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En Tesalónica y Berea
“Una lucha constante, una batalla sin cesar que tiene como objeto lograr el buen éxito en medio de un ambiente contrario, es el precio que se paga por todos los grandes adelantos y empresas.”
“El expulsar, encarcelar, robar, dejar morir de hambre, ahorcar y quemar a los hombres por causa de la religión, no es el evangelio de Cristo, sino el plan del diablo.
Cristo nunca usó cosa alguna que pareciese fuerza, sino una sola vez, y ésta fue para echar a los mercaderes fuera del templo, no para echarlos adentro.”
Es bien fácil hacer lo bueno cuando uno está en buena compañía, pero no es fácil defender lo justo cuando se opone la mayoría. Sin embargo, ese es el momento para mostrar el valor verdadero. El profeta José Smith, por ejemplo, fue despreciado y perseguido por haber dicho que había recibido una visión, pero su testimonio siempre fue firme. Aunque todo el mundo lo odiaba y perseguía, seguía declarando que era verdad que Dios le había hablado, y “el mundo entero no podría hacerlo pensar o creer lo contrario.”
Tal es el valor y la firmeza que todos deben tener. Cuando uno comprende lo que es justo, debe siempre tener el valor de defenderlo, aun cuando se exponga a la burla o al castigo.
En Tesalónica
En cuanto al valor para predicar el evangelio a pesar de la tenaz persecución, los misioneros dieron constancia, en Tesalónica y Berea, de ser verdaderos héroes.
Después de la cruel manera en que los habían tratado en Filipos, Pablo no estaba en condiciones de emprender largos viajes y soportar fatigas; sin embargo, él y sus compañeros viajaron más de cien millas (160 kilómetros) para poder llegar a Tesalónica.
Esta ciudad, capital de Macedonia, hacia la cual Pablo había estado dirigiendo sus pasos desde que salió de Troas, era un centro comercial muy grande. “Sí, en toda Grecia, con excepción de Corinto, no hay puerto mejor situado; el ancladero es uno de los mejores; la rada es tan tranquila como un lago, mientras que del valle cercano se desprenden caminos que van a Epiro y al alta Macedonia.” (Touard)
En un tiempo, la ciudad se llamaba Terma; pero en los días de Alejandro Magno, se llamó Tesalónica, que era el nombre de la hermana de Alejandro, esposa de uno de sus generales.
Este nombre, no tan largo ahora, es el que tiene en la actualidad. Hoy día es conocida como Salónica, y es la segunda ciudad en importancia en la Turquía europea. Es una de las más importantes ciudades sobre el mar Mediterráneo.
Cansado, fatigado y sin dinero, Pablo entró en esta gran ciudad. Aunque su cuerpo estaba fatigado, su espíritu se hallaba descansado y vigoroso, e inmediatamente se puso a buscar la manera de dar al pueblo el glorioso mensaje del evangelio del Redentor.
En la sinagoga
La primera reunión se verificó probablemente en la sinagoga, porque Tesalónica era entonces, y ha seguido siendo, un fuerte centro judío. Durante tres semanas seguidas, Pablo y Silas “disputaron con ellos de las Escrituras, declarando y proponiendo que convenía que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, el cual yo os anuncio (decía él), éste era el Cristo.”
No solo en las sinagogas predicaron estos sinceros misioneros, sino también en las calles y en los talleres.
Con Jasón
Pablo y Silas se hospedaron en casa de un hombre llamado Jasón, donde Pablo se dedicó al oficio que había aprendido en Tarso. Él mismo dice que “trabajando de noche y de día por no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios.” (1 Tesalonicenses 2:9)
De modo que, ya muy entrada la noche, después de ponerse el sol y terminada la obra misionera, el apóstol trabajaba en el taller a la luz de una vela, cosiendo la burda tela para hacer tiendas, a fin de no hacerse gravoso a ninguno.
Bien podemos imaginar que frecuentemente interrumpían sus trabajos hombres y mujeres que buscaban más luz tocante a las doctrinas del evangelio. De esto resultaba que Pablo escasamente ganaba lo suficiente para su comida y ropa; y si no hubiese sido por los buenos miembros de la Iglesia en Filipos, que le enviaban socorro, él y Silas quizá habrían padecido hambre.
Fueron pocos los judíos que creyeron, de modo que Pablo y Silas se volvieron a los gentiles, muchos de los cuales creyeron: “de los griegos religiosos, grande multitud; y mujeres nobles, no pocas.”
Amenaza la tormenta
Pero cuando los judíos incrédulos vieron el gran número de personas que aceptaban este nuevo evangelio, se llenaron de celo e ira. Buscaron entre la plebe “a algunos ociosos, malos hombres”, y les dijeron que aquellos cristianos estaban alborotando la ciudad y debían ser echados.
De modo que juntaron al populacho y cercaron la casa de Jasón, donde se hospedaban los élderes.
Pero, afortunadamente, Pablo y Silas no estaban allí y no los pudieron hallar. Quizás algunos amigos, o tal vez el Espíritu del Señor, los amonestó a no volver a casa en esos momentos. No encontrando a los misioneros, la plebe llevó a Jasón y a otros hermanos ante los gobernadores de la ciudad y dijeron:
“Estos que alborotan el mundo, también han venido acá; y a los cuales Jasón ha recibido; y todos éstos hacen contra los decretos del César, diciendo que hay otro rey: Jesús.”
¡Cuán fácil es, a veces, convertir la verdad en mentira!
Pablo y sus compañeros escapan
“Mas recibida satisfacción de Jasón y de los demás” (lo que probablemente quiere decir una fianza que depositaban como garantía de que no harían nada contra el gobierno), los soltaron.
Pero el populacho todavía estaba irritado contra Pablo y Silas, a quienes los hermanos avisaron que saliesen enseguida. Esa noche lo hicieron, y viajaron algunos kilómetros hasta Berea.
En Berea
Ni la persecución ni los sufrimientos podían impedir que estos inspirados élderes predicasen el evangelio; así que, en cuanto llegaron a Berea, “entraron en las sinagogas de los judíos. Y fueron éstos más nobles que los que estaban en Tesalónica”, y razonaron las Escrituras, que eran del Antiguo Testamento, conservadas en rollos de pergamino en las sinagogas.
De modo que podemos concluir que los de Berea no solo escucharon atentamente lo que les decían los misioneros, sino que escudriñaron las Escrituras para ver si lo que les decían era conforme a la ley. Cuando vieron que era cierto, muchos creyeron, “y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres.”
Así como los judíos los habían seguido de Iconio a Listra, ahora también vinieron de Tesalónica a Berea, como cazadores que acosan a la presa, y “también allí tumultuaron al pueblo.”
Pero las semillas de la verdad se habían arraigado en suelo fértil, y mientras la tormenta de persecución amenazaba vencer a Pablo, solo sirvió para fortalecer la fe y dar vida al campo evangélico.
Dejando a Silas y a Timoteo para que continuasen la obra, bendiciendo y alentando a los santos, Pablo una vez más tuvo que huir, y fue conducido por los hermanos a algún puerto del mar, de donde partió para Atenas.
























