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El Primer Viaje Misional
“Manifiéstese vuestra religión. Las lámparas no hablan, pero alumbran. El faro no toca tambores, no hace sonar una alarma, mas el marinero ve su benigna luz sobre las aguas.”
En Cipro
Poco después de las reuniones especiales mencionadas en la última lección, Pablo, Bernabé y Juan Marcos emprendieron su primer viaje misionero, que se conoce como el primer viaje misionero de Pablo.
Saliendo de la famosa ciudad de Antioquía, en Siria, navegaron río abajo hasta Seleucia, un puerto sobre el mar Mediterráneo. Allí se hicieron a la mar y navegaron al sudoeste, hasta la isla de Cipro.
En Salamina
Desembarcando en Salamina, puerto de Cipro, los misioneros iniciaron sus labores de inmediato, predicando la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Aquí Bernabé estaba en su patria y, sin duda, experimentó gran gozo al predicar el evangelio a sus antiguos amigos y conocidos; pero también debió sentir profunda tristeza al ver que muchos de ellos rechazaban su mensaje y seguían en la senda del pecado y la idolatría.
Los gentiles de aquella isla adoraban a la diosa Venus, a la cual edificaron un templo y ofrecían sacrificios. Su religión, en lugar de hacerlos más puros en sus pensamientos y más virtuosos en sus acciones, los hacía más pecaminosos.
De modo que Pablo y sus compañeros encontraron a un pueblo sumamente inicuo. Dondequiera que fueron, estos tres misioneros predicaron el único y verdadero evangelio, y exhortaron a los hombres en todas partes a “que se arrepintieran”. Recorrieron en total una distancia de cien millas (160 kilómetros), cubriendo toda la isla y anunciando al pueblo que había venido el Redentor del mundo.
En Pafos
En el sudoeste de Cipro se hallaba la ciudad principal de la isla, llamada Pafos. Aquí vivía el gobernador romano, o procónsul, como lo llama Lucas. Como era su costumbre, los misioneros, inmediatamente después de entrar en la ciudad, comenzaron a proclamar su mensaje al pueblo.
Cuando el procónsul, Sergio Paulo, se enteró de ello, “llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oír la palabra de Dios.” Leemos que era “varón prudente”, por lo que deducimos que era sincero en su deseo de conocer la verdad.
Elimas el encantador
Pero en casa del procónsul vivía en ese entonces un hombre que no era sincero y que pretendía ser encantador. Rechazó el mensaje de Pablo y se opuso a sus enseñanzas. Su nombre verdadero era Barjesús, y era judío y profeta falso.
Pablo conoció sus intenciones y supo que rechazaba el evangelio por su mezquindad, avaricia y amor al dinero.
“Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, poniendo en él los ojos, dijo: Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿no cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora, pues, he aquí, la mano del Señor es contra ti, y serás ciego, que no veas el sol por tiempo.” Y luego cayeron sobre él oscuridad y tinieblas; y andando alrededor, buscaba quién lo condujese por la mano.
Si en su oscuridad hubiese permitido que los mensajeros de luz lo guiaran, le habrían dado vista eterna, como Pablo la había recibido de Ananías en Damasco. Pero podemos deducir que permaneció ciego y rencoroso.
Sergio Paulo, sin embargo, “creyó, maravillado de la doctrina del Señor.” Aparte del procónsul, muchos otros creyeron también, y en la perversa ciudad de Pafos, donde la gente adoraba a la diosa del amor, se organizó una rama de la Iglesia de Jesucristo. Allí se reunió una pequeña congregación de cristianos que adoraban al verdadero Dios y a su Hijo Jesucristo.
En Panfilia
De Pafos, Pablo y sus compañeros navegaron hacia el norte, hasta Perge, en Panfilia. En este lugar sucedió algo acerca de lo cual quisiéramos saber más. Todo lo que Lucas nos dice sobre ello es lo siguiente: “Entonces Juan, apartándose de ellos, se volvió a Jerusalén.”
Sabemos que más tarde esta circunstancia provocó una seria disputa entre Bernabé y Pablo, pero no se expone la razón por la cual Juan quiso volverse. Tal vez no tenía pensado ir tan lejos, o quizás sus asuntos familiares requerían su atención, o probablemente era de carácter demasiado sensitivo y le pareció que no lo necesitaban.
Pero cualquiera haya sido la causa, Pablo y Bernabé siguieron su misión sin el joven Marcos. Más tarde, este reanudó su obra misionera viajando con Bernabé. No se sabe que haya vuelto a viajar con Pablo; aunque este escribió de él más tarde que era “consuelo y colaborador en el reino de Dios.”
En Pisidia
De Perge, en Panfilia, Pablo y Bernabé caminaron hacia el norte hasta la ciudad de Antioquía de Pisidia. Día tras día, estos dos misioneros caminaron a pie por aquella región montañosa, casi deshabitada. Algunas veces encontraban alojamiento en la casa de algún pastor, pero la mayor parte del tiempo dormían en cuevas o entre los árboles. Sin embargo, tenían un mensaje de salvación en sus corazones, y por eso se sentían tan gozosos.
Después de unos siete días de cansado y peligroso viaje, llegaron a Antioquía de Pisidia. Cuando llegó el sábado, los misioneros fueron a la sinagoga, según su costumbre, y se sentaron entre la congregación. Después que los maestros hubieron leído la ley y los profetas, preguntaron a los visitantes si tenían algo que decir o “alguna palabra de exhortación para el pueblo.”
Entonces Pablo se levantó y pronunció un sermón tan impresionante que el pueblo lo invitó a que hablase el sábado siguiente. Muchos de los concurrentes aceptaron el evangelio.
(Hechos 13:14–41)
“Y el sábado siguiente se juntó casi toda la ciudad a oír la palabra de Dios. Mas los judíos, visto el gentío, se llenaron de celo, y se oponían a lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando.” (Hechos 13:44–45)
Su oposición y contradicción causó que los misioneros manifestaran aún más su sinceridad y valor. Por último, cuando se vio claramente que los judíos no iban a aceptar la verdad, Pablo y Bernabé, intrépidamente, dijeron:
“A la verdad era menester que se os hablase la palabra de Dios; mas pues que la desecháis, y os juzgáis indignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles.” (Hechos 13:46)
Cuando los gentiles oyeron esto, se llenaron de gozo, y muchos aceptaron el evangelio. Pero los judíos, llenos de celos y envidia, determinaron echar a los misioneros “fuera de sus términos.” Así lo hicieron con la ayuda de “mujeres piadosas y honestas, y de los principales de la ciudad.” La persecución aumentó tanto, que Pablo y Bernabé, “sacudiendo en ellos el polvo de sus pies, vinieron a Iconio.”
En Iconio
Llenos de ese gozo que viene por servir verdaderamente a sus semejantes, Pablo y Bernabé se pusieron a predicar en Iconio. Entrando en las sinagogas, como lo habían hecho en otras ciudades, hablaron intrépidamente y “confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, dando que señales y milagros fuesen hechos por las manos de ellos.”
Judíos y griegos se reunieron para escuchar a estos grandes misioneros; pero también judíos y griegos se organizaron para oponerse a ellos. El resultado fue que la ciudad se dividió en dos bandos: “y unos eran con los judíos y otros con los apóstoles.”
Oyendo que se estaba tramando un complot para hacerles daño y apedrearlos, Pablo y Bernabé salieron de la ciudad y se fueron a “Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y por toda la tierra alrededor.”
“Los ataques y molestias de afuera, más bien afirman al cristiano; así como las tempestades sólo sirven para arraigar el roble con mayor firmeza a la tierra.”
En Listra y Derbe
En Listra, Pablo y Bernabé encontraron a un pueblo pagano que adoraba a Mercurio, Júpiter y otros dioses falsos, y que casi nada sabía acerca del verdadero Dios. Había judíos entre ellos, pero no en número suficientemente grande como para edificar una sinagoga.
El país era escabroso y despoblado. Los habitantes eran como el país: rústicos, de poco conocimiento, y rudos en su manera de vestir y en sus costumbres. Esta clase de gente es usualmente tímida con los extranjeros y lenta en aceptar cualquier cosa nueva. Pero una vez que empiezan a confiar en un extraño, este puede influir en ellos fácilmente, porque no son capaces de tener opiniones propias y definitivas.
La doctrina que predicaban Pablo y Bernabé era nueva para ellos, y, al pasar el tiempo, empezó a despertar su curiosidad y luego se interesaron.
Timoteo
Algunos de los más inteligentes comprendieron la verdad y la aceptaron. Para que no pensemos que no había gente educada entre estos paganos, no hay más que recordar el hecho de que en Listra vivía una familia predilecta de cuyas actividades la Biblia hace mención, y que en Derbe había otras.
En estos pueblos, lejos de la persecución y aflicción que les imponían las personas ignorantes e inicuas, Pablo y Bernabé trajeron a la fe a algunos de los mejores miembros de la Iglesia primitiva. Entre ellos se encontraba Timoteo, a quien Pablo después llamó “hijo”; Eunice, madre de Timoteo; y Loida, abuela de Timoteo, cuya “fe no fingida” Pablo elogió años después.
Sin duda, la amistad de esta noble gente recompensó a Pablo por toda la persecución que sufrió durante su primera misión.
