Los Antiguos Apóstoles


33
Experiencias
Conmovedoras en Jerusalén


En la inmensa masa de iniquidad que va rodando y ensanchándose, siempre hay algún bien que obra hacia el rescate y el triunfo.

En la cabecera de la Iglesia

En Jerusalén, Pablo y sus compañeros se reunieron con la Iglesia, y sin duda entregaron el dinero que habían recogido de las iglesias gentiles para el bien de los pobres en Judea.

Siguiendo el consejo de Jacobo, hermano del Salvador, quien presidía la Iglesia en Jerusalén, Pablo se hizo rasurar la cabeza y cumplió con otras formalidades judías, para mostrar que deseaba observar las leyes judaicas.

Acusado falsamente

Después de haber estado en Jerusalén una semana, fue al templo para adorar. También se hallaban en el templo algunos hombres que lo habían visto en Asia con los gentiles. Creyendo que había llevado al templo a algunos de estos gentiles, alborotaron al pueblo y, echando mano a Pablo, gritaron:

“Varones israelitas, ayudad: Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido gentiles en el templo y ha contaminado este lugar santo.” (Hechos 21:28)

Por supuesto, no era cierto, pero sirvió para agitar a la multitud. Hicieron salir a Pablo del templo a golpes y cerraron las puertas. Llenos de ira, estaban a punto de matarlo, y lo habrían hecho si no hubiese intervenido un oficial romano.

En un castillo al norte del templo se hallaba acuartelada una tropa de soldados bajo el mando de un oficial conocido como “el tribuno”.

Rescatado de la muerte

Cuando alguien dio aviso al tribuno, cuyo nombre era Claudio Lisias, de que había un tumulto en el patio del templo, mandó llamar a los soldados, los cuales llegaron precisamente cuando el pueblo empezaba a herir a Pablo y a aplastarlo bajo sus pies. Los soldados lo rescataron, pero el capitán, pensando que era algún criminal, ordenó que fuese encadenado.

—¿Quién es, y qué ha hecho? —preguntó Claudio a los judíos iracundos.

Algunos gritaban una cosa, y otros, otra. Había tanta confusión que el tribuno no pudo entender nada de lo que se decía. Entonces mandó a los soldados que llevaran a Pablo a la fortaleza.

En las gradas de la fortaleza

Mientras los soldados llevaban a Pablo, la chusma —que parecía un montón de lobos tras su presa— gritaba:
—¡Mátale!

Cuando estaban por subir las gradas de la fortaleza, Pablo, hablando en griego, dijo al tribuno:
—¿Me será lícito decirte algo?

Y él respondió:
—¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel egipcio que levantó una sedición antes de estos días y sacó al desierto a cuatro mil hombres salteadores?

Entonces Pablo dijo:
—Yo de cierto soy judío, ciudadano de Tarso, ciudad no insignificante de Cilicia. Te ruego que me permitas hablar al pueblo.

Esperando saber algo acerca de la causa del alboroto, el tribuno le permitió hablar. Pablo se volvió al pueblo e hizo señal con la mano para que guardaran silencio.
“Y hecho grande silencio, habló en lengua hebrea… y cuando oyeron que les hablaba en lengua hebrea, guardaron aún más silencio.” (Hechos 21:40; 22:2)

Los judíos lo escucharon atentamente hasta que mencionó la palabra gentiles.
“Y le oyeron hasta esta palabra; entonces alzaron la voz diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva.” (Hechos 22:22)

En su enojo, se quitaron sus túnicas y arrojaron polvo al aire como señal de odio.

Se ordena que sea azotado

Sin saber aún qué había hecho Pablo, el tribuno ordenó que lo llevaran a la fortaleza y que lo azotasen hasta que dijera por qué los judíos gritaban contra él. Mientras lo ataban para azotarlo, Pablo dijo al centurión:

—¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado?

Al oír esto, el centurión fue y dio aviso al tribuno, diciendo:
—¿Qué vas a hacer? Este hombre es romano.

Entonces el tribuno vino y le preguntó:
—Dime, ¿eres tú romano?
Y Pablo respondió:
—Sí.

El tribuno replicó:
—Yo obtuve esta ciudadanía con gran suma de dinero.
Y Pablo dijo:
—Pero yo lo soy de nacimiento. (Hechos 22:25–28)

Cuando se enteraron de esto, los que iban a azotarlo se alejaron rápidamente, y el tribuno también se turbó, porque sabía que no tenía derecho de encadenar a un ciudadano romano que no había sido juzgado imparcialmente.

