Fidelidad a Dios ante la oposición a la fe
Por el élder Franklin D. Richards, pronunciado en la Conferencia General, celebrada en el Tabernáculo de Salt Lake City, el 6 de octubre de 1879.
Ante la oposición a sus creencias y prácticas religiosas, los santos deben examinar su vida, guardar sus convenios y acercarse a Dios con humildad, confiando en Su ayuda y en el triunfo final de la verdad.
Comparación entre la predicación de Juan el Bautista y la restauración del Evangelio—Oposición a la revelación—Los dones del Santo Espíritu—La poligamia—Las leyes humanas fundadas en la ley revelada de Dios—El matrimonio celestial ocupa un lugar destacado en la ley y los profetas
Al contemplar el estado de la obra del Señor tal como se encuentra hoy sobre la tierra, y tal como hemos tenido que contemplarla a la luz de la historia en su existencia en épocas anteriores, encontramos una analogía muy notable.
Apenas necesito decir a mi congregación esta tarde que nosotros, como pueblo, mantenemos una relación significativa con el pueblo de los Estados Unidos desde el punto de vista político; y, sin intentar repasar los diversos períodos de la historia de la tierra y la relación que la obra de Dios ha guardado en distintos tiempos con sus habitantes, quizás baste con referirnos a una circunstancia de los días de nuestro Salvador. Cuando Juan el Bautista salió entre el pueblo de Palestina, diciéndoles que el reino de los cielos se había acercado y exhortando a todos los que tuvieran fe en su misión a venir y ser bautizados, parece que causó gran conmoción entre el pueblo, hasta el punto de que todos los de Jerusalén, Judea y las regiones circundantes salían y eran bautizados por él en grandes multitudes, como se registra en Marcos 1:8. Esto tuvo un efecto político sobre los gobernantes de aquel tiempo, y cuando a Juan le siguieron Jesús y Sus obras maravillosas, comenzaron a decir: «Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y quitarán nuestro lugar y nuestra nación». Era, de manera muy directa, un asunto de trascendencia e importancia políticas.
Recuerdo que hace unos cincuenta años, en los días de mi juventud y en la tierra de los puritanos, solía oír y ver a señoras ancianas, así como a reverendos ministros, retorcerse las manos y levantar los ojos con santo horror porque había un gran mal en el país llamado esclavitud. Apenas podían comer o beber en paz, o adorar a Dios con el espíritu y con el entendimiento, debido a un terrible sentimiento de condenación que pesaba sobre su conciencia, porque sus hermanos de los estados del Sur creían en la esclavitud. Los predicadores desde los púlpitos, los políticos en sus discursos de campaña y los padres de familia fueron avivando este asunto, y la prensa lo difundió con vehemencia, hasta que en casi todas las clases de la sociedad había una agitación y conmoción continuas por la esclavitud en los estados del Sur. Este terrible mal había llegado a adquirir tal importancia que algún día tendría que traer un azote nacional; y, en su gran ansiedad y horror por ello y en su determinación de eliminarlo, avivaron el fuego hasta que el Norte se llenó de enemistad y hostilidad contra el Sur, y el Sur de enemistad y hostilidad contra el Norte. Recordamos bien las consecuencias del reciente y terrible conflicto que devastó y desmoralizó una parte tan grande de nuestro amado país. Mientras este fanatismo hacía estragos en el Norte y en el Sur se realizaban silenciosos preparativos de defensa, nadie parecía considerar el costo de cientos de miles de vidas, ni los impuestos necesarios para pagar unos cientos de millones de deuda de guerra, y mucho menos las influencias desmoralizadoras que por ello quedaron arraigadas en el país.
