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Una Manifestación Maravillosa
El santo monte
En la región de Cesarea de Filipo, donde Pedro dio su testimonio y recibió una bendición y su comisión de manos de su Maestro, se halla una montaña de regular altura, conocida por el nombre de Hermón. Pedro la llamó el “santo monte”. Cuando nos damos cuenta de lo que allí sucedió, tenemos que admitir que Pedro estuvo acertado.
Un escritor que ha visitado la región nos dice que el majestuoso pico de esta montaña —que se eleva sobre todos los demás de la cordillera, con su cima siempre cubierta de nieve— se puede ver desde casi todas partes. Aun desde el mar Muerto se distingue claramente. Fue probablemente el punto más elevado de la tierra que el Señor pisó. Desde su cumbre pudo ver toda la comarca de Galilea, donde había enseñado y trabajado; donde lo habían recibido los pocos, mientras lo rechazaban los muchos.
Se requiere la abnegación
Habían pasado seis días (ocho según San Lucas) desde que Pedro había dado su gran testimonio —seis días que, indudablemente, fueron de importante instrucción para Pedro y los otros once—. Probablemente fue en esa ocasión que los Doce aprendieron que, para ser verdaderos discípulos de Jesús, uno tiene que negarse muchos deseos y apetitos; que uno tiene que aprender a dominar sus sentimientos de ira, celo y otras pasiones.
El Salvador dijo:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque cualquiera que quisiera salvar su vida, la perderá; y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, la hallará. Porque, ¿de qué aprovecha al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:24–26)
Pedro debe haber oído estas y muchas otras verdades gloriosas durante esta memorable semana en Cesarea de Filipo. Pero aún habría de ver y oír cosas más gloriosas.
Perplejo aún por algunas de las palabras de Jesús —sin saber todavía por qué era tan necesario que su Señor sufriera tanto, e incluso padeciera la muerte— Pedro, Santiago y Juan acompañaron a Jesús al monte Hermón una noche. Según las breves palabras que leemos sobre este suceso, parece que pasaron varias horas en conversación solemne, en el curso de la cual los apóstoles le preguntaron muchas cosas concernientes a sus enseñanzas.
La transfiguración
El crepúsculo dio paso a las tinieblas, y las sombras de la noche ocultaron por completo el monte Hermón de los valles. Quizá a los tres discípulos les dio sueño, y como su Señor se retiró de ellos un poco para orar, pudieron haberse quedado dormidos por unos momentos (San Lucas nos dice que “estaban cargados de sueño”). Como quiera que haya sido, leemos que cuando volvieron sus ojos a Jesús, Él fue “transfigurado delante de ellos. Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve; tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban con Jesús.” (Marcos 9:1–6; Mateo 17:1–8)
Estos personajes celestiales no hablaron a Jesús, sino con Él, acerca de su próxima muerte y resurrección, uno de los puntos vitales del ministerio de Cristo que Pedro no podía comprender. Ciertamente, después de esta gloriosa visión de seres celestiales, Pedro, Santiago y Juan ya no tendrían tanto horror —quizá ningún temor— a la muerte. Sabrían que, aunque hombres impíos mataran a su Maestro, Él seguiría viviendo y seguiría siendo su Señor y Salvador.
Después de este acontecimiento, para ellos, la muerte no sería más que una breve separación. Comprenderían que el único terror que encierra la muerte es el que la vida da.
“Bien es que nos quedemos aquí”
Pedro había recibido, por inspiración, un testimonio de que Jesús verdaderamente era el Cristo; ahora había presenciado una señal visible de ese testimonio. Deseando que quedara un monumento a esta manifestación tangible —algo que otros ojos además de los suyos pudieran ver— y llevado por el impulso de su corazón, exclamó:
“Maestro, bien es que nos quedemos aquí; y hagamos tres pabellones, uno para ti, y uno para Moisés, y uno para Elías.”
Pero repentinamente, “apartándose ellos (Moisés y Elías) de Él”, vino una nube que les hizo sombra, y se oyó una voz de la nube que decía:
“Este es mi Hijo Amado; a Él oíd.”