Pablo es abofeteado

A la mañana siguiente, llevaron a Pablo ante el sumo sacerdote Ananías y ante el concilio.
“Entonces Pablo, poniendo los ojos en el concilio, dijo:
‘Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy’.” (Hechos 23:1)

Al oír esto, Ananías se enojó tanto que ordenó a los que estaban junto a Pablo “que le hiriesen en la boca”.

Entonces Pablo le dijo:
—¡Dios te herirá, pared blanqueada! ¿Y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas golpear?

Los que estaban cerca de Pablo le dijeron:
—¿Al sumo sacerdote de Dios maldices?

Entonces Pablo, dominando sus emociones, contestó:
—No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: ‘Al príncipe de tu pueblo no maldecirás.’ (vers. 2–5)

Pablo vio entonces que en el concilio había dos partidos: unos eran fariseos y otros saduceos. Así que, hablando prudentemente sobre la resurrección, se ganó el apoyo de los fariseos, quienes dijeron:
—Ningún mal hallamos en este hombre; que si espíritu o ángel le ha hablado, no resistamos a Dios.

Esto irritó a los saduceos, por lo que ambas partes comenzaron a contender. El alboroto llegó a tal extremo, que el capitán, temiendo que despedazaran a Pablo, ordenó que lo llevaran al castillo.

Consuelo divino

La noche siguiente, mientras Pablo aún estaba en la fortaleza, el Señor se le apareció y le dijo:
“Confía, Pablo; que como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.” (vers. 11)

Conspiración para asesinarlo

A la mañana siguiente, más de cuarenta de esos judíos, llenos de ira, se juntaron e hicieron voto entre sí, jurando que “ni comerían ni beberían hasta que hubiesen matado a Pablo.”

Para llevar a cabo su plan, dijeron a los príncipes de los sacerdotes:
—Nosotros hemos hecho voto bajo maldición de no probar alimento hasta que hayamos matado a Pablo. Ahora, pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que lo saque mañana ante vosotros, como si quisierais inquirir algo más cierto sobre él; y nosotros, antes que llegue, estaremos listos para matarlo. (vers. 12–15)

Pero esta conspiración fue revelada a Pablo por un hijo de su hermana, quien corrió a avisarle a su tío. Después de escuchar a su sobrino, Pablo llamó a uno de los centuriones y dijo:

—Lleva a este joven al tribuno, porque tiene cierto aviso que darle.

Entonces el centurión, tomándolo, lo llevó al tribuno y dijo:
—El preso Pablo me llamó y me rogó que trajese a ti a este joven, que tiene algo que hablarte.

El tribuno, tomándolo de la mano y retirándose aparte, le preguntó:
—¿Qué es lo que tienes que decirme?

Y él respondió:
—Los judíos han concertado rogarte que mañana saques a Pablo ante el concilio, como si fueran a inquirir algo más cierto sobre él. Pero no les creas, porque más de cuarenta hombres le acechan. Han hecho voto bajo maldición de no comer ni beber hasta que lo hayan matado. Ahora están listos, esperando tu promesa. (vers. 16–21)

El tribuno creyó al joven y le mandó que “a nadie dijese que le había dado aviso de esto.” Luego llamó a dos centuriones y les ordenó:

—Preparad para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros; y aparejad cabalgaduras para que, poniendo a Pablo en una de ellas, lo lleven a salvo a Félix, el gobernador. (vers. 22–24)

Claudio Lisias entonces escribió una carta a Félix, en la que explicaba brevemente por qué le enviaba a Pablo. También dio aviso a los acusadores para que comparecieran ante el gobernador y le presentaran sus quejas.

En Cesarea

Cuando Pablo llegó ante Félix, este le preguntó de qué provincia era. Al saber que era de Cilicia, le dijo:
“Te oiré cuando vengan tus acusadores.” (Hechos 23:34)

Pablo estuvo esperando en el pretorio de Herodes hasta que llegó el día de su juicio, cinco días después.

Vemos que, en un corto período de pocos días, la vida de Pablo había sido preservada dos veces de quienes querían matarlo. Dios le había hablado, diciendo:
“Confía, Pablo.”

Aunque aún se hallaba preso, sentía paz en su alma, porque sabía que había obrado siempre con rectitud y que Dios aceptaba sus obras.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario