Vivir la verdad y confiar en el triunfo del Evangelio
Por el élder George G. Bywater, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 29 de junio de 1879 por la tarde.
El Evangelio de Jesucristo transforma la vida mediante principios eternos, y su triunfo depende de la obra de Dios, mientras que nuestra responsabilidad es vivir fielmente lo que hemos recibido.
El Evangelio tal como lo predican los santos—La oposición del mundo a la difusión de la verdad
Estamos reunidos aquí esta tarde como una congregación de adoradores; nos hemos congregado para adorar a Dios conforme a los dictados de Su palabra, de acuerdo con las revelaciones de Su divina voluntad, tal como se han dado a conocer al pueblo de los Santos de los Últimos Días. Representamos una fe, una constitución espiritual, una organización de ideas que incorpora nuestro sentido del deber: nuestro deber para con nuestro Dios y nuestro deber para con nuestros semejantes. Esta no es una ocasión nueva; este no es un anuncio nuevo. Hemos existido como pueblo entre las naciones de la tierra durante un tercio de siglo. Nuestras doctrinas no son nuevas; nuestros principios, de los cuales se componen estas doctrinas, no son del siglo XIX; no son el fruto de la inteligencia de esta época; no son productos de esa intelectualidad que muchos consideran la medida más elevada del progreso, la plataforma más excelsa del pensamiento. Nuestros principios son de eternidad en eternidad. El Evangelio del Señor Jesucristo, nombre que comúnmente se aplica a la religión que profesamos, fue predicado de antemano a Abraham y revelado a nuestros padres, los antiguos. Muchos de sus principios fundamentales, varias de sus ordenanzas divinas y muchísimas de las esperanzas que inspiraron e hicieron palpitar de emoción y deleite celestiales el corazón de los hombres y las mujeres más puros de esta época, o de épocas anteriores a la nuestra, eran principios que habían sido revelados nuevamente en épocas y dispensaciones pasadas. Pero afirmamos haber recibido este Evangelio en la dispensación en que vivimos como una nueva revelación; no principios nuevos, sino una nueva revelación de principios antiguos, de doctrinas antiguas, de instituciones con las cuales los mayores benefactores, filántropos y humanitarios que jamás han honrado a la raza humana estuvieron más o menos familiarizados. Estamos aquí hoy, queridos amigos, como resultado de la obra del ministerio de este Evangelio, como un pueblo que ocupa esta región llamada el Territorio de Utah. Somos frutos, somos resultados del ministerio de reconciliación, producidos por la misión del Evangelio de Jesucristo en su plenitud y pureza primitiva en el día y la época en que vivimos; y cuando, como pueblo, nos dirigimos así unos a otros y reiteramos estas verdades para que todos las oigan, no estamos anunciando algo que no comprendemos, sino que lo hacemos sencillamente para recordárnoslas mutuamente, estimular nuestros pensamientos, poner en actividad nuestras facultades de reflexión y hacer surgir esas energías intelectuales que se despiertan mediante la revelación de estos principios de vida e inmortalidad en el desarrollo de nuestra fe; y para estimular nuestra mente a fin de que llegue a ser más pura, traer a nuestra memoria las cosas pasadas y hacer pasar también ante nuestra mente las circunstancias, los deberes y los acontecimientos del presente, y así llevar con nosotros la historia que estamos creando y producir, mediante la acción combinada de nuestras labores pasadas y presentes, aquellos resultados que el Evangelio, en su totalidad, su poder y su influencia, ejerce sobre el corazón del hombre al llevar a cabo esa regeneración humana de la que tanto han hablado los profetas y que hace tanto tiempo cantaron el salmista inspirado y los cantores de Israel, la cual habría de caracterizar los rasgos que marcarían el desarrollo de los propósitos de Dios en esta humanidad, en esta gran multitud de seres inteligentes que Él ha creado y a quienes ha dado una existencia consciente sobre la tierra.
