Los Antiguos Apóstoles


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En Lidda y Jope


Se establece la Iglesia

Aunque hacía apenas unos cuantos años que los apóstoles habían recibido la comisión final de ir por todo el mundo a predicar el evangelio, mediante sus esfuerzos sinceros y continuos, se establecieron iglesias en toda Judea, Galilea y Samaria.

En vista de que los Doce tenían la responsabilidad de velar por toda la Iglesia, se hizo necesario que viajaran por toda la tierra de los judíos. Pedro iba de un lugar a otro, organizando, ordenando, bendiciendo y predicando el evangelio de Cristo.

Eneas el paralítico

En uno de estos viajes, visitó las ciudades de la llanura de Sarón, que se extiende hasta el Mediterráneo. Una de estas ciudades, llamada Lidda, queda en la parte sur del valle.

Mientras visitaba a los santos de ese lugar, “halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, que era paralítico.” Era una enfermedad que atacaba los miembros del cuerpo, de modo que no se podía andar. Este pobre hombre hacía ocho años que no podía dar ni un paso.

Tal vez Eneas había oído que Cristo sanó a otros tan enfermos como él, y que Pedro había hecho andar a varios en el nombre de Cristo. Como quiera que sea, cuando Pedro llegó, le rogó que le concediera la misma bendición.

“Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate y hazte tu cama.
Y luego se levantó. Y viéronle todos los que habitaban en Lydda y en Sarona, los cuales se convirtieron al Señor.”

Tabita

No muy lejos de Lidda quedaba otra ciudad que se llamaba Jope. La razón por la que se habla de Jope es porque allí vivía una mujer muy buena, a la cual todos amaban. Se llamaba en hebreo Tabita, y en griego Dorcas. Estos dos nombres significan “Gacela”, una especie de venado muy hermoso.

Parece que Tabita tenía la virtud de ser buena así como hermosa, y aparentemente dedicaba toda su vida a consolar y animar a otros. Ayudaba a los pobres regalándoles túnicas y vestidos que hacía con sus propias manos.

Pero un día se enfermó, y todos sus amigos se alarmaron mucho por su condición. Cuando la enfermedad se agravó y murió, desfallecieron los corazones de todos. Entre los dolientes había unas viudas a quienes Tabita, en un tiempo, había consolado. Se hallaban completamente agobiadas por la aflicción, y lo mismo se puede decir de toda la Iglesia en Jope.

Después de lavar y preparar el cuerpo, lo llevaron a una sala. Pero no se llevaron a cabo los funerales, porque algunos de los discípulos habían oído que Pedro se hallaba en Lidda, y “le enviaron dos hombres, rogándole: No te detengas en venir hasta nosotros.”

Pedro accedió a su solicitud y partió inmediatamente para Jope. “Y llegando que hubo, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas”, e inmediatamente, entre sollozos, alababan las otras virtudes de su hermana muerta.

Tabita es levantada

Siguiendo el ejemplo de su Maestro cuando restauró la vida a la hija de Jairo, Pedro mandó que todos salieran de la sala. Entonces se puso de rodillas y oró. Luego, “vuelto al cuerpo, dijo: Tabita, levántate.”

La primera manifestación de vida que se vio en ella, según el relato, fue que abrió los ojos. ¡La sorpresa que debió haberse llevado al ver al apóstol principal a su lado, en lugar de sus amigos íntimos! Los saludos, las expresiones de gratitud… ninguna de estas cosas nos es relatada. Pero:
“Él le dio la mano, y la levantó. Entonces, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva.
Esto fue notorio por toda Jope; y creyeron muchos en el Señor.” (Hechos 9:31–42)

Hasta entonces, los apóstoles habían predicado solamente a los judíos, porque, siendo ellos mismos judíos, creían que el Mesías era su Salvador, pero no el de otras naciones —especialmente de aquellas que adoraban ídolos—. Todos los que no eran judíos eran llamados gentiles, y para los judíos eran personas “comunes” o “inmundas”.

Cornelio

Aunque el Señor les había mandado ir “a todo el mundo”, los apóstoles no parecían haber entendido su comisión sino hasta que Pedro recibió una visión especial.

Mientras éste se hallaba en Jope, en casa de un curtidor llamado Simón, vivía en Cesarea, como a 45 kilómetros al norte, un oficial romano llamado Cornelio. Era capitán de cien soldados, de modo que era llamado “centurión”. Aunque gentil, Cornelio no adoraba ídolos, como hacían casi todos los gentiles.

