Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

El Evangelio como poder de Dios para nuestra salvación

Por el élder Aurelius Miner, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 11 de mayo de 1879.

Mediante la fe en Jesucristo, el arrepentimiento, el bautismo y la recepción del Espíritu Santo, obtenemos conocimiento de Dios y poder para vencer el pecado y avanzar hacia la vida eterna.

El Evangelio de Cristo—Su propósito, sus principios y su poder


Los jóvenes hermanos que han hablado esta tarde, y que hace tan poco han regresado de sus misiones en Inglaterra, nos han contado algo acerca del Evangelio que fueron enviados a predicar. Para dar continuidad a las palabras que ya se han pronunciado, propongo hacer esta pregunta: «¿Qué es el Evangelio?». El apóstol Pablo declara la respuesta con estas palabras: «Es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree». ¿Que cree qué? Que cree que Dios existe; que Jesucristo murió y resucitó, y abrió el camino, proporcionó los medios y dispuso el plan mediante el cual el hombre puede ser librado del poder del mal. Por tanto, siendo este Evangelio el poder de Dios, es el poder mediante el cual Dios actúa. Si hemos de obtener la salvación, tendremos que adquirir nosotros mismos ese poder para vencer todo obstáculo que se interponga entre nosotros y la vida eterna. Cristo dijo: «Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono». Entonces, si Cristo ejerció el poder de este Evangelio, y fue mediante ese poder que venció el principio del mal, que siempre ha existido y siempre existirá de alguna forma en algunas de las creaciones de Dios, nosotros debemos, de igual manera y por medios semejantes, lograr para nosotros mismos el mismo resultado. En esa lucha Él venció; mediante la obediencia a ciertos principios adquirió el poder por el cual venció y alcanzó la vida eterna. Este principio llega a nosotros como el mismo medio para alcanzar el mismo fin. Pero ¿cuáles son esos principios que, si los aceptamos y los practicamos en nuestra vida, nos permitirán alcanzar esa posición y ese poder exaltados? Estos hermanos les han dicho que se manifiestan en las enseñanzas de los élderes de Israel. ¿Cómo lo sabemos? Los ministros de otras denominaciones nos dirán que tienen la verdad, el camino y la vida; que predican al pueblo el Evangelio, la palabra de Dios. Pero proponen planes diferentes y enseñan sistemas distintos. Uno nos enseñará un sistema y otro uno diferente. Especialmente si van al Viejo Mundo, oirán por las calles: «Solo crean en Jesús y serán salvos». Otros sistemas sostienen que todo depende del libre albedrío y de la gracia gratuita, de nuestra parte y de parte de Dios. Otro resume la doctrina de esta manera: «Querrás y no querrás, lo harás y no lo harás, serás condenado si lo haces y serás condenado si no lo haces. No importa lo que el individuo piense o crea en lo que respecta a su salvación».

