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En Filipos
“El evangelio es el cumplimiento de toda esperanza, la perfección de toda filosofía, el intérprete de todas las revelaciones y la llave a todas las aparentes contradicciones de la verdad, en el mundo físico y moral.”
No lejos de la ciudad de Filipos corría el río Gaggitas. A la orilla del río, a corta distancia de la ciudad, se había construido un recinto, posiblemente sin tejado, en el cual solían reunirse unos pocos para adorar al Señor.
No había sinagoga en Filipos, y los pocos judíos que residían allí iban a este lugar “junto al río” para ofrecer sus oraciones y leer la ley. La mayor parte de ellos eran mujeres.
El primer sábado que pasaron los misioneros en Filipos fueron a este lugar para adorar, “y sentándonos, hablamos con las mujeres que se habían juntado.” Sin duda hubo hombres maliciosos que acusaron a los misioneros de querer engañar a las mujeres, así como nuestros enemigos acusan a los misioneros de la Iglesia en estos días.
Pero las mentiras y calumnias no pudieron impedir que Pablo y sus compañeros cumpliesen con sus deberes. Predicaron el evangelio de Jesucristo a estas mujeres y les narraron su vida, su muerte y su gloriosa resurrección.
Lidia
Entre aquellos que escuchaban el evangelio se hallaba “una mujer llamada Lidia”, que vivía en Tiatira, pero que en esos días se encontraba en Filipos atendiendo algunos asuntos relacionados con su oficio de tintorera. Vendía púrpura a los ricos y nobles.
El Señor le dio un testimonio de la verdad que Pablo explicaba, y pidió el bautismo. Ella y su familia fueron hechos miembros de la Iglesia ese día. Si Lidia fue la primera persona en bautizarse, entonces tuvo el honor de ser la primera en aceptar el cristianismo en el continente europeo.
La referencia a “su familia” no nos indica si tenía hijos, o si se refiere a sus criados, o a ambas cosas. Sea como fuere, llegaron a ser el núcleo de una próspera rama de la Iglesia en aquella ciudad, así como en la ciudad natal de Lidia.
Después de bautizarse, Lidia invitó a los misioneros a su casa, diciendo: “Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa y posad.”
La muchacha que tenía el espíritu de adivinación
Un día, yendo los misioneros al lugar de oración, encontraron a una desafortunada mujer que les causó algunas molestias. Era una doncella que parecía tener “espíritu pitónico”, por medio del cual adivinaba; y sus amos (porque tenía más de uno) la usaban para ganar dinero. Cuando encontraba a los élderes, gritaba:
—Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, los cuales os anuncian el camino de salvación.
Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo (no tanto por lo que decía, sino porque veía que la atormentaba aquel espíritu), se volvió y dijo al espíritu:
—Te mando en el nombre de Jesucristo que salgas de ella.
Y salió en la misma hora.
Cuando sus amos vieron que su esclava había sido sanada, y que la esperanza de sus ganancias se había acabado, se irritaron en gran manera. “Prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, al magistrado.” Pero como eran muy astutos, no dijeron al magistrado por qué los habían llevado allí. No denunciaron a aquellos hombres por haber sanado a su esclava, por lo cual ya no podían comerciar con ella y seguir engañando a la gente y robándoles su dinero. No; los acusaron de quebrantar la ley romana, predicando nuevos “ritos” y creencias que los romanos no debían aceptar.
Cuando la muchedumbre gritó: “¡Así es!”, los magistrados no dieron a los élderes la oportunidad de defenderse, sino que los sentenciaron a ser azotados.
Azotados y encarcelados
Con las manos atadas y las espaldas descubiertas, los élderes fueron heridos “de muchos azotes”. Sangrientos y debilitados, los llevaron a la cárcel, “mandando al carcelero que los guardase con diligencia.” Al recibir esta orden, y pensando que los prisioneros eran muy peligrosos, el carcelero “los metió en la cárcel de más adentro.”
Esta parte de una cárcel romana era un calabozo oscuro, húmedo y lúgubre. Un escritor lo ha descrito como una “celda pestilente y fría, de la cual se excluía la luz, y donde las cadenas se oxidaban sobre las piernas y brazos de los prisioneros.” Pero no conforme con encerrar a los élderes en tan sombría cueva, “les apretó los pies en el cepo.”
En esto manifestó un poco de compasión, pues solo les ató los pies, cuando había agujeros en el cepo para atar también las muñecas y el cuello.
Gozo en la oscuridad
Con las espaldas lastimadas y sangrientas, sus cuerpos entumecidos por el frío y la humedad, las piernas doloridas y cansadas, hambrientos y sin poder dormir, rodeados de la oscuridad de la medianoche, y sabiendo que estaban sufriendo por causa del verdadero evangelio, aun así Pablo y Silas pudieron regocijarse y alabar a Dios.
Esto fue lo que hicieron a medianoche, orando y cantando “himnos a Dios.” Sus voces resonaron por todas las celdas, y los demás prisioneros, duros de corazón y pecadores, escucharon por primera vez un himno cristiano.
El poder del Señor no solo se manifestó en el corazón de sus siervos fieles, sino también en toda la cárcel y en la ciudad; porque “fue hecho de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se movían.” Todos los tornillos, todos los barrotes de las puertas cayeron y estas se abrieron de par en par, “y las prisiones de todos se soltaron”; mas ninguno de los presos intentó fugarse.
Despertando de su sueño por aquella conmoción y terremoto, el carcelero se apresuró a llegar a la cárcel solo para ver que las puertas estaban abiertas. Recordando la orden de que los “guardase con diligencia”, y sabiendo que él pagaría con su vida si alguno se había escapado, sacó la espada para matarse, cuando “Pablo clamó a gran voz, diciendo:
—¡No te hagas ningún mal, que todos estamos aquí!”
Entonces, pidiendo luz, entró dentro, y temblando, se derribó a los pies de Pablo y de Silas.
El carcelero es convertido
Quizá el carcelero había oído hablar a la doncella que decía: “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo”; o tal vez los había oído predicar, o quizás había oído a otros hablar de sus predicaciones. Probablemente el terremoto lo había convencido de que aquellos hombres no solo eran inocentes, sino siervos de Dios. De cualquier manera, gritó: —Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?
Esta es la pregunta que todos debieran hacer, y todos deberían obedecer la respuesta, cuando se da con sinceridad y autoridad. Fijémonos bien en la respuesta: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.” Entonces los siervos del Señor explicaron lo que significa una creencia verdadera, y “le hablaron la palabra del Señor”, enseñándole la fe, el arrepentimiento y el bautismo.
Cuando el carcelero y su familia manifestaron que creían en el evangelio, les lavaron las heridas provocadas por los azotes y “se bautizó luego él y todos los suyos.”
Entonces los llevó, no a la tenebrosa celda, sino a su propia casa y les dio de comer. Se nos dice que se gozó de que, con toda su casa, había creído a Dios.
Por obrar en justicia, había abierto las ventanas de su alma, y la paz y la felicidad puras habían alumbrado todo su ser. Estaba experimentando la verdad expresada en el himno:
“Por el bien que hacemos,
Paz siempre tendremos,
Y gozo y gran bendición.”
La libertad de los prisioneros
Tal vez fue el terremoto, o alguna otra cosa, lo que infundió temor en el corazón de algunos hombres de aquella ciudad. Entre estos se hallaban los magistrados que habían sentenciado a dos hombres inocentes a ser azotados y encarcelados.
Comprendiendo su error, dieron aviso al carcelero temprano en la mañana siguiente, diciendo:
—Deja ir a aquellos hombres.
Complacido con el mensaje, el carcelero inmediatamente fue a Pablo y a Silas, diciendo:
—Los magistrados han enviado a decir que seáis sueltos; así que ahora salid, e id en paz.
Gran sorpresa le causó cuando oyó a Pablo decir con desdén:
—¿Azotados públicamente sin ser condenados, siendo hombres romanos, nos echaron en la cárcel, y ahora quieren que salgamos a escondidas para que la gente crea que somos criminales que huimos de la prisión? No, de cierto; sino que vengan ellos mismos y sáquennos.
Cuando los magistrados oyeron lo que Pablo había dicho y se enteraron de que habían azotado y encarcelado a dos ciudadanos romanos sin ser juzgados según la ley, se espantaron mucho, porque sabían que podían perder sus puestos.
Así que fueron y sacaron a Pablo y a Silas de la cárcel, y les pidieron que se fuesen de la ciudad.
Pero los prisioneros habían logrado una victoria, y aunque no se jactaron de ello ante sus perseguidores, aprovecharon la oportunidad de ir a la casa de Lidia para saludar a todos los santos. Quizá Pablo les relató el acontecimiento que tuvo lugar aquella noche en Jerusalén, cuando Pedro fue librado de la cárcel y llegó a la casa de María.
Como quiera que haya sido, sabemos que “habiendo visto a los hermanos, los consolaron y se salieron.” Lucas se quedó para edificar la Iglesia en Filipos, y Pablo y sus compañeros partieron para Tesalónica.
