La fuente de un testimonio
Ya para entonces, el testimonio de Pedro se había fortalecido y su fe había sido probada:
- Por la confirmación de milagros;
- Por la visión de seres celestiales;
- Por inspiración;
- Por oír, no solamente el testimonio de ángeles, sino el divino testimonio de Dios mismo.
Ciertamente podemos decir que ahora su fe está fundada sobre la roca, y las puertas del infierno no pueden prevalecer contra ella.
Así fue, y de allí en adelante podemos con certeza concluir, mientras seguimos su carrera, que Pedro jamás volvió a dudar de la divinidad de la misión de Cristo.
Cuando pensamos en el hecho de que Pedro se asociaba casi diariamente con el Salvador de los hombres, podríamos decir que su testimonio se desarrolló muy lentamente. Pero aunque sucedió así —igual que el roble que también crece lentamente— fue más duradero.
Después de todo, lo que experimentó Pedro es lo mismo que experimentarán todos los que lean estas páginas. La mayor parte de ellos gradualmente obtendrá el conocimiento de la verdad y el testimonio del Evangelio.
La gran lección que deben aprender todavía en su juventud, es que los pensamientos puros y un corazón sincero, que busca la orientación divina del Salvador, conducirán a un testimonio de la verdad del Evangelio de Cristo tan firme y permanente como el que reposaba en el corazón de Pedro al descender del monte Hermón, después de ver la transfiguración de Cristo y oír la voz de Dios testificar de Su divinidad.
Pero el conocimiento de que Jesús es el Salvador del género humano no le dio a Pedro el entendimiento completo del plan del Evangelio. En este sentido, le faltaba mucho por aprender. Y posiblemente su fuerza de carácter —o quizás deberíamos decir, su criterio— no era todavía tan estable como debería serlo en un hombre cuya vida entera había de ser tan firme como una piedra.
Basado en su testimonio, y más o menos resignado a la suerte que tarde o temprano iba a correr su Maestro, Pedro siguió haciendo muchas preguntas relacionadas con los puntos vitales de la misión de Cristo. Una de éstas, que los apóstoles se preguntaban al acercarse a la multitud que los esperaba al pie del monte, era:
¿A qué se estaba refiriendo el Maestro cuando dijo que el Hijo del Hombre se levantaría de los muertos?
Mientras el Salvador contestaba esta pregunta y les explicaba las profecías relacionadas con ese punto, llegaron al lugar donde la noche anterior habían dejado a los otros discípulos. Los rodeaba una gran multitud, y los escribas los estaban interrogando.
El joven afligido
En medio de la multitud se hallaba un jovencito gravemente atormentado por un espíritu malo. Cuando lo afligía el espíritu, caía al suelo, echaba espumarajos y crujía los dientes. Poco a poco se estaba secando.
El padre salió al encuentro y rogó a Jesús que sanara a su pobre hijo, y le declaró que los discípulos lo habían intentado, mas no pudieron.
“Y Jesús preguntó a su padre: ¿Cuánto tiempo ha que le aconteció esto? Y él dijo: Desde niño; y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle. Pero, si puedes hacer algo, ayúdanos, teniendo misericordia de nosotros.” (Marcos 9:21–22)
Jesús increpó al espíritu inmundo, y el joven quedó sano.
Un contraste
Debió haber sido para Pedro, Santiago y Juan un contraste muy notable de circunstancias: la que acababan de presenciar y la de la noche anterior en el monte Hermón.
En ésta, se manifestaba el poder del maligno, provocando sospechas, temor, agonía y muerte; en la otra, se había manifestado el poder del Santo, proclamando felicidad, paz, gloria e inmortalidad.
Estos han sido los resultados de los dos poderes cuando han ejercido su influencia en las vidas de los hombres en todas las edades. Hoy los resultados son los mismos.
La pregunta importante que tenemos por delante es:
¿Permaneceremos indecisos en el valle del pecado donde reina el maligno, o mostraremos al menos la disposición de subir al monte de santidad, para que Dios transforme nuestras vidas?
El aceptar la voluntad de Dios en todas las cosas produce una satisfacción duradera y trae paz al alma.
























