La restitución de todas las cosas y el deber de vivir como santos
Por el élder Charles W. Penrose, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 17 de agosto de 1879 por la tarde.
Dios llevará a término la restitución de todas las cosas, y nos corresponde colaborar en Su obra mediante la fidelidad, el arrepentimiento y el amor, sin albergar rencor hacia nuestros enemigos.
La obra de restitución de todas las cosas—La inutilidad de los esfuerzos de sus adversarios—No debemos albergar animosidad hacia los enemigos
Quedan unos pocos minutos que se me ha pedido ocupar; y, al hacerlo, deseo sinceramente ser inspirado por el Espíritu que da luz e inteligencia a la mente humana y hace claras las cosas de Dios, para que lo que les diga sea provechoso y edificante.
Me regocijo mucho por tener el privilegio de vivir sobre la tierra en el tiempo en que Dios ha comenzado la gran obra de la que hablaron todos los santos profetas desde el principio del mundo; cuando han comenzado los tiempos de restitución; cuando Dios ha empezado a restaurar a los habitantes de la tierra la doctrina y los principios que fueron revelados al pueblo en la antigüedad, mediante los cuales fueron llevados a la comunión con el Padre; cuando el santo sacerdocio, o la autoridad dada por Dios al hombre para actuar en Su nombre, ha sido restaurado a la tierra; cuando también se han restaurado los dones y las bendiciones que disfrutaron los santos de la antigüedad; cuando el conocimiento que poseían los antiguos acerca de la manera de acercarse a Dios para aprender de Él también se ha dado a conocer a los Santos de los Últimos Días; en el día en que ha comenzado sobre la tierra la gran obra que preparará a esta y a sus habitantes para su Príncipe, su legítimo Legislador y Rey. Me regocijo y doy gracias a Dios de todo corazón por estar identificado con este pueblo, por haber recibido el espíritu de esta obra, por haber podido comprender estos principios y doctrinas, y por haber unido mi destino al del pueblo que está preparándose para la venida del Señor.
Los tiempos de restitución a los que se ha referido esta tarde el hermano Morgan, y de los que habla el apóstol Pablo en las palabras que se han leído ante ustedes, son de la mayor importancia para la comprensión de todas las personas que viven sobre la tierra. Todo profeta por medio del cual Dios ha hablado desde el principio del mundo ha tenido alguna visión anticipada de esta obra. Cuando tomamos la Biblia, encontramos a todos los profetas cuyas palabras se registran en ella hablando de la gran obra de Dios en los últimos días; del gran día del Señor; del tiempo en que prevalecería la rectitud y cesaría la iniquidad; del tiempo en que sería derribado el mal gobierno, cuando los reinos de este mundo que han gobernado injustamente perderían su dominio sobre los hijos de los hombres y, en su lugar, se establecería el reino de Dios; del tiempo en que sería quitada la maldición que se puso sobre la tierra al principio, y cuando en lugar del espino y de la zarza crecerían la higuera y el mirto; del día en que desaparecería la animosidad entre los hombres y entre la humanidad y los animales; cuando el león y el cordero morarían juntos; cuando cesaría el espíritu de destrucción y el Espíritu del Dios viviente prevalecería sobre la faz de toda la tierra, y se prepararía el camino para la venida de su legítimo Gobernante, «Aquel cuyo es el derecho de reinar», quien gobernará «desde los ríos hasta los confines de la tierra»; del tiempo en que aquel maligno que tentó a nuestros primeros padres en el principio, que introdujo el mal y la muerte en el mundo, y que desde entonces ha tenido por propósito y objetivo usurpar el dominio de la tierra, será atado y, junto con todas sus huestes, será desterrado de la tierra, y toda esta creación quedará libre de su influencia, y el Espíritu de Dios será derramado sobre toda carne. Muchos de los profetas del hemisferio oriental, así como del continente occidental, previeron este período y se refirieron a él con gran claridad; sus palabras fueron registradas y han llegado hasta nosotros por medio de la Biblia y del Libro de Mormón.
El Espíritu que Dios ha tenido a bien derramar sobre nosotros abre en cierta medida nuestra mente a la comprensión de estas mismas cosas. Cuando tomamos la Biblia o el Libro de Mormón y leemos acerca de la restitución que ha de venir, podemos verla como la vieron los profetas; porque el mismo Espíritu que descansó sobre Isaías y Jeremías, sobre Nefi y Moroni y sobre otros profetas que vivieron en este continente descansa sobre el pueblo de Dios en estos últimos días. Las mismas evidencias están abiertas a nuestra vista, y sabemos, con la misma certeza con que sabemos que Dios vive, que está cerca el día en que esos acontecimientos de los que se ha hablado tendrán lugar sobre la tierra.
