Los Antiguos Apóstoles


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Saulo de Tarso


“La buena compañía, y los buenos discursos, son la fuerza de la virtud.”

Descendiente de Benjamín

Al mismo tiempo que Pedro, Andrés, Santiago y Juan jugaban como niños en Betsaida, a orillas del mar de Galilea, vivía en otro pueblo, a unos quinientos kilómetros de aquéllos, otro joven alerta e inteligente, al cual iban a conocer unos años después, primero como acérrimo enemigo y luego como amigo y hermano.

Este joven se llamaba Saulo, y vivía en Tarso, capital de Cilicia. Era judío y pertenecía a la tribu de Benjamín, el hijo menor de Jacob. El padre de Benjamín, como recordaremos, lo tuvo en casa cuando los otros hijos fueron a Egipto con objeto de comprar trigo. La tribu de Benjamín era conocida por su valentía, y en ese sentido veremos que Saulo fue un verdadero descendiente de Benjamín.

De los padres y los días de infancia de Saulo sabemos muy poco. Su padre vivió por un tiempo en Palestina y, por supuesto, debe haberle enseñado a su hijo a ser un judío ortodoxo. De su madre no sabemos nada, pero podemos tener la seguridad de que lo cuidó bien, lo guió en sus juegos y estudios, y lo inspiró desde su juventud con el deseo de crecer para ser un hombre útil. Sin duda así debió haber sido su madre, porque todos los grandes hombres han sido bendecidos con madres nobles.

No se nos dice si tenía hermanos, pero sí tenía por lo menos una hermana, a la cual siempre amó y por quien fue un verdadero y noble hermano durante toda su vida.

Buen estudiante

Saulo era un buen estudiante, y probablemente asistió a la escuela desde los seis años de edad hasta que creció. Pero en aquellos días, los alumnos no tenían libros. Escuchaban lo que decían los maestros y lo recordaban todo, a fin de poder repetir sus lecciones cuando se les mandaba hacerlo.

El tema principal que se estudiaba en aquel tiempo era la Biblia. Por supuesto, no tenían la Biblia como la conocemos ahora, pero sí el Antiguo Testamento, y podían aprender acerca de Abraham, Isaac y Jacob, los hijos de Israel, el rey Saúl, el rey David, Salomón y todos los profetas. De modo que se le enseñó, desde niño, a esperar al Mesías, que sería el Rey de los Judíos.

Fariseos y saduceos

Entre los judíos había diferentes sectas o religiones, y las principales eran la de los fariseos y la de los saduceos. En los días de Saulo, los fariseos eran la secta más popular, y ocupaban los más elevados oficios y puestos en el estado y en la iglesia. Creían tanto en la ley oral que se había recibido de Dios por medio de Moisés, como en la ley escrita. También creían en la resurrección del cuerpo.

Pero les gustaba hacer largas y frecuentes oraciones, no solamente en las sinagogas y templos, sino también en las calles, para ser vistos por los hombres. En muchas otras cosas también eran hipócritas.

Los saduceos, por su parte, no creían en la resurrección del cuerpo. Más adelante veremos cómo Saulo se valió de esta diferencia entre las dos sectas.

Saulo era fariseo, y buen fariseo, por cierto. Era tan sincero en su creencia y educación como cualquiera puede serlo. Si Saulo hubiese sido un fariseo hipócrita, probablemente nunca habría encontrado la verdad; pero por ser sincero —es decir, por hacer siempre lo que creía que era justo— fue conducido al evangelio.

Ciudadano romano

Hay otra cosa que debemos destacar acerca de este joven llamado Saulo de Tarso: que era ciudadano romano por nacimiento. Tarso, además de ser una ciudad muy rica y populosa, era un municipio romano o corporación libre. Esto significa que la libertad de Roma (que entonces reinaba en todos aquellos países) había sido otorgada a los ciudadanos de Tarso. Esta libertad les fue concedida porque los hombres de Tarso habían defendido a dos emperadores de Roma durante una rebelión contra ellos.