¿Por qué existe esta diferencia en el mundo religioso? Dios no es autor de confusión ni de doctrinas y principios contradictorios. Entren, si quieren, en el mundo científico y recorran el campo de las ciencias exactas, ¿y qué encontrarán allí? Si yo preguntara a las personas instruidas de todas las naciones cuál es el producto de 2 multiplicado por 2, todas me dirían 4. ¿Por qué? Porque se entiende que la respuesta es correcta; se les ha enseñado y lo han demostrado en las actividades prácticas de la vida. Por tanto, en todo el mundo no se discute que 2 y 2 son 4. ¿Por qué esta declaración universal de una misma verdad? ¿No es porque a todos se les ha enseñado un principio correcto? ¿Porque a todos se les ha enseñado la misma doctrina y porque quienes les han enseñado han sido inspirados por el mismo sentir, por la misma verdad? Pero supongamos que encontrara a algunos que enseñaran que 2 y 2 son 3, o que 2 y 2 son 6; inmediatamente diría: Algunos de ustedes están equivocados; no todos pueden tener razón, ciertamente no. ¿A qué conclusión llegaríamos? A que algunos habían recibido una enseñanza imperfecta; a que quienes habían aprendido que 2 y 2 eran 3, o 5, habían sido instruidos por maestros que no comprendían los principios que intentaban exponer. Y se llegaría correctamente a la conclusión de que se estaban enseñando sistemas de error y que todos estaban equivocados salvo quienes proclamaban la doctrina de que 2 y 2 son 4. Este ejemplo de que 2 y 2 son 4, o 3, o 6, puede aplicarse apropiadamente a las enseñanzas del mundo religioso; porque encontramos un grupo de personas que profesan ser maestros enviados por Dios y nos declaran un conjunto de principios, y otro grupo que declara otro conjunto de principios o doctrinas diametralmente opuestos al primero; encontramos un tercero que se opone a ambos; y, al continuar nuestra investigación hasta recorrer todo el globo, descubrimos que hay varios cientos de denominaciones diferentes que profesan adorar a Dios conforme a Sus leyes, todas discrepando en mayor o menor grado en sus doctrinas, disciplina y formas de adoración. Puesto que hay un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo, descubrimos que algunos han enseñado y enseñan la doctrina de que 2 y 2 son algún número distinto de 4. Que algunos predican algo que no es «poder de Dios para salvación», sino un sistema que contiene las doctrinas y los preceptos de los hombres. Un sistema así carece del poder de Dios y no es el que traerá salvación al alma humana. No es el sistema que impartirá a las personas el conocimiento del Dios verdadero y de Su Hijo Jesucristo. No es el sistema que elevará al hombre de la condición de pecado y error al gran plan de rectitud y verdad. Solo un sistema revelado por Dios puede lograr tales resultados. Pero ¿dónde podemos encontrar estos principios del Evangelio, este poder de Dios revelado a la humanidad, si es que ha sido revelado, para que los hombres sepan por sí mismos que 2 y 2 son 4, para que sepan que el poder de Dios es para salvación de todos los que creen y obedecen? Está escrito en esta Biblia, y a veces nos referimos a ella como autoridad ante quienes no comprenden la ley superior, o, más bien, no han entendido esa ley de la cual este libro no es sino el exponente. Es exactamente el mismo principio por el que puedo preguntar a una persona cuál es el producto de 2 multiplicado por 2, y me responde que 4. Pero si le pidiera demostrar la proposición 42 de Euclides, me respondería que no sabe absolutamente nada de ella. Esta es simplemente una ley superior, un principio avanzado de conocimiento; el plan mediante el cual se obtiene el poder de Dios es un sistema progresivo en los principios y las doctrinas que expone. Con este sistema avanzamos paso a paso, como declara Pablo: «La justicia de Dios se revela de fe en fe»; o, en otras palabras, que el poder de Dios aumentó y aumenta en Él mismo mediante Su obediencia a una ley eterna, y así llegó a ser Rey de reyes y Señor de señores. Jesucristo también, en obediencia a esta ley eterna, obtuvo el poder por el cual triunfó sobre el pecado y sobre todos los poderes adversos del mal, y alcanzó Su posición exaltada a la diestra de Dios. Al practicar estos mismos principios y esta ley, obtenemos la salvación y el poder para llegar a ser Dioses, sí, hijos de Dios. Y al observar estos principios y leyes, no hacemos sino seguir el consejo que Pablo dio a los santos de su época: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios». ¿Qué? ¿Que la humanidad alcance la dignidad de Dios? Sí; si somos hijos de Dios, ¿por qué no alcanzar algo del honor y de la dignidad por herencia con nuestro Padre? Pero ¿cómo lo haremos? Este Evangelio que estos hermanos han estado enseñando en tierras lejanas señala el sistema que nos proporciona este poder de Dios. ¿Y cuál es? Se dice que, para quienes crean en él, llegará a ser poder de Dios para salvación. ¿Y qué entienden por salvación? La liberación del poder del pecado, que es muerte, y alcanzar así la vida eterna. ¿Cómo triunfaremos sobre el poder de la muerte? Creyendo en Jesucristo; creyendo que Él existe y que recompensa a todos los que lo buscan diligentemente. ¿Cómo podemos oír sin que haya un predicador, y cómo puede ese individuo predicar a menos que sea enviado por Dios? Y si es enviado por Dios, ¿no nos proclamará la doctrina de Dios? ¿No proclamará las doctrinas de Cristo si es enviado por Cristo y enseñado por Él? Pero si no es enviado ni enseñado por Él, entonces toma para sí la honra y es indigno de ser llamado Apóstol del Señor Jesucristo, embajador