El poder del Evangelio y la confianza en Dios ante las pruebas
Por el presidente John Taylor, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el 6 de julio de 1879.
El Evangelio sempiterno nos une con Dios y con Sus siervos de todas las épocas, y nos fortalece para perseverar en la rectitud frente a las pruebas y la oposición.
El poder y los efectos del Evangelio—El antagonismo entre la luz y las tinieblas—La necesidad de los juicios de Dios sobre los inicuos
He escuchado con mucho interés las palabras de mis hermanos, tanto esta mañana como esta tarde. Y, con la ayuda del Todopoderoso, siento el deseo de hacer yo también algunas observaciones.
Vivimos en un día y una época particulares de la historia del mundo, en un tiempo del que han hablado profetas, videntes, reveladores y Apóstoles, hombres que han sido inspirados por el Espíritu del Dios viviente y que comprendieron los propósitos y designios de Dios con respecto al mundo en que vivimos; con respecto a las personas que ahora viven en él, a quienes han vivido en él durante las diversas épocas y a quienes vivirán en él; hombres que tuvieron una comprensión y una manifestación generales de los diversos acontecimientos que habrían de ocurrir en relación con lo que las Escrituras llaman «la dispensación del cumplimiento de los tiempos», en la cual Dios reuniría todas las cosas en uno, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. Como comienzo de esta obra, ha comunicado nuevamente Su voluntad al hombre; y mediante la revelación de esa voluntad, la apertura de los cielos, el ministerio de santos ángeles y la voz de Dios, se nos han revelado esos grandes y eternos principios de los que depende el bienestar de un mundo, en el pasado, el presente y el futuro.
Se nos ha hablado mucho acerca del Evangelio del Hijo de Dios y del poder y las bendiciones que lo acompañan, y también se han presentado argumentos y citado pasajes de las Escrituras para mostrar las diversas manifestaciones del Espíritu de Dios en otras épocas. Pero el Evangelio mismo es un principio de revelación, y sin revelación no podemos tener Evangelio; porque se nos dice enfáticamente que la vida y la inmortalidad son sacadas a luz por medio del Evangelio; que mediante su influencia los hombres pueden comprender la posición y la relación que guardan entre sí y con Dios, con el pasado, el presente y el futuro, y que solo así pueden comprender el destino final del hombre. El Evangelio es un principio vivo, permanente y eterno. Por eso, cuando Juan, en la isla de Patmos, envuelto en una visión profética, contemplaba los acontecimientos que habrían de ocurrir en los últimos días, vio, entre otras cosas, a «otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra»; no un Evangelio nuevo, ni alguna teoría, principio o dogma nuevos, sino el Evangelio sempiterno, tal como había existido entre los Dioses en la eternidad: el medio por el cual Dios comunica inteligencia a la mente humana, el principio por el cual se rigen los Dioses y se gobiernan todas las naciones, el Evangelio sempiterno.