Vivimos en una época de gran iniquidad, de gran corrupción y de muchas clases de males; están extendidos por la faz de la tierra, y sus habitantes se han apartado en gran medida del Señor, de acuerdo con el pasaje de las Escrituras que se ha citado: «Traspasaron las leyes, cambiaron la ordenanza, quebrantaron el convenio sempiterno». Dios se ha apartado de los hijos de los hombres. Las tinieblas han cubierto la tierra, y la oscuridad, a los pueblos. Mientras se jactan de vivir en una época de luz del Evangelio, en realidad están privados de la comunión con el Señor. No se oye entre ellos la voz de ningún profeta; ningún vidente discierne las cosas de Dios; ningún ángel de las cortes de gloria lleva al hombre un mensaje de buenas nuevas. Los cielos son como bronce sobre sus cabezas. No reciben respuesta cuando oran o, mejor dicho, cuando recitan sus oraciones, porque verdaderamente puede decirse de ellos, con las palabras del Señor por medio de Isaías, que «se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero ha alejado su corazón de mí, y su temor de mí es un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado». «Por tanto», dice el Señor, «he aquí que nuevamente haré una obra maravillosa entre este pueblo, una obra maravillosa y un prodigio, porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá el entendimiento de sus entendidos»; mientras que a los débiles, despreciados y pobres de la tierra, a quienes Dios ha recogido de entre las naciones, les ha revelado Su voluntad y las cosas preciosas de Su reino; y ellos están preparándose para los grandes acontecimientos que tendrán lugar en el futuro cercano.
Dios ha comenzado la gran obra de restitución de todas las cosas al restaurar el Evangelio en su sencillez primitiva, junto con todo principio y ordenanza que le pertenece, y con la autoridad y el poder para administrar en él. Todo hombre que ha vivido sobre la tierra en épocas pasadas y que ha poseído las llaves en alguna dispensación de la misericordia de Dios al hombre ha descendido del lugar adonde ha ido y ha restaurado esas llaves; todos han traído su sacerdocio, su autoridad y el espíritu y el poder que le pertenecen, y han ordenado a hombres vivientes a la autoridad que ellos mismos poseían. Y la razón por la que sabemos que esto es verdad es que Dios Todopoderoso lo ha manifestado a toda alma humilde que se ha inclinado en obediencia a este Evangelio. Nuestro testimonio no depende de José Smith; no depende de Brigham Young; no depende de John Taylor ni del Consejo de los Doce Apóstoles, que ahora es el cuórum presidente de la Iglesia. No hago depender mi fe de ningún hombre; creo en el pasaje de las Escrituras que dice: «Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo». Obedecí este Evangelio porque creía que era verdadero, por haber leído las Escrituras, en las cuales se me enseñó a creer desde mi más tierna infancia. Cuando el sonido del Evangelio llegó a mis oídos, creí; y, al someterme en obediencia a sus ordenanzas, recibí por mí mismo un testimonio de su veracidad, y ese testimonio nunca se ha apartado de mí. Sé por el poder y el don del Espíritu Santo que Dios vive. Sé que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Sé por ese mismo Espíritu que Dios Todopoderoso ha enviado a Sus ángeles en estos últimos días a José Smith y a otros con el propósito de comenzar esta obra de restitución de todas las cosas. Sé que esa obra ha comenzado a introducirse. Sé que el poder de Dios se está manifestando sobre la tierra, que el mismo poder que descansó sobre los santos de la antigüedad descansa sobre los Santos de los Últimos Días. Sé que las ordenanzas de los días antiguos han sido restauradas, así como su espíritu y su poder. Lo sé por mí mismo, porque lo he experimentado y comprobado. Sé que hay una manera de acercarse al Padre Eterno y aprender de Él. Sé que quienes buscan debidamente, de la manera señalada, encuentran respuesta a sus oraciones, y que es verdadera la promesa hecha por el Salvador: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá». Y al dar mi testimonio de la veracidad de estas cosas, digo lo que sabe la mayoría de esta congregación y de lo que podría testificar la gran mayoría de las personas de todo este Territorio, así como muchos miles más que están esparcidos sobre la faz de la tierra y anhelan congregarse en estos valles de las montañas: No hemos venido aquí con el mero propósito de enriquecernos en oro y plata, en rebaños y ganados, o en casas y tierras, cosas que perecen con su uso, sino para hacernos ricos en las cosas imperecederas de la eternidad, que podemos obtener aquí de la manera señalada por Dios y de las cuales el mundo no sabe nada.