del cielo que lleva las palabras de la verdad eterna. Pero ¿cómo podemos saber estas cosas? Sabemos que 2 y 2 son 4; este hecho se demuestra en nuestras transacciones diarias. ¿Cómo podemos obtener este poder de Dios que será para nosotros salvación? Haciendo la voluntad del Padre, siguiendo diligentemente la instrucción del apóstol Pedro dada el día de Pentecostés: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». Y añade: «Sed salvos de esta perversa generación». ¿Qué les dijo que hicieran? Que se arrepintieran. Ya creían en Jesús, porque él les había predicado a Cristo, y se compungieron de corazón y clamaron: «Varones hermanos, ¿qué haremos?». Pedro no les dijo que fueran a sentarse en un banco destinado a quienes buscaban la conversión para que se orara por ellos. No; había una obra que ellos mismos debían hacer. ¿Qué entienden por arrepentimiento? Abandonar todo mal, apartarse de toda iniquidad; «el que hurtaba, no hurte más»; que el que se embriagaba no beba más, etc.; venzan todos sus pecados mediante la rectitud y la obediencia a la ley de Dios. Arrepiéntase, pues, cada uno de ustedes. ¿Qué? ¿Todos estos hombres buenos que habían subido a Jerusalén? Sí, ahora se había inaugurado una nueva dispensación. «Arrepentíos». ¿Qué más? «Y bautícese cada uno de vosotros». ¿Para qué? «Para remisión de los pecados». ¿No hay otro camino, Pedro, por el que podamos obtener la remisión de nuestros pecados? Él no ha declarado ningún otro; si lo hubiera, debería habérselo dicho, porque le hicieron una pregunta de suma importancia, y él predicaba por mandato del Salvador y fue enseñado por Él durante cuarenta días antes de Su ascensión; y cabe suponer que Cristo le dio, junto con sus compañeros Apóstoles, toda la instrucción que necesitaban, pues no puede acusársele directa ni indirectamente de dejar Su obra a medio hacer. Porque Cristo dice: ¿Qué más podría haber hecho que no haya hecho? Les dio toda la instrucción necesaria para salir como maestros y ministros a todas las naciones y pueblos. Después de que Pedro dijo a estas personas qué hacer, ¿qué cumplimiento de la promesa seguiría a la obediencia a sus instrucciones? «Y recibiréis el don del Espíritu Santo». ¿Esa es la promesa? Pedro, ¿no te habrás equivocado? ¿Nos has dicho que 2 y 2 son 4, o que 2 y 2 son 6? Es de suponer que nos ha dicho la verdad. ¿Cómo pueden saberlo? Ah, dice alguien, la promesa era solamente para los Apóstoles y para aquellos a quienes predicaron. Pero la promesa no se limitaba a ellos; era una promesa más amplia: «Y para vuestros hijos y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». ¿A cuántos ha llamado el Señor? Lean el primer versículo del Salmo 50: «El Dios de dioses, Jehová, ha hablado y ha convocado a la tierra, desde el nacimiento del sol hasta donde se pone». Lean también el versículo 17 del último capítulo de Apocalipsis: «Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente». ¿Acaso no están ustedes, mis oyentes, al igual que toda la humanidad, incluidos en este llamamiento general? La promesa es, entonces, para ustedes. «Pero suponiendo que yo venga en obediencia al testimonio que estos jóvenes han dado esta tarde, ¿cómo sabré por mí mismo que habré hecho la voluntad de Dios?». Respondo: Hagan las cosas que ellos dicen y sabrán si la doctrina que predican es de Dios o si hablan por su propia cuenta. Porque sepan que, si la promesa no se cumple para ustedes, el Señor no habla por medio de ellos ni de ningún otro. Si el gran Jehová ha hecho una promesa a los hijos de los hombres bajo ciertas condiciones, y ellos cumplen esas condiciones pero la promesa no se realiza, sepan entonces que el Dios del cielo nunca hizo esa promesa. Pero Cristo dijo que no le creían en Su época. Y le preguntaron cómo sabrían si las cosas que enseñaba eran verdaderas o no. Él les dijo que hicieran las cosas que mandaba. Y ustedes, mis amigos, no pueden saberlo de ninguna otra manera. Esta es una obra práctica. ¿No hay teoría en el Evangelio? Sí; pero la teoría no vale más que la teoría de cualquier otra cosa; lo que queremos es la parte práctica, la que trae beneficio y bendición; la que se manifiesta como en el caso del viejo yanqui y el hombre que cayó de su caballo y se quebró una pierna. Algunos de los espectadores que se habían congregado alrededor dijeron: Siento mucho lo que le ha ocurrido a este hombre; tiene una familia numerosa y ahora se les quitará su único sustento. El viejo yanqui, como se recordará, dijo: Yo lo siento por él en diez dólares; ¿en cuánto lo sienten los demás? Y entregó el dinero. Esos diez dólares valían más para el hombre herido que toda la compasión del universo. Y si el Evangelio no trae bendición y beneficio, inteligencia, poder y exaltación a la familia humana, no tiene utilidad práctica; y si no tiene un beneficio permanente, no vale la pena dedicarle nuestro tiempo. Así también, los Santos de los Últimos Días pueden sentir compasión por las personas pobres de Inglaterra, cuya deplorable condición nos han descrito esta tarde los hermanos que acaban de regresar de sus misiones en aquel país; pero si no meten la mano en el bolsillo y las ayudan conforme a sus posibilidades, su compasión no valdrá nada. El Salvador enseñó y observó esta forma de doctrina, y si no enseñó un sistema correcto, desechémoslo por completo; porque, si Él no es el autor de nuestra salvación, ¿quién lo es? No hay otro nombre dado debajo del cielo mediante el cual el hombre deba ser salvo sino el nombre de Jesucristo; y si no predicamos la forma de doctrina que Él enseñó, ¿dónde la encontraremos?

