Los Antiguos Apóstoles


3
Un Periodo de Preparación


Opiniones de Pedro respecto del Mesías

Desde el momento en que Pedro conoció a Jesús, cambiaron sus ideas sobre la vida. Hasta entonces, había creído que la venida del Rey de los judíos sería un acontecimiento que se verificaría en un tiempo lejano. Como los otros judíos, había creído que la venida del Salvador estaría acompañada de maravillosas manifestaciones, y que, vestido de púrpura y rodeado de muchos ángeles, vendría con gran poder, y con una sola expresión divina de su ira sería deshecho el yugo romano que oprimía a la nación judía.

Pero ahora, Pedro había conocido al Mesías: un hombre solitario que halló a la orilla del Jordán. Apenas cinco personas sabían que se anunciaba como el Mesías. No lo acompañaban huestes celestiales. No estaba vestido de púrpura. No tenía a la mano ningún medio visible para deshacer el yugo romano. ¿Era en verdad el Mesías que habría de venir, o debería Pedro esperar a otro?

La influencia de Jesús sobre Pedro

Estas preguntas, y muchas otras, deben haber perturbado a Pedro cuando volvió del desierto del Jordán para trabajar nuevamente como pescador en Galilea. Parece que Andrés y Juan recibieron un testimonio de la divinidad de la misión de Jesús en esa memorable visita; y así testificaron a sus hermanos cuando, llenos de gozo, exclamaron: “Hemos hallado al Mesías.”

Pero Pedro, el impetuoso; Pedro, que —como más tarde veremos— era franco por naturaleza, aún no había expresado esa convicción. Sin embargo, quedó muy impresionado. Pues, ¿no había acertado Jesús al apreciar su carácter con tan solo verlo? ¿No había penetrado su naturaleza más íntima? ¿Y no había emanado de Él un espíritu que había envuelto a Pedro tan completamente, que este no quería apartarse de su influencia?

La casa de Pedro

En la época de la que tratamos, Pedro era ya un hombre casado, y quizá padre de un niño. Había salido de su antigua casa en Betsaida y vivía con la madre de su esposa —o ella con él— en Capernaum. Con él también se hallaban Andrés y sus dos compañeros y amigos fieles, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo.

La casa de Pedro llegó a ser la más distinguida en toda Capernaum, y más tarde, uno de los sitios más memorables de todo el mundo. Allí, indudablemente, era donde Jesús se quedaba cuando se hallaba en el pueblo. En verdad, después de que Jesús fue desechado por sus propios amigos y vecinos en Nazaret, se trasladó a Capernaum; y se supone que, la mayor parte del tiempo, Pedro tuvo el honor de hospedar en su casa al Salvador del mundo. Podemos imaginarnos cómo debe haber aumentado la confianza de Pedro en Jesús con cada palabra y cada hecho de su divino huésped.

En las playas de Galilea

Una hermosa mañana, varios meses después de los hechos que hemos narrado en la lección anterior, y poco después de haber sido rechazado en Nazaret, Jesús estaba predicando a una multitud en las playas del Mar de Galilea. Pedro y Andrés estaban cerca de allí, secando sus redes después de haber pasado toda la noche en el lago tratando, en vano, de pescar algunos peces.

“Y aconteció que, estando él junto al lago de Genesaret, las gentes se agolpaban sobre él para oír la palabra de Dios.

Y vio dos barcos que estaban cerca de la orilla del lago, y los pescadores, habiendo descendido de ellos, lavaban sus redes.

Y entrando en uno de estos barcos, el cual era de Simón, le rogó que lo desviase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde el barco a las gentes.”
(Lucas 5:1–3)

Pedro obedece por primera vez

Cuando Pedro atendió a la solicitud de Jesús de alejar un poco el barco, fue la primera vez —según lo que se halla escrito— que rindió obediencia a la palabra de Cristo. Pero luego siguió un mandato que, para obedecerlo, tendría que ir contra su propio criterio. Cuando Jesús hubo acabado de hablar al pueblo, se volvió a Pedro, diciéndole:

“Tira a alta mar, y echad vuestras redes para pescar.”