Se ha hablado de este principio como algo personal, de lo cual toda persona que entra en contacto con él y obedece sus requisitos llega a participar, convirtiéndose en uno de la vasta multitud que ha existido, existe y existirá procurando llevar a cabo los propósitos y designios de Dios relacionados con el bienestar, la felicidad y la exaltación de la familia humana. De ahí la pertinencia de las palabras que leemos, como las que hemos oído hoy, que exhortan a las personas a arrepentirse y ser bautizadas en el nombre de Jesucristo para la remisión de los pecados, y que recibirán el Espíritu Santo. ¿Quiénes? Quienes se arrepientan, quienes crean, quienes obedezcan, quienes se rijan por los principios contenidos en el Evangelio del Hijo de Dios. ¿Y qué haría eso por ellos? Tomaría de las cosas de Dios y se las mostraría, y los llevaría a la comunión con el Señor Jesucristo y con el Padre, y a la comunión con los santos ángeles y los profetas que vivieron antes, disfrutando del mismo Evangelio, de la misma luz, de la misma inteligencia, del mismo Espíritu y del mismo poder; para que fueran uno entre sí, uno con los antiguos Apóstoles, profetas, patriarcas y hombres de Dios que han vivido en las distintas épocas; uno con el Señor Jesucristo, trabajando juntos por el único gran propósito de Jehová relacionado con el bienestar, la felicidad y la exaltación del mundo y de sus habitantes. Por eso dicen las Escrituras que todos han sido bautizados en un solo bautismo. ¿Y qué más? Todos han participado del mismo Espíritu, como dice Jesús: «Para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos, y ellos en mí, para que sean perfeccionados en uno». Y por eso, quienes han obedecido el Evangelio —aunque en muchos casos no lo comprenden en todos sus alcances, y muy pocos lo hacen, pues en realidad solo vemos como por un espejo, oscuramente; vemos en parte, conocemos en parte, profetizamos en parte y comprendemos en parte, hasta que venga lo perfecto y lo que es en parte se acabe, para que entonces todos veamos como somos vistos y conozcamos como somos conocidos—, aunque no hemos llegado a esa condición, todos los que han recibido el Espíritu Santo mediante la obediencia a las leyes de Dios y a Sus ordenanzas, administradas por hombres que poseen autoridad, saben por sí mismos no solo que esta es la obra de Dios, que esta es la Iglesia y el reino de Dios y que estamos dedicados a establecer y llevar a cabo las cosas que han sido declaradas por los santos profetas desde el principio del mundo. Saben, por lo menos, que han pasado de muerte a vida, y el Espíritu Santo da testimonio de ello. Ese es el caso de toda persona que ha vivido su religión, guardando los mandamientos de Dios. Lo comprenden y lo saben por sí mismos y, por consiguiente, como se ha dicho, es algo personal para cada uno. Ese principio no es para otro; es para nosotros mismos, y si seguimos la guía de ese Espíritu y no contristamos al Espíritu de Dios, por el cual somos sellados para el día de la redención, ese Espíritu crecerá y aumentará en nosotros, y añadiremos a nuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, afecto fraternal; al afecto fraternal, caridad, y así sucesivamente, aumentando en toda buena palabra y obra hasta que veamos como somos vistos y conozcamos como somos conocidos. Esto ha de efectuarse mediante el Evangelio de Jesucristo, el Evangelio sempiterno.
Ahora bien, esto es algo personal; corresponde individualmente a cada uno: a todo hombre, a toda mujer, a todo muchacho y a toda muchacha que haya llegado a la edad de responsabilidad. Si viven su religión y guardan los mandamientos de Dios, tienen en su interior el Espíritu de Dios, que les da testimonio de que son hijos de Dios, sí, herederos de Dios y coherederos con Jesucristo, nuestro Señor.
Pasamos ahora a otras cosas. Este principio eterno del que hablamos no debe limitarse únicamente a nosotros. Se extiende y procura bendecir y, al ser bendecido, procura comunicar lo mismo a los demás; busca fomentar y promover el bienestar de la humanidad en todas las condiciones, en toda esfera y entre todos los pueblos, tal como lo hace Dios, porque emana de Él, y Él es el Dios y Padre de todos nosotros, no solo de los Santos de los Últimos Días, sino también de todos los demás pueblos; pero, al habernos confiado las verdaderas riquezas de la vida eterna, espera que las comuniquemos a otros. Por eso, en tiempos anteriores, dijo a Sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado». También dijo: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Pero