Los Antiguos Apóstoles


12
Pedro y Juan son Aprehendidos


“Así como ningún hombre hace, declara y piensa lo bueno, sin la ayuda de Dios, de igual manera no se puede hacer, declarar y pensar lo malo sin la ayuda del diablo.”

Pedro es interrumpido

Mientras Pedro aún predicaba a las multitudes que se habían reunido en el pórtico de Salomón, vio que desde el castillo se acercaba al templo un capitán con sus soldados.

Los sacerdotes judíos se habían llenado de celo contra los apóstoles, y con sospecha e inquietud miraban los miles de personas que se unían a la Iglesia de Jesucristo. Determinaron, por consiguiente, llamar a los soldados, dispersar a la multitud y aprehender a Pedro y a Juan para acusarlos de haber causado todo aquel alboroto. Sin embargo, hubo unas cinco mil personas que se convirtieron aquella tarde.

Llegaron los soldados, “les echaron mano y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente”, porque ya era tarde y no había tiempo para juzgarlos. Aunque encerrados, sus espíritus estaban libres y sus conciencias tranquilas. Podían dormir con más calma que el sacerdote que los había mandado aprehender.

Ante el Sanedrín

Al día siguiente, los prisioneros fueron llevados ante el Sanedrín, en el cual se encontraban Anás, el sumo sacerdote, y Caifás, y Juan, y Alejandro, junto con los parientes del sumo sacerdote.

Estos hombres habían condenado a Jesús, posiblemente en esa misma sala, y estaban resueltos a hacer cesar toda predicación en el nombre de Jesús de Nazaret.

También se hallaban presentes otras personas, entre ellas, amigos verdaderos de los apóstoles. Uno de ellos era el hombre cojo que Pedro y Juan habían sanado.

Como este hombre inocentemente había sido la causa de que se juntara el gentío la noche anterior, todos parecían estar más interesados en él que en los prisioneros. Sabían que apenas veinticuatro horas antes lo habían llevado cargado a la puerta del templo, y ahora lo veían andar como cualquier otro.

Uno de los jueces preguntó:
“¿Con qué potestad o en qué nombre habéis hecho vosotros esto?”

Pedro testifica de Cristo

“Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Príncipes del pueblo y ancianos de Israel: pues que somos hoy demandados acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.”

¡Cómo deben haberse acobardado aquellos hombres pecadores ante la dignidad de Pedro, al sentir su sinceridad y escuchar aquellas palabras penetrantes que les llegaban hasta el fondo de sus almas culpables!

También les dijo que jamás podrían lograr la salvación a menos que tomaran sobre sí el nombre de Cristo:

“Porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”

¿Qué podían decir los sacerdotes? ¿Qué podían hacer? Absolutamente nada.

Delante de ellos, completamente sano, estaba el hombre que no había dado un paso en cuarenta años.

Allí estaba Pedro, proclamando sin temor que el milagro se había efectuado en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ellos habían condenado a muerte.

Habían juzgado a Pedro como un hombre ignorante, pero ahora los había confundido a todos.

Consejo

Después de mandar que llevasen a los prisioneros a otro cuarto, tomaron consejo entre sí:

“¿Qué hemos de hacer con estos hombres? Porque, de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar.”

De modo que, para evitar que se extendiera más la doctrina que predicaban los apóstoles, decidieron amenazar a Pedro y a Juan, mandándoles que no hablasen más “a hombre alguno en este nombre”. Y llamándolos, les intimaron que de ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.

Es mejor obedecer a Dios que al hombre

“Entonces Pedro y Juan, respondiendo, les dijeron: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”

No cabe duda de que los sacerdotes habrían castigado a los apóstoles en esa ocasión, pero temían al pueblo, “porque todos glorificaban a Dios por lo que había sido hecho”.

Cuando los soltaron, Pedro y Juan “fueron a los suyos” y relataron a sus amigos todo cuanto había sucedido.

Cuando los santos lo oyeron, unánimemente alzaron la voz a Dios, dándole gracias por todas las bendiciones.

En esa reunión hubo otra manifestación importante del Espíritu Santo: “Y hablaron la palabra de Dios con confianza” (Hechos 4:1–31).

Peligros dentro del redil

Pero estos hombres no solamente tuvieron que contender con enemigos fuera de la Iglesia, sino también con personas perversas, sin honradez, que se insinuaban dentro del redil.

Eran hombres y mujeres que no se habían arrepentido de sus pecados antes de ser bautizados y, por consiguiente, no habían recibido el don del Espíritu Santo.

Dos de estas personas fueron Ananías y su esposa Safira.

Todos los que se unían a la Iglesia tenían todas las cosas en común. Los que eran dueños de terrenos y otros bienes los vendían, y llevaban el dinero a los apóstoles. No había ricos ni pobres: todos tenían lo mismo y todos poseían lo que era de todos.

Ananías y Safira vendieron una posesión, pero sólo entregaron parte del precio, y afirmaron que era todo. Mintieron y manifestaron su hipocresía, pero Pedro, mediante la inspiración del Espíritu Santo, descubrió la mentira y le dijo a Ananías:

“¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo y defraudases del precio de la heredad? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.”

Entonces Ananías, al oír estas palabras, cayó y expiró.

Unas tres horas después llegó su esposa, y dio el mismo informe que su marido. También ella fue reprendida y pagó con su vida el precio de su pecado.

Después de esto, nadie más se atrevió a engañar a los apóstoles.

Esta es una lección muy importante que debemos considerar hoy día, particularmente cuando se trata de pagar nuestros diezmos al Señor.

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