Al hablar de esta manera, mis hermanos y hermanas, deseo hacerlo a modo de unas breves observaciones preparatorias de lo que puedan decir los hermanos que me sigan, pues solo ocuparé su atención durante una porción limitada del tiempo esta tarde. Sin embargo, deseo añadir a lo que ya he dicho acerca del carácter del Evangelio que no necesitamos acudir a ninguna otra fuente para hallar evidencia de la divinidad de la misión en la que estamos embarcados, de la divinidad de las revelaciones que se nos han confiado en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos, para obtener evidencia de su carácter divino y de su origen celestial, o pruebas de sus resultados prácticos en nosotros mismos. Podemos, mis amigos, examinar nuestra propia experiencia; cada uno de nosotros puede repasar los diversos capítulos que constituyen los actos y las conversaciones de cada día, y los resultados de nuestras labores como miembros individuales de este cuerpo eclesiástico y de esta Iglesia militante, y ver cuáles han sido los frutos que estos principios han producido en nuestra vida; y, además, ver hasta qué punto hemos cumplido las condiciones bajo las cuales se han concedido las bendiciones del segundo nacimiento, la regeneración del corazón humano bajo la inspiración del Espíritu del Señor, y ver si nuestras profesiones son meras profesiones, si son simplemente reconocimientos de palabra o si predicamos esos sermones tan prácticos mediante los actos de nuestra vida y la práctica de nuestra conducta cotidiana, de modo que confirmemos la veracidad de nuestro testimonio y justifiquemos a nuestros amigos y a nosotros mismos al concluir que somos honrados y sinceros en la adoración del Señor nuestro Dios conforme a las revelaciones de Su voluntad.
Hermanos y hermanas, hemos recibido revelaciones de Dios, a pesar de la incredulidad del mundo respecto a ellas. Hemos recibido esas gloriosas verdades relacionadas con la regeneración del hombre, con su desarrollo ulterior y con su redención final y completa; o, en otras palabras, empleando quizás un lenguaje más familiar para algunas mentes, con el desarrollo más perfecto del hombre. Hemos recibido esos gloriosos principios; los hemos aceptado en la sencillez de nuestro corazón como verdades de Dios, y hemos comprobado en nuestra experiencia individual que nuestro testimonio es verdadero; que los principios que hemos abrazado son verdaderos; que han confirmado su veracidad en nuestra experiencia y han confirmado la promesa que hizo nuestro Redentor al declarar a Sus discípulos: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Nuestros principios son sencillos, son comprensibles, son claros, son evidentes por sí mismos; llegan a ser evidentes para toda mente capaz de percibir la relación que estos principios guardan con nuestras condiciones de vida, tanto físicas como mentales.
El plan de redención humana, que llamamos el Evangelio del Hijo de Dios, está compuesto de principios y doctrinas puros, que se encuentran en perfecta armonía con toda necesidad de nuestra naturaleza, con todo deseo justo, con todo desarrollo legítimo de nuestro ser, físico o mental, material o espiritual, cualesquiera que sean los términos que escojamos para expresar la materialidad o espiritualidad de nuestro ser. Repito que el Evangelio del Hijo de Dios contiene toda disposición necesaria, está enriquecido con toda cualidad y dotado de todo elemento indispensable para el perfecto disfrute de todas las facultades del hombre y de toda la capacidad con que ha sido investido para desarrollar su poder e inteligencia.