¿Cuál es el resultado prometido de la obediencia a este consejo de Pedro? «Recibiréis el don del Espíritu Santo». ¿Cuál será el resultado de recibir ese Espíritu? Cristo dijo a Sus discípulos que les recordaría todas las cosas que Él les había dicho. ¿Y debía traer a la memoria solamente las cosas que habían oído? ¿O habría de remontarse al panorama del pasado y desplegar ante nosotros algún conocimiento de nuestro estado preterrenal? ¿Por qué no, si el Espíritu comprende desde el principio hasta el fin? Pero ¿era eso todo lo que habría de hacer? Él también dijo que nos guiaría a toda verdad. Tenemos, entonces, al gran Maestro que enseña por el espíritu de revelación que 2 y 2 son 4 en todas las partes del mundo conocido y a todas las personas. Ahora tienen al mismo Maestro que les enseñó en Inglaterra, Rusia, China o América, o dondequiera que exista la familia humana; ese Espíritu los guiará a toda verdad; y si poseemos ese Espíritu, se nos enseñará la misma doctrina y el mismo principio, y todos tenderemos, según nuestra fidelidad, al mismo grado de exaltación. Así sabrán que Dios vive; así sabrán que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y esto mediante la revelación de ese Espíritu que los conducirá y guiará a toda verdad. ¿Qué más puede hacer? Les mostrará las cosas que han de venir; y si acaso ustedes declararan alguna de esas cosas, se convertirían en profetas. ¡Qué cosa tan terrible sería llegar a ser profeta! Pero Moisés, cuando Josué quiso que reprendiera a ciertas personas y les prohibiera profetizar en el campamento de Israel, después de preguntarle si tenía celos por causa de él, dijo: «Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta», porque eso implicaría que habían obedecido esta forma de doctrina, que vivían en constante comunión con el Espíritu Santo; significaría que vivían conforme a la doctrina de Juan cuando dijo: «Cualquiera que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ese sí tiene al Padre y al Hijo». ¿Cómo sabrán que Jesús es el Cristo? Únicamente por el testimonio del Espíritu Santo. Porque el apóstol Pablo dice: «Nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede afirmar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo». ¿Dijo Pablo la verdad o no? Ningún hombre puede decir con conocimiento que Jesús es el Cristo sino por el poder y la revelación del Espíritu Santo; y ningún hombre ha obtenido jamás este conocimiento de otra manera, ni lo obtendrá. Es el plan que Dios ha dispuesto, y si queremos venir a Él, debemos hacerlo de la manera que Él ha establecido. Debemos correr la carrera que tenemos por delante y no intentar dictar nosotros mismos las reglas de la pista. Corramos, por tanto, de tal manera que obtengamos el premio al final de la carrera. Para lograrlo debemos ajustarnos a las ordenanzas del Evangelio, que comprenden este testimonio que se da por el poder del Espíritu Santo, el cual es el espíritu de profecía; y quien tiene el espíritu de profecía tiene el testimonio de Jesús. Entonces la humanidad puede burlarse de la idea de que ya no hay profetas sobre la tierra; eso equivale a decir: «No conocemos a Dios y estamos sin esperanza en el mundo». ¿Y quién puede conocer al Padre sino por las revelaciones del Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar?