Él ha preparado a hombres para llevar a cabo esta obra. En tiempos anteriores, tanto en este continente como en el continente asiático y en otros lugares, Él mismo se comunicó con los hombres, organizó Su Iglesia, estableció Su sacerdocio, invistió a hombres con autoridad, les dio responsabilidades y les otorgó poder para actuar; y llegaron a ser sacerdotes del Dios Altísimo, dispensadores de salvación a un mundo caído y el medio por el cual Él comunicaba inteligencia y conocimiento de Sí mismo, de Sus leyes y de Sus propósitos eternos relacionados con la familia humana. Por eso, en tiempos anteriores, dijo a Sus discípulos: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros»; salgan, pues, y proclamen estas nuevas a todos los pueblos. ¿Y qué más? Cuiden también del rebaño de Cristo, velen por Mis ovejas. Por eso, cuando dijo a Pedro en cierta ocasión, después de que este había manifestado su debilidad y flaqueza: «Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?», él le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te amo». Le dijo: «Apacienta mis ovejas». Una segunda y una tercera vez le hizo la misma pregunta. Una segunda y una tercera vez recibió la misma respuesta. Una cosa era difundir la luz de la verdad, predicar el Evangelio y dar a conocer los principios de la verdad eterna; y luego, cuando las personas hubieran recibido los primeros principios del Evangelio, enseñarles e instruirlas más plenamente en los principios de la vida eterna. De ahí la necesidad del sacerdocio. ¿Y qué es? El gobierno de Dios por medio del cual los hombres que Él selecciona y escoge, como lo ha hecho en las distintas épocas, son debidamente autorizados y capacitados para proclamar Su voluntad y administrar Sus ordenanzas. En las Escrituras se habla de más de un sacerdocio. Hay uno especialmente relacionado con el Evangelio, del cual Pablo habla como si no tuviera principio de días ni fin de años; o, mejor dicho, habla de un hombre llamado Melquisedec que no tenía principio de días ni fin de años y permanece sacerdote para siempre. Algunas personas han pensado que era un personaje muy singular, sin padre ni madre. Sin embargo, esto es muy fácil de comprender cuando se conoce el principio. En el sacerdocio levítico, tenían que demostrar mediante los registros que eran descendientes literales de Aarón y de la tribu de Leví antes de poder ser admitidos al sacerdocio. Pero al hablar de este, el Sacerdocio de Melquisedec, dijo que era sin padre ni madre. Es una organización independiente de esas consideraciones, y quienes lo poseen permanecen sacerdotes continuamente y ministran tanto en el tiempo como en la eternidad. ¿Qué? ¿Continúa durante tanto tiempo? Sí. ¿Cómo lo saben? Por las revelaciones de Jesucristo. Para su información, recurriré a las Escrituras y examinaré por un momento algunos principios que allí se exponen.
Encuentro que, cuando Jesús estuvo sobre la tierra, en cierta ocasión llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan a lo alto de un monte; y se transfiguró delante de ellos, y Moisés y Elías se les aparecieron. Y Pedro dijo: «Maestro, bueno es que estemos aquí; y hagamos tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». ¿Para quién? «Una para ti». ¿Para quién más? «Una para Moisés». ¿Qué hacía Moisés allí? «Y otra para Elías». ¿Qué hacía Elías allí? ¿De dónde vinieron estos visitantes, si ambos habían vivido generaciones antes? Poseyeron el sacerdocio en el tiempo. Moisés predicó el Evangelio en el tiempo, y Elías hizo lo mismo; ambos poseyeron el sacerdocio, y ahora vienen a ministrar a Jesús; habiendo existido en el mundo eterno, regresan a la tierra y ministran a Él y a Pedro, a Santiago y a Juan en el monte. ¿Por qué? Porque poseían el sacerdocio sempiterno, que ministra en el tiempo y en la eternidad.
Vuelvo nuevamente a la Biblia y encuentro, en el Apocalipsis de Juan, que un personaje grande y poderoso se presentó ante él, revestido de gloria, magnificencia y poder. Y Juan se postró para adorarlo. Él dijo: «Mira que no lo hagas». ¿Por qué? ¿Quién eres? «Yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús». Soy uno de tus consiervos, de los profetas que vivieron sobre la tierra, que ministraron en el tiempo y obraron como tú lo haces ahora, procurando cumplir la voluntad de mi Padre; habiendo poseído el sacerdocio y ministrado en él durante el tiempo, ahora continúo administrando este sacerdocio sempiterno, que está relacionado con el Evangelio sempiterno. Pues bien, hasta ahí en cuanto a esto. Lo dejaremos pasar.
