Reconocer la mano de Dios y trabajar unidos para edificar Sion.
por el presidente John Taylor, pronunciado en Logan, el domingo 4 de agosto de 1878 por la tarde.
John Taylor enseña que los santos deben reconocer a Dios en todas las cosas y cooperar en los asuntos temporales y espirituales, la obra misional y la educación para edificar Su reino.
El poder de Dios en todas las cosas—El reino de Dios—La cooperación, un paso hacia la Orden Unida—Economía política—Dificultades nacionales—Labores misionales—Escuelas y maestros.
Me han interesado mucho las palabras de mis hermanos; y, en relación con ellas, me complace mucho verlos reunidos en este hermoso edificio y disfrutando de los privilegios que poseen; y tienen derecho a disfrutarlos, porque ustedes mismos los han creado. Y, por otra parte, no los han creado por ustedes mismos, sino en la medida en que Dios los ha ayudado. Creo que hay un pasaje de las Escrituras modernas que dice: “Y en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas”. D. y C. 59:21 Y hay otros principios relacionados con estos asuntos que son de gran importancia para nosotros. Uno de los antiguos profetas, al hablar del pueblo y de su relación con Dios, dice: “El Señor es nuestro Dios, el Señor es nuestro rey, el Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro legislador, y él reinará sobre nosotros”. Isa. 33:22 Si pudiéramos realmente colocarnos en esta posición y sentir que vivimos en Dios, que nos movemos en Dios y que de Él recibimos nuestro ser, Hech. 17:28 y que Él tiene en Sus manos los asuntos de la vida, y que toda bendición que disfrutamos, sea de naturaleza temporal o espiritual, ya se refiera a este mundo o al venidero, procede de Dios. Si nosotros, como comunidad, pudiéramos comprender nuestra posición con respecto a este aspecto grandioso, fundamental y muy importante de nuestra fe, estaríamos preparados para recibir mayores bendiciones de manos del Todopoderoso, y también para magnificar ese grande y santo sacerdocio que Él nos ha conferido. Estaríamos preparados para edificar templos y obrar en ellos con mayor entendimiento; estaríamos preparados para actuar como salvadores en el monte Sion, Abd. 1:21 y para obrar con Dios y los santos ángeles, con los apóstoles y profetas que han vivido antes, y con el santo sacerdocio en los mundos eternos, así como en este mundo, para el cumplimiento de los propósitos de Dios en cuanto a la redención y salvación de los vivos y de los muertos; para la salvación y exaltación de nosotros mismos, de nuestros progenitores y de nuestra posteridad. Pero necesitamos reconocer y comprender nuestra posición y nuestra relación con el Todopoderoso.
Algunos de los hermanos que les han dirigido la palabra han hablado de nuestros derechos políticos, lo cual es muy correcto. Sería verdaderamente lamentable que, después de que Dios nos ha recogido de entre las naciones de la tierra para poner Su nombre sobre nosotros y establecer y edificar Su reino sobre la tierra, tuviéramos que llamar al diablo para que nos ayudara a hacer la obra del Señor. Es una de esas incongruencias que una mente razonablemente inteligente y reflexiva necesariamente rechazará. Hemos sido recogidos aquí, no en beneficio de ningún partido político ni de ninguna organización esencial, salvo aquella que Dios dictó y ordenó. ¿Por qué estamos aquí hoy? Porque los cielos se han abierto, porque han aparecido ángeles, porque las revelaciones de la voluntad de Dios se han dado a conocer al hombre; porque Dios y los santos ángeles, con el sacerdocio eterno, han considerado conveniente manifestar en estos últimos días la plenitud del Evangelio sempiterno, el cual se nos ha proclamado en las distintas naciones de donde vinimos. Y, habiendo obedecido sus primeros principios, nos hemos congregado aquí. No vinimos aquí por estar vinculados particularmente con algún proyecto de colonización; no vinimos por la riqueza ni por la fertilidad del suelo; no vinimos porque hubiera oro y plata en nuestras montañas. No teníamos tal idea. Vinimos porque creíamos que el Señor había restaurado el Evangelio sempiterno; porque había renovado el convenio sempiterno; porque había enviado la proclamación: “Juntadme a mis santos, los que hicieron conmigo convenio con sacrificio”; Sal. 50:5 y porque habíamos sido bautizados en Cristo y nos habíamos revestido de Cristo. Gál. 3:27 Esta es la razón de que estemos aquí; y, por tanto, como Santos de los Últimos Días, nuestro deber primero y más importante es edificar la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra.
