Los Antiguos Apóstoles


23
La Conversión de Saulo


“Mejor es el error con sinceridad que la hipocresía.”

Un perseguidor implacable

Después de la muerte de Esteban:

“Se hizo una grande persecución en la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria.”

Uno de los más enérgicos y persistentes perseguidores de los santos durante aquellos terribles días fue el obcecado fariseo, Saulo de Tarso.

Tan resuelto estaba a dar fin a lo que para él era una herejía, que pidió permiso, como oficial del Sanedrín, para encarcelar a los discípulos de Jesús dondequiera que los encontrase.

“Entonces Saulo asolaba la iglesia, entrando por las casas; y trayendo hombres y mujeres, los entregaba en la cárcel.”

¿Cómo podemos creer que los llantos y las súplicas lastimosas de los niños no hirieron su cruel corazón, aún más que el martirio de Esteban? Sin duda que, al llevarse por la fuerza a hombres y mujeres de sus hogares, las caras espantadas de los niños y sus angustiosos sollozos quedaron grabados en su alma fanática con impresiones que lo humillarían y perseguirían hasta el fin de su vida.

Su sinceridad

Solo una cosa podría consolarlo en los años futuros al evocar aquellas terribles experiencias. Como él mismo se expresó:

“Yo ciertamente había pensado deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret.”

Lo que hacía Saulo, lo hacía con sinceridad. No creía que Jesucristo era el Hijo de Dios, y pensaba que su Padre Celestial quedaría complacido si lograba que todo creyente en Cristo negara su nombre.

Asolación de la iglesia cristiana

De modo que Saulo “asolaba la iglesia”; y cuando hubo encarcelado o echado de Jerusalén a todo aquel que encontraba confesando a Cristo, no conforme con eso, y:

“Respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al príncipe de los sacerdotes, y demandó de él letras para Damasco a las sinagogas, para que si hallase algunos hombres o mujeres de esta secta, los trajese presos a Jerusalén.”
(Hechos 9:1–2)

La ciudad de Damasco queda a unos doscientos kilómetros al norte de Jerusalén, así que Saulo y sus ayudantes tardarían aproximadamente una semana en hacer el viaje. Tal vez durante esos días, en que no tenía mucho que hacer, Saulo empezó a meditar si estaba actuando bien o mal.

Quizá el rostro de Esteban, resplandeciente “como el rostro de un ángel” cuando moría, así como su última súplica, comenzaron a penetrar su corazón con mayor fuerza que nunca. Los llantos de los niños, cuyos padres Saulo había encarcelado, tal vez comenzaron a herir su alma más profundamente, causándole un abatimiento melancólico al pensar que le esperaban las mismas escenas en Damasco.

Tal vez se preguntaba si la obra del Señor, en la que él creía estar prestando servicio, podría causarle esa inquietud y amargura. Dentro de poco iba a aprender que únicamente la obra del maligno causa esos sentimientos, y que el verdadero servicio del Señor siempre trae paz y felicidad.

Luz

Pero, sean cuales fueren sus pensamientos, iba con la determinación de aprehender a todos los discípulos de Jesús que encontrase. Sin embargo, al acercarse a la ciudad, “súbitamente le cercó un resplandor de luz del cielo”. Saulo cayó a tierra, y los hombres que lo acompañaban se quedaron atónitos.

Desde ese momento, Saulo fue otro. Cuando cayó al suelo, era un soberbio y altivo fariseo, perseguidor de los inocentes; cuando se levantó, era un humilde y manso buscador de la verdad, un discípulo arrepentido de Aquel a quien había perseguido.

En medio de la luz se oyó una voz que decía:

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
— “¿Quién eres, Señor?”
— “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.” (Hechos 9:3–5)

Entonces dijo, en sustancia, lo siguiente: “Cuanto más me persigas, peor te sentirás, y más te remorderá la conciencia.” El que lucha contra Dios es como el que da coces contra las espinas: cuanto más fuerte el puntapié, tanto mayor el dolor.

Cuando Saulo comprendió esto y se dio cuenta de que había estado obrando mal, preguntó:

“¿Qué quieres que haga?”
— “Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que te conviene hacer.” (Hechos 9:6)

No era lo que Saulo quisiera hacer; tampoco lo que pudiera hacer, sino lo que tenía que hacer si quería ser aceptado por Dios.

Saulo había sido bendecido con la vista durante toda su vida, mas había estado espiritualmente ciego. Ahora se hallaba ciego físicamente, pero la luz había entrado a su alma. Al levantarse, no pudo ver nada, y sus compañeros lo condujeron a la ciudad, donde se hospedó en casa de Judas, en “la calle que se llama la Derecha”.

Ananías

Mientras tanto, el Señor, en una visión, dijo a uno de sus siervos llamado Ananías:

“Levántate y ve a la calle que se llama la Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo de Tarso, porque he aquí, él ora.”

Pero Ananías respondió: “Señor, he oído a muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; y aun aquí tiene facultad de los príncipes de los sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre.” (Hechos 9:11–14)

Probablemente Ananías habría sido uno de los primeros que Saulo habría aprehendido.

El Señor le dijo a Ananías que fuese e hiciese lo que se le mandaba, porque había elegido a Saulo para llevar su nombre: “En presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel.”

Saulo es bendecido

Ananías hizo lo que se le mandó; y cuando entró en la casa de Judas, encontró a Saulo no solamente arrepentido, sino también ciego. Había desaparecido todo su altivo rencor fariseo, y estaba pidiendo luz —en constante oración—, luz para sus ojos y luz para su alma.

Se contestaron sus oraciones, porque el humilde siervo del Señor puso las manos sobre él, y dijo:

“Saulo, hermano, el Señor Jesús, que te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo.”
(Hechos 9:17)

Saulo recibió la vista inmediatamente, y se levantó y fue bautizado. Tenía que hacer esto, si deseaba ser contado entre los de la Iglesia de Cristo.

De modo que, en la conversión de este gran hombre, se nos muestra la aplicación de varios principios del Evangelio, a saber: fe en el Señor Jesucristo; arrepentimiento de los malos hechos; bautismo por inmersión y obediencia a la autoridad de Cristo en la tierra.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario