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Pablo Empieza su
Segundo Viaje Misional
“El hombre debe confiar en Dios como si Dios lo hiciera todo, y sin embargo, trabajar tan sinceramente como si todo dependiera de él.”
Pablo desea visitar las ramas
Después que Silas y Judas Barsabás hubieron permanecido en Antioquía un corto tiempo “enseñando y predicando la palabra del Señor” con Pablo, Bernabé y “con muchos otros”, se supone que Judas volvió a Jerusalén, mas a Silas le pareció bien quedarse allí.
Hacía dos años que Pablo y Bernabé habían vuelto de su primera misión, y Pablo sintió la necesidad de visitar de nuevo las ramas de la Iglesia que habían establecido durante aquella memorable gira.
Así que un día dijo a Bernabé:
—Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en las cuales hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están.
Bernabé estuvo de acuerdo, pero quería que llevaran a su primo Juan Marcos. “Mas a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia y no había ido con ellos a la obra.”
Separación
Pero Bernabé sabía por qué había hecho esto Juan Marcos, y estaba seguro de que no volvería atrás por segunda vez. Pablo, sin embargo, no consintió; de modo que estos dos grandes misioneros acordaron separarse y llevar cada uno su propio compañero. Bernabé eligió a Juan Marcos, y Pablo a Silas.
Probablemente convinieron también en que Bernabé y Marcos fuesen a las ramas de las islas, y Pablo y Silas a las que se hallaban en tierra firme.
No sabemos si Pablo y Bernabé jamás volvieron a verse; pero Pablo dijo más tarde que era un apóstol empeñado activamente en el servicio de su Maestro. También Juan Marcos, en los años subsiguientes, se granjeó la confianza de Pablo, porque este habla de él como “su colaborador” y “útil para el ministerio”.
Bernabé y Marcos en Chipre
Bernabé y Marcos partieron primero y navegaron a Chipre, tierra natal de Bernabé. Aquí Marcos también se sentiría como en casa, porque fue allí donde empezó su obra como misionero. Los dejaremos aquí, entre los nuevos cristianos, y seguiremos a Pablo y Silas.
Ruta de Pablo y Silas
Estos dos misioneros empezaron su labor caminando hacia el norte, por Siria y Cilicia, “confirmando las iglesias”. Llevaban consigo, por supuesto, la carta de la Asamblea, la cual sin duda alentó y consoló mucho a los cristianos gentiles de esas ramas.
No sabemos exactamente cuáles fueron las ciudades de Siria y de Cilicia que Pablo y Silas visitaron; pero había una que sin duda Pablo no dejaría de visitar: su antiguo hogar en Tarso. Si había logrado establecer una rama allí, ¡con cuánto gozo y satisfacción volvería a ella ahora! Pablo siempre se sentía orgulloso de su ciudad natal, y decía que era “ciudad no oscura de Cilicia” (Hechos 21:39).
En Derbe y otros pueblos
En su primera misión, Pablo y Bernabé visitaron las ciudades de Iconio, Listra y Derbe. Ahora él y Silas llegaron a estas ciudades, viniendo en dirección opuesta. Visitaron Derbe primero, luego Listra y después Iconio.
En Listra les dio la bienvenida aquella noble mujer judía llamada Eunice, madre de Timoteo. Loida, madre de esta, seguramente también debió haberlo saludado y, junto con ella, extendieron la bienvenida a Silas.
Llamamiento y ordenación de Timoteo
Los hermanos de Iconio y Listra debieron haber informado a Pablo que estas buenas mujeres y su noble hijo habían permanecido fieles en la fe. Ya sabía que Timoteo había aprendido desde su niñez a citar las Escrituras y llevar una vida pura. Timoteo había sido uno de los que lo rodearon cuando, después de apedrearlo, la chusma lo sacó de la ciudad creyéndolo muerto.
Ahora Pablo encuentra en el corazón del joven la “fe no fingida… la cual residió primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice” (2 Timoteo 1:5). Con razón “quiso Pablo que fuese con él” (Hechos 16:3).
La madre consintió, y Timoteo aceptó el llamamiento, aunque escasamente tenía veinte años de edad. Por consiguiente, se celebró una reunión, y Pablo ordenó a Timoteo por “la imposición de manos” para que fuese misionero y siervo del Señor Jesucristo. Pablo después lo llamó su “verdadero hijo en la fe” (1 Timoteo 1:2).
Este ejemplo tiende a confirmar la verdad de nuestro Artículo de Fe que declara la creencia de los Santos de los Últimos Días de que “el hombre debe ser llamado de Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad para predicar el Evangelio y administrar sus ordenanzas.”
En Galacia
Después de bautizar a muchos otros convertidos y de establecer las iglesias en la fe, sin duda visitaron Antioquía de Pisidia y otros pueblos en aquella región, donde él y Bernabé habían organizado ramas de la Iglesia. Parece que entonces Pablo, Silas y Timoteo partieron hacia el norte, por la región de Galacia.
Al pasar por allí, Pablo se enfermó. No sabemos qué enfermedad contrajo; si fue el “aguijón en mi carne” que menciona en una de sus cartas, o si fue alguna otra aflicción del cuerpo. Pablo la llama una “flaqueza de carne” (Gálatas 4:13).
Sin embargo, estuvo muy enfermo y tuvo que quedarse en Galacia, aparentemente contra su voluntad. A pesar de la enfermedad, predicó el Evangelio al pueblo, y muchos creyeron. En una carta que escribió más tarde, se puede apreciar en parte el amor que sintió por los amigos que ganó en ese tiempo, y lo mucho que reconoció el tierno cuidado que le prodigaron.
En la epístola les dice, en substancia:
“Y no desechasteis ni menospreciaste mi tentación que estaba en mi carne; antes me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. ¿Dónde está, pues, vuestra bienaventuranza? Porque yo os doy testimonio que, si se pudiera hacer, os hubierais sacado vuestros ojos para dármelos” (Gálatas 4:13,15).
En esa misma carta los llama “hijitos míos” (Gálatas 4:19), y expresa el deseo de poder estar otra vez con ellos para fortalecerlos en el Evangelio.
Se establecen ramas
Antes que los misioneros salieran de Galacia, aunque Pablo se hallaba enfermo, se organizaron varias ramas de la Iglesia. La epístola de Pablo a estas ramas forma ahora parte del Nuevo Testamento.
Partiendo de Galacia, los tres viajeros continuaron hacia el oeste hasta llegar al mar Egeo, “y pasando a Misia, descendieron a Troas”.
Pablo tenía los ojos puestos en Europa, y desde allí podía ver a través del mar Egeo y distinguir en la distancia las colinas de Macedonia.
Una visión
Una noche, al acostarse, pensando quizá en el pueblo que vivía al otro lado de las aguas e inspirado por el sentimiento de que el Señor deseaba que fuese a ellos, vio aquella noche una visión en la cual “un varón macedonio se puso delante, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hechos 16:9).
Pero antes de embarcarse, se unió a Pablo y a sus compañeros otro fiel convertido, al cual es preciso que conozcamos. Tal vez Pablo lo conoció durante su enfermedad, porque el hombre era médico y podía serle sumamente útil en su padecimiento.
Este nuevo compañero tomó notas o apuntes y después escribió Los Hechos de los Apóstoles; y es de esta obra que sabemos la mayor parte de las cosas que estamos relatando. Su nombre era Lucas, llamado por Pablo “el médico amado”.
Pablo relató su visión a sus hermanos, y según Lucas, “luego procuramos partir a Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio.”
Partieron de Troas, “camino derecho a Samotracia y al día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la parte de Macedonia” (Hechos 16:9–12).
