Ahora bien, todos creemos esto. Y hay una serie de deberes que parecen recaer naturalmente sobre nosotros, como preparar edificios como este, donde podamos reunirnos para adorar a Dios; y construir templos en los cuales administrar las ordenanzas de Dios. ¿Para quiénes? Para los vivos y los muertos: para nosotros mismos, nuestros progenitores y nuestra posteridad. Y para que podamos obrar y cooperar con el sacerdocio detrás del velo en el cumplimiento de Sus propósitos para con la familia humana. Esta es la clase de labor en la que estamos ocupados. Pero a veces pienso que somos un tanto semejantes a los discípulos que vivían en los días de los apóstoles en el continente asiático. Se dice de ellos que veían en parte y profetizaban en parte y, por supuesto, comprendían en parte. 1 Cor. 13:9 Pero ellos pensaban entonces, y nosotros pensamos ahora, que cuando lo que es en parte sea quitado y venga lo que es perfecto 1 Cor. 13:10 —y que el Señor está procurando introducir tan rápidamente como puede—, entonces veremos como somos vistos y conoceremos como somos conocidos; 1 Cor. 13:12 D. y C. 76:94 entonces comprenderemos como Dios comprende en relación con todos estos asuntos sobre los que hemos estado reflexionando y orando. Pero por ahora solo comprendemos en parte. Somos un tanto semejantes a nuestros niños pequeños: cuando comienzan a caminar un poco, dan pasos torpes, y muchas veces se caen y se rasguñan. Nuestro Padre vela por nosotros del mismo modo que nuestras madres lo hacían cuando éramos bebés. Todos ustedes saben con qué atento cuidado una madre amorosa atiende a su hijito, y cuánto se preocupa por su seguridad y bienestar. Pero nuestros hijos a menudo piensan que son mucho más listos que sus padres. No vacilarían en tomar una navaja de afeitar y cortarse los dedos con ella, ni en correr por un terreno escabroso y peligroso. En muchos aspectos, nos parecemos mucho a ellos. Vemos en parte y comprendemos en parte; y algunos de nosotros hemos estado tanto tiempo sumidos en las supersticiones y tradiciones de la época, y estamos tan imbuidos de religiones falsas y de ideas y nociones políticas, y tan influidos por el mundo, que apenas sabemos lo que está bien y lo que está mal. Queremos un poco de Dios en el reino de Dios, un poco del hombre y, lamento decirlo, un poco del diablo en el reino de Dios, para que todos podamos mezclarnos y ser grandes camaradas, Dios y toda la creación juntos. Ese no es el propósito del Todopoderoso. Él nos ha congregado; ¿para hacer qué? Permítanme decirles lo que dijo el profeta: “y os tomaré, uno de cada ciudad y dos de cada familia, y os llevaré a Sion”. Jer. 3:14 ¿Y qué hará con aquellos a quienes lleve allí? “Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con entendimiento”. Jer. 3:15 ¿Quién les daría pastores? El Señor. Uno de los profetas, al hablar de ese tiempo, cuando las personas serían mucho mejores de lo que somos hoy, dice: “Y todos serán enseñados por Dios”. Isa. 54:13 Pero a algunos de nosotros nos gustaría añadir un poco de incredulidad, un poco de la política de este mundo, un poco de las teorías de los hombres y un poco de tradición falsa; y nos resulta difícil, con todas nuestras tradiciones y la formación errónea que hemos heredado de nuestros antepasados y en la que hemos sido criados desde la niñez, despojarnos de ellas, escuchar la palabra pura de Dios y regirnos por las leyes de la vida.
A veces hablamos de aquello que llamamos el reino de Dios. Ahora bien, si es el reino de Dios, no es el reino del hombre; no es nuestro reino sino en la medida en que estemos sujetos a sus leyes, que son las leyes de Dios. Últimamente hemos procurado, bajo la dirección de nuestro venerable y respetado presidente Young, quien nos ha dejado y ha pasado al otro lado del velo, organizar la Iglesia de Dios, y esta organización se ha extendido, en mayor o menor grado, por todo el territorio. Pero nos sucede en buena medida lo mismo que a aquel muchacho de Salt Lake City. Un desconocido que pasaba le dijo: “Muchacho, ¿eres mormón?”. El muchacho respondió: “No, señor, no lo soy, pero mi papá sí”. “¿Ah, sí?”. “Sí, señor; pero no se ocupa mucho de eso”. Así ocurre con muchos de nosotros. Tenemos nuestros asuntos personales y nuestras propias actividades, que ocupan nuestra atención, y tenemos poco tiempo para atender las cosas de Dios. Tenemos una organización de nuestro sacerdocio; tenemos nuestras estacas organizadas con un presidente, con un sumo consejo, con obispos y sus consejeros, y con presbíteros, maestros y diáconos; y tenemos nuestros cuórums de setentas, nuestros cuórums de sumos sacerdotes y nuestros cuórums de élderes; todo ello conforme al orden que existe en el cielo. Pero ¡qué poco pensamos muchos de nosotros en esto! Sin embargo, lo estamos haciendo bastante bien, como se ha señalado aquí. No albergo queja alguna en mi mente acerca de lo que hace el pueblo en general. Creo que han manifestado un celo, una liberalidad y una generosidad en la construcción de este edificio que son dignos de alabanza y encomio; y creo que han manifestado lo mismo en el progreso que se observa en la construcción de su templo aquí. Pero estas cosas son solo partes muy pequeñas de los deberes de este sacerdocio que hemos tomado sobre nosotros; partes muy pequeñas, en verdad. ¿Cuántos de nuestros obispos hay que no comprenden real y verdaderamente que poseen su sacerdocio de parte de Dios? Que administran en las ciudades de Sion, o deberían hacerlo, en virtud de ese sacerdocio; y que, por tanto, deberían ser padres del pueblo al cual presiden, dejando de lado el interés propio, trabajando como buenos pastores en beneficio de sus rebaños y obrando así según su capacidad; pero muchísimos no comprenden cómo son las cosas en relación con estos asuntos. Si se llama a un hombre como obispo, ¿es para que se engrandezca a sí mismo? No. ¿Es para que, por medio de su posición, pueda monopolizar ciertos intereses? No. Se espera que obre en beneficio de la Iglesia de Dios y, más especialmente, en beneficio de la comunidad a la cual preside. Así es como entiendo este asunto; y estos son algunos principios fundamentales por los cuales debe regirse un obispo. Y en nuestros tribunales de obispos, cuando se presentan casos ante ellos, deben estar tan libres de parcialidad en sus juicios como lo están los Dioses de los mundos eternos, y sentir el deseo de administrar justicia y rectitud, y buscar el Espíritu de Dios para que los motive y gobierne en todas sus decisiones. Y ese mismo espíritu y sentimiento deben motivar al sumo consejo. Están haciendo un registro del cual se lleva constancia en el cielo; y lo mismo hacen los obispos. Y cuando administren en cualquiera de estos oficios, Dios les pedirá cuentas, y el sacerdocio sobre la tierra les pedirá cuentas; y ahora están escribiendo una historia con caracteres indelebles que jamás podrán borrarse. Si por toda palabra y acto secreto todos los hombres serán llevados a juicio, Mat. 12:36 cuánto más se pedirán cuentas de los actos públicos de los hombres públicos ante Dios y ante el santo sacerdocio.
