Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

La obediencia y la rectitud en el matrimonio plural.

Por el élder Joseph F. Smith, pronunciado en el Tabernáculo, Salt Lake City, el domingo 7 de julio de 1878 por la mañana.

Joseph F. Smith enseña que la práctica del matrimonio plural debe fundarse en la rectitud y la obediencia a los mandamientos de Dios, y que las bendiciones dependen del cumplimiento de las leyes sobre las cuales se basan.
El matrimonio plural—Solo para los justos—La obediencia es imperativa—Las bendiciones que de ello resultan.


Naturalmente, me siento cohibido ante la tarea de dirigirme a una congregación en este recinto, pues soy consciente de mi incapacidad para hacerme oír.

Esta mañana me ha interesado escuchar las palabras del hermano Cannon. No podemos menos que regocijarnos con el testimonio que hemos escuchado y que recibimos continuamente de muchas fuentes, el cual demuestra que el mundo nada puede hacer contra nosotros, sino a nuestro favor. Incluso sus intentos de calumniarnos y tergiversar nuestra conducta, y sus ataques injustos contra los principios de nuestra religión, siempre han tendido a despertar el deseo de indagar e investigar los hechos, lo cual no puede sino resultar beneficioso para nosotros como pueblo. Digo que los esfuerzos de nuestros enemigos contra nosotros siempre han tendido a hacer que las personas que desean llegar a la verdad investiguen el verdadero estado de las cosas. Cuanto más se interesen las personas en este sentido, más verdad aprenderán, y nosotros alentamos tal investigación, porque ciertamente no hay nada relacionado con nosotros, como comunidad religiosa, que esté en consonancia con el Evangelio que predicamos y de lo cual debamos avergonzarnos, o que no deba ser conocido por todos los hombres. Por mucho que se nos acuse injustamente, eso no cambia la verdad ni nos perjudicará de manera permanente. Si sufrimos daño o pérdida por las tergiversaciones y falsedades que nuestros enemigos difunden maliciosamente acerca de nosotros, solo pueden ser daños y pérdidas temporales, porque, cuando los hechos salgan a la luz y las personas conozcan la verdad, tanto mayor será el bien que se logrará a nuestro favor, y tanto mayor el perjuicio para quienes son autores de las falsedades acerca de nosotros. No queremos que nada se oculte ni se encubra, ni podemos respetar ningún principio ni a ninguna persona que no soporte la luz del día y la investigación más cuidadosa. Desde 1830, los élderes de esta Iglesia se han esforzado fielmente por difundir el Evangelio que hemos recibido entre toda nación y pueblo que estuvieran dispuestos a recibirlos, sin distinción de raza ni de color; en otras palabras, han procurado diligentemente “exponer el ‘mormonismo’” al mundo.

No nos avergonzamos de nuestras relaciones familiares, al menos en la medida en que estén de acuerdo con los principios del Evangelio, ni siente en su corazón ningún hombre o mujer de recto juicio el deseo de rehuir de manera alguna la exposición más rigurosa de las opiniones correctas al respecto. Es cierto que, al igual que a la humanidad en general, no nos agrada que nuestras faltas se hagan públicas; rehuimos eso, y es natural que así sea. Es muy apropiado que sintamos renuencia a que nuestras debilidades e imperfecciones sean expuestas al mundo, o incluso a nuestros vecinos. Este sentimiento constituye un incentivo muy apropiado para que continuemos en la obra de mejorarnos a nosotros mismos hasta vencer las debilidades que hemos heredado, viviendo más cerca de los principios de vida y salvación que hemos recibido. Pero los errores del hombre no afectan en lo más mínimo los principios del Evangelio del Hijo de Dios.