Indudablemente, había oído hablar de Cristo y sabía que muchos judíos lo aceptaban como su Salvador. Quizá se preguntaba por qué no podría salvarlo el verdadero evangelio, así como a los judíos. Era “piadoso y temeroso de Dios”, y había enseñado a los de su casa a ser como él. Y no sólo eso, sino que llevaba una vida justa y siempre ayudaba a los pobres.

Una tarde, mientras oraba en su casa, “vio en visión manifiestamente, como a la hora nona del día, que entraba a él [un ángel] y le decía: Cornelio”. La repentina aparición del ángel inquietó al centurión, y, espantado, dijo: “¿Qué es, Señor?” Y le dijo el ángel:

“Tus oraciones y tus limosnas han subido en memoria a la presencia de Dios. Envía, pues, ahora a Jope, y haz venir a un Simón que tiene por sobrenombre Pedro. Este posa en casa de un Simón, curtidor, que tiene su casa junto al mar: él te dirá lo que te conviene hacer.”

En cuanto se fue el ángel, Cornelio llamó a dos de sus criados y a uno de sus soldados —que también adoraban al Señor— y, después de revelarles lo que el ángel le había comunicado, los envió a Jope. Viajaron por la playa toda la noche y llegaron a Jope al día siguiente.

Una visión de día

Más o menos a la hora en que llegaron aquellos mensajeros a la ciudad, Pedro, según su costumbre, subió a la azotea a orar. Mientras estaba allí, esperando que se preparara la comida del mediodía, “sobrevino en éxtasis; y vio el cielo abierto, y que descendía un vaso, como un gran lienzo, que, atado de los cuatro cabos, era bajado a la tierra; en el cual había de todos los animales cuadrúpedos de la tierra, y reptiles, y aves del cielo”.

Mientras Pedro contemplaba estos animales, considerándolos alimento impuro, “le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come.

Entonces Pedro dijo: Señor, no; porque ninguna cosa común e inmunda he comido jamás.

Y volvió la voz hacia él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común”.

Esto se hizo tres veces, y entonces el lienzo fue recogido al cielo.

Pedro se quedó perplejo, preguntándose qué significaba aquella visión. Pero no tuvo mucho tiempo para meditar, porque mientras aún pensaba en la visión, “le dijo el Espíritu: He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende, y no dudes en ir con ellos; porque yo los he enviado”.

Precisamente cuando Pedro recibió esta manifestación, los tres mensajeros de Cornelio llegaban a la casa de Simón y entraban. Al verlos, Pedro exclamó: “He aquí, yo soy el que buscáis: ¿cuál es la causa por la que habéis venido?”

Y ellos dijeron: “Cornelio, el centurión, ha recibido respuesta por un santo ángel de hacerte venir a su casa y oír de ti palabras.”

Los mensajeros pasaron la noche con Pedro en la casa de Simón, y a la mañana siguiente salieron con “algunos de los hermanos de Jope” para Cesarea. Al llegar a la casa del centurión, al día siguiente, “Cornelio los estaba esperando, habiendo llamado a sus parientes y a los amigos más íntimos”. Al llegar Pedro a la puerta, Cornelio se levantó para recibirlo, y postrándose a sus pies, quiso adorarlo. “Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate; yo mismo también soy hombre.”

Pedro se asocia con los gentiles

Al entrar los dos hombres en la casa, viendo Pedro el número de los que estaban reunidos, dijo:

“Vosotros sabéis que es abominable a un varón judío juntarse o llegarse a extranjero; mas me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo; así que pregunto: ¿Por qué causa me habéis hecho venir?”

Cornelio entonces le refirió acerca de sus ayunos y oraciones, la visita del ángel y las instrucciones que le había dado. El prejuicio que había impedido a Pedro comprender el significado completo del mandamiento de ir a todas las naciones empezó a desaparecer de su alma; sus ojos comenzaron a ver más claramente la misericordia de nuestro Padre Celestial, y después de haber oído a Cornelio, exclamó:

“Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas; sino que en toda nación, el que le teme y obra justicia, le es acepto.”

Entonces, en esta primera reunión de gentiles en la Iglesia de esa época, Pedro relató la historia del Redentor, testificando de la muerte y resurrección del Salvador.

Se les da el Espíritu Santo

Como prueba final para el apóstol principal de que el Señor aceptaba a los gentiles así como a los judíos en Su Iglesia, “el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón”.

Aceptando esto como una manifestación directa de Dios, declaró Pedro:

“¿Puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?”
(Hechos 10:1–47)

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