Por aquel mismo tiempo, o muy poco después, cuando los élderes comenzaron a predicar el Evangelio en aquella región, recuerdo que surgió una gran conmoción acerca de este pueblo que afirmaba tener nueva revelación. Parecía llenar de consternación a esas mismas personas religiosas y escrupulosas que alguien se atreviera a decir que Dios se revelaría ahora a la familia humana; que era la blasfemia más impía predicar que el sacerdocio había sido restaurado, o afirmar que el Espíritu Santo se daba en los últimos días, o que los dones del Espíritu abundaban entre los hijos de los hombres. No, ciertamente; eso no debía tolerarse más que la doctrina de la esclavitud. Hubo unos pocos aquí y allá, aunque muy pocos en proporción a la población general, que sí recibieron esta doctrina tan alarmante entre quienes profesaban una creencia religiosa en la misión de nuestro bendito Redentor. Debe tenerse presente que, en el tiempo del que ahora hablo, todavía no se había oído hablar de la doctrina de la pluralidad de esposas como doctrina de la Iglesia en la última dispensación; eran los dones del Espíritu, la doctrina de la revelación actual, la terrible y repulsiva idea de que pudiera levantarse en nuestros días un hombre que fuera profeta, que trajera nuevamente la palabra del Señor y comunicara al pueblo Su disposición y voluntad, lo que produjo un nuevo estallido de piadosa indignación en la mente de quienes eran tan devotos y afirmaban ocupar la «cuna de la libertad».
No pasó mucho tiempo después de esto —avanzando con cierta rapidez en la historia de los acontecimientos— hasta que la doctrina de la pluralidad de esposas fue revelada a los santos, allá en el Oeste, a orillas del Misisipi, aunque no se proclamó públicamente hasta 1852, en Utah. Pero cuando esta sagrada doctrina de las Escrituras llegó a darse a conocer, el solo oírla parecía el colmo de todo lo corrupto, abominable e impío, y quienes profesaban creer en la doctrina de la poligamia no eran considerados dignos de vivir sobre la tierra. Por consiguiente, si fuera a escoger un tema para predicar, escogería: «¿Dónde estamos ahora?».
Hacia 1854 o 1856, el terrible oprobio de estas dos doctrinas principales, y especialmente de la poligamia, había adquirido tal influencia política en la mente de la comunidad religiosa que estaban preparados para incluirlas como dos puntos en la plataforma del partido que debía adoptarse como base para elegir a un presidente. El célebre senador Douglas, después de que salimos de entre el pueblo y nos adentramos en el desierto, a mil millas de cualquier asentamiento de la civilización, anunció al país que, si se le nombraba candidato a la presidencia de los Estados Unidos, su opinión era que «la repugnante úlcera debía extirparse del costado del cuerpo político». Esa era su convicción política con respecto a una de las dos gemelas. El presidente Buchanan fue elegido con el claro entendimiento de que la abolición de la poligamia era una de las tareas que emprendía. Primero intentó ocuparse de esta, pero al descubrir que su ejército tardó dos años en llegar al campo de operaciones y que entonces, en su estado diezmado, dependía de los polígamos para su subsistencia, el prestigio de la campaña se redujo a lo que comúnmente se conoció como la «guerra de los contratistas contra el Tesoro».
Cuando el Partido Republicano llegó al poder en 1860, asumió la obligación que el presidente Buchanan no había cumplido con respecto a las «reliquias gemelas» y, para evitar repetir el error que él había cometido, dirigió su atención a la otra gemela. Esto pronto dio ocasión para retirar las tropas que quedaban en Utah y enviarlas al otro escenario del conflicto.
Tengo especial interés en relatar estos hechos porque nuestra nueva generación, así como muchos santos que han inmigrado entre nosotros desde el extranjero, no están familiarizados con las circunstancias que nos han llevado a nuestra situación actual. Con un poco de paciencia, señalaré algunas de las circunstancias relacionadas con lo que se ha hecho, y quizás podamos juzgar por ello lo que tendrá que hacerse, si es que alguna vez llega a hacerse.
