Los Antiguos Apóstoles


6
El Testimonio de Pedro


En Tiro y Sidón

Poco después de que la gente de Capernaum rechazó al Salvador, como se refirió en la lección anterior, Jesús llevó a sus apóstoles al otro lado de Galilea, a la tierra de Tiro y Sidón, cerca del mar Mediterráneo. Deseaba estar con los Doce para poder enseñarles muchas cosas relacionadas con el reino de Dios y así prepararlos a fin de que pudieran continuar la obra cuando Él ya no estuviera con ellos.

Acontecieron muchas cosas en este viaje que deben haber quedado grabadas profundamente en el corazón de Pedro y los otros once. En primer lugar, la mujer gentil que fue a Jesús para rogarle que sanara a su hija.

La mujer sirofenicia

Como no era de la raza judía, los discípulos le dijeron: Despáchala, pues da voces tras nosotros. (Mateo 15:23)

Por supuesto, entonces creían —y continuaron creyendo por algún tiempo— que el Evangelio era solamente para los judíos. Pero Jesús les enseñó que amaba a aquella mujer igual que a los judíos. Sin embargo, Pedro no lo comprendió por completo.

Otros milagros

De la costa de Tiro y Sidón viajaron alrededor de Galilea hasta llegar a la playa oriental del mismo mar. Allí los discípulos presenciaron otras manifestaciones del poder de Jesús. A un hombre sordo, que no podía hablar claramente, le fueron restauradas estas facultades en su perfección. Y cuando la gente supo aquello, siguieron a Jesús y a los Doce a un “lugar desierto”.

De nuevo, Pedro vio cómo se alimentaba a una multitud, esta vez con siete panes y unos cuantos pececillos.

Parecería que, después de estos meses de estar con el Salvador —oyendo sus parábolas, viendo sus milagros, sintiendo su espíritu y recibiendo diariamente sus enseñanzas— los discípulos deberían entender bien la misión del Redentor.

Pero leemos que, después de dar de comer a estos “cuatro mil hombres, sin contar a las mujeres y niños”, los discípulos entraron con Jesús en un barco y llegaron al otro lado del lago. Allí encontraron a unos fariseos y saduceos que empezaron a contender con Jesús. Cuando Él y los Doce quedaron solos otra vez, los amonestó diciendo:
—Mirad, y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.

Nosotros sabemos lo que Jesús quiso darles a entender con estas palabras; pero las Escrituras dicen que los discípulos “pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no tomamos pan”. Viendo Jesús que no le entendían, les dijo:

—¿Cómo es que no entendéis que no por el pan os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?

“Entonces entendieron que no les había dicho que se guardasen de la levadura de pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos.” (Mateo 16:1–12)

Indudablemente, había entre ellos algunos cuyos testimonios se estaban volviendo fuertes y constantes. Como quiera que sea, leemos que unos cuantos días después, el apóstol principal expresó, en palabras que no pueden ser mal entendidas, su convicción segura de que Cristo era en verdad el Hijo del Dios viviente.

El testimonio memorable de Pedro

Habían viajado hacia el norte, hasta llegar a Cesarea de Filipo, al pie del monte Hermón. Estando allí, un día Jesús preguntó a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Y ellos dijeron:
—Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.

—Y vosotros, ¿quién decís que soy?

Respondió Simón Pedro, diciendo:
—Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

En estas palabras ya no hay vacilación, no hay temor ni incertidumbre; nada de “creemos y conocemos”, sino la expresión cierta y directa de un alma convencida de la verdad:
—Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás —le respondió Jesús—, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. (Mateo 16:13–20)

Al fin, Jesús descubre en Pedro la firmeza que por muchos meses ha tratado de desarrollar en él. Ahora sabe que el espíritu de Pedro ha recibido la confirmación divina de que todos estos milagros y grandes manifestaciones se han efectuado mediante el poder de Dios por medio de Su Hijo Unigénito. Sabe que el testimonio de Pedro no viene de los hombres, sino de Dios; y, no obstante lo que pensaren o hicieren los hombres, Pedro permanecerá firme como una piedra en cuanto a este testimonio.

La Iglesia de Cristo se funda en la revelación

“Te digo que tú eres Pedro —añadió Jesús— y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” (Mateo 16:18)

Con esto quiso decir que, así como Pedro —el nuevo nombre de Simón— significaba “piedra”, de igual manera ese testimonio que viene por revelación ha de ser la piedra sobre la cual se edificará la Iglesia de Cristo. Cuando uno recibe dentro de su alma esta seguridad divina de que el Evangelio es verdadero, ni las opiniones de los hombres, ni las olas de tentación, ni “las puertas del infierno” pueden arrancársela.

Recordemos que la primera vez que Jesús vio a Simón, le dijo que sería llamado “Cefas”, la piedra. Parece que desde esa ocasión Jesús había estado preparando el momento en que el testimonio de Pedro llegaría a ser expresivo y fuerte, así como su carácter. Ese momento había llegado, y Pedro estaba ahora listo para recibir una responsabilidad mayor.

Las llaves del reino

“Y a ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19)

Una de las llaves era para abrir la puerta del Evangelio a los gentiles, pero Pedro tardó algún tiempo en aprender a usarla.

Una cosa es saber que el Evangelio es verdadero, y otra cosa enteramente distinta es comprender su propósito y significado.

Desde entonces, Jesús comenzó a decir a los apóstoles que Él tendría que padecer y morir, y que ellos deberían continuar la predicación del Evangelio. Les declaró que en unos cuantos meses los sacerdotes lo tomarían y lo matarían, pero que resucitaría al tercer día.

Celo mal orientado

Cuando Pedro oyó esto, tomó aparte al Salvador y, creyendo que Jesús aún sería Rey algún día, le dijo:
—Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. (Mateo 16:22)

Como si le dijese:
“No te tomarán preso, si podemos impedirlo.”
¡Buen Pedro, tan valiente, pero tan falto de conocimiento! ¿No comprendes que es necesario que el Señor muera para que se cumpla Su misión de redención? ¿Quieres impedir, cegado por tu amor, que el Maestro cumpla con Su obra?

Entendiendo esto, el Salvador se volvió y dijo a Pedro:

“¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres.” (Mateo 16:23)

Fue una reprensión severa, y debió haberle enseñado a Pedro que su plan no iba de acuerdo con el plan de Dios; y, sin duda, comprendió que todavía le faltaba mucho por aprender para poder cumplir con la gran responsabilidad que el Señor le confirió ese día.

En su celo por salvar a Jesús de la muerte, cometió un error, aunque motivado por el amor.

Como quiera que haya sido, sabemos que Jesús quedó complacido con el testimonio de Pedro y con su amor; y con paciencia esperaba que, en la mente de su discípulo, se desarrollara el entendimiento del plan del Evangelio.

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