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El Tercer Viaje
Misional de Pablo
“Ni nadie toma para sí la honra, sino el que es llamado de Dios, como lo fue Aarón.”
Cuando Pablo se detuvo en Éfeso, rumbo a Jerusalén, los judíos a quienes predicó le rogaron que “se quedase con ellos por más tiempo.” No pudiendo hacerlo, les prometió:
—Otra vez volveré a vosotros, queriendo Dios.
Esta promesa, como veremos más adelante, la cumplió literalmente.
No sabemos si Pablo llegó a Jerusalén a tiempo para asistir a la celebración de la Pascua. En verdad, casi creemos que no, porque todo lo que sabemos de esa visita es que “después de saludar a la iglesia, descendió a Antioquía.”
Empieza su tercer viaje
Después de pasar algún tiempo con la rama más importante de la Iglesia en Antioquía, Pablo emprendió su tercera jornada misionera.
Nos es difícil determinar la ruta precisa que siguió, pero en vista de que Lucas nos dice que recorrió “por orden la provincia de Galacia y la Frigia”, se puede deducir que visitó su antiguo hogar en Tarso, así como también las ciudades de Derbe, Listra, Iconio y posiblemente Antioquía de Pisidia.
Los buenos hermanos en Galacia posiblemente también tuvieron el placer de volver a ver al apóstol, quien les había predicado el evangelio primeramente, y a quien ellos habían socorrido tan bondadosamente en su aflicción.
Tampoco sabemos con certeza quiénes fueron sus compañeros. Timoteo, sin duda, lo acompañó durante todo este viaje.
Apolos
Mientras Pablo y Timoteo visitaban las iglesias de Galacia y Frigia, vayamos adelante de ellos a Éfeso, porque allí había un hombre que debemos conocer. Se llamaba Apolos y era de Alejandría. Fue, sin duda, uno de los más grandes predicadores del evangelio en aquellos días.
Pero cuando llegó por primera vez a Éfeso, había sido enseñado solamente en el bautismo de Juan. Había aceptado el mensaje de Juan el Bautista, pero no había oído el evangelio como lo habían enseñado Jesús y sus discípulos. Parecía no saber nