Los Antiguos Apóstoles


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El Mundo Enriquecido por
un Prisionero en Cadenas


“La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia.”

Expectación y realización

Uno de los más destacados escritores norteamericanos, Emerson, ha dicho: “El hombre mira hacia el porvenir con sonrisas, pero evoca el pasado con suspiros”; o, como otro escritor declara: “Lo que esperamos es siempre mayor que lo que tenemos.”
Puede ser que no sea así en todas las situaciones de la vida, pero ciertamente eso debió haber experimentado Pablo en cuanto a su esperada visita a Roma. Desde hacía algunos años había esperado con entusiasmo la ocasión de predicar el evangelio en la famosa capital del gran imperio romano.
Sin embargo, ahora que llegaba a la realización de sus sueños, era ya un hombre entrado en años, agobiado por la fatiga, la aflicción y la prisión.

No obstante, no debemos pensar que estaba sin consuelo o que tenía menos deseo de testificar al mundo acerca de la misión divina de Jesucristo. Al contrario, continuó predicando en cuanta oportunidad se le presentó.

En Siracusa

Eso fue lo que hizo cuando el Castor y Pólux amarró en un lugar llamado Siracusa, antigua capital de Sicilia, situada a unos 128 kilómetros al norte de la isla de Melita.
No cabe duda de que Pablo pidió permiso para desembarcar y predicar a los judíos y gentiles que vivían en aquella renombrada ciudad.

Debemos suponer también con confianza que Julio le concedió ese permiso. Fuera cual fuere el caso, los sicilianos afirmaron más tarde que Pablo fundó la Iglesia en aquella isla.

En el puerto de Puteólos

Su próxima escala importante fue en la parte norte de la bella bahía de Nápoles, donde se encontraba un puerto llamado Puteólos, hoy conocido como Pozzuoli.
Al entrar al puerto, la nave que transportaba a Pablo y a sus compañeros fue saludada por un grupo de personas. Entre ellos había unos “hermanos” que fueron a saludar y consolar al misionero preso.

Quizá porque Julio deseaba permanecer allí el tiempo suficiente para comunicarse con Roma, o posiblemente por su bondad hacia Pablo, el grupo permaneció en Puteólos siete días. Esto dio a los élderes la oportunidad de pasar un día del Señor con los santos de ese lugar. ¡Qué consuelo para el espíritu de Pablo poder adorar una vez más con aquellos que poseían el mismo testimonio del evangelio que él!

Verdaderos amigos

Habiéndose sabido de antemano que Pablo se encontraba en Puteólos rumbo a Roma, muchos hermanos de esa ciudad salieron a recibir al amado y famoso misionero.
Sin duda, los santos de Roma sabían que Pablo se hallaba fatigado en cuerpo y en espíritu, y como verdaderos amigos hicieron los preparativos necesarios para ir a su encuentro.

La verdadera amistad siempre lleva a acompañar a un amigo en la adversidad más que en la prosperidad.
Quizá solo deseaban escoltarlo dignamente hasta su ciudad, pues en verdad era un hombre real, aunque estuviera fatigado y atado con cadenas.

Sea cual fuere el motivo, algunos de los hermanos viajaron sesenta y cinco kilómetros para recibir a su amado apóstol en la Plaza de Appio. Otro grupo le salió al encuentro en las “Tres Tabernas”, a unos cuarenta y ocho kilómetros de Roma.
El corazón de Pablo se enterneció por esta muestra de amistad y amor, y dio “gracias a Dios y cobró aliento”.

Bajo custodia

Cuando la compañía llegó a la renombrada capital del mundo antiguo, a Pablo debió parecerle como una gran prisión; y cuando sus amigos partieron para ir a sus hogares y él quedó solo bajo guardia, su corazón debió haberse apesadumbrado en verdad.
Sin embargo, Julio entregó a su prisionero al capitán o prefecto de la guardia pretoriana, que era la autoridad máxima de la ciudad y quien se encargaba de todos los prisioneros que venían ante el emperador para ser juzgados.

Afortunadamente, Pablo no fue encarcelado, sino que se le permitió vivir en una casa aparte, bajo la constante vigilancia de un soldado. Allí recibió toda la libertad que era posible conceder a un prisionero, de modo que, con su espíritu enérgico, encontró muchas oportunidades para continuar predicando el evangelio.

Primeramente, debió haberlo predicado a los soldados que diariamente lo vigilaban. Como estos se relevaban unos a otros, tuvo amplia oportunidad de predicar la fe a muchos de los guardias; y así, de una manera indirecta, quizá incluso al mismo emperador.

Apelación a los judíos

También aprovechó la ocasión para predicar a los judíos. Llamó a los principales de dicha nación y les explicó por qué estaba prisionero:

“Yo, varones hermanos, no habiendo hecho nada contra el pueblo ni contra los ritos de la patria, he sido entregado preso desde Jerusalén en manos de los romanos; los cuales, habiéndome examinado, me querían soltar, por no haber en mí ninguna causa de muerte.