En otros tiempos, los representantes y senadores de Nueva Inglaterra iban a Washington cargados de peticiones al Congreso para abolir la esclavitud en el Distrito de Columbia, con una insistencia aún mayor que la de los clérigos y el pueblo que recientemente han pedido al Congreso abolir la poligamia. El expresidente John Q. Adams presentó extensas peticiones que contenían miles de nombres en muchas yardas de papel, y llegó a ser conocido como el miembro del Congreso que fabricaba opinión pública por yardas. Estas solicitudes se repetían año tras año. Recuérdese que el Distrito de Columbia no es un estado, sino que se rige por legislación directa del Congreso. ¿Y cuál fue el resultado de los enérgicos y poderosos esfuerzos de los estadistas más brillantes y profundos del Norte, a los que, por supuesto, se oponían los mejores estadistas del Sur? El resultado fue que la esclavitud no se abolió en respuesta a las peticiones del pueblo del Norte, sino que continuó siendo una cuestión política y llegó a ser un factor poderoso en la política del país. Si se admitía en la Unión un estado antiesclavista del Norte, se admitía uno esclavista del Sur. Se hicieron acuerdos entre los partidos para admitir ciertos estados, hasta que algunos de los estados del Sur se declararon a favor de la secesión; y fue por la cuestión de su derecho a hacerlo que comenzó la guerra, no por la cuestión directa de la abolición de la esclavitud.
Desde el primer disparo, el demonio de la guerra pareció inspirar a los bandos contendientes la más amarga enemistad y el odio más rencoroso entre sí, mientras multitudes se enfrentaban a sus parientes cercanos en combate mortal. Año tras año la guerra continuó, hasta que los ejércitos del Sur fueron reforzados con sus esclavos; el Tesoro de la nación se agotaba rápidamente; los combates feroces y las enfermedades devastadoras habían hecho su obra, y se alistaban reclutas por tres años o hasta el final de la guerra; y el presidente Lincoln, mediante una proclamación, abolió la esclavitud de varios millones de negros, no como una medida política, sino como una medida justificada por las exigencias de la guerra. Expongo estos hechos sin argumentar si la esclavitud debe justificarse o condenarse. Su gran antepasado dijo que serían siervos de siervos entre sus hermanos, haciendo de su servidumbre el cumplimiento de una profecía, fuera o no conforme a la voluntad de Dios.
Pero ¿dónde estamos hoy? Encontramos que la esclavitud ha sido resuelta, pero ¿qué ocurre con la poligamia? Esta cuestión está adquiriendo proporciones que parecen eclipsarnos tan completamente que ni siquiera el chino recibe una consideración especial en Utah.
Hacia el tiempo de la «estampida de Bull Run», en 1862, cuando oficiales, reclutas inexpertos y congresistas huyeron del campo de batalla y se refugiaron en la capital, el Congreso aprobó una ley que convertía la pluralidad de esposas, la bigamia o la poligamia, si así prefieren llamarla, en un delito. Ahora bien, debe entenderse claramente que esta práctica no es pecaminosa porque el Congreso la haya declarado punible. No hay impiedad en ella, porque Dios la ha revelado y la ha mandado. El Congreso de los Estados Unidos dice que no debe permitirse. Pues bien, entonces, «¿dónde estamos hoy?». ¿Qué debemos esperar? Esta ley se ha aprobado, aunque habíamos esperado que al Congreso y a la nación les quedara suficiente virtud, ilustración, libertad y espíritu de la Constitución de los padres fundadores para ver que esto no era un pecado ni un mal; sin embargo, encontramos que han cerrado los ojos a ello y han decidido que es pecado, mientras se permite que en el país se practiquen corrupciones de toda clase, como la prostitución, el feticidio, el infanticidio, etc.; que, porque hemos abrazado la fe de Abraham, Isaac y Jacob, debemos ser destruidos o renunciar a nuestra fe religiosa. El tribunal más alto de la nación ha declarado inconstitucional la poligamia, aunque, por su naturaleza, es el único remedio eficaz para erradicar del país el llamado mal social, con todo lo que lo acompaña. Sin embargo, no pueden verlo, y declaran que todos los que practiquen la poligamia deberán sufrir de dos a cinco años de prisión y una multa que no exceda los quinientos dólares.
