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De las Tinieblas a la Luz
“La fuerza nace en el profundo silencio del corazón dolido, no entre la alegría.”
De la debilidad, la fuerza
Se dice que cuando Pedro salió a “llorar amargamente”, fue tanto su pesar que todo el día viernes y todo el día sábado, después de la crucifixión del Salvador, se apartó de todos para estar solo. Si así fue, debió haber sido más profunda su aflicción por lo que había hecho, pues recordaría tantas palabras cariñosas que el Señor le había hablado y los incontables momentos felices que había pasado al lado de su Señor. Toda palabra y hecho relacionado con su ministerio se reflejaría en sus pensamientos con un nuevo significado. Quizá por primera vez en su vida comprendió claramente por qué había deseado el Señor que su naturaleza y fe fuesen como una piedra. Aunque tenía los ojos empañados por las lágrimas que derramaba, podía ver todos los atributos verdaderos de la virilidad, los cuales se personificaban en Jesús: reverencia, hermandad, paciencia, sinceridad, valor.
Estos y muchos otros rasgos nobles ahora santificaban más a Jesús, según la opinión de Pedro, que en cualquier otro tiempo. Pero cuanto más veía la fuerza y santidad de Cristo, más claramente se daba cuenta de su pequeñez y miseria. Esta postrera manifestación de su debilidad, que lo había hecho negar a su Señor, causó que se considerara a sí mismo de otra manera y produjo un efecto decisivo en él. De aquel profundo silencio de su sufrimiento, durante esos dos días, nació aquella fuerza que Cristo había indicado desde el momento en que lo había llamado “Pedro”.
Una ocasión triste
Triste debió haber sido la ocasión en que Juan y Pedro volvieron a verse después de la crucifixión. Cuándo fue, o dónde, no lo sabemos; pero podemos suponer que Juan debió haber notado un cambio muy grande en su coadjutor. En aquel rostro cansado e hinchado de tanto llorar, debió haber brillado la luz de una humildad que Juan jamás había conocido en Pedro. Solamente podemos imaginarnos los sentimientos de Pedro mientras escuchaba, de labios de Juan, todo lo que había sucedido delante de Herodes, en el palacio de Pilato y en la cruz. Aparte de su aflicción, Pedro debió haber sentido una frustración grandísima al darse cuenta de que su Mesías, el Rey, no iba a librar a los judíos ni a gobernarlos como él había esperado. No sabiendo qué hacer, los dos probablemente se resolvieron a visitar el lugar donde yacía su Maestro y, entonces, volver a su ocupación anterior de pescadores.
En el sepulcro
Pero había una persona cuyo amor y adoración la llevó a la tumba aun antes que a los apóstoles. María Magdalena, “siendo aún oscuro”, se acercó al lugar donde ella creía que su Señor yacía muerto. Pero en lugar de ver el cuerpo de su Señor en la fría y oscura sepultura, donde no existía sino la tristeza y la congoja, se encontró con una tumba vacía. Alarmada, corrió a buscar a Pedro y a Juan, y entre sollozos exclamó:
“Han llevado al Señor del sepulcro. Y salió Pedro, y el otro discípulo, y vinieron al sepulcro.” (Juan 20:2-3)
Echaron a correr juntos, pero Pedro, fatigado por su pesar, se quedó atrás de Juan, el apóstol más joven, que llegó primero al lugar. “Y bajándose a mirar, vio los lienzos echados; mas no entró.” (v. 5)
Sin embargo, Pedro no se conformó con solo mirar y, tan pronto como llegó, “entró en el sepulcro”. Juan lo siguió. Vieron el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús, “envuelto en lugar aparte”; también los lienzos habían sido doblados cuidadosamente y puestos a un lado. Decidieron que, si hubiesen sido ladrones, no se habrían ocupado de hacer aquello, de modo que desecharon la suposición de María, de que habían robado el cuerpo del Señor. Pero “aún no sabían la Escritura, que era necesario que Él resucitase de los muertos.” (v. 9)
Llenos de asombro y perplejidad, “volvieron los discípulos a los suyos”, pero María se quedó cerca del sepulcro; y como recompensa a su fidelidad y devoción, tuvo el privilegio de ser la primera persona en el mundo en ver al Redentor resucitado.
Pedro ve a su Señor
También a otras mujeres que habían ido esa mañana al sepulcro, para hacer lo que ellas creían un último y pequeño favor, les fue permitido ver al Señor. Ese mismo día, más tarde, parece que se le apareció a Pedro; pero dónde, en qué circunstancias o qué se dijo, no lo sabemos. De una cosa estamos seguros: que el alma arrepentida de Pedro debió haberse llenado de gozo al recibir el divino perdón de su Señor.
Los discípulos de Emaús
Esa tarde, estando los once juntos en una sala, conversando de los acontecimientos del día —y particularmente de la aparición del Señor a Pedro— llegaron dos discípulos de Emaús. No bien hubieron entrado donde estaban los once, cuando oyeron la alegre nueva: “Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón.” Los dos discípulos lo creyeron, porque ellos mismos traían las nuevas de lo que les había acontecido en el camino mientras volvían de Jerusalén, y de cómo Jesús los había acompañado.
