienes somos hijos y cuyos nombres conservamos en sagrado recuerdo, están todos muertos. Las promesas no se han cumplido y hemos sido privados de nuestra parte de la herencia; ¿cómo es posible ahora que lleguen a cumplirse? Pensaban de manera semejante a los saduceos: no creían en la resurrección. Pero el Señor, para alentarlos a creer que se cumpliría, da la interpretación de esta visión. He oído a los metodistas dar su versión de esta visión. Siempre que había un avivamiento religioso entre ellos, los he visto arrodillarse y exclamar: Oh Señor, haz que haya un temblor entre estos huesos secos; creyendo que los pecadores eran los huesos y que la resurrección era la conversión de los pecadores. Muchas de las sectas cristianas de la actualidad dan la misma interpretación. Pero escuchen, oh Santos de los Últimos Días, la interpretación del Señor y juzguen entre ambas: “He aquí yo abro vuestros sepulcros, oh pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas y os traeré a la tierra de Israel”. Ezeq. 37:12 ¿Qué puede ser más claro que eso? ¿Y cuál de las dos es mejor, la interpretación del Señor o la de las sectas de la actualidad?
Esta promesa se cumplirá con toda seguridad; los patriarcas y aquellos de su descendencia que sean dignos tomarán posesión de la herencia. Pero ¿cuándo? Será aproximadamente en el tiempo de este gran día de [p. 17b] fuego, o poco después. Los sepulcros de los santos serán abiertos D. y C. 88:98 D. y C. 133:56 justo antes de que el fuego recorra las naciones para consumir a los soberbios y a todos los que hacen maldad; Mal. 4:1 y serán abiertos al sonido de la trompeta del arcángel. D. y C. 88:98 Y los santos saldrán; D. y C. 45:45–46 porque entonces el rostro del Señor será descubierto, D. y C. 88:95 D. y C. 124:8 entonces los cielos se abrirán como un libro, Isa. 34:4 Apoc. 6:14 entonces se verá a los profetas de Dios y a todos los justos que aún no hayan salido de sus sepulcros, y aparecerán en las nubes del cielo con el Salvador. Apoc. 1:7 (TJS) D. y C. 45:44 D. y C. 76:63 Abraham estará allí, Isaac y Jacob estarán allí, y todos los antiguos de quienes los hijos de Israel, en los días de Ezequiel, dijeron: “Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza”, Ezeq. 37:11 estarán allí, listos para tomar posesión de la tierra como herencia. “Bienaventurados los mansos”, Mat. 5:5 dice nuestro Señor en Su Sermón del Monte. ¿Y cuál es la bendición particular de los mansos? “Porque ellos recibirán la tierra como heredad”. Mat. 5:5 ¿Heredaron ellos la tierra en otro tiempo? No; en los días de los apóstoles anduvieron de un lugar a otro con pieles de ovejas y de cabras, buscando refugio de las inclemencias del tiempo y escondiéndose de sus perseguidores en las solitarias cavernas y cuevas de las montañas. Heb. 11:37–38 Muchísimos incrédulos y miembros de las sectas no pueden creer que esta promesa llegue a cumplirse literalmente porque ellos no la vieron cumplida durante su vida mortal. Pero Jesús dice que “ellos recibirán la tierra como heredad”; Mat. 5:5 esto incluye también a todos los santos gentiles que han abrazado y que abrazarán el Evangelio, entre todos los pueblos, naciones, tribus y lenguas, porque todos ellos llegan a ser descendencia de Abraham y herederos conforme a la promesa. Gál. 3:29 ¿Qué promesa? La promesa hecha a Abraham. Gén. 17:8 La de heredar la tierra. Mat. 5:5 Por tanto, todas las personas que son bautizadas en Cristo, sean judíos o gentiles, esclavos o libres, hombres o mujeres, Gál. 3:28 y que son leales y fieles [p. 18a] a Él, tienen a Abraham por padre; y ellas, con él y con los patriarcas, heredarán la tierra, Mat. 5:5 cuando la iniquidad deje de existir.
Será entonces cuando cesará la enemistad de las bestias del campo, así como la de toda carne; Isa. 11:6–9 Isa. 65:25 D. y C. 101:26 ya no habrá una bestia de presa que devore y se alimente de otra de naturaleza más inofensiva; ya no se encontrará esta enemistad entre los peces del mar ni entre las aves del cielo. Este cambio se efectuará en toda carne cuando Jesús venga; no un cambio a la inmortalidad, sino un cambio suficiente para alterar la naturaleza feroz de las bestias, las aves y los peces. En aquellos días el león comerá paja como el buey; Isa. 65:25 ya no será el terror del bosque, sino que será completamente inofensivo, y la mansedumbre caracterizará a todos los animales salvajes y feroces, así como a las serpientes venenosas, a tal grado que un niño pequeño podrá guiarlos y jugar con ellos, Isa. 11:8 y nada hará mal ni dañará en todo el santo monte del Señor; Isa. 11:9 todas las cosas llegarán a ser, en cierta medida, como cuando fueron creadas al principio. Porque se recordará que los animales no se devoraron unos a otros sino hasta después de la Caída, ni hubo muerte sino hasta después de la Caída. Moisés 6:48 ¿Qué comían, entonces? El Señor dijo: “Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay [p. 18b] vida, toda hierba verde les será para comer”. Gén. 1:30 El pasto, las hierbas y todo lo verde eran su alimento. Y Adán y Eva comían frutos y vegetales, no carne de animales. Gén. 1:29 Toda la tierra será restaurada; y el hombre será restaurado; y no solo sobre el hombre, sino sobre toda carne se derramará el Espíritu de Dios, Joel 2:28 y con el tiempo serán restaurados a todo lo que se perdió por la caída de nuestros primeros padres. Entonces el conocimiento de Dios cubrirá toda la tierra como las aguas cubren el gran abismo. Isa. 11:9 Y entonces la creación animal manifestará más inteligencia y más conocimiento que ahora, en su condición caída. De hecho, tenemos una declaración de Juan el Revelador de que, cuando llegue ese tiempo, incluso sabrán alabar a Dios. Él dice: “Y oí a toda criatura que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, diciendo: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la alabanza, y la honra, y la gloria y el poder, para siempre jamás”. Apoc. 5:13 ¿Cómo? ¿La creación animal dotada de lenguaje? Sí, un lenguaje de alabanza, diciendo algo acerca del Cordero que fue inmolado y acerca de Su gloria y excelencia. Qué hermosa creación será esta cuando se cumplan todas estas cosas. Amén.


