Ahora quiero dejarles bien claro, mis oyentes, que este ya no es el asunto de un partido; hoy es la voz de una nación. El señor secretario Evarts, en la carta circular que envió a los representantes diplomáticos en países extranjeros, dice en la última cláusula que «este gobierno ha decidido perseguir judicialmente la poligamia hasta donde lo permita la ley y erradicar la institución del país». Estas son sus palabras. Eso constituye una declaración oficial en cuanto a la autoridad del gobierno de los Estados Unidos. Encontramos lo mismo reiterado en las instrucciones dadas hace poco al gran jurado de esta ciudad: que la voz de cuarenta a cincuenta millones de personas debe prevalecer y que cien mil deben ser sacrificadas, o tantas de ellas como insistan en la doctrina de la poligamia. Esa es, aproximadamente, nuestra situación actual. Ahora pregunto a mis hermanos y hermanas: ¿Están preparados para lo que venga en relación con esta cuestión? Cuando entraron en las aguas del bautismo, ¿calcularon cuánto valía el Evangelio de Jesucristo? ¿Hemos considerado que valía padres y madres, hermanos y hermanas, casas y tierras, esposas e hijos, y también nuestra propia vida? Si no lo hicimos, calculamos mal, porque quien no esté dispuesto a abandonar todas las cosas y subordinarlas a una creencia de toda el alma en el Evangelio y a la obediencia fiel a él, no es digno de este. Pregunto a mis hermanos y hermanas que han venido desde los extremos de la tierra a este lugar por causa del Evangelio si vinieron preparados y habiendo hecho semejante cálculo. Jesús dice en una de Sus parábolas: «Porque, ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, para ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que, después que haya puesto el fundamento y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar». Pues bien, así sucede aproximadamente con nosotros. De nada sirve que nos consolemos con la ilusión de que el gobierno no va a hacer esto. Tenemos un ejemplo de lo que han hecho a los estados del Sur, y no dudamos de que están igualmente dispuestos a hacer otro tanto para abolir la poligamia entre nosotros, si Dios se lo permite. Han llegado a ese punto. Se han pronunciado contra la poligamia y están dispuestos a invitar, contratar y sobornar a las esposas de los hombres para que ayuden a condenar a sus maridos; no tengo ninguna duda de ello, y ustedes tampoco necesitan tenerla. Están aquí diciéndonos claramente que ese es su cometido, y solo tenemos que mirar a nuestro alrededor para ver dónde estamos hoy.
Ahora bien, en cuanto a este asunto, nadie tiene por qué temblar en absoluto. No creo que nadie que haya recibido el Santo Espíritu, aprendido de las revelaciones de Jesucristo y conocido su influencia tenga que temer, ni que el corazón de nadie que sea fiel ante Dios deba estar más apesadumbrado de lo habitual, ni que sus rostros deban estar más largos de lo acostumbrado. En absoluto; debemos considerar esto tan solo como parte de «todas las cosas» que aceptamos soportar por causa del Evangelio y de nuestra salvación. Ahora bien, pueden recurrir a la ley y formar, como ya vemos, jurados amañados, exactamente como los quieren, de modo que ningún Santo de los Últimos Días que crea en el Evangelio de Jesucristo, crea o no en la poligamia, pueda tener lugar entre ellos ni voz alguna para decidir quién es inocente o culpable. Tenemos evidencia de que harán todo esto y, habiendo llegado hasta aquí, les resultaría muy fácil el próximo invierno preparar leyes sobre jurados y testimonios que les permitan llevar a cabo lo que han emprendido. Los consideramos capaces de todo esto y tenemos evidencia de que lo harán, por el hecho de que la Constitución no ha puesto límite a sus leyes anteriores. En realidad, prácticamente la han arrojado por la borda y se han tomado la libertad de promulgar cuantas leyes deseen para llevar adelante sus medidas preferidas; y será igualmente coherente con su proceder que hagan lo que les plazca con respecto a la poligamia, y así una cosa tras otra hasta alcanzar el objetivo que han decidido lograr.