Ahora bien, ¿cuál es la posición que ocupamos? Se nos han restaurado las mismas cosas por medio de José Smith, mediante las revelaciones de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo, y de Moroni y Mormón, y de Pedro, Santiago y Juan, y de Juan el Bautista y otros que las comunicaron y revelaron cosas relacionadas con el sacerdocio que poseían, y le confirieron autoridad, y él a otros, para administrar con respecto a estos grandes y eternos principios. Por eso tenemos nuestra Iglesia organizada sobre esta base: nuestra Presidencia, nuestros Apóstoles, nuestros setentas, nuestros sumos sacerdotes, nuestros élderes, nuestros sumos consejos, nuestros obispos y sus consejeros, nuestros presbíteros, maestros y diáconos, y todas las diversas organizaciones de la Iglesia y del reino de Dios. ¿Qué más? La edificación del cuerpo de Cristo. ¿La edificación del cuerpo de Cristo? Sí. Vayan y prediquen el Evangelio a todas las naciones. ¿Y después? Congréguenlos. ¿Y después? Dice el profeta Jeremías: «Os tomaré, uno de una ciudad y dos de una familia, y os llevaré a Sion; y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con entendimiento», y edifiquen el cuerpo de Cristo, para que estén preparados para cumplir su destino y magnificar su llamamiento sobre la tierra. ¿Pero qué sigue? Nos ponemos a trabajar para construir templos. ¿Para qué? Para administrar en ellos. ¿Por quiénes? Por los vivos y por los muertos, a fin de que, como dicen las Escrituras, «suban salvadores al monte Sion, y el reino sea del Señor». Y para que, al congregar un núcleo de personas de entre las diversas naciones de la tierra, podamos estar bajo la influencia del Espíritu del Señor, unidos como uno solo, y por medio del santo sacerdocio y de nuestra unión y comunión con Dios podamos ponernos a trabajar y colaborar con los Apóstoles, profetas, patriarcas y hombres de Dios que han vivido en las distintas épocas del mundo, y con Dios y con Jesús, el Mediador del nuevo convenio, para colaborar con ellos en el cumplimiento de los propósitos de Dios relacionados con la salvación de los vivos y la redención de los muertos.
Estas son algunas de las obras en las que estamos embarcados y en las que esperamos seguir participando y llevar a cabo, así como hacer las cosas que Dios requiere de nosotros; y esperamos que Dios, los santos ángeles, el sacerdocio que está detrás del velo y todo el cielo estén del lado de Israel, y que todo el infierno se oponga a nosotros; y afrontaremos las consecuencias en cualquier circunstancia.
Hablamos de los santos; ¿son personas buenas? Sí, muchos de ellos son personas muy buenas. ¿Y los demás? Pues bien, algunos son pecadores; algunos son de los hombres más mezquinos que pueden encontrarse en cualquier lugar. ¿Cómo es esto? Es exactamente como dicen las Escrituras. Creo que dicen: «El reino de los cielos es semejante a una red que, echada al mar, recoge toda clase de peces». Y así sucede entre nosotros, así ha sucedido y así sucederá. Si consideramos la historia de las épocas pasadas, ha ocurrido exactamente lo mismo. Desde el comienzo leemos que Adán tuvo dos hijos, uno llamado Caín y otro Abel. Abel era un hombre que temía a Dios, pero Caín no. Eso se parece a algunos de nosotros aquí. Algunos tememos a Dios y otros no; y quienes no lo hacen siempre consideran que son agraviados u oprimidos, o que siempre hay algo que está mal; se sienten abrumados por una inmensa cantidad de dificultades; pero las personas buenas cantan: Aleluya, aleluya, el Señor Dios Omnipotente reina y reinará hasta poner a todos Sus enemigos debajo de Sus pies; y sienten paz y se regocijan en el Señor de los Ejércitos. Caín pensó que se le había agraviado porque el Señor no aceptó su sacrificio, y pensó que su hermano tenía algo que ver con ello; sus celos lo impulsaron a matarlo, y así lo hizo. Fue un comienzo bastante malo, si se lo considera. Según la Biblia, solo eran dos; y el hombre inicuo quedó para representar, ¿qué? Aparte de Adán, la creación de Dios sobre la tierra durante por lo menos ciento treinta años, salvo que Adán tuvo otros hijos. Sin embargo, no hablaremos de eso hoy. Pues bien, después de un tiempo vino el Señor y dijo: «¿Qué has estado haciendo? ¿Dónde está Abel, tu hermano?». Él respondió: «No sé nada de él; ¿soy yo el guarda de mi hermano?». El Señor dijo: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra; y porque has hecho esto, pondré una señal sobre ti y serás errante sobre la tierra»; y así será todo hombre que luche contra Sion; y si alguien no lo cree, que lo intente, y antes de terminar descubrirá que hay un Dios que gobierna en los cielos y que todo el día está clamando: «No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas». Y en otra ocasión dijo: «Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno y que se le hundiese en lo profundo del mar». Así es como leo la Biblia.