La gente se pregunta por qué los líderes de este pueblo siguen siendo sostenidos por la voz y el voto unánimes de los Santos de los Últimos Días, y por qué tenemos fe en ellos y nos mantenemos a su lado a pesar de todo lo que se dice en su contra. No comprenden el resorte oculto que impulsa esta obra. El poder que nos une y nos guía no reside en ningún hombre ni grupo de hombres, ni tampoco en esta maravillosa organización, sino en este Espíritu eterno e infalible que Dios ha derramado en nuestro corazón mediante la obediencia al Evangelio, por el cual podemos acercarnos a Él y aprender de Él por nosotros mismos.
Nos hemos congregado en estas montañas para ayudar en esta gran obra de restitución. Estamos construyendo estos templos para que el Señor venga y restaure más poderes, llaves y conocimiento relacionados con el santo sacerdocio, que se han mantenido en reserva, porque hasta ahora solo hemos recibido unas gotas de la lluvia que ha de venir; hemos recibido apenas unas pocas cosas en comparación con lo que queda por revelar. No hay principio ni bendición mencionados en estas Escrituras que hayan disfrutado los santos de alguna época anterior que el Señor nuestro Dios no vaya a restaurar y conceder a Su pueblo de los últimos tiempos, los tiempos de la restitución de todas las cosas. Esta doctrina del matrimonio celestial que causa tanta agitación en el mundo es solo una de las doctrinas que los antiguos creían y practicaban, y ello bajo la aprobación y dirección inmediatas del Todopoderoso, que Dios ha comenzado a restaurar en los últimos días. El Señor la ha restaurado junto con otros principios, y es una verdad de la que este pueblo puede testificar, crean o no los demás. Dios es su autor, y si los hombres deciden luchar contra el Señor, que luchen; el asunto queda entre Dios y ellos. Doy mi testimonio de que Dios Todopoderoso ha revelado esta doctrina del matrimonio celestial, o matrimonio por la eternidad, incluida la doctrina de la pluralidad de esposas. Se la manifestó al profeta José Smith y la ha revelado a miles mediante el don y el poder del Espíritu Santo. Pero estos son solo los comienzos. Hemos venido aquí para aprender los caminos de Dios y andar por Sus sendas. «Nuestros padres heredaron mentira, vanidad y cosas en que no hay provecho». Se han alimentado de cáscaras, mientras carecían del grano. Han sido enseñados por las tradiciones de los hombres; han sido guiados por teólogos que no conocían a Dios, que no podían describirlo ni explicar Sus leyes al pueblo, porque ellos mismos no lo conocían; ¿y cómo podrían conocerlo si, según sus propias declaraciones, la voz de la profecía había cesado y Dios ya no hablaría a los hijos de los hombres?
Hemos salido de las tradiciones y de las teorías falsas de nuestros padres y nos hemos congregado aquí para aprender de Dios. Y Dios ha organizado Su Iglesia, y estamos recibiendo línea por línea y precepto por precepto, un poco aquí y otro poco allí, para nuestro provecho, a fin de prepararnos para las cosas que se manifestarán en el futuro. Y si tan solo viviéramos conforme a las cosas que Él nos ha revelado; si fuéramos tan puros, virtuosos, honrados, rectos, concienzudos, pacientes, longánimos y caritativos como se nos manda ser en las revelaciones que el Señor nos ha dado en estos últimos tiempos, estaríamos mejor preparados para las grandes cosas que aún han de darse a conocer. Si el pueblo llamado Santos de los Últimos Días desea recibir más de estas grandes cosas que se han mantenido ocultas al mundo durante generaciones, que viva conforme a los principios ya revelados; que sea santo de verdad. Así como ha salido físicamente del mundo, que se separe del mundo en espíritu. Que sus integrantes sean templados, castos y veraces; que sean honrados y honorables con todos los hombres; que cumplan sus acuerdos y no dejen de guardar las promesas que se hacen unos a otros, recordando siempre, con la debida consideración, sus sagrados convenios y solemnes obligaciones para con el Señor. Y así se acercarán a Él y, como consecuencia natural, el Señor se acercará a ellos; Su Espíritu estará sobre ellos, y Dios peleará sus batallas, vencerá a sus enemigos y romperá todo yugo. Porque el Señor está cerca y no lejos. Ha comenzado la gran obra de restitución y la llevará adelante hasta su consumación. Restaurará todo poder, todo don y gracia, toda llave, revelación e inspiración que hayan disfrutado los santos de la antigüedad. ¿Eso es todo? No, mis hermanos y hermanas, no es todo; porque, después de que Dios haya restaurado todo lo que se ha perdido, revelará en esta dispensación cosas que se han mantenido ocultas desde la fundación del mundo. Las revelará «a los niños y a los que maman», a los niños nacidos en Sion que son herederos del santo sacerdocio, criados en el camino que deben seguir, no criados como algunos de nuestros hijos, sino de la manera que Dios ha señalado. Puesto que vivimos en estos tiempos trascendentales, nos corresponde ser lo que profesamos ser: santos. Somos llamados a ser santos; si somos santos o no, es otra cuestión. Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos? Lean el libro de Doctrina y Convenios; descubran sus propias debilidades, sus propias faltas, sus pecados de omisión y de comisión. Descubran en qué han dejado de hacer lo que debían hacer y han hecho lo que no debían haber hecho, y arrepiéntanse. Es necesario enseñar el arrepentimiento a los Santos de los Últimos Días, así como al mundo; porque somos llamados con un llamamiento santo, y si no vivimos conforme a lo que profesamos, mejor sería que nunca lo hubiéramos profesado. Volvamos al Señor y el Señor volverá a nosotros; Su Espíritu se manifestará entre nosotros en un grado todavía mayor y abundarán Sus dones y bendiciones. Nuestros enfermos serán sanados como en tiempos pasados. Hemos visto a enfermos sanar instantáneamente. Los cojos han caminado, los mudos han hablado, los ciegos han visto y los sordos han oído por el poder de Dios mediante la administración de Sus siervos. Los dones de lenguas, profecía, sueños, fe, discernimiento y todo don y bendición de los que la Biblia dice que adornaron a la Iglesia primitiva han sido disfrutados por los Santos de los Últimos Días en esta Iglesia de los últimos días, y somos testigos de ello. Dios ha estado cerca de nosotros, y hemos sentido Su presencia en nuestras reuniones públicas y en nuestros hogares. La paz ha reinado en nuestro corazón y hemos sentido el deseo de alabarlo con toda nuestra alma por Su bondad.
Ahora bien, el Señor estará todavía más cerca de nosotros si practicamos nuestra religión y somos santos de verdad; y nuestros propios ojos se abrirán para discernir la obra de Dios entre las naciones. Ya hemos comenzado a comprender los propósitos del Todopoderoso. La mano de Dios está sobre todos, y Él abatirá al opresor y romperá todo yugo. Destruirá la tiranía que todavía existe en el mundo y se abrirá el camino para que los siervos del Dios viviente vayan a toda nación, tribu, lengua y pueblo como mensajeros de la verdad y recojan a la descendencia de Israel; y la obra de Dios seguirá adelante, y todo esfuerzo de nuestros enemigos solo tenderá a acelerar su progreso. Aquí se han formado asociaciones para oponerse a esta obra y causarnos dificultades. ¿A qué han llegado sus esfuerzos hasta ahora? Aquellos que han urdido sus planes para tergiversar lo que somos, dar falso testimonio contra nosotros y difamarnos, ¿cuánto han logrado? Han contribuido a que se mate a un joven fiel que, al igual que muchos de sus hermanos, estaba dedicado a publicar al mundo los principios de nuestra religión. Y, además, han contribuido a incitar a integrantes de turbas a sacar de sus hogares a unas pocas personas ancianas e inofensivas y golpearlas casi hasta matarlas a causa de sus creencias. ¡Que esos conspiradores contemplen su obra y vean lo que han logrado! ¡Cuánta satisfacción deben sentir estas damas, estas damas y caballeros «cristianos», en sus labores! ¿Cuánto hará esto para detener el progreso de la obra del Todopoderoso? Absolutamente nada; solo tenderá a impulsarla hacia su consumación y triunfo final. El Señor dirigirá las cosas a favor de Su pueblo de tal manera que convertirá en bien el mal que se pretendía hacer. Sus esfuerzos por derrocar el «mormonismo», como lo llaman, simplemente darán a conocer nuestra causa por todo el mundo; la atención se dirigirá hacia nuestros élderes que viajan por el mundo predicando el Evangelio, y ellos estarán en mejores condiciones de dar su testimonio y recoger a los honrados. Pueden luchar contra esta obra como les plazca; pueden difamar y estigmatizar a este pueblo y amontonar sobre él toda clase de oprobio; pueden encarcelar e incluso matar el cuerpo de algunos de sus defensores más fieles, pero los hechos permanecen: estamos embarcados en la obra de restitución; Dios la ha comenzado; Dios está con nosotros y permanecerá con nosotros mientras le seamos fieles como Sus siervos; y ningún poder en la tierra ni en el infierno detendrá Sus propósitos. Las naciones de la tierra están en Sus manos; considera a los gobiernos de esta tierra como algo muy pequeño y, con el tiempo, se reirá de su calamidad y se burlará cuando les sobrevenga el temor. Los reinos de este mundo, con toda su pompa y gloria, serán, en el debido tiempo del Señor, humillados hasta el polvo y hechos pedazos; y entonces vendrá el reino de nuestro Dios, y Aquel cuyo es el derecho de reinar gobernará de polo a polo y de costa a costa.