Aquí, por ejemplo, están el presidente y sus consejeros, que presiden esta estaca. Deben interesarse en el bienestar de todo hombre, mujer y niño de la estaca, hasta donde lleguen a conocer sus circunstancias; y estos hombres, en virtud de su elevado llamamiento, deben estar llenos de vida y del Espíritu y de las revelaciones de Dios, a fin de comprender los asuntos que se les presenten, administrar justicia con rectitud y presidir al pueblo de tal manera que obtengan el favor y la aprobación del Altísimo; buscando siempre primero los intereses del reino de Dios Mat. 6:33 y del rebaño cuyo cuidado Dios les ha confiado. 1 Pe. 5:2
Ahora mencionaré algunas cosas sobre las cuales se ha llamado mi atención en cuanto a la unión y a la unión de esfuerzos. Se ha hablado mucho de la Orden Unida y de que lleguemos a ser uno. Y algunas personas desearían —¡oh, cuánto lo desean!— poder eludir ese principio, si pudieran. Pero ustedes, Santos de los Últimos Días, no pueden eludirlo; no pueden abrirse paso alrededor de él; se alzará ante ustedes a cada paso que den, porque Dios está resuelto a llevar a cabo Sus propósitos y edificar Su Sion; y a quienes no quieran ponerse en línea los quitará del camino, y no se hallará lugar para ellos en Israel. Escúchenlo, Santos de los Últimos Días, porque les digo en el nombre del Dios de Israel que es una revelación del Altísimo y no pueden eludirla. Actualmente parece haber dificultades en el camino; pero las superaremos. Lo único que podemos hacer ahora, en consideración a las debilidades y flaquezas que nos rodean, es hacer lo mejor que podamos e impulsar estos intereses tan cerca como podamos, en la práctica y en su espíritu y esencia, hasta que podamos llevar a cabo lo que Dios se propone, porque los hombres aún no están plenamente preparados para estas cosas. Pero lo estamos en parte, así como los de la antigüedad profetizaban en parte y entendían en parte; 1 Cor. 13:9 y, con el tiempo, se introducirá lo que es perfecto en relación con estos asuntos. 1 Cor. 13:10 José Smith procuró introducir este orden, pero tales eran la corrupción, la codicia, D. y C. 98:19–21 D. y C. 104:1–6 el fraude y la injusticia de los hombres que le resultó casi imposible hacerlo. Esta fue la idea que comunicó, aunque no fueran las palabras precisas que empleó al hablar sobre este tema. Hemos hecho varios intentos de hacer lo que el profeta José procuró hacer. En algunos lugares les va muy bien, y en otros muy mal; puedo decirles esto al respecto: es bastante difícil convertir cabras en ovejas. ¿Alguno de ustedes lo ha intentado? Permítanme citarles un pasaje de nuestro Salvador: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Juan 10:27 “Pero al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”. Juan 10:5 Y Él oró al Padre por ellas: “Padre Santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros”. Juan 17:11 “para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”. Juan 17:21 O, en otras palabras, Dios lo envió, y Su pueblo lo sabía y lo conocía a Él, pero el mundo no lo creía; sin embargo, cuando se lograra esta unidad, el mundo lo sabría. Y cuando lleguemos a ser uno en todas las cosas, nuestra condición será un espectáculo que Dios, los ángeles y los hombres contemplarán con deleite; y entonces el mundo sabrá que Dios está con nosotros, que somos Su Israel y que Él es nuestro guía, nuestro escudo y nuestro libertador. Sal. 144:2
Hay algunas cosas que el hermano Lorenzo Snow está haciendo que son muy meritorias; pero no son la Orden Unida. Él está trabajando con el pueblo conforme a un principio parecido al que emplean nuestras hermanas para enseñar a caminar a los pequeños: los colocan en una especie de silla que rueda, y los bebés parecen encantados; creen que están caminando. Pero todavía no hemos aprendido a caminar. Y luego hay otras instituciones repartidas por todo el territorio que tienen el mismo loable objetivo; muchas de ellas cuentan con principios sumamente excelentes y manifiestan un espíritu muy admirable; pero solo ven en parte, y conocen y comprenden en parte. 