Al examinar las Escrituras, encuentro que desde el principio han existido dos poderes: los poderes de la luz y los poderes de las tinieblas; que ambos existían en los cielos antes de venir aquí, que los poderes de las tinieblas fueron expulsados y así llegaron a ser el diablo y sus ángeles. Este antagonismo, entonces, existía antes, y es necesario que exista. Es necesario que los hombres sean probados, depurados, purificados y perfeccionados mediante el sufrimiento. Por eso encontramos hombres en las distintas épocas que han pasado por pruebas y aflicciones de toda clase, y que tuvieron que aprender a poner su fe en Dios y solamente en Dios. Tal era la iniquidad y la corrupción de los hombres en las primeras épocas que fue necesario que Dios barriera la faz de la tierra mediante un diluvio, para que los hombres fueran privados de su poder para hacer el mal.
He oído a algunas personas decir que consideraban muy severo que Dios hiciera tal cosa. Yo pienso que habría sido muy cruel de Su parte si no lo hubiera hecho. ¿Por qué? Porque el hombre es un ser dual, vinculado con el tiempo y con la eternidad, que posee un espíritu además de un cuerpo; y puesto que Dios es el Dios y Padre de los espíritus de toda carne que haya existido o que llegue a existir sobre la tierra, era necesario, en ciertas circunstancias, que ejerciera Su juicio sobre los inicuos cuando llegaran a estar tan corrompidos como en aquel tiempo. ¿Por qué? Porque Dios es el Dios y Padre de los espíritus de toda carne, y toda carne en aquel tiempo se había corrompido. ¿Y sería justo que aquellos espíritus que aún no habían nacido tuvieran que venir y habitar en los cuerpos de aquellas personas inmundas y corruptas y sufrir los juicios de Dios? No, no era justo; y sería muy razonable que dijeran: «Padre, mira ese mundo de personas; mira sus crímenes, su degradación, su iniquidad, sus hurtos y robos, sus asesinatos y fornicaciones, y toda clase de maldad; han abandonado lo bueno y se han entregado a lo malo, y los designios y pensamientos de su corazón son malos; Padre, ¿es apropiado que tengamos que ir allí y habitar cuerpos tan bajos, caídos y degradados como los que poseen, y que así no tengamos una oportunidad justa sobre la tierra?». «No», dice Él, «no lo es; y los destruiré y levantaré otro pueblo». Por eso los destruyó. Pero ¿se extinguió con ese acto el espíritu de antagonismo hacia Dios? No, continuó obrando. Encontramos, por ejemplo, que en los días de Job los hijos de Dios se reunieron ante el Señor y que Satanás estaba entre ellos. Puede parecer extraño que se permitiera al diablo moverse entre los hijos de Dios, pero así fue. Y el Señor conversó con él, preguntándole si había considerado a Su siervo Job, que era un hombre perfecto, etc. «Oh, sí», comentó Satanás, «sé todo acerca de él; pero permíteme darle un golpe. Job no teme a Dios de balde. Lo has cercado y protegido por todos lados; en esas circunstancias, ¿quién no serviría a Dios? Yo lo haría si me trataras así». «Puedes probarlo», dice el Señor. El diablo se retiró, y lo siguiente que oímos es una serie de dificultades que sobrevinieron a este hombre bueno. Se nos dice que los sabeos y los caldeos, como a veces sucede aquí, se arrojaron sobre sus bueyes y camellos y se los llevaron, y no perdonaron a los pastores, sino que los mataron a filo de espada. Apenas se le había dado este informe cuando llegó