Sin embargo, para la mayor parte del pueblo, el mensaje fue extraño e incomprensible. No podían distinguir entre la doctrina de Cristo y sus dioses paganos, como veremos en esta notable experiencia.
Un milagro
Pablo, Bernabé y algunos convertidos celebraban una reunión un día, al aire libre. En la congregación estaba sentado un hombre impotente de los pies, cojo desde el vientre de su madre, que jamás había caminado. Todo el pueblo lo sabía, porque muchos lo conocían y lo habían visto cuando lo llevaron a la reunión.
“Este oyó hablar a Pablo”; y en aquel corazón fatigado entró la convicción de que era verdad lo que oía. Pablo puso los ojos en él “y vio que tenía fe para ser sano”. Entonces, “dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies.” Le mandó que hiciera esto por el poder del Redentor.
Aquel infortunado “saltó y anduvo”. Cuando el pueblo vio esto, alborotaron la ciudad, exclamando en su propio idioma, que era una mezcla de griego y sirio: “Dioses semejantes a hombres han descendido a nosotros.”
Y dieron a Pablo y a Bernabé los nombres de sus dioses. Bernabé, siendo alto, fue llamado Júpiter; y a Pablo, de corta estatura y gran orador, le pusieron Mercurio, porque se creía que Mercurio presidía la erudición y la elocuencia.
Poco después de terminar la reunión, los sacerdotes de Júpiter, que oficiaban en el templo de ese dios en la ciudad, decidieron ofrecer sacrificios a sus dioses representados por Pablo y Bernabé. Así que, reunido el pueblo, se juntaron en las puertas de la ciudad, llevaron bueyes y empezaron a hacer los preparativos para el sacrificio.
Cuando Pablo y Bernabé se enteraron de esto, corrieron entre el pueblo y, “rotas sus ropas, se lanzaron al gentío, dando voces” contra tales sacrificios. Romper las ropas era una manera de expresar profundo dolor, y el pueblo entendía este gesto.
Pablo y Bernabé gritaron: “¿Por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, y el mar, y todo lo que está en ellos.” (Hechos 14:15)
Pablo es apedreado
Sin embargo, apenas pudieron persuadirlos a que no lo hicieran y que no los adorasen. Pero llegaron algunos judíos que los habían seguido desde Antioquía y desde Iconio, “que persuadieron a la multitud” a creer que Pablo y Bernabé eran engañadores, y que el milagro que se había verificado había sido obra del maligno. La influencia de estos judíos fue tan grande entre el pueblo, que, en lugar de adorar a Pablo y Bernabé, tomaron piedras y apedrearon a Pablo hasta que cayó a tierra, aparentemente muerto. Creyendo que lo estaba, sacaron el cuerpo de la ciudad y lo dejaron allí.
Aquella chusma parecía un monstruo de muchas cabezas. Primero habían querido adorarlos como si fueran dioses, y momentos después su odio fue tan grande que estuvieron dispuestos a manchar sus almas con el homicidio.
Se dispersó la turba, y alrededor del cuerpo sangriento e inerte que yacía en el suelo, se reunieron los pocos discípulos fieles e inteligentes que habían creído en el evangelio verdadero. ¡Qué grata sorpresa se llevaron cuando vieron a Pablo moverse y más tarde volver en sí!
Lo habían privado del sentido, pero no lo habían lastimado seriamente; de modo que, con un poco de ayuda, recobró la fuerza suficiente para levantarse y volver andando a la ciudad.
Al día siguiente, salió de Listra y viajó veinte millas (32 kilómetros) hasta Derbe. Allí predicó intrépidamente y con buen resultado, ya que convirtió a muchos a la verdad, entre ellos un hombre llamado Gayo, que llegó a ser firme y verdadero amigo de Pablo y de toda la Iglesia.
Se organiza otra rama
Así como en otras ciudades, los misioneros organizaron una rama de la Iglesia en Derbe, y ordenaron élderes para presidirla. Se reunieron con ellos y los santos, ayunando y orando, para darles instrucciones, “encomendándolos al Señor.” Entonces se despidieron de ellos, porque había llegado el tiempo en que los primeros misioneros de Antioquía debían volver a casa.
La vuelta a casa
Visitaron todas las ramas, predicando el evangelio, enseñando, bendiciendo y consolando a los santos en Listra y las regiones circunvecinas. Luego viajaron cuarenta millas (64 kilómetros) hasta Iconio, y sesenta millas (96 kilómetros) más hasta Antioquía de Pisidia. De allí pasaron por Perge, en Panfilia, y navegaron de Atalia a Antioquía en Siria.
Allí, los santos congregados les dieron la bienvenida y escucharon los informes de los misioneros, los cuales “relataron cuán grandes cosas había Dios hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.” (Hechos 14:27)
