1 Cor. 13:9 Y ustedes aquí lo están haciendo bastante bien en algunas cosas; pero con algunos de ustedes ocurre lo que el presidente Young dijo del hermano Snow: que había hecho entrar a la gente en la Orden Unida sin que lo supieran. Apenas han puesto un pie dentro; pero están procurando progresar y están logrando algunos pequeños avances. Por ejemplo, oigo que tienen aquí una especie de actividad comercial vinculada con otros intereses en los que procuran unirse. Esto es muy apropiado, y es apropiado que su presidente dé instrucciones en tales asuntos; es su deber hacerlo, y es el deber de ustedes regirse por tales principios y seguir las instrucciones que se den al respecto; y mantenerse unidos, y dejar de lado este individualismo, y sentir que todos poseemos el santo sacerdocio y que, como hermanos, debemos obrar en beneficio de la Iglesia y del reino de Dios. Supongo que estas cosas podrían continuar y aumentar, y que todo lo relacionado con sus relaciones comerciales podría llevarse a cabo por común acuerdo, bajo la debida autoridad y administración del sacerdocio, y que todos ustedes podrían trabajar unidos, con íntegro propósito de corazón ante Dios. ¿Y cuál sería el resultado? Las personas de fuera no podrían aprovecharse de ustedes; no tendrían intermediarios viviendo a costa de ustedes, y las operaciones especulativas que se emprendieran serían en beneficio de la comunidad. Y luego podrían obrar con respecto a sus intereses agrícolas y a la venta de su grano, ganado, ovejas, etc. Y al trabajar y cooperar juntos, podrán formar en este valle un frente unido que llegará a ser una fuerza en esta parte de la región. Y luego, si se pusieran a trabajar para fabricar su propio cuero y sus telas, y hacer sus propias botas, zapatos y arneses, y su propia ropa, tanto para hombres como para mujeres, como lo están haciendo en Brigham City, podrían proporcionar mucho empleo remunerado a su propia gente, y esto serviría para enseñar oficios a muchos de sus muchachos; y con el tiempo podrían llegar a ser un pueblo autosuficiente. Las personas del mundo comprenden este principio que nosotros estamos procurando llevar a cabo entre nosotros. Últimamente se ha hablado bastante de algo que ha existido en Francia. Recordarán que, en la reciente guerra con Alemania, la nación francesa fue duramente derrotada, y el resultado fue una deuda enorme que el Gobierno francés ha pagado desde entonces. ¿Y cómo? Napoleón I introdujo en su época lo que entonces se llamaba el “Sistema Continental”, que no significaba ni más ni menos que la producción nacional. Se brindó todo estímulo a los habitantes de aquella nación para que cultivaran y fabricaran todo lo posible, a fin de que pudieran independizarse de otras naciones para su sustento. Y este fue el secreto de su éxito al pagar la deuda contraída por la reciente guerra. Ya hemos hablado bastante de estas cosas; lo único que queda es idear, en todos nuestros diversos poblados, la manera de introducir gradualmente y según las circunstancias aquellas cosas que favorezcan los intereses del pueblo y lo hagan autosuficiente. Y que luego los habitantes de todo el territorio hagan lo mismo, y estaremos avanzando por la senda del progreso, y con el tiempo llegaremos a lo que se llama la Orden Unida. Pero les diré algo que nunca podrán hacer: a menos que logren establecer la Orden Unida en el corazón del pueblo, nunca podrán establecerla en ninguna otra parte; los estatutos y las constituciones valen muy poco; debemos tener esta ley, que es la ley de Dios, escrita en nuestro corazón. Jer. 31:33 Muchos hombres vinculados con estas instituciones no actúan de buena fe. He visto a hombres unirse a ellas pensando que podrían ganarse la vida con mucha facilidad aprovechándose de personas más confiadas y honradas que ellos. ¿Serán bendecidos tales hombres? No, no lo serán, sino que la maldición de Dios reposará sobre ellos por procurar pervertir Sus propósitos; y habría sido mejor para ellos no haber entrado jamás en tales asociaciones. Estas han sido algunas de mis reflexiones en relación con estos asuntos.