Así que Saulo, aunque judío, era por nacimiento ciudadano libre de Roma. Por consiguiente, tenía dos nombres: Saulo y Pablo; el primero de origen hebreo y el segundo, nombre latino.

Fabricante de tiendas

Como se ha dicho, Saulo era estudiante, pero también era industrioso. No solamente era activo con el cerebro, sino también con las manos. Era fabricante de tiendas. Aprendió este oficio cuando era todavía muy joven.

Era práctica común entre los judíos enseñar a los hijos algún oficio manual, para que, en caso de necesidad, pudiesen sostenerse con el trabajo de sus manos. Llegó un tiempo en que Pablo, aunque apóstol, tuvo que trabajar de cuando en cuando durante veintinueve años en el oficio que su padre le había enseñado. De esas ocasiones escribió: “Estas manos me han servido.” (Hechos 20:34)

Gamaliel

Cuando Saulo terminó los estudios que se impartían en las escuelas judaicas de Tarso, y hubo aprendido su oficio, deseó continuar su educación en algún colegio. Tendría entonces alrededor de catorce años. Había universidades gentílicas cerca de su casa, pero como quería ser rabino, fue a matricularse en el famoso colegio de Hillel, en Jerusalén.

El director de esta notable institución era: “Un fariseo que se llamaba Gamaliel, doctor de la ley, que tenía gran reputación entre el pueblo.”
(Hechos 5:34)

Se supone que Gamaliel era hijo de Simeón, aquel que estaba en el templo el día en que el niño Jesús fue bendecido, y el mismo que dijo:

“Ahora despides, Señor, a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación.” (Lucas 2:29–30)

Sin embargo, aunque Gamaliel era el más erudito de aquellos días, no supo reconocer que el Mesías ya había venido. Parece que no creyó lo que su padre pudo haberle contado acerca del niño Jesús.

Bajo la instrucción e influencia de su gran maestro, Saulo estudió varios años el hebreo y el griego, y aprendió de memoria todos los mandamientos importantes contenidos en el Antiguo Testamento.

Saulo terminó sus estudios con Gamaliel y probablemente volvió a Cilicia. Mientras tanto, Jesús había sido crucificado y se había desatado una terrible persecución contra algunos de sus discípulos.

El primero en padecer la muerte durante esta persecución fue Esteban, uno de los siete diáconos elegidos para velar por los pobres. Esteban era un siervo fiel, “lleno de fe y del Espíritu Santo.”

Predicaba que Jesús era el Salvador del mundo, y que todos los hombres debían creer en su nombre para ser salvos. Esteban sabía que los fariseos estaban en error en cuanto a lo que era necesario para la salvación, y sin duda se los dijo. Como quiera que haya sido, disputó con ellos en la sinagoga.

Esteban ante el Sanedrín

Porque los venció en las discusiones, los judíos, irritados, llevaron a Esteban ante el Sanedrín y lo acusaron de blasfemia. Aun allí, ante el tribunal, dio testimonio de la divinidad, muerte y resurrección del Salvador. Esto irritó tanto a los perversos judíos que “crujían los dientes contra él.” Entonces lo sacaron de la ciudad y lo apedrearon hasta la muerte.

La muerte de Esteban

Entre los fariseos, ciegos de ira, que disputaban con Esteban, se hallaba un estudiante joven y erudito, llamado Saulo de Tarso. Y cuando: “Dando grandes voces, se taparon sus oídos y arremetieron unánimes contra él”, Saulo consintió en su muerte, guardó las ropas de los asesinos y fue testigo de la cruel muerte del primer mártir cristiano.

Saulo sinceramente creía que Esteban era enemigo de la religión judaica. Probablemente Esteban comprendió esta sinceridad cuando, en el momento de morir, puesto de rodillas, exclamó: “Señor, no les imputes este pecado.” (Hechos, cap. 7)

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