Pedro estaba fatigado y quería descansar. También tenía hambre, y quizá estaba desanimado. Con razón le respondió:

“Maestro, habiendo trabajado toda la noche, nada hemos tomado.”

Fue como si le dijera: “¿Para qué? No hay peces esta mañana en esta parte del lago, ni los ha habido en toda la noche.” Pero Pedro estaba aprendiendo a honrar y obedecer a este Hombre entre los hombres; por tanto, prestamente añadió: “Mas en tu palabra echaré la red.”

Como pescador con muchos años de experiencia, su criterio le decía que sería inútil seguir pescando; pero como discípulo de Jesús, su fe lo impulsó a intentarlo.

“Y habiéndolo hecho, encerraron gran multitud de pescado, que su red se rompía. E hicieron señas a los compañeros que estaban en el otro barco, que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambos barcos, de tal manera que se anegaban.” (Lucas 5:6–7)

Se nos dice, en cuanto a Pedro, que “el temor le había rodeado, y a todos los que estaban con él, por la presa de los peces que habían tomado.” Hablando por los cuatro, así como después hablaría por los doce, el pescador “se derribó de rodillas a Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.”

¿Fue la duda y vacilación expresada momentos antes, cuando Jesús le había dicho que se hiciera a la mar? ¿O fue que se dio cuenta de las muchas dudas semejantes que aún albergaba respecto de la divinidad de Cristo, lo que ahora lo dominó por completo y le hizo sentir su propia inferioridad y debilidad ante la presencia de este gran Hombre?

Después de ser despreciado por los de su propio pueblo en Nazaret, Jesús “descendió a Capernaum, ciudad de Galilea. Y los enseñaba en los sábados.”

Jesús enseña en la sinagoga

La última parte de los servicios en las sinagogas, en aquellos días, consistía en explicar las Escrituras y predicar al pueblo. No siempre lo hacían los ministros o rabinos, sino alguna persona notable que estuviera en la congregación. Por supuesto, ya para entonces Jesús era conocido en todas partes como un gran Maestro, un obrador de milagros y un hábil intérprete de la ley. “Y se maravillaban de su doctrina, porque su palabra era con potestad.”

Jesús reprende a un espíritu malo

Un sábado en particular, mientras Jesús predicaba, Pedro y todos los presentes se sorprendieron al ver que un hombre, repentinamente, se levantó e interrumpió los servicios, gritando en alta voz:

“¡Déjanos! ¿Qué tenemos contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Yo te conozco quién eres: el Santo de Dios.”

Ante la conmoción, aquel hombre —poseído por un espíritu inmundo— cayó rendido. Todos los de la congregación quedaron maravillados al ver a Jesús reprender al espíritu maligno, diciéndole:

“¡Enmudece, y sal de él!”

“Entonces el demonio, derribándole en medio, salió de él, y no le hizo daño alguno. Y hubo espanto en todos, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y potencia manda a los espíritus inmundos, y salen?” (Lucas 4:31–36)

Curación de la suegra de Pedro

Al terminar el servicio, Jesús acompañó a Pedro a su casa. Con ellos iban Andrés, Santiago y Juan. Pedro, Andrés, Santiago y Juan —estos cuatro que habían jugado juntos en su niñez, que trabajaban juntos como pescadores, que como compañeros se habían hecho discípulos de Juan el Bautista— los vemos ahora casi inseparables en los vínculos amorosos de la hermandad de Cristo.

Al entrar en la casa, vieron que la suegra de Simón estaba muy enferma, con una fiebre muy alta. Indudablemente fue Pedro quien comunicó a Jesús la condición de su suegra y le rogó, directa o indirectamente, que la bendijera. Jesús, “inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la fiebre la dejó; y ella, levantándose luego, les servía.”

Bien podemos imaginar que todo el pueblo estaba hablando de cómo, dentro de la sinagoga, Jesús había librado a aquel hombre del espíritu malo que lo atormentaba, y cómo, momentos después del servicio, había sanado en el acto a una mujer enferma de fiebre. Las nuevas volaron de casa en casa y de grupo en grupo, hasta que “la fama de él se divulgaba de todas partes, por todos los lugares de la comarca.”