El verdadero conflicto de esta cuestión no es exactamente entre nosotros individualmente y los tribunales o el gobierno. El conflicto es entre los dos gobiernos. Si quienes nos convierten en delincuentes no saben cuál es la ley superior, tendrán tiempo de sobra para averiguarlo. Que se haga alguna ley que restrinja nuestra creencia o la práctica de una doctrina religiosa que no vulnere los derechos ajenos es una violación tanto de la letra como del espíritu de la Constitución y del gobierno bueno y verdadero de esta nación. La Constitución dice expresamente que «el Congreso no hará ley alguna respecto al establecimiento de una religión, ni que prohíba el libre ejercicio de ella». Tampoco hay nada en la Constitución que diga a presidentes, congresistas, jueces o jurados qué debe ser religión y qué no debe serlo.
En los días de Jesús, su Senado y su Cámara de Representantes, sus tribunales supremos e inferiores, estaban comprendidos en el Sanedrín, o Consejo Principal, que era una institución del gobierno judío para resolver todos los asuntos, seculares o religiosos. En nuestros días, aunque no hay otra ley que la de Dios que determine qué podemos aceptar como religión y qué no, hay un principio hacia el cual llamo su atención que nos permitirá comprender nuestra posición en relación unos con otros y con nuestros semejantes. Quizás pueda ilustrarlo mejor relatando una circunstancia que ocurrió hace unos años, mientras yo estaba en Europa. Un caballero de uno de los estados europeos había emigrado a este país y se había hecho ciudadano estadounidense. Regresó a su país natal para atender algunos negocios. Mientras estaba allí, aquel gobierno intentó exigirle algún acto de subordinación, como si todavía fuera súbdito suyo. ¿Cuál fue el resultado? El gobierno de los Estados Unidos, cuando se recurrió a él, informó a las autoridades de aquel país que debían respetarse sus derechos como ciudadano estadounidense. Vemos, pues, que cuando surgió una dificultad que restringía las libertades de este hombre, la responsabilidad de afirmar y mantener los derechos de su ciudadanía recaía sobre el gobierno al que pertenecía. Las autoridades de Europa, así como las de América, alabaron la sabiduría de Daniel Webster en este caso, y el hombre fue liberado.
Ahora bien, en nuestro caso, el gobierno ha decidido que la poligamia debe ser abolida, pero el gobierno del cielo había determinado previamente que la poligamia debía establecerse y que el pecado y la iniquidad debían ser desarraigados; que los hombres y las mujeres tendrían derecho a obedecer esa ley superior en sus relaciones matrimoniales.
Esta es nuestra posición; aquí es donde estamos hoy. Hemos aceptado esta doctrina, este principio de fe del Señor Jesucristo, y nosotros, o algunos de nosotros, lo hemos vivido durante más de treinta años en este Territorio. Y en cuanto a nuestra apelación, puesto que el gobierno está decidido a erradicar este aspecto de nuestra fe, y a nosotros junto con él, por supuesto, y puesto que no podemos obtener reparación de él, debemos apelar al gobierno del cielo, al cual hemos jurado lealtad. Jehová contenderá con esta nación y les mostrará cuál es la ley superior y eterna, y cuál la inferior y más reciente. Mientras llevan adelante este proceder arbitrario, sin consideración por la vida, la libertad ni la búsqueda de la felicidad, el Dios del cielo y de la tierra notificará al gobierno terrenal que los derechos y las libertades de Sus ciudadanos deben ser respetados y mantenidos.