Jesús aparece a los Once
Mientras estaban reunidos, Jesús “se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros”. Es imposible describir con palabras una escena tan conmovedora como esta, y los evangelistas que la relatan no hacen sino presentar el hecho, y dejan que nosotros nos imaginemos los pensamientos y sentimientos que reinaron en esa gloriosa ocasión. Podemos decir que debieron haber sentido lo que sintió el profeta José cuando vio al Salvador:
“¡Oh, qué gozo en su pecho!
Porque vio al Dios de Luz.”
Varios días después de este acontecimiento, Pedro y algunos otros discípulos se hallaban en el mar de Galilea pescando. Estaban allí en Galilea, aparentemente esperando la prometida visita del Señor. Una tarde, tal vez cansado de esperar, Pedro dijo a los otros:
“A pescar voy”. Dícenle: “Vamos nosotros también contigo”. (Juan 21:3)
Inmediatamente subieron al barco y echaron sus redes. Toda la noche trabajaron sin pescar nada, tal como había sucedido a algunos de ellos en una ocasión memorable varios meses antes.
La red llena de peces
Al amanecer, vieron a un hombre que estaba en la ribera, pero desde aquella distancia no podían saber quién era. De repente, les habló:
“Mozos, ¿tenéis algo de comer?”
Le respondieron: “No”.
“Echad la red a la mano derecha del barco y hallaréis.”
Lo hicieron, y la red se llenó tanto de peces que no la podían sacar. Juan, cuyos ojos estaban más despejados por el amor que llenaba su corazón, se volvió hacia Pedro y le dijo:
“¡Es el Señor!”
Inmediatamente Pedro entendió que Juan había dicho la verdad. Impulsivo como siempre, se ciñó la ropa, se echó al mar y llegó hasta los pies de su Maestro. Los demás llegaron en el pequeño barco, arrastrando la red llena de peces.
Cuando llegaron, Jesús ya tenía un fuego encendido, y sobre las brasas estaba un pez cociéndose. Después de saludarlos, Jesús les dijo:
“Traed de los peces que cogisteis ahora.”
Pedro ayudó a traer la red a tierra. Mientras se estaban asando los peces, los discípulos contaron los que habían pescado y hallaron que eran “ciento cincuenta y tres; y siendo tantos, la red no se rompió.”
Pedro es nombrado pastor del redil de Cristo
Jesús les había mostrado dónde estaban los peces, había preparado el fuego para cocerlos, y ahora “toma el pan y les da; y asimismo del pez”. No cabe duda de que estas pequeñas cosas sirvieron para inculcar en ellos la verdad de que, si buscaban “primeramente el reino de Dios y su justicia, todas estas cosas serían añadidas”. Sea como fuere, la lección que se enseñó a los apóstoles en esta ocasión fue esta:
Los discípulos no debían dedicar su tiempo a buscar las cosas que perecen, sino a buscar las almas que perduran por toda la eternidad. Muchos habían sido llamados al redil de Cristo, y el Pastor estaba a punto de dejarlos. En adelante, Pedro y sus compañeros habían de velar por el rebaño.
Luego que hubieron desayunado, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que a éstos?”
Dícele: “Apacienta mis ovejas”.
Es decir, cuida de los pequeñitos de mi Iglesia. No dejes que se desvíen por senderos que los conduzcan al pecado y la aflicción.
Vuélvele a decir la segunda vez:
“Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”
Respóndele: “Sí, Señor; tú sabes que te amo.”
Dícele la tercera vez:
“Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”
Entristeciéndose Pedro de que le dijese la tercera vez “¿me amas?”, le dijo:
“Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo.”
Dícele Jesús: “Apacienta mis ovejas.”
Primero el deber
Entonces el Salvador aconsejó a Pedro que no siempre se dejara llevar por sus propias inclinaciones y naturaleza impulsiva, sino que siempre atendiera a sus deberes como pastor del redil. Cuando Pedro era joven y no tenía el conocimiento ni la responsabilidad que ahora tenía, podía irse a pasear, pescar, ganar dinero, estudiar o hacer lo que se le antojara. Pero ahora debía cumplir con sus deberes en el reino de Dios, a pesar de lo que él personalmente deseara. Aunque el cumplimiento de sus deberes lo llevara a la cruz, el Salvador le dijo: “Sígueme.”
Mientras conversaban Jesús y Pedro, iban un poco más adelante de los demás. Pedro se volvió y vio a Juan, que los seguía de cerca.
“Señor” —dice Pedro— “¿qué va a ser de Juan?”
“Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú.”
Como si le hubiera dicho: Tú cumple fielmente con tus deberes, Pedro; enseña a otros a hacer lo mismo, y todo saldrá bien. (Juan 21:1–22)
Estas fueron las últimas palabras del Señor a Pedro que los evangelistas han anotado; pero, por supuesto, él estuvo presente cuando el Salvador dio la última comisión a los Doce. (Marcos 16:16)
Desde ese día, Pedro se entregó constantemente a la obra del ministerio con valor e intrepidez.
