Al hablar de este asunto, mis hermanos y hermanas, somos llevados a considerar además la eternidad de nuestro ser; somos conducidos así a terrenos que se extienden a derecha e izquierda; somos guiados en nuestras reflexiones bajo la inspiración de los principios, pues toda verdad posee su propio principio de vida, su propia cualidad de poder, su propia energía característica; y siempre que esa verdad es recibida por un ser sensible, por un ser consciente, por un ser que posee conciencia del sentimiento del yo, y cuando el conjunto de sus facultades intelectuales no está deteriorado, cuando estas son despertadas a un hermoso ejercicio por las leyes del pensamiento, por la fuerza de los principios y por la impresión de los objetos, y cuando el hombre despierta como un ser pensante e intelectual, queda inevitablemente abierto a recibir una porción de la inspiración que esas verdades llevan consigo; y cuanto más avanzado esté, cuanto más se eleve en el plano de la inteligencia, mayor será su sensibilidad y capacidad para recibir esa inspiración; y cuanto más se entregue a la contemplación de los fines más altos y excelsos de la vida, más valor atribuirá a todo principio de moralidad y virtud, a todo principio de revelación de Dios, a la verdad de toda clase y, más especialmente, a aquellas verdades que tienen una relación inmediata con su condición presente, así como a las que afectan su estado futuro.
Hay mucho del conocimiento que se ha conferido a la familia humana, mucha de esa inteligencia y comprensión que el hombre ha llegado a poseer, que no podemos utilizar inmediatamente para regular nuestros asuntos sociales ni en ninguna otra labor relacionada con la estructura de la sociedad. Pero los principios hacia los cuales dirijo ahora su atención, los principios del Evangelio de Jesucristo, son principios fundamentales; son elementos esenciales, son, si así lo desean, las piedras de fundamento de la gran estructura de la humanidad; alcanzan las condiciones fundamentales de su existencia; poseen la virtud de penetrar en los rincones más intrincados de nuestra naturaleza y hacer brotar de lo más profundo de nuestro ser aquellas cualidades y excelencias, aquellas virtudes, aquellas obras dignas de alabanza y de buena reputación, que inspiran veneración, aquellas obras que han adornado la vida de todos los hombres que se han convertido en benefactores de su especie y que han resplandecido como reformadores y regeneradores de la sociedad. No importa por qué nombre se les haya llamado, si han hecho el bien en cualquier función o esfera; si la sociedad de hoy debe algo al pasado, a la gran fuerza impulsora que ha influido en los intereses de la humanidad, ha protegido las condiciones de su bienestar o ha dirigido en algún grado sus energías para producir una condición deseable en la historia de nuestra especie, se lo debemos a esa clase de hombres; se lo debemos a hombres que han permanecido firmes y fieles a sus convicciones de lo que era correcto; se lo debemos a hombres que han resistido la corriente de los prejuicios populares o que se han atrevido a remar contra la corriente de la opinión popular; se lo debemos a hombres que han sacrificado la buena voluntad de quienes se dejaban llevar por la marea de la popularidad, y a hombres que han permanecido firmes, fieles e inflexibles en sus convicciones de lo correcto. ¿Ha habido tales hombres? Sí, mis hermanos y hermanas. Me regocijo de que, a través de la negra oscuridad y de las nubes casi impenetrables que se interponen entre nosotros y las épocas pasadas, podamos ver destellos, chispas de luz que iluminaron el tiempo, y venero y honro la memoria de aquellos hombres que hicieron cuanto pudieron para cumplir los propósitos de su gran Creador, el Padre de la raza humana y el Creador de todas las cosas que existen. Honro su memoria. Si no poseían tanta verdad como quienes vinieron después; si su filosofía no era tan sólida y si en su teología había mayores incongruencias, debe recordarse que no habían avanzado lo suficiente para percibir sus errores; y si fueron devotos y sinceros en el curso que siguieron, viviendo conforme a la mejor luz que poseían, yo, por mi parte, conservo con afecto el recuerdo de tales personas.