Tenemos aquí setentas y élderes. Deseo hablar un poco sobre algunas cosas relacionadas con sus llamamientos, porque hoy hay muchísimos presentes. Supongo que la gran mayoría de los hermanos aquí son setentas, sumos sacerdotes o élderes: tres cuórums destacados en la Iglesia y el reino de Dios. Ahora bien, ¿qué hemos sido llamados a hacer? ¿Cuál es, por ejemplo, el deber de un apóstol? Solíamos entender que nuestro deber era ir hasta los confines de la tierra y predicar el Evangelio; D. y C. 107:33, 35 y puedo decir que hemos recorrido cientos de miles de millas para cumplir ese propósito. Pero a algunos de nosotros se nos está poniendo blanco el cabello. Como le decía hace poco a una de mis esposas: Tu cabello se está poniendo un poco gris, pero el mío no —está blanco—. Y así sucede con muchos de los Doce; ellos superaron esa etapa hace tiempo. Pero los Doce salieron y siempre estuvieron dispuestos a salir, y lo están hoy si se requiere. Y diré de mis hermanos que están a mi alrededor que no conozco un grupo mejor de hombres, ni sabría decir dónde podría encontrarse. Daré este testimonio acerca de mis hermanos de los Doce. Están dispuestos a hacer lo que Dios les requiera en cualquier momento. Ahora bien, hemos tenido muchísimos hombres honorables entre nuestros setentas, sumos sacerdotes y élderes que han salido con buena disposición, como lo han hecho los Doce, llenos del espíritu y del poder de su llamamiento, con el deseo de regocijarse todo el día y cantar: ¡Aleluya, el Señor es nuestro Dios!; ellos han sido el medio para recoger a la casa de Israel, tal como se encuentra hoy en estas montañas. ¿Serán reconocidos entre Israel? Sí, y también serán reconocidos ante Dios y los santos ángeles. Pero la Presidencia, los Doce, los setentas, los sumos sacerdotes o los élderes jamás podrían haberlo hecho si Dios no hubiera estado con ellos. Salieron en el nombre de Dios, llevando la preciosa semilla, y volvieron regocijándose, trayendo consigo muchas gavillas. Sal. 126:6 Y Dios conservará un recuerdo honroso de todos esos hombres en el tiempo y por toda la eternidad. Pero muchos están llegando a ser como yo: están envejeciendo; y no podemos esperar que estén saliendo siempre. Pero tienen muchos hijos que están creciendo, y esperamos que los muchachos den un paso adelante, ocupen el lugar de sus padres y procuren hacer algo en beneficio de la Iglesia y del reino de Dios sobre la tierra.
Desde hace algún tiempo hemos estado pasando por circunstancias bastante difíciles, y lo mismo le ha sucedido al mundo en general, especialmente a las naciones europeas, desde alrededor de 1873. Hubo lo que se llamó un pánico financiero, y ha ido empeorando cada vez más hasta el presente; y las dificultades parecen extenderse y aumentar entre las naciones, y están penetrando en la nación con la que estamos vinculados. Ahora es el trabajador contra el empleador, el trabajo contra el capital y viceversa, en lugar de la unión, la armonía, la fraternidad y la comprensión que siempre deberían existir entre un hombre y otro. Y aquí hemos sentido algo de los efectos de la crisis monetaria. Luego, los saltamontes nos han visitado de vez en cuando; y la polilla de la manzana está entre nosotros, y algunas partes de nuestros valles han sufrido considerablemente por las heladas invernales. Y a veces he pensado que, si las personas no comprendían que Dios gobierna, con el tiempo lo descubrirían; porque creo que el Señor se vale de todas estas cosas para hacer reflexionar al pueblo. Y, si leo correctamente mi Biblia, los juicios han de comenzar primero por la casa de Dios. 1 Pe. 4:17–18 D. y C. 112:25–26 Y si los juicios han de comenzar por la casa de Dios, ¿dónde aparecerán el impío y el inicuo? 1 Pe. 4:18 Se acerca un tiempo terrible para las naciones de la tierra y también para esta nación, peor de lo que jamás haya llegado al corazón del hombre concebir: guerra, derramamiento de sangre y desolación, luto y miseria, pestilencia, hambre y terremotos; y todas aquellas calamidades de las que hablaron los profetas se cumplirán con toda seguridad, y están cuarenta años más cerca de lo que estaban hace cuarenta años. Y a nosotros, Santos de los Últimos Días, nos corresponde comprender la posición que ocupamos. Entre los hombres honorables a quienes me he referido, hay circunstancias que a veces les hacen sumamente difícil realizar la clase de misiones que hacían antes, debido a la edad, las enfermedades y otras condiciones. Sin embargo, con frecuencia he sentido vergüenza al ver cómo han actuado muchos de estos cuórums a los que me refiero cuando se les ha llamado a servir en misiones. Uno tiene una excusa y otro tiene otra. Hace unos veinte años era más fácil reunir a doscientos o trescientos