Muéstrenme a un hombre que haya abrazado el Evangelio en su totalidad, en la fe y en la práctica, y entonces podré señalarles a un hombre que ha vencido las insensateces y debilidades de la carne; o muéstrenme a un hombre que esté procurando vivir conforme a estos principios, y les mostraré a un hombre que está procurando vencer sus debilidades. Por tanto, no se puede culpar a las doctrinas de nuestra fe por las flaquezas y deficiencias de la humanidad; antes bien, debemos atribuir tales debilidades a su verdadera fuente: la imperfección del hombre o, por lo menos, su incumplimiento de aquellos principios que tienen por objeto corregir todo mal y establecer al hombre en la rectitud. Quizá nos resulte difícil, en las circunstancias en que nos encontramos, con las tradiciones de nuestros padres aferradas a nosotros, las prácticas del mundo ante nuestros ojos y las tentaciones al mal rodeándonos tan continuamente, vivir en todo momento la religión de Jesucristo con la perfección con que deberíamos o de otro modo podríamos hacerlo. Sin duda nos resulta difícil vencer nuestras insensateces, abandonar las tradiciones de nuestros padres, apartarnos de la práctica del pecado, ser pacientes en el sufrimiento, soportar privaciones y pruebas de nuestros sentimientos, mientras poseemos tan poco, como es el caso, del Espíritu del Señor y del conocimiento de la verdad. Pero no debemos desanimarnos por ello, ni porque veamos faltas los unos en los otros, porque ningún hombre es perfecto; todos los hombres tienen, en mayor o menor grado, las deficiencias propias de la condición humana. No debemos vacilar ni desanimarnos por esto, porque quizá no le sería posible a alguien que fuera perfecto en todo lo bueno permanecer en medio de esta generación corrupta y perversa. Sin embargo, parecería bueno que hubiera entre nosotros unos pocos que fueran realmente perfectos, cuyo ejemplo pudiéramos ver, cuyos preceptos pudiéramos aprender y cuyos pasos pudiéramos seguir. Quizá entonces estaríamos mejor capacitados para perfeccionarnos. Aun así, haremos bien en emular a las personas buenas que hay entre nosotros y en observar esas grandes verdades que ya hemos recibido en parte y que, en su plenitud, pueden salvarnos por completo. Heb. 7:25 No seremos desechados, mis hermanos y hermanas, por aquellos pecados que cometamos por ignorancia, que sean el resultado de un malentendido cometido con toda honradez ante el Señor. La dificultad no radica aquí; el peligro radica en que no vivamos de acuerdo con lo que sabemos que es correcto y apropiado. Por esto seremos considerados responsables ante el Señor; por esto seremos juzgados y condenados, a menos que nos arrepintamos y abandonemos nuestras insensateces y nuestra renuencia a obedecer la luz y el conocimiento que hemos recibido. Hay algunas verdades claras y sencillas que sí conocemos, pero que no observamos. En esto radica nuestro gran pecado. La condenación del mundo, cuando el Salvador comenzó Su misión entre los hombres, fue que la luz había venido al mundo, pero ellos amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Juan 3:19 Este principio se aplica con igual fuerza a nosotros en esta dispensación. Si hubiéramos permanecido sin el Evangelio, no estaríamos bajo condenación. Pero ahora que la luz ha venido al mundo, ahora que la verdad y la autoridad de Dios han sido restauradas, ya no podemos permanecer sin pecado a menos que obedezcamos este Evangelio así revelado y pongamos en práctica lo que profesamos.

El mundo ajeno a nosotros habla mucho de nuestro matrimonio plural, y a veces los Santos de los Últimos Días también se refieren a él entre nosotros. A veces me parece que no solo el mundo carece de conocimiento en relación con este principio, sino que muchos de quienes profesan ser Santos de los Últimos Días están lejos de poseer un entendimiento correcto de él.