Pero existe en la familia humana un estado mental muy anómalo, que, sin embargo, no es nuevo. Es la batalla constante que libran las teorías y los principios anticuados, quizás arraigados en el corazón de las mayorías, siempre que se introduce una nueva verdad en el mundo; siempre que aparece un principio que no ha sido reconocido claramente como tal ni ha entrado en la constitución de su propia religión, filosofía, política o ciencia. Siempre que se introduce una nueva verdad, los obstinados e inflexibles defensores de nociones e ideas anticuadas no están dispuestos a ampliar el ámbito de sus pensamientos y extender aún más los límites de sus reflexiones. Y resulta alentador descubrir, aquí y allá por el mundo, a alguien que comparte las sensatas opiniones expresadas en las palabras de Humboldt, el naturalista alemán: «Las mentes débiles creen complacidas que en su propia época la humanidad ha alcanzado el punto culminante de la grandeza intelectual, olvidando que, por la conexión interna que existe entre todos los fenómenos naturales, a medida que avanzamos, el campo que debe recorrerse adquiere mayor extensión y está limitado por un horizonte que retrocede incesantemente ante los ojos del investigador». ¡Cuán profundamente verdaderas y sustancialmente correctas son estas palabras pronunciadas por este noble hombre, una de las mentes más brillantes del siglo XIX! ¿Somos capaces de liberarnos de estos pensamientos, de esta condición empequeñecida de las ideas? No, temo que no. ¿Y no es tan cierto hoy como siempre que, cuando un individuo o una comunidad introduce en el mundo algún principio o doctrina que considera en el más perfecto acuerdo con los principios de verdad ya revelados, seguramente encontrará el mismo clamor de siempre? Las mismas armas de guerra esparcidas por los campos de batalla de los siglos son recogidas con avidez por algunos de los recios veteranos, que echarán mano de cualquier cosa: incrédulo, escéptico, heterodoxo, fanático, inmoral; y no importa cuál sea el oprobio asociado a tales palabras, con tal de que piensen que pueden utilizarlas para detener el progreso de una verdad, un principio o una doctrina que no se ha incorporado a sus opiniones.
Hablamos de nuestra creciente ilustración; hablamos del avance de nuestra inteligencia; nos expresamos elocuentemente sobre la marcha del intelecto y, sin embargo, nos sentimos libres de condenar todo esfuerzo del más firme defensor del progreso humano en el mundo por indagar los fundamentos de la sociedad, por indagar los fundamentos de la fe, por procurar determinar la solidez o la falta de solidez de los principios; y si descubrimos que nuestros padres comieron uvas agrias y que nosotros, sus hijos, tenemos los dientes con dentera, deseamos administrar alguna panacea para eliminar la dificultad, cambiar los elementos que están socavando los cimientos de esa sociedad que procuramos edificar, sustituirlos por elementos de una textura homogénea y de una fibra más duradera, y reconstruirla sobre la base desarrollada por los principios del Evangelio sempiterno, que saca a luz la vida y la inmortalidad, y nos enfrentamos al grito de «necios», «fanáticos» y una gran cantidad de expresiones poco halagadoras. Pero hace mucho tiempo, mis amigos, llegué a la conclusión de que se dice muchísimo cuando hay muy poco significado que pueda extraerse de lo que se ha dicho acerca de estos hombres. Son «como metal que resuena o címbalo que retiñe».
Nosotros, como Santos de los Últimos Días, hemos abrazado el Evangelio de Jesucristo. ¿Qué es ese Evangelio? Es fe en Dios; es una confesión expresa de la existencia de una Deidad, de que hay una inteligencia suprema que no solo gobierna, sino que construyó el universo: el gran Arquitecto de los cielos. Creemos en Su existencia y en que recompensa a todos los que lo buscan diligentemente. Creemos en el Señor Jesucristo, Su Hijo Unigénito, que vino al mundo en el meridiano de los tiempos para anunciar el mensaje de misericordia, que proclamó principios de verdad eterna y dio a conocer las condiciones mediante las cuales la humanidad podía alcanzar la salvación; mediante las cuales el hombre podía elevarse, gracias a los medios dispuestos en este gran plan de redención humana, desde su condición inferior, a fin de ascender por la escalera que vio Jacob, cuya base estaba sobre la tierra y cuya parte superior llegaba hasta el cielo, y subir peldaño tras peldaño, recibiendo línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y otro poco allí, hasta llegar a ser un hombre perfecto en Cristo Jesús, nuestro Señor. Creemos, pues, en Jesucristo como el Salvador del mundo. Creemos en el Evangelio que Él recibió y en los principios de ese Evangelio que nos han sido transmitidos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los cuatro historiadores que recopilaron la historia de Su ministerio y registraron los principios que enseñó. Creemos que son verdad eterna; creemos que son esenciales para la salvación de la humanidad. Creemos en el arrepentimiento de todos los pecados pasados; un arrepentimiento genuino y sincero, no un arrepentimiento de palabra, sino un arrepentimiento del que no haya que arrepentirse; un arrepentimiento que produzca frutos dignos de arrepentimiento, a saber: el abandono del pecado, el abandono de todo hábito malo que sepamos que es malo, apartándonos de él y buscando al Señor nuestro Dios con íntegro propósito de corazón, adornando nuestra vida con Su doctrina, con Sus sagrados preceptos y principios, creyendo que «el temor de Jehová es el principio de la sabiduría» y que «antes de la honra está la humildad». Creemos en el bautismo para la remisión de los pecados y en la imposición de manos para la recepción del Espíritu Santo.