Pero no alberguemos animosidad en nuestro corazón contra quienes conspiran contra nosotros. Mientras defendemos nuestros derechos civiles y la libertad que nos corresponde en virtud de la Constitución de los Estados Unidos, y permanecemos firmes, hombro con hombro, en defensa de nuestros derechos religiosos, y ayudamos a mantener para otros los derechos que reclamamos para nosotros mismos, no alberguemos ira, animosidad ni venganza en nuestro corazón. Más bien, tomemos las palabras del Señor Jesucristo como guía y procuremos ser pacientes y longánimos, tal como lo es Dios. Y el Señor peleará nuestras batallas, y quienes luchan contra nosotros serán, con el tiempo, llevados a la vergüenza y la confusión, como siempre lo han sido. Y que quienes se deleitan en mentir acerca de los Santos de los Últimos Días sigan mintiendo; hay un lugar preparado para ellos y los dejaremos en Sus manos. ¡Ustedes que desean mentir, sigan mintiendo! Hagan su obra, cumplan la misión en la que están embarcados, como lo hizo Judas en la antigüedad; pero, en cuanto a nosotros, serviremos al Señor; guardaremos Sus mandamientos; lucharemos contra los males de nuestra naturaleza, transmitidos a nosotros por los errores de nuestros antepasados; aprenderemos a gobernarnos a nosotros mismos y a nuestros hogares en el temor de Dios; y mientras estemos empeñados en luchar contra el mal y la corrupción, Dios estará de nuestro lado, ¿y quién prevalecerá contra Él? «El pequeño llegará a ser mil; y el menor, nación poderosa. Yo, Jehová, a su tiempo lo apresuraré».
Ahora bien, estamos aquí, en los valles de estas montañas, para ayudar en esta gran obra de llevar a cabo la restitución de todas las cosas; aferrémonos a las verdades que se nos han revelado y practiquémoslas en nuestra vida, para que lleguemos a ser un pueblo santo para el Señor, fiel, veraz, honorable, recto, casto y puro, digno de la compañía de los ángeles. Y el Espíritu del Dios viviente obrará libremente entre nosotros y abundarán los dones del Evangelio; la verdad prevalecerá y nuestros enemigos serán confundidos. No está lejano el tiempo en que Dios barrerá de la tierra, como con una escoba de destrucción, a todos los que se rebelen deliberada e intencionalmente contra Él y Su obra; limpiará la tierra de contaminación y establecerá la rectitud sobre ella. Entonces se verá a los hombres convertir sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra, sino que todo hombre, en todo lugar, encontrará a un hermano y a un amigo. Y este mismo espíritu de paz también producirá un cambio en los animales, conforme a las palabras de los profetas que vivieron hace siglos, y la tierra misma será bendecida, se quitará de ella la maldición, y Aquel cuyo es el derecho de reinar vendrá y gobernará en medio de Su pueblo.
He ocupado suficiente tiempo. Doy gracias a Dios, como dije al principio, por el privilegio de ser Santo de los Últimos Días; doy gracias a Dios por el privilegio de estar aquí, en los valles de estas montañas, ayudando a llevar adelante esta gran obra de restitución. Y, con la ayuda de Dios, permaneceremos unidos como un grupo de hermanos y hermanas para servir al Señor nuestro Dios, sin importar lo que venga. Amén.


