hombres que ahora entre todos esos miles de Israel. ¿Cómo explican esto? En parte, por una apatía que existe en las distintas organizaciones del sacerdocio; y, en parte, por las circunstancias que nos han rodeado. Hemos estado afrontando estas dificultades al igual que otros; y el Señor nos ha puesto en esta situación para probarnos y ver de qué estamos hechos. O, para emplear un dicho común, para ver quién se mantendría junto al pesebre, hubiera heno o no. Pero el sentir general parece ser —y supongo que así ocurre entre nosotros en Salt Lake y en otros lugares— que preferiríamos acudir al pesebre cuando hubiera abundancia de heno. Pero existe algo que se llama tener fe en Dios. Les diré cómo he considerado estas cosas. Muchísimos se han visto en circunstancias tales que les sería sumamente difícil levantarse e ir a una misión sin causar penurias a sus familias. Antes no solíamos pensar en esto; pero debe haber en ello, como en otras cosas, una cooperación, una orden unida, si así lo prefieren. Al revisar algunos de nuestros asuntos, hemos descubierto que estos tiempos de estrechez han llegado a Inglaterra. Y últimamente, cuando nuestros élderes han regresado a casa después de haber estado ausentes dos o tres años, como ellos mismos no tenían los medios para pagar el viaje de regreso, han tenido que firmar pagarés por el dinero; y la consecuencia era que regresaban con una carga de deudas sobre sus hombros. El consejo ha considerado este asunto y ha decidido cancelar esas deudas, que ascendían a unos cincuenta mil dólares; y luego hemos procurado, con el hermano Staines y la presidencia de Liverpool, hacer los arreglos necesarios para que, cuando nuestros hermanos regresen a casa de sus misiones, lo hagan sin tener que pagar. ¿Qué les parece? Todos los que estén a favor digan sí. [La congregación dijo sí]. No queremos que los élderes se sientan agobiados ni en dificultades, sino que, de ser posible, sean aliviados; y estamos procurando lograrlo. Y mientras estén ausentes, no es apropiado que se sientan inquietos y preocupados por sus familias en casa; por tanto, pediremos a nuestros hermanos que presiden aquí que velen por las familias de los misioneros para que no sufran privaciones. A veces oigo a hombres pedir a Dios que bendiga y provea para las familias de quienes están en misiones, y en sus oraciones siempre tienen presentes a los pobres. Todo esto está muy bien hasta donde llega, pero no llega muy lejos. Mi sentir es no pedir jamás al Señor que haga algo que yo mismo no haría. Si yo fuera mujer —pero no lo soy, como saben, y no sé mucho al respecto—; pero si fuera mujer, la esposa de uno de nuestros misioneros en el extranjero, preferiría mucho más un saco de harina, un poco de carne, algo de mantequilla y queso, un poco de leña o carbón y algo de tela para mí y mi familia, que todas las oraciones que pudieran ofrecer por mí. Y si quieren ver atendidas a estas personas, deben encargarse ustedes mismos. Y ustedes, hermanas de la Sociedad de Socorro, no den descanso a sus esposos hasta que todas estas familias estén provistas de lo necesario. Y no dejen en paz al obispo si no están atendidas, sino vayan tras él e “insístanle” en ello; y quizá, por su continua insistencia y por no dejarlo tranquilo, él escuche sus súplicas. Y me arriesgaré a ello si las hermanas se ocupan de insistirle.
Ahora bien, después de admitir excusas de esa índole, no podemos excusar a todos. Hay muchos hombres sanos y fuertes que, si tan solo tuvieran un poco más de fe en Dios y comprendieran las calamidades que se avecinan sobre la tierra, D. y C. 1:17 y las responsabilidades de ese sacerdocio que Dios les ha conferido, estarían dispuestos a vencer toda barrera y decir: Heme aquí, envíame; deseo beneficiar a la familia humana. Si Jesús vino a buscar y salvar a los que están perdidos, Mat. 18:11 que yo tenga ese mismo espíritu. Y si los Doce, los sumos sacerdotes y los setentas, que ahora son de edad avanzada, han hecho estas cosas, que yo también las haga; estoy dispuesto a ponerme el arnés y hacer todo lo que Dios me requiera. Les digo, mis hermanos, en el nombre de Dios, que precisamente entre las naciones de Europa de donde han venido muchos de ustedes habrá algunas de las escenas más sangrientas de las que jamás hayan leído; y Dios espera que ayuden a amonestar a las naciones y a recoger de entre ellas a los de corazón sincero. Entonces, cuando regresen después de haber cumplido una buena misión, podrán decir: “Mis vestidos están limpios de la sangre de esta generación”. D. y C. 88:75, 85, 138 D. y C. 112:33 Muchos de ustedes no pueden decirlo ahora; por tanto, deseo recordarles estas cosas para que reflexionen sobre ellas y se preparen para la obra que tienen por delante.