En primer lugar, es un principio que tiene olor de vida para vida, o de muerte para muerte; 2 Cor. 2:16 por tanto, conviene que quienes han abrazado el Evangelio obtengan conocimiento en relación con este asunto. Es un principio que pertenece a la vida eterna; en otras palabras, a vidas sin fin, o al aumento eterno. Es una ley del Evangelio que pertenece al reino celestial, aplicable a todas las dispensaciones del Evangelio cuando se manda, y no de otro modo, y que no es aceptable ante Dios ni obligatoria para el hombre a menos que se dé por mandamiento; no solo se ha dado así en esta dispensación, sino que está particularmente adaptada a las condiciones y necesidades de ella, y a las circunstancias, responsabilidades y deberes tanto personales como vicarios del pueblo de Dios en esta época del mundo. Dios lo ha revelado como un principio particularmente apropiado para la naturaleza de la obra que hemos sido llamados a realizar, a fin de que esta avance con mayor rapidez hasta su consumación. Es un principio justo, no uno injusto. Es un principio puro y santo; y, por tanto, las personas, sean hombres o mujeres, que no tengan en su corazón el deseo de llegar a ser puras y justas no deben practicarlo, porque no puede practicarse de manera aceptable ante Dios sobre ningún otro fundamento que no sea la pureza y la rectitud; por consiguiente, ninguna persona inicua, injusta o impura puede entrar en la ley del matrimonio celestial o plural sin incurrir en el desagrado del Todopoderoso y en su propia condenación ante el Señor, a menos que se arrepienta pronto de todos sus motivos y designios impuros. Un hombre que no sea honrado de corazón, que no desee ser justo e imparcial, así como Dios es justo e imparcial, no debe entrar en el matrimonio plural; y antes de comenzar a practicar ese principio necesita arrepentirse, aprender sabiduría, obtener el Espíritu de Dios y adquirir entendimiento en relación con el propósito que Dios tiene en cuanto a este principio; para que pueda comenzar a practicarlo con conocimiento, y para que su corazón y su mente estén resueltos a practicarlo con rectitud. Soy consciente de que es difícil distinguir entre los actos de un hombre y los principios en los que profesa creer. Un hipócrita corrupto e impío puede causar proporcionalmente más daño en medio de un pueblo, en un período determinado, que el bien que pueda hacer una multitud de hombres rectos. Envíen a un élder a predicar el Evangelio entre las naciones y dejen que se degrade y deshonre su sacerdocio y su llamamiento, y traerá sobre la causa que representa indignamente más oprobio del que veinte hombres buenos podrían quitar. Porque las personas generalmente se fijan en el hombre. Juzgarlo por sus actos sería un juicio justo; pero condenar al Evangelio o a los santos por sus actos sería injusto; sin embargo, la causa que representa indignamente sufre un agravio por la relación que él tiene con ella. Los actos de un hombre pueden considerarse, con justicia, resultado de sus principios. Juzgamos un árbol por sus frutos. Mat. 7:16–20 Los frutos del Evangelio son buenos; quien realmente ha abrazado el Evangelio hará el bien, salvo en la medida en que yerre o se aparte de él. Por tanto, es difícil separar los actos de un hombre de sus principios.

Sin embargo, no hay dificultad en este asunto para quienes siempre tienen presente que las prácticas malas y corruptas no son resultado de la obediencia al Evangelio, sino de la desobediencia y de la perversión de la verdad. Si tuviéramos esto presente, no culparíamos a los principios mismos cuando viéramos u oyéramos que los hombres que deberían representarlos obran mal; antes bien, diríamos que el hombre se ha apartado de sus principios y ha caído en el error. Es él quien tiene la deficiencia, por no practicar lo que profesa; los principios son buenos y santos, y él mismo también llegaría a serlo si tan solo los practicara.