Muchos son sanados

Toda esa tarde, la casa de Pedro y las calles contiguas estuvieron llenas de gente. Algunos estaban allí por curiosidad, pero la mayor parte iba en busca de una bendición. Los poseídos de espíritus malos eran llevados ante Jesús, y los curaba. Los que se hallaban atormentados por la fiebre, los que estaban afligidos por cualquier género de enfermedades: todos venían o eran traídos a este gran Médico, el cual, “poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba.”

Durante la tarde y en la noche

Se puso el sol, siguió el crepúsculo y, tras él, las sombras de la noche; pero aún seguían viniendo los enfermos y afligidos en busca de la bendición de salud que solamente Cristo, el Señor, podía darles. Un escritor ha dicho de Él:

“En ninguna otra ocasión manifestó más verdaderamente que era el Cristo que en aquella tranquila noche, cuando recibió a la multitud de dolientes y puso sus manos sobre cada uno de ellos para darles la bendición de salud.”

Indudablemente, ya era muy de noche cuando Jesús, por fin, pudo descansar. Y aun después de haberse ido la gente, Pedro y los de su casa desearían hablar con su invitado acerca de los grandes milagros de ese día. Sin embargo, todos se acostaron con el recuerdo de aquel memorable sábado indeleblemente grabado en sus mentes.

“Todos te buscan”

Sin embargo, antes que amaneciera, Jesús se levantó silenciosamente, y saliendo al aire fresco de la mañana, buscó un lugar quieto y solitario para orar.

Pedro debió haber quedado sorprendido cuando, al ir a darle los buenos días a Jesús, encontró el cuarto vacío. Tal vez él sabía adónde había ido Jesús, porque leemos que “le siguió Simón, y los que estaban con él; y hallándole, le dicen:

‘Todos te buscan.’“

¡Qué gloriosa será la condición de este mundo cuando, en verdad, se le pueda decir a Cristo: “Todos te buscan”!

El egoísmo, la envidia, el odio, las mentiras, los robos, los fraudes, la desobediencia a los padres, la crueldad hacia los niños y los animales, las riñas entre vecinos y las contiendas entre naciones, dejarán de existir cuando, sinceramente, se le pueda decir al Redentor del género humano: “Todos te buscan.”

En los alrededores de Galilea

Parece que Jesús y sus amigos salieron de Capernaum ese día y predicaron “en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera a los demonios.” Dondequiera que iban, los enfermos eran sanados y los leprosos eran limpiados.

Algunos días después, volvieron a Capernaum. No bien se dieron cuenta de que Jesús estaba en la casa —indudablemente la de Pedro— cuando “luego se juntaron a Él muchos, que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.”

El paralítico

Fue en esta ocasión que llegaron cuatro hombres con un paralítico. Este hombre iba tendido en su lecho, el cual era llevado por estos amigos suyos. Viendo que era imposible llegar a la puerta de la casa por causa de la multitud, subieron al techo. Hicieron una abertura y “bajaron el lecho en que yacía el paralítico.”

“Y viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.”

“Entonces él se levantó luego, y tomando su lecho, se salió delante de todos, de manera que todos se asombraron y glorificaron a Dios, diciendo:
‘Nunca tal hemos visto.’“

Jesús dio todas estas gloriosas manifestaciones de poder divino —e indudablemente muchas otras más— aun antes de escoger a sus doce apóstoles.

Crece la fe de Pedro

Como estamos viendo, Pedro fue testigo de todo aquello. Si acaso había dudado meses antes, cuando su hermano Andrés le comunicó: “Hemos hallado al Mesías”, ya para ahora esa duda había desaparecido por completo. Y nos es fácil entender por qué, cuando Jesús le dijo: “Desde ahora pescarás hombres”, Pedro y sus amigos, “dejándolo todo, le siguieron.”

Pero, no obstante todos estos acontecimientos, la fe de Simón aún no había llegado a ser la piedra que Jesús quería que fuese.

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