otro, anunciando que había caído fuego del cielo y destruido sus ovejas y a sus pastores, salvo únicamente al que traía la noticia. Y mientras este hablaba, se nos dice que llegó otro mensajero, informando a su amo Job de que, mientras sus hijos e hijas festejaban en casa de su hermano mayor, un gran viento del desierto se levantó y golpeó la casa hasta derribarla, matando a los jóvenes. Pero, con todo ello, la integridad de Job no fue quebrantada. «Desnudo», dijo, «vine a la tierra, y desnudo volveré allá. Jehová dio y Jehová quitó: ¡Bendito sea el nombre de Jehová!». Nuevamente llegó un día en que los hijos de Dios se reunieron ante el Señor, y el diablo también se presentó. Y el Señor dijo a Satanás: «¿Has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?». Y Satanás respondió al Señor y dijo: «Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano y toca sus huesos y su carne, y verás si no te maldice en tu rostro». Y el Señor dijo a Satanás: «He aquí, él está en tus manos, pero guarda su vida». Entonces Satanás hirió a Job con llagas, desde la coronilla de la cabeza hasta las plantas de los pies; e hizo que sus amigos se volvieran contra él y lo acusaran, y sus enemigos se burlaron de él; y finalmente su esposa vino cuando él se encontraba en esa condición miserable y dijo: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete». Pero Job le respondió: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres insensatas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? Jehová dio y Jehová quitó: ¡Bendito sea el nombre de Jehová!». Ese era su sentimiento, y después de todo es grato sentir así, mucho mejor que sentir de la otra manera. Añadió: «Aunque él me matare, en él confiaré». ¿Y por qué? Porque tenía el Evangelio sempiterno. ¿Qué? ¿Job tenía el Evangelio? Sí, por supuesto que lo tenía. ¿Cómo lo sé? Porque el Evangelio saca a luz la vida y la inmortalidad, y él tenía conocimiento de ello. Por eso dice: «Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios, a quien yo veré por mí mismo; y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón se consume dentro de mí».
Esa es la clase de sentimiento que él tenía; esa es la clase de sentimiento que queremos poseer: sentir que Dios es nuestro y que nosotros somos Suyos, y que estamos vinculados con Su Iglesia y Su reino, haciendo Su voluntad y llevando a cabo Sus propósitos sobre la tierra. Entonces, para nosotros es lo mismo estar en paz o en guerra; nadie tiene por qué temblar, porque ningún poder puede dañar a los santos de Dios si continúan siguiendo lo bueno. El salmista dice: «Ciertamente la ira del hombre te alabará; tú reprimirás el resto de las iras». Él trastornará y derribará hasta que, finalmente, los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, y Él reinará por los siglos de los siglos. Mientras tanto, quienes se obstinen y se arrojen contra los fuertes relieves del escudo de Jehová descubrirán que tienen que vérselas con Dios, que no son sino tiestos de la tierra y que se marchitarán, se secarán, morirán y serán condenados. No hay poder sobre la tierra que pueda dañar a Israel mientras se le encuentre haciendo lo correcto, obedeciendo los mandamientos de Dios, guardando sus convenios y conservándose en pureza y honor delante de Él.
Que Dios los bendiga y los guíe por los senderos de la vida, en el nombre de Jesús. Amén.


