Es precisamente así en relación con nuestras relaciones familiares. Ocasionalmente vemos dificultades en las familias, y no más en las familias plurales que en las monógamas. No hay razón para que haya diferencias entre el esposo y la esposa, o entre el esposo y las esposas, en medio de este pueblo, si todos están dispuestos a obedecer los principios y las doctrinas del Evangelio. Solo mediante la práctica de estos principios podemos evitar las perturbaciones que ocurren en las familias o entre la humanidad. Debemos aprender y obedecer los principios correctos, o siempre estaremos en agitación y confusión, y en antagonismo los unos con los otros. Cuando existen diferencias en las familias pueden atribuirse directamente a alguna causa. Quiero dejar grabado en la mente de mis oyentes que la causa de tales males no puede atribuirse a la práctica de ningún principio que Dios haya revelado en relación con estos asuntos, sino a la falta de observancia de ellos; y esto es cierto con respecto a todo principio del Evangelio. A veces la culpa es del hombre, a veces de la mujer y, con mayor frecuencia, de ambos, pero nunca del principio. El principio es correcto, grande, ennoblecedor y destinado a producir gozo, satisfacción y paz, si tan solo lo observáramos y practicáramos como debemos. Pero para hacerlo debemos obtener sabiduría y entendimiento. Muchos solo los adquieren mediante una larga experiencia. Comenzamos como niños; tenemos que aprender precepto por precepto, línea tras línea, un poco aquí y un poco allí, Isa. 28:10, 13 lo cual es bueno, siempre que aprovechemos lo que aprendemos. Los hombres deben ser justos, y también las mujeres, en relación con estos asuntos. Todos deben ser justos los unos con los otros; también tolerantes y pacientes, cultivando en gran medida ese atributo cristiano llamado caridad, a fin de convivir pacíficamente con nuestros vecinos, nuestros hermanos y hermanas, así como con nuestras esposas, esposos e hijos. Todos somos imperfectos; tenemos que aprender poco a poco a medida que avanzamos, aprovechando muchas veces lo que sufrimos, aunque a menudo repetimos los mismos errores. Cuando nos vemos vencidos por una falta, eso debe quedar como una lección para el futuro, procurando, si es posible, no permitir jamás que se nos sorprenda de nuevo en la misma situación. Así aprovechamos la experiencia que adquirimos.
Algunas personas han supuesto que la doctrina del matrimonio plural era una especie de cosa superflua, o que no era esencial para la salvación o la exaltación de la humanidad. En otras palabras, algunos de los santos han dicho, y creen, que un hombre con una esposa sellada a él por la autoridad del sacerdocio por el tiempo y la eternidad recibirá, si es fiel, una exaltación tan grande y gloriosa como la que podría recibir con más de una. Quiero expresar aquí mi solemne protesta contra esta idea, porque sé que es falsa. No se promete ninguna bendición sino bajo determinadas condiciones, y la humanidad no puede obtener ninguna bendición sino mediante el fiel cumplimiento de las condiciones, o de la ley, bajo las cuales se promete. D. y C. 130:20–21 El matrimonio de una mujer con un hombre por el tiempo y la eternidad mediante el poder para sellar, de acuerdo con la ley de Dios, es un cumplimiento parcial de la ley celestial del matrimonio D. y C. 132:19 y es bueno hasta donde alcanza; y en la medida en que un hombre cumpla estas condiciones de la ley, recibirá su recompensa por ello; y esta recompensa, o bendición, no podría obtenerla sobre ningún otro fundamento ni bajo otras condiciones. Pero esto es solo el principio de la ley, no su totalidad. Por tanto, quien haya imaginado que podía obtener la plenitud de las bendiciones pertenecientes a esta ley celestial cumpliendo solo una parte de sus condiciones se ha engañado a sí mismo. No puede hacerlo. Cuando ese principio fue revelado al profeta José Smith, muy naturalmente sintió renuencia ante las responsabilidades que de ese modo se le imponían, pues preveía, como en parte lo hacía, las dificultades aparentemente insuperables que se presentarían para establecerlo frente a la opinión pública, las tradiciones y costumbres de muchas generaciones, y la desaprobación, las burlas, las calumnias, la oposición y la persecución del mundo. Sí, este hombre de Dios, que se atrevió a enfrentar la oposición del mundo entero con una actitud firme e intrépida, que se atrevió a cuestionar la autoridad religiosa y el saber y la sabiduría acumulados de la época, que se atrevió a todo por la verdad y no retrocedió ni siquiera ante el sacrificio de su propia vida como testimonio de su misión divina, sintió renuencia ante el peso de la responsabilidad de introducir y establecer esta innovación en las costumbres establecidas del mundo. Pero no vaciló, aunque no fue sino hasta que un ángel de Dios, con una espada desenvainada, se presentó ante él y le mandó que comenzara a practicar ese principio, o sería enteramente destruido o rechazado, que avanzó para revelar y establecer esa doctrina.

Para presentar este asunto ante ustedes con mayor exactitud, declaro aquí que el principio del matrimonio plural no fue revelado por primera vez el 12 de julio de 1843. D. y C. 132:1–66 Se puso por escrito por primera vez en esa fecha, pero había sido revelado al Profeta muchos años antes, quizá ya en 1832. Por esa época, o posteriormente, José el Profeta confió este hecho a Oliver Cowdery; él abusó de la confianza depositada en él y trajo oprobio sobre sí mismo y, por consiguiente, sobre la Iglesia, al “correr antes de ser enviado”, Jer. 23:21 y “tomarse libertades sin autorización”, por así decirlo; de ahí la publicación, por O. Cowdery, por esa época, de un artículo sobre el matrimonio, cuidadosamente redactado, que después llegó a incluirse en Doctrina y Convenios sin autorización. Este artículo se explica por sí mismo para quienes entienden los hechos, y constituye una prueba indiscutible del conocimiento temprano del principio del matrimonio patriarcal por parte del profeta José y también de Oliver Cowdery.