Parece, pues, que este Espíritu Santo está lleno de inteligencia, de conocimiento y de poder, y es el ministro que actúa en nombre de Dios por todos los dominios del gran Jehová. Ese Espíritu revela al hombre que Jesús es el Cristo, y Cristo revela la existencia, el poder y la gloria de Su Padre. Y este es el orden. ¿Y cómo sabremos este hecho? Obedeciendo las ordenanzas, y entonces podrán saberlo por ustedes mismos. No supone gran dificultad; un poco de agua fría no les hará daño a ninguno. Supongo que hay muchos en esta congregación que han sido sepultados en las aguas del bautismo cuando fue necesario cortar el hielo, y les dirán que, al obedecer estas sencillas formas de doctrina, han recibido por sí mismos, mediante la imposición de manos de los élderes, este Espíritu Santo, y que Él les ha dado testimonio del Padre y del Hijo. ¿No vale la pena hacer la prueba? ¿No tiene el premio suficiente valor para inducirlos a sacrificar las insensateces del mundo a fin de revestirse de Cristo? ¿No correremos la carrera que tenemos por delante? ¿No haremos y realizaremos los actos que nos proporcionan el poder de Dios?

Pero ¿se adquiere este poder únicamente mediante actos o palabras? Veamos lo que dice el Salvador. Recuerdan que cierto hombre llevó al Salvador a su hijo, que estaba poseído por un demonio, para que el Salvador lo expulsara, pues los Apóstoles no habían podido hacerlo. Como se recordará, el Salvador los reprendió severamente en aquella ocasión, diciendo en esencia: ¿Hasta cuándo estaré con ustedes como maestro y serán tan torpes de entendimiento que no aprenderán estos principios que enseño día tras día? ¿Hasta cuándo habré de tolerarlos como Mis discípulos, y cuánto tiempo tendré que estar con ustedes como su maestro antes de que aprendan estas cosas? Tráiganme al muchacho. El padre obedeció y, mediante aquel poder que se había desarrollado en Cristo por la obediencia a la ley, Él mandó al espíritu inmundo salir del tabernáculo del muchacho y apartarse de él, y este le obedeció. Los discípulos sintieron la reprensión y, cuando se presentó la oportunidad, preguntaron al Salvador por qué ellos no habían podido expulsar al espíritu maligno. Y Jesús respondió y les dijo: «Por vuestra incredulidad, porque de cierto os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible». ¿Qué? He oído a ministros decir: Sí, pueden mover montañas empleando a un gran número de chinos. Pero ¿limitaremos así el poder de la fe? Porque es un principio de poder y no simplemente un acto de la voluntad. ¿No fue por el poder de la fe que Dios creó los cielos y la tierra? Y si Dios pudo, por el poder de la fe, organizar estos vastos planetas que giran en el espacio con el orden más perfecto, si, digo, pudo hacerlo mediante el poder de la fe, ¿qué porción de ese poder se necesitaría para mover la cordillera Wasatch? No una proporción muy grande. El Salvador dijo a Sus discípulos en respuesta a su pregunta: «Pero este género no sale sino con oración y ayuno». Tenemos, pues, una indicación de los propios labios del Salvador acerca de cómo se obtiene este poder. ¿Solo creyendo? No. La creencia por sí sola no tendría valor; la creencia seguida de obras bajo la dirección del Santo Espíritu, que es el poder de Dios, produce el poder de la fe. ¿Se han encontrado ustedes, élderes de Israel, en la misma condición que estos discípulos cuando han sido llamados a realizar un acto semejante? Y, si así ha sido, ¿sabían la razón? Aprendan la respuesta de los labios del Salvador. ¿Ayunan y oran conforme a las ordenanzas de este sistema, mediante el cual se obtiene el poder de Dios? Si no lo han hecho, entonces sus ministraciones fueron en vano porque no cumplieron con las condiciones. ¿Se hacen las promesas a los hombres a título individual? En un sentido sí y en otro no. Cuando se cumplen las condiciones prescritas, debe seguir el cumplimiento de las promesas, porque Dios no puede mentir. ¿Es entonces el individuo quien actúa? No. Él es simplemente el representante; es el siervo ministrante de Dios quien actúa, no en su propio nombre, sino en el nombre de Aquel a quien representa, en virtud del poder que lo respalda. Exactamente como el juez en el tribunal o el policía en la calle. ¿Actúan en su propio nombre? No, sino que son representantes de un poder del cual reciben sus nombramientos. Así, quienes ministran en las santas ordenanzas del Evangelio no ministran en su propio nombre, sino en virtud de la autoridad de su comisión. Porque ¿cómo pueden los hombres predicar el Evangelio a menos que sean enviados, y enviados por Dios para declarar Su Evangelio, a fin de que sus palabras sean las palabras de Dios al pueblo? Por tanto, la exhortación de los élderes de Israel es: Arrepiéntase cada uno de ustedes y sea bautizado para la remisión de sus pecados; y la promesa es que recibirán el Espíritu Santo, quien los conducirá y guiará a toda verdad; les hará recordar las cosas pasadas y les mostrará las cosas que han de venir. Iluminará su mente y los guiará paso a paso, dando línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y otro poco allí. Pero debido a la debilidad de la carne y a las debilidades de nuestra naturaleza caída, que siempre están presentes en nosotros, aprendemos lentamente. Sin embargo, al perseverar en la lucha contra el pecado, aumentamos continuamente este poder en nuestro interior, el cual, aunque se desarrolle gradualmente, llegará finalmente a ser en nosotros un principio de revelación y profecía suficiente para permitirnos conversar con Dios y recibir sabiduría y conocimiento de la gran fuente de inteligencia. El Evangelio elimina todos los sentimientos estrechos y limitados; amplía el alcance del pensamiento y ennoblece la mente; nos hace sentir que Dios es nuestro Padre, que el mundo es nuestro hogar y que los seres humanos son nuestros hermanos, todos hijos e hijas de Dios; y que yo no me beneficio oprimiéndolos a ustedes, ni ustedes oprimiéndome a mí, sino que solo nos elevamos en la escala de la existencia mediante actos de inteligencia y bondad; y que, a medida que aumentamos en conocimiento, también aumentamos en el poder de Dios.