Ahora bien, creemos todo esto y mucho más. Nuestras doctrinas han estado ante el mundo durante muchos años. Las publicaciones de nuestra Iglesia contienen una exposición muy completa y clara de nuestras creencias con respecto a nuestra fe y a nuestros principios que afectan nuestra vida aquí y en el más allá y, sin embargo, descubrimos, mis amigos, que somos impopulares, que no se nos ha de incluir entre los elementos cristianos de la sociedad; se nos considera paganos, gentiles, proscritos, bárbaros, una raza inmoral y réproba. Y permítanme preguntar: ¿Cómo fue en los días de Jesús, ese gran modelo de perfección humana, ese gran Maestro de la más pura de todas las verdades? Nuestros ministros cristianos de hoy hablan elocuentemente desde el púlpito a sus congregaciones, diciéndoles que no hay otro nombre dado debajo del cielo mediante el cual el hombre pueda ser salvo sino el nombre de Jesús; y, sin embargo, cuando los hombres salen como lo hacen nuestros élderes, declarando con toda seriedad que tienen el mensaje de vida y salvación revelado desde los cielos, el cual es poder de Dios para salvación a todos los que creen y obedecen, y piden a estos hombres permiso para predicarles a ellos y a su pueblo el Evangelio del manso y humilde Jesús, de ese mismo Nazareno que una vez fue despreciado, en sus púlpitos o tribunas, de inmediato expresan su temor de que les inoculemos este terrible contagio. ¿Qué predicamos? Los mismísimos principios que enseñó Jesús. No consideramos que ser belicosos o buscar la controversia sea señal de una mente elevada y noble, pero desafiamos al mundo incrédulo a demostrar que un solo principio de nuestras doctrinas fundamentales, reveladas a nosotros en esta época por José Smith o por Jesucristo como Salvador del mundo, no está en perfecta armonía con las concepciones más elevadas y las naturalezas más puras que jamás haya tenido el mundo, y no concuerda perfectamente con las declaraciones de las Santas Escrituras. Hemos tenido hombres que nos contradicen; hemos tenido personas que nos dicen que somos engañados y descarriados, pero sus simples afirmaciones no tienen peso ni valor si no están respaldadas por argumentos legítimos. Nuestras doctrinas son bíblicamente puras; son doctrinalmente sólidas conforme a la expresión de lo divino contenida en este antiquísimo libro llamado la Biblia; no solo nuestros primeros principios, sino todos los demás principios que le pertenecen, incluidas nuestras instituciones sociales, que constituyen el gran motivo de disputa con los moralistas de nuestros días. No me atrevo a permitirme hablar de esta cuestión en este momento. Estoy demasiado disgustado con la podredumbre y la hipocresía santurrona de la sociedad, con la infidelidad de sus relaciones sociales y con la completa degeneración de la moralidad de nuestra época para hablar de este asunto, particularmente con hombres que han llegado precipitadamente a conclusiones, y que lo han hecho sin medir cada paso que han dado ni analizar los elementos de las doctrinas que ponen en duda; pero podemos decir, con mansedumbre de corazón y confianza, sin hipocresía y sin un celo que no esté de acuerdo con el conocimiento, sino con un celo avivado hasta convertirse en un fervor propio de hombres honrados, que sabemos que nuestras doctrinas son de Dios y que todo el mundo que se opone a sus principios se encuentra en hiel de amargura y en prisión de iniquidad.
Me siento agradecido, mis hermanos y hermanas, de que tengamos una religión que se sostiene por sí misma; de que tengamos una fe cuyos fundamentos son Dios y el cielo, cuyos baluartes son verdades inmutables e indestructibles. Podemos combatirlas como lo hicieron los antiguos; nuestros enemigos pueden combatir esas doctrinas como lo hicieron los judíos incrédulos, los saduceos y fariseos incrédulos que los rodeaban y las diversas creencias discordantes durante las épocas pasadas; pero la verdad, como el diamante, es inmutable por naturaleza, y su propio brillo eterno no se oscurece. Pueden amontonar sobre ella el oprobio de materiales más toscos; pueden procurar ocultarla de la mirada del mundo o cubrirla de reproches; sigue siendo un diamante y, como la verdad, un día triunfará y vencerá, y avanzará con su propio brillo y resplandor, desnudos y no prestados, y vindicará sus propios derechos. Así sucederá con la verdad del Evangelio que hemos abrazado. Lo hemos recibido de Dios y solo tenemos una cosa que temer. No temo los prejuicios del mundo; no temo las influencias que ejercen o podrían ejercer contra nosotros personas, comunidades o el mundo entero que se oponen al progreso de la humanidad, que permanecen estancados en sus opiniones, que no avanzan por esa senda de los justos que brilla más y más hasta el día perfecto; pero temo más nuestra propia negligencia, nuestro egoísmo, nuestra propia entrega a las depravaciones de la naturaleza humana, nuestro propio alejamiento de Dios y de los convenios que hemos hecho, que cualquier otra cosa. No temo por el triunfo final de la verdad; no vacilo ni tiemblo al contemplar los resultados de la gran obra que el Señor ha vuelto a comenzar en esta dispensación, que es una de las muchas dispensaciones que la han precedido, porque Dios dirigirá de tal manera el desenlace de Su obra, las labores de Su sacerdocio, las operaciones de Su ministerio y la consumación final de Sus propósitos que hará que sean deshechos todos los sistemas falsos, las políticas falsas, las religiones falsas, las filosofías falsas y los vínculos y obligaciones falsos de la sociedad; y en su lugar llenará la tierra de conocimiento verdadero y correcto. Entonces todo hombre, en todo lugar, encontrará a un hermano y a un amigo; entonces ningún hombre tendrá necesidad de decir a su hermano: Conoce al Señor, porque todos lo conocerán, desde el menor hasta el mayor. Este será el resultado final; esta será la conclusión, la consumación de los propósitos de Jehová al perfeccionar la tierra y santificar a Sus hijos que moran sobre ella. Ya no verán como por un espejo, oscuramente, sino cara a cara; llegarán a ser herederos de Dios y coherederos con Jesucristo de un reino y un gobierno en los que moran la rectitud y la paz. Este será el triunfo final, lo combata quien lo combata.
Concluiré mis palabras agradeciéndoles su atención y expresando mi satisfacción por la oportunidad de manifestar mis sentimientos acerca de la gran obra de los últimos días. Pongamos en práctica el precepto que el presidente Young repitió tantas veces y que reiteró ante nosotros: «Hermanos y hermanas, vivan su religión»; «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre». Y entonces aprenderemos algún día que todas las cosas obran juntamente para el bien de quienes aman a Dios; que la verdad es poderosa y prevalecerá. Y que este sea el resultado de la experiencia de todos y cada uno de nosotros es mi oración, por medio de Jesucristo. Amén.


