Cuando la revelación se puso por escrito, en 1843, fue con un propósito especial, a petición del patriarca Hyrum Smith, y no se tenía entonces la intención de darla a conocer a la Iglesia ni al mundo. Es muy probable que, si entonces se hubiera escrito con miras a publicarla como doctrina de la Iglesia, se hubiera presentado de una forma algo diferente. Hay referencias personales contenidas en una parte de ella que no son pertinentes al principio mismo, sino más bien a las circunstancias que hicieron necesario que se pusiera por escrito en ese momento. José Smith, el día en que fue escrita, declaró expresamente que había mucho más relacionado con la doctrina que sería revelado a su debido tiempo, pero que aquello era suficiente para la ocasión y bastaba por el momento. Y, de hecho, creo que es mucho más de lo que muchos están preparados para vivir aun ahora. Cuando llegó el momento de introducir esta doctrina entre quienes eran dignos en la Iglesia, Dios se lo mandó al Profeta y él obedeció. La enseñó, tal como se le había mandado, a quienes estaban preparados para recibirla y obedecerla, y a ellos se les mandó entrar en ella, o se les advirtió que las llaves se volverían en su contra y serían desarraigados por el Todopoderoso. D. y C. 132:3–5 Apenas es necesario decir que el Profeta no encontró a nadie más dispuesto que él mismo a tomar la iniciativa en este asunto con rectitud. Muchos podían comprenderlo; casi todos aquellos a quienes se lo reveló lo creyeron y recibieron el testimonio del Espíritu Santo de que era de Dios; pero ninguno superó, ni siquiera igualó, el valor del propio Profeta.

Si, entonces, este principio era de tan grande importancia que al propio Profeta se le advirtió que sería destruido, y a los mejores hombres de la Iglesia que serían excluidos del favor del Todopoderoso si no entraban en él y establecían su práctica sobre la tierra, es inútil decirme que no hay bendición alguna vinculada a la obediencia a la ley, o que un hombre con una sola esposa puede obtener una recompensa, una gloria o un reino tan grandes como con más de una, siendo igualmente fiel.

El matrimonio patriarcal implica condiciones, responsabilidades y obligaciones que no existen en la monogamia, y hay bendiciones vinculadas a la observancia fiel de esa ley que, aun consideradas únicamente desde el punto de vista de los principios naturales, deben superar a las de la monogamia en la misma medida en que son mayores las condiciones, las responsabilidades y el poder de aumentar. Esta es mi opinión y mi testimonio en relación con este asunto. Creo que es una doctrina que debe enseñarse y comprenderse.

Los beneficios derivados de la observancia recta de este orden del matrimonio no corresponden únicamente al esposo, sino que las esposas participan de ellos por igual; esto es cierto no solo sobre la base de la obediencia a una ley divina, sino también conforme a principios fisiológicos y científicos. Desde este último punto de vista, las esposas se benefician físicamente, si es posible, aún más que el esposo. Pero, en verdad, los beneficios que naturalmente corresponden a ambos sexos, y particularmente a sus descendientes, en el tiempo, sin hablar de la eternidad, son inmensamente mayores en la práctica recta del matrimonio patriarcal que en la monogamia, aun admitiendo la eternidad del convenio matrimonial monógamo.

El hombre puede recibir una gran recompensa, exaltación y gloria al entrar en el vínculo del nuevo y sempiterno convenio, si continúa siendo fiel de acuerdo con su conocimiento; pero no puede recibir la plenitud de las bendiciones a menos que cumpla la ley, como tampoco puede reclamar el don del Espíritu Santo después de ser bautizado sin la imposición de manos por la debida autoridad, ni la remisión de los pecados sin el bautismo, aunque se arrepienta en cilicio y ceniza.
“Pero”, dice alguien, “¿qué sucederá con los hombres buenos que creen en la doctrina, pero a quienes se les impide practicarla o no pueden hacerlo?”. Respondo que todo hombre y toda mujer recibirán todo aquello de lo que sean dignos, y quizá algo más, en virtud de la caridad ilimitada de Dios. Pero ¿quién puede esperar con justicia obtener más de lo que merece? No todos los juicios de Dios son dados al hombre. Lo que no aprendamos en este estado de probación con respecto a la salvación de nuestras almas, que son nuestros cuerpos y espíritus, tendremos que aprenderlo en la eternidad que tenemos por delante, porque no podemos ser salvos sin conocimiento. “Pero ¿y si nunca obtenemos conocimiento?”. Entonces nunca seremos salvos.