El gobierno de Dios sobre la tierra se denomina Su sacerdocio y, como declara Pablo en su carta a los Romanos, es el poder de Dios dado a conocer; y lo que de Dios se puede conocer es manifiesto en quienes poseen este sacerdocio, porque Dios se lo ha manifestado. El conocimiento de Dios viene, entonces, por medio del sacerdocio que ha sido establecido sobre la tierra; y la salvación de la familia humana, mediante la administración de las ordenanzas de este Evangelio por el poder y la autoridad de ese sacerdocio. Este conocimiento llega a nosotros con una certeza más firme y convincente que la vista de los ojos, el oído y el tacto de las manos juntos. Porque es, como dice Pablo, la palabra profética más segura, que constituye una prueba más satisfactoria para la mente humana que todas las demás evidencias combinadas. Y llega a nosotros con un poder tan convincente que no puede refutarse. Por eso estos jóvenes élderes se ponen de pie y dicen que saben, por el don y el poder del Espíritu Santo, que son verdaderas las cosas de las que testifican. Y nos dicen que han obtenido este conocimiento obedeciendo esta sencilla forma de doctrina, tan clara que el caminante no tiene por qué errar en ella si dispone su corazón a hacer la voluntad de Dios. ¿Son estrechos y limitados en sus sentimientos? Si lo son, ¿por qué dedican su tiempo a salir a trabajar en la viña del Señor sin otra remuneración que la que viene de Dios y la satisfacción de saber que están haciendo la voluntad del cielo? No predican por salario ni adivinan por dinero, sino que salen y predican el Evangelio sempiterno a todos, exhortando a las personas en todas partes a arrepentirse y ser bautizadas para la remisión de sus pecados, prometiéndoles, en el nombre de Aquel que los comisionó, que cuando cumplan estos requisitos con toda sinceridad recibirán el don del Espíritu Santo, el cual les permitirá comprender y saber por sí mismas que 2 y 2 son 4, que Dios vive y que Jesús es el Señor; todos los que sean enseñados por este Espíritu conocerán y comprenderán de igual manera. La ignorancia desaparecerá y el conocimiento aumentará y abundará, y para todos habrá un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo. Amén.

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