Los Antiguos Apóstoles


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Últimas Escenas
de un Ministerio Justo


“El evangelio es el cumplimiento de toda esperanza, la perfección de toda filosofía, el intérprete de toda revelación y la llave a toda contradicción aparente de la verdad, en el mundo físico y moral.”

El carácter de Pedro

Ya hacía muchos años que Pedro había conocido por primera vez a Jesús, quien le dijo: “Tú serás llamado Cefas (que quiere decir Piedra)”. Pedro no comprendió entonces por qué el Señor quería que su carácter de pescador se hiciera fuerte como una roca. Tampoco comprendió la gran responsabilidad que su Maestro deseaba imponerle.

Pero los años que habían transcurrido, llenos de asombrosos acontecimientos, sirvieron para convertir a Pedro no sólo en el hombre piedra que Jesucristo deseaba, sino también en el gran director y apóstol principal de la Iglesia de Cristo.

Intrepidez, fidelidad, devoción, humildad y un celo incansable en sus esfuerzos por inspirar y bendecir a la gente son los rasgos del carácter de Pedro que sobresalieron en su vida.

Sin embargo, debemos recordar que este carácter de piedra no fue formado de un solo golpe. Creció gradualmente. Recordamos que Jesús, durante su formación, reprendía las debilidades de Pedro, alababa su fuerza y lo animaba una y otra vez a que fuera fiel a la obra de “pescar hombres”.

Hemos llegado ahora a la época de la vida de Pedro en que este hombre, que en un tiempo sacaba las redes llenas de peces en el mar de Galilea, puede reflexionar sobre los años que ha pasado en el ministerio y ver las innumerables redes llenas de hombres, mujeres y niños que se sacaron del mar de la ignorancia y del pecado, para ser salvos en la Iglesia de Cristo.

Sin embargo, los resultados de su trabajo cuando pescaba peces y cuando pescaba hombres eran diferentes. Sacaba a los peces del elemento de vida a la muerte física; pero a los hombres, del elemento de muerte a vida eterna.

Por el espacio de cinco años después de haber sido librado de su tercer encarcelamiento, Pedro continuó sus visitas de ciudad en ciudad, de provincia en provincia, predicando la palabra del Señor. Durante muchos de estos viajes, indudablemente lo acompañó su fiel esposa.

Abrió la puerta a los gentiles

A Pedro le había tocado el deber y privilegio de predicar el evangelio por primera vez a los gentiles. Debemos observar que, cuando el Señor quiso que los gentiles oyeran el evangelio, dio instrucciones al principal de los Doce para que diera vuelta a la llave que les abriría las puertas al evangelio. Este es uno de los deberes especiales del apostolado.

Desde esa ocasión, muchos gentiles se habían convertido, y en algunas ciudades se reunían y adoraban con los judíos. Lo hacían particularmente en Antioquía, una ciudad importante de Siria, donde los discípulos de Jesús fueron llamados por primera vez “cristianos”.

Pero había ciertos hombres judíos que fueron a Antioquía y provocaron dificultades. Eran judíos que habían aceptado el evangelio, pero que todavía creían que los gentiles tendrían que obedecer todos los requisitos judíos antes de poder obtener la salvación.

Pedro justifica a los gentiles

El problema de si los gentiles podían recibir el evangelio y ser salvos sin cumplir con cada uno de los rituales judaicos se presentó ante los Doce y otras autoridades de la Iglesia en Jerusalén.

“Y habiendo habido grande contienda, levantándose Pedro, les dijo:
Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen.
Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo también como a nosotros;
y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones.”

Entonces les dijo que no provocaran a Dios proponiendo reglas para exigir que los gentiles cumplieran algo que el Señor no requería de ellos.

“Antes, por la gracia del Señor Jesús —añadió— creemos que seremos salvos, como también ellos.”
(Hechos 15:7–11)

Hubo un tiempo en que Simón, el pescador judío, había abrigado los mismos sentimientos que los demás judíos sobre este asunto, a causa de sus prejuicios; pero ahora el que hablaba no era Simón el pescador, sino Pedro, el apóstol principal del Señor. ¿Qué eran para él los prejuicios a la luz de la inspiración de la verdad? Todo lo que necesitaba saber era si algo era justo o no, y, no obstante el prejuicio, no obstante los favores, él lo defendería.

Es cierto que en una ocasión, después de este concilio, Pedro se apartó de ciertos gentiles, según nos dice Pablo (véase Gálatas 2:12), porque algunos de los judíos llegaron de Jerusalén. Pablo dice que le llamó la atención a Pedro por lo que hizo en aquella ocasión, pero nada nos dice de lo que éste dijo o hizo. Sin embargo, sabiendo qué clase de hombre era Pedro, podemos deducir con seguridad que no se desvió intencionalmente de lo que era justo. Lo más probable es que Pablo no entendiera bien los motivos de Pedro. Como quiera que sea, podemos estar seguros de que todo lo que Pedro hizo o dijo fue con la intención de ayudar a aquellos sobre quienes ejercía influencia con sus hechos.

Visita todas las iglesias

De allí en adelante, sabemos muy poco de los viajes de Pedro. Leyendo sus epístolas nos damos cuenta de la naturaleza de su obra y de sus viajes durante los últimos años de su vida.

Indudablemente, visitó todos los países donde existían ramas organizadas de la Iglesia, aun las siete iglesias de Asia. No sabemos con certeza dónde murió ni la clase de muerte que sufrió, pero es evidente que su fin estaba cerca cuando escribió su segunda epístola a las iglesias. Esto fue unos treinta y cinco años después de haber conocido al Salvador. De manera que tenía ya cumplidos en el ministerio treinta y cinco años, o quizás un poco más.

Refiriéndose a la profecía que el Señor pronunció en las playas de Galilea, el anciano apóstol, escribiendo a los santos e instándolos a que fueran fieles al evangelio, dijo: “Sabiendo que brevemente tengo de dejar mi tabernáculo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.
También yo procuraré con diligencia que, después de mi fallecimiento, vosotros podáis siempre tener memoria de estas cosas.” (2 Pedro 1:14–15)

Algunos de los primeros historiadores cristianos nos dicen que Pedro y Pablo fueron encarcelados en Roma durante la terrible persecución de los santos en los días del inicuo rey Nerón.

Una leyenda

Según la tradición, los hermanos de Roma, antes que Nerón aprehendiera a Pedro, percibiendo el peligro en que estaba, le rogaron que saliera de la ciudad. Con muy poco entusiasmo, el apóstol escuchó sus ruegos y salió de la ciudad durante la noche.

Mientras iba por el camino, encontró al Señor con su cruz a cuestas, yendo hacia Roma.

—Maestro, ¿a dónde vas? —le preguntó Pedro.
—A Roma, para ser crucificado por segunda vez —fue la respuesta.

Comprendiendo que si su Señor podía ser crucificado una segunda vez por la verdad, él también debería estar dispuesto a morir por ella, Pedro volvió a Roma, y poco tiempo después, el emperador Nerón lo condenó a morir crucificado. Sin embargo, al llegar al sitio donde iba a ser ejecutado, les rogó que lo colocaran sobre la cruz con la cabeza hacia abajo. Sus verdugos le concedieron este deseo.

Estas circunstancias son más o menos legendarias, y así como pueden ser verdaderas, también pueden ser falsas. Pero esto sí sabemos: que cualquiera haya sido la manera y la hora de su muerte, Simón Pedro murió fiel al cargo que su Señor y Maestro le había impuesto.

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