Otra cosa a la que se ha hecho referencia aquí es a nuestras escuelas y a la educación. Dios espera que Sion llegue a ser la alabanza y la gloria de toda la tierra, de modo que los reyes, al oír de su fama, vengan y contemplen su gloria. Isa. 62:2 Dios no es mezquino en Sus sentimientos hacia nosotros. No tendría inconveniente en que todos viviéramos en palacios; pero quiere que observemos Sus leyes y le temamos, y que estemos como mensajeros dispuestos a ir a las naciones, investidos con el poder del sacerdocio que se nos ha conferido; buscando “primeramente el reino de Dios y su justicia”; Mat. 6:33 buscando primero el bienestar y la felicidad de nuestros semejantes, y Dios nos añadirá todo el oro, la plata, las posesiones y todo lo que nos convenga recibir. Iba a decir: quizá más de lo que nos convendría. Pero todas estas cosas serán añadidas, porque ningún hombre que deje padre y madre, casas y tierras, esposas e hijos por Dios y Su reino dejará de recibir en este mundo cien veces más, y en el mundo venidero, la vida eterna. Mat. 19:29 Luc. 18:29–30 Esto era verdad antiguamente y lo es hoy. Siendo así, debemos fomentar la educación y la inteligencia de toda clase; cultivar el gusto por la literatura, y los hombres con talento literario y científico deben desarrollar ese talento, y todos deben magnificar los dones que Dios les ha dado. Eduquen a sus hijos y busquen para enseñarles a quienes tengan fe en Dios y en Sus promesas, además de inteligencia. Estuve hablando con el hermano Maeser, quien es director de la Academia Brigham Young, en Provo. Vi a los alumnos realizar sus diversos ejercicios en las distintas clases y lo estaba felicitando por el éxito, cuando comentó: “Hay algo, presidente Taylor, que le garantizo, y es que de mi escuela no saldrán incrédulos”. Él les enseñaría el Evangelio y les inculcaría sus principios, que están tan por encima de la incredulidad que esta tendría que ocultar avergonzada su cabeza canosa ante la luz, la gloria y la inteligencia que vienen de Dios y que existen en todas Sus obras, y que los insensatos no comprenden. Me complace saber que el presidente Young hizo los preparativos antes de su muerte para dotar de fondos a una institución de educación superior en esta región, y que los hermanos que actúan como administradores en este asunto están interesados y están tomando medidas para cumplir ese objetivo. Y ese objetivo es, según entiendo, proporcionar a nuestros propios hijos mayores facilidades para adquirir instrucción, y que también tengan el privilegio de aprender oficios, agricultura y horticultura, y llegar a ser personas progresistas, intelectuales e informadas acerca de todas estas cosas, y que puedan comprender la tierra sobre la que estamos, los materiales de que se compone y los elementos que nos rodean. Y entonces, al tener fe en Dios, podríamos estar tan por encima de las naciones en cuanto a las artes y las ciencias, la política y toda clase de inteligencia, como lo estamos ahora en cuanto a los asuntos religiosos. Esto es lo que procuramos; y si hay algo bueno y digno de alabanza en la moral, la religión, la ciencia o cualquier cosa destinada a exaltar y ennoblecer al hombre, lo buscamos. Filip. 4:8 A. de Fe 1:13 Pero, con todo lo que adquiramos, queremos adquirir entendimiento, Prov. 4:7 y ese entendimiento que procede de Dios.
El hermano Smith dijo que su tiempo se había terminado; el mío se ha excedido con creces.
Hermanos y hermanas, Dios los bendiga. Amémonos unos a otros; Juan 13:34 procuremos promover el bienestar mutuo. Y que los obispos y las Sociedades de Socorro, las Asociaciones de Hombres Jóvenes y de Mujeres Jóvenes, nuestros artesanos y fabricantes, y también nuestros comerciantes, y todos, trabajen en beneficio del conjunto, para el bienestar de Sion y la edificación del reino de Dios sobre la tierra; y las bendiciones de Dios comenzarán a reposar sobre nosotros, Sion comenzará a levantarse, D. y C. 82:14 y la gloria de Dios reposará sobre ella. D. y C. 64:41 Amén.


