Mas contradiciendo los judíos, fui forzado a apelar a César, no porque tenga de qué acusar a mi nación. Así que, por esta causa, os he llamado para veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel estoy rodeado de esta cadena.” (Hechos 28:17–20)

Los judíos rechazan el mensaje

Los judíos le respondieron que no habían oído nada malo en su contra, pero declararon: “De esta secta (cristiana), notorio nos es que en todos los lugares es contradicha.” Por cierto, en Roma, como en otras partes, los judíos rechazaron el mensaje del evangelio, y Pablo se vio obligado a ir a los gentiles.

Pablo estuvo preso casi ochocientos días, esperando ser llamado a juicio por el emperador. Durante ese tiempo predicó el evangelio a centenares de los soldados que lo custodiaban. Estos, al convertirse, enseñarían a otros; y al ser enviados a las provincias romanas, esparcirían el evangelio en nuevas tierras, ensanchando así el horizonte por donde la luz podría brillar.

Mensajes por medio de sus epístolas

Pero esta no fue la única manera en que se extendió el evangelio desde aquella humilde habitación de un misionero preso. Durante esos dos años mantuvo comunicación con la Iglesia en Europa y Asia.
Como no había ferrocarriles, ni barcos de vapor, ni telégrafos, cada carta que recibía o enviaba era transportada por un mensajero especial —o mejor dicho, personal— que debía viajar lentamente por tierra y por mar, a veces por centenares de kilómetros.

Pero Pablo tenía amigos fieles que lo atendían y que siempre estaban dispuestos a llevar sus mensajes. Algunos de ellos ya nos son conocidos: Lucas, el fiel médico; Timoteo, su hijo en el evangelio; Juan Marcos, quien recordamos salió con Pablo y Bernabé en su primera misión; Aristarco de Tesalónica; Epafrodito, amigo de Macedonia; Onésimo, esclavo que pertenecía a Filemón, amigo de Pablo, entre otros.

Con estos fieles siervos y mensajeros, Pablo envió cartas —llamadas epístolas— que han servido para enriquecer al mundo entero en el conocimiento de la verdad. Estas cartas se hallan ahora en el Nuevo Testamento y se conocen como las Epístolas a los Filipenses, a Filemón, a los Colosenses y a los Efesios.

De modo que las epístolas de Pablo, escritas desde una prisión romana, llegaron a ser literalmente “alas que vuelan desde el este al oeste, como embajadoras del amor”.

Puesto en libertad

La última palabra segura sobre lo que hizo Pablo después de haber estado preso en Roma por dos años es la declaración de Lucas, de que “recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando lo que es del Señor Jesucristo con toda libertad, sin impedimento” (Hechos 28:30–31).

Se cree, sin embargo, que finalmente se le otorgó la libertad y que predicó en muchas tierras. Según la tradición, incluso llegó hasta Inglaterra. Se piensa que fue durante esta gira misionera que escribió su primera epístola a Timoteo —a quien había nombrado para dirigir la Iglesia en Éfeso—, así como su epístola a Tito, que estaba en la Iglesia en la isla de Creta.

Apresado nuevamente

Sin embargo, hacia el año 64, fue nuevamente aprehendido y encarcelado en Roma. Apenas un año antes, Nerón había iniciado una cruel persecución contra los santos. Muchos fueron arrojados al circo para ser devorados por las fieras, quemados como antorchas humanas o martirizados de otras formas.

Degollado

Poco después de que el malvado emperador Nerón incendiara Roma, Pablo —el más enérgico de todos los misioneros— murió degollado, tras treinta años de servicio constante en el ministerio.
Poco antes de su muerte, escribió a Timoteo estas bellas y conmovedoras palabras:

“Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano.
He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día.”
(2 Timoteo 4:6–8)

Al inclinar la cabeza para recibir el golpe fatal, sabemos que pudo haber dicho, en verdad:

“Siento que mi inmortalidad vence todo dolor, toda lágrima, todo tiempo, todo temor;
y me ruge al oído, como los eternos truenos del abismo, esta verdad:
Vivirás para siempre jamás.”

San Pablo

Ante reyes fue majestuoso,
En la prisión, noble y verdadero;
En la tempestad, poderoso capitán
De los aterrorizados tripulantes.

Ni días sombríos, ni noches tenebrosas;
Ni cadenas, ni olas turbulentas;
Ni naufragios, ni víboras mortíferas
Temía; ni la ancha entrada de la tumba.

“Ha estado conmigo el ángel de Dios,
Del cual yo soy, y al cual sirvo.”
Este fue el secreto de su poder:
De la justicia nadie pudo desviarlo.

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