Todo este proceder es incoherente y completamente contrario a los principios fundamentales del derecho. El gran apóstol del derecho, Blackstone, ha declarado claramente, y todo abogado lo sabe, que se afirma que las leyes y los gobiernos humanos se derivan de la ley revelada de Dios y se fundan en ella, la cual Él dio a Moisés en el monte Sinaí; y todo aquel de entre ellos que rechace las revelaciones de Jesucristo debe saber que se condena a sí mismo en aquello que profesa aprobar. La ley eterna del matrimonio celestial y de la pluralidad de esposas sobresale con singular prominencia en toda la ley y los profetas, y se evidencia en la humanidad personal de nuestro Señor Jesucristo. La pluralidad, tal como la creen y practican los Santos de los Últimos Días, no es un delito en sí misma; no supone engaño ni fraude; no vulnera ningún otro derecho, sino que confiere derechos adicionales a quien acepta la doctrina celestial, cuyo Autor ha dicho: «Será visitada con bendiciones y no con maldiciones, y con mi poder, dice el Señor». Por tanto, no puede ser malum in se, sino únicamente malum prohibitum, por la ley del Congreso.
Con esta perspectiva del asunto ante nosotros, ¿qué debemos hacer? ¿Cuál es nuestro privilegio y nuestro deber en estas circunstancias? Acercarnos a Dios, el Autor de nuestra fe, con humildad y obediencia a todos Sus requisitos, recordando sagradamente nuestros convenios ante Él, para que nuestra causa llegue a Sus oídos; y cuando vea nuestra aflicción, en Su debido tiempo saldrá y nos librará. Hemos errado y pecado en mayor o menor medida; algunos de nuestros hijos quizás se hayan apartado del camino del Señor. Si hemos profanado el día de reposo, tomado el nombre del Señor en vano o violado alguno de nuestros convenios, es tiempo de volvernos al Señor y no hacerlo más. Si lo hacemos, Él dirá en Su debido tiempo: «Hasta aquí llegarás y no pasarás adelante, y ahí cesará el orgullo de tus olas». Mientras vemos, pues, todos los atractivos de la civilización entre nosotros, mientras vemos todas las dificultades que los gobiernos humanos pueden causar, a nuestro entender solo tenemos que confiar en Dios como lo hizo Daniel. A pesar del edicto del rey, él adoró al Dios verdadero y viviente. Así debemos hacerlo nosotros. Y quizás todas estas cosas tengan que sucedernos. Hay muchísimos entre nosotros que dicen: «Señor, Señor», y ni siquiera intentan hacer las cosas que Dios requiere de nosotros. Tenemos que guardar los mandamientos de Dios, tenemos que comprenderlo y aprender la lección con toda seriedad. ¿Tenemos tiempo que perder con esos individuos de fuera? ¿Tenemos tiempo para entretenernos en tabernas y jugar en salones de billar? No, mis hermanos y hermanas, no lo tenemos. Es nuestro deber estar atentos a nuestra obra día tras día, sabiendo que los ojos de Dios están sobre nosotros. Él hará todas las cosas maravillosamente bien por nosotros; Él peleará nuestras batallas. Por tanto, la única manera de obtener la liberación es permanecer dedicados a Su servicio, para ayudar a edificar Su reino y ser hallados dignos de la ayuda que ha prometido brindarnos en el momento de necesidad.
Hay dos aspectos de esta cuestión. Quizás sea necesario que nuestros enemigos lleven a cabo las obras de su padre, el diablo, para que puedan mostrar más pronto o más plenamente a los cielos cuándo se han colmado el propósito y la medida de su iniquidad. En cuanto al establecimiento final de la verdad sobre la tierra, no hay duda alguna. Todos los profetas han profetizado de ello, los ángeles lo han esperado con gloriosa anticipación y tenemos el testimonio del Espíritu Santo de que esta obra se cumplirá. Lo que nos corresponde hacer es vivir fieles y leales a nuestra religión, independientemente de lo que esté sucediendo a nuestro alrededor.
Que el Señor nos inspire mediante Su Espíritu a ser fieles a nuestro deber, acercarnos a Él, dejar de lado la iniquidad del mundo y santificarnos ante Él es mi ferviente oración, en el nombre de Jesús. Amén.


























