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La Noche de la Traición
“Donde el hombre se cree más sabio, allí está su debilidad.”
La Pascua
El jueves de la semana de la pasión, Jesús llamó a Pedro y a Juan, y les dijo: “Id, aparejadnos la Pascua para que comamos.” (Lucas 22:8)
Recordaremos que la Pascua era el nombre que se daba a la fiesta establecida para conmemorar la ocasión en que el ángel destructor pasó por encima de las casas de los hebreos que tenían en sus puertas la señal de la sangre del cordero.
En esta fiesta se mataba un cordero, que llamaban el cordero pascual. Fue el día en que “era necesario matar la Pascua”, cuando se mandó a Pedro y a Juan a hacer los preparativos.
“¿Dónde quieres que aparejemos?”
“Y él les dijo: He aquí, cuando entréis en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo hasta la casa donde entrare,
y decid al padre de familia de la casa: El Maestro te dice:
¿Dónde está el aposento donde tengo que comer la Pascua con mis discípulos?
Entonces él os mostrará un gran cenáculo aderezado; aparejad allí.” (Lucas 22:11–12)
Los dos apóstoles hicieron como les fue mandado, encontrando todo tal como el Señor les había dicho, y prepararon las cosas.
Una ocasión solemne
A la hora señalada, Jesús y los Doce se juntaron en ese aposento alto. Jesús se sentó a la cabecera de la mesa. A un lado, suficientemente cerca de Él como para recostarse sobre su pecho, se colocó Juan, mientras que Pedro se sentó al otro lado. Fue quizá la reunión más solemne que los Doce habían celebrado, porque el Salvador les dijo al principio:
“En gran manera he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca; porque os digo que no comeré más de ella, hasta que se cumpla en el reino de Dios.” (Lucas 22:15–16)
Con estas palabras dio a entender que había llegado la hora en que sus enemigos lo iban a aprehender y matar.
Jesús lava los pies de los discípulos
Ya para terminar la cena, Jesús se levantó de donde había estado recostado, dejó a un lado su ropa y, habiendo tomado una toalla, se ciñó con ella. Así era como se vestían los sirvientes. Entonces llenó un lebrillo con agua y comenzó a lavar los pies de los discípulos.
Quizá el Salvador había notado que en las mentes de algunos existían los mismos pensamientos que, en una ocasión anterior, los habían hecho disputar acerca de cuál de los Doce era el mayor. Tal vez surgieron esos pensamientos al ver que Pedro y Juan ocupaban los lugares de honor, uno a cada lado del Salvador. Como fuera, su Señor, el mayor entre ellos, obró como su siervo, el más humilde de todos.
Pedro se opone
“Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dice:
—¿Señor, tú me lavas los pies?”
Estaba bien que él sirviera al Maestro, ¡pero que el Maestro fuera su sirviente… eso nunca!
“Respondió Jesús, y le dijo:
—Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; mas lo entenderás después.”
“Le dice Pedro:
—No me lavarás los pies jamás.”
“Respondió Jesús:
—Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.”
Entonces Pedro, creyendo que al no dejarse servir por el Señor estaba apartándolo de sí, exclamó:
“Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.”
Un ejemplo
“Así que, después que les hubo lavado los pies, y tomado su ropa, volviéndose a sentar a la mesa, les dijo:
¿Sabéis lo que os he hecho?
Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.
Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros.
Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.”
(Juan 13:6–9, 12–15)
Así fue como estos doce hombres recibieron, de una manera impresionante y práctica, la lección divina del servicio.
Así fue como aprendieron que los mayores entre ellos eran, en verdad, los siervos de todos.
Por cierto, en la Iglesia de Cristo no hay ni amos ni siervos, sino que todos trabajan para cada uno y cada uno para todos.
“Uno de vosotros me ha de entregar”
Inmediatamente después de esta sagrada ceremonia, cuyo significado completo muy pocas personas entienden, el Salvador anunció:
“De cierto os digo, que uno de vosotros me ha de entregar.”
Esta declaración los llenó de congoja. Jesús, que tuvo que hacerla, “fue conmovido en el espíritu”, y todos los que lo oyeron se pusieron muy tristes.
“Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?”
Judas, a la postre de todos, preguntó y dijo: “¿Soy yo, Maestro?” Y le dijo: “Tú lo has dicho.” (Mateo 26:21–22, 25)
Esta respuesta de Jesús debió haber llegado a oídos de los demás, porque Pedro le hizo señas a Juan
“para que preguntara quién era aquel de quien decía.” “Respondió Jesús: Aquel es a quien yo daré el pan mojado.” (Juan 13:24–26)
Judas Iscariote
Luego que hubo tomado el pan mojado, lo dio a Judas Iscariote. De modo que Pedro y Juan supieron quién era el traidor, aunque los otros probablemente no, porque no entendieron las palabras de Jesús a Judas:
“Lo que haces, hazlo más pronto.”
Después de haber salido el traidor —¡qué noche habrá sido para él!— Jesús continuó enseñando e impartiendo consuelo a los once.
“Amaos los unos a los otros”
“Un mandamiento nuevo os doy —les dijo—: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros.”
Y refiriéndose a su muerte próxima, les declaró: “Donde yo voy, vosotros no podéis venir.”
Esto inquietó a Pedro, y le preguntó: “Señor, ¿a dónde vas? … Mi alma pondré por ti.” (Juan 13:33–37)
“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; mas yo he rogado por ti que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto (es decir, regenerado), confirma a tus hermanos.”
Esto afligió mucho a Pedro. ¡Que su Maestro sospechara que él, Pedro, vacilaría en su constancia hacia su Señor! (Notemos que el Señor lo llama por su nombre anterior: Simón.)
Pedro protestó, respondiendo: “Señor, pronto estoy a ir contigo aun a la cárcel y a la muerte.” (Lucas 22:31–34)
Una profecía
“Pedro” —le respondió el Salvador—, “de cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.” Con más vehemencia, Pedro dijo: “Aunque me sea menester morir contigo, no te negaré.” Y todos los discípulos dijeron lo mismo. (Mateo 26:34–35)
Pedro hablaba con toda sinceridad y sentía profundamente la verdad de lo que decía, pero todavía no le había llegado su fuerza verdadera, y el Maestro lo sabía. Vendría, sí, pero tendría que nacer en el profundo silencio de un corazón dolorido.
Getsemaní
Más tarde, la compañía salió del aposento alto, atravesó el arroyo de Cedrón y llegó al jardín de Getsemaní, que quedaba sobre el costado occidental del monte de los Olivos. Rogando a ocho de los once que permanecieran juntos, llevó consigo a los otros tres: Pedro, Santiago y Juan. Nos dice el evangelista que su alma estaba “muy triste hasta la muerte”.
“Esperad aquí —les mandó— y velad.”
Entonces se retiró a poca distancia de ellos y se puso a orar. Los apóstoles podían verlo. Quizá lo oyeron exclamar: “Padre… traspasa de mí este vaso; empero, no lo que yo quiero, sino lo que tú.”
Cuando volvió y los halló dormidos, dijo: “Simón” (notemos que le llama “Simón” otra vez) “¿duermes? ¿No has podido velar una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está dispuesto, mas la carne es débil.” (Marcos 14:36–38)
Se retiró por segunda vez; luego volvió, y otra vez los halló dormidos, “porque los ojos de ellos estaban cargados; y no sabían qué responderle.”
Al volver por tercera vez, les dijo con más ternura:
“Dormid ya y descansad; basta, la hora es venida; he aquí, el Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores.” (Marcos 14:40–41)
Después de dejarlos dormir un rato, Jesús los despertó, y vieron “una compañía con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos.”
A la cabeza de todos ellos iba Judas, quien se acercó a su Señor y, con un beso, lo entregó.
Pedro defiende a su Señor
Al avanzar los soldados para echarse sobre Jesús, Pedro, ahora completamente despierto, salió en defensa de su Maestro: “Sacó su espada, e hiriendo a un siervo del pontífice, le cortó la oreja.”
Este siervo, a quien Pedro hirió de un golpe, se llamaba Malco. “Mete tu espada en la vaina —le ordenó el Salvador—: el vaso que el Padre me ha dado, ¿no lo he de beber?” (Juan 18:10–11)
¡Qué lección para Pedro! Aunque para cumplir con su deber tendría que padecer y morir, aún así el Señor se mantendría firme.
“Entonces respondiendo Jesús, dijo: Dejad hasta aquí.” Y tocando su oreja, lo sanó. (Lucas 22:51)
Cuando los oficiales aprehendieron a Jesús, “todos los discípulos huyeron, dejándolo.”
La lealtad de Pedro se debilitó, pero no hasta el punto de hacerlo huir con los otros.
Tampoco le pareció prudente acompañar abiertamente a Jesús.
De modo que optó por seguirlo de lejos, “hasta el patio del sumo sacerdote.”
Al principio permaneció afuera, pero más tarde entró donde estaban sentados los siervos.
Un momento de debilidad
Mientras Pedro estaba junto al fuego, entró una muchacha. Al reconocerlo como uno de los que habían estado con Jesús, lo denunció: “Y tú, con Jesús el Galileo estabas.”
“Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.”
Salió hacia la puerta, quizá para refrescar su conciencia, para pensar qué podía hacer. “Y saliendo él a la puerta, lo vio otra criada, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús Nazareno.” “Y negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.” (Mateo 26:69–72)
Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de Malco, se acercó a Pedro poco después y le dijo: “¿No te vi yo en el huerto con él?” (Juan 18:26) “Y él comenzó a maldecir y a jurar: No conozco a ese hombre de quien habláis.” (Marcos 14:71) Y en ese instante, Pedro oyó cantar al gallo.
Casi inmediatamente después, “vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, como le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces.”
Y saliendo fuera, Pedro lloró amargamente. (Lucas 22:61–62)
