Supongamos que vivimos y morimos sin conocimiento. Entonces, si alguna vez hemos de obtener la salvación, tendremos que obtenerlo en el mundo venidero, como lo hicieron los antediluvianos que rechazaron el Evangelio que Noé les predicó y fueron destruidos por el diluvio, enviados a la prisión para ser castigados por su desobediencia y otras iniquidades, y que, en el meridiano de los tiempos, recibieron conocimiento mediante la proclamación del Evangelio que el Salvador les predicó mientras Su cuerpo dormía en el sepulcro, sin lo cual habrían permanecido para siempre ignorantes de Dios, de Su gobierno y de Sus leyes, en una condición perdida. 1 Pe. 3:18–20 Todos los hombres deben obtener la salvación conforme a sus propios méritos, porque por nuestras obras seremos juzgados, y por ellas seremos justificados o condenados.
Es un glorioso privilegio que se nos permita entrar en un templo de Dios para ser unidos como esposo y esposa en los lazos del santo matrimonio por el tiempo y por toda la eternidad mediante la autoridad del Santo Sacerdocio, que es el poder de Dios, porque a quienes son unidos de ese modo “ningún hombre puede separarlos”, pues Dios los ha unido. Mat. 19:6 Es un privilegio adicional que ese mismo hombre y su esposa vuelvan a entrar en el templo de Dios para recibir a otra esposa de la misma manera, si son dignos. Pero si él permanece fiel con una sola esposa, observando las condiciones de aquella parte de la ley que corresponde a la eternidad del convenio matrimonial, recibirá su recompensa; pero los beneficios, las bendiciones y el poder correspondientes a la segunda observancia de la ley, más fiel y más plena, nunca los recibirá, porque no puede hacerlo. Como ya se ha dicho, ningún hombre puede obtener los beneficios de una ley mediante la observancia de otra, por fiel que sea en lo que hace, ni puede asegurarse la plenitud de ninguna bendición sin cumplir la ley sobre la cual se basa; pero recibirá el beneficio de la ley que obedezca. D. y C. 130:20–21 Esto es justo y recto. Si esta no es doctrina correcta, entonces estoy en error; y si estoy en error, quiero que se me corrija.

Entiendo que la ley del matrimonio celestial significa que todo hombre de esta Iglesia que tenga la capacidad de obedecerla y practicarla con rectitud y no lo haga será condenado; D. y C. 132:3–5 digo que entiendo que significa esto y nada menos, y testifico en el nombre de Jesús que eso es lo que significa. Pero ¿qué será de aquel que no pueda cumplirla? Dice el Señor: “¿a quién de los que tienen conocimiento no le he mandado yo que se arrepienta? Y en cuanto al que no tiene entendimiento, queda en mí hacer de acuerdo con lo que está escrito”. D. y C. 29:49–50 En otras palabras, quien carece de entendimiento no está bajo la ley, y queda en Dios tratar con él conforme a Su propia sabiduría. Si un hombre reconoce que es incapaz, o que carece de la preparación necesaria por falta de conocimiento, sabiduría o entendimiento para obedecer esta ley, entonces queda en Dios tratar con él de acuerdo con aquellos principios de justicia que están escritos o que aún han de revelarse; sin embargo, no es probable que se siente con Abraham, Isaac y Jacob ni que participe de las bendiciones que se les han prometido.

Esta ley está en vigor entre los habitantes de Sion, y quien esté capacitado para obedecerla no puede descuidarla ni desatenderla impunemente. D. y C. 132:3–5 Pero debe observarse con rectitud. El mandamiento es “sed justos como vuestro Padre que está en los cielos es justo; Mat. 5:48 sed santos como él es santo”. Lev. 11:44–45 Lev. 19:2
¿Por qué impuso el Hijo de Dios este requisito a Sus discípulos, cuando el mundo cree tan universalmente que el hombre no puede ser justo en absoluto? ¿Exigió Jesús algo incongruente o imposible? No, no hizo nada semejante. Todo lo que nos mandó hacer podemos lograrlo con la ayuda del Espíritu Santo; pero no podemos hacerlo por nosotros mismos. Por tanto, si buscamos el Espíritu Santo y el don de sabiduría y entendimiento de Dios, podremos practicar estos principios de rectitud, y nos harán justos así como Dios es justo, en la esfera en la que hemos sido llamados a obrar. Cumpliremos la ley y recibiremos la bendición, la exaltación y la recompensa que de ello resultarán; si no lo hacemos, no obtendremos la recompensa.

Este es un razonamiento muy sencillo, lo admito. Los críticos dirían que estos son axiomas que no hace falta expresar. Si obramos inicuamente, seremos castigados; si obramos con rectitud, entonces recibiremos bendiciones de manos de Dios.
Que Dios los bendiga y nos conserve a todos en la senda de la rectitud, y nos permita vivir la religión que hemos recibido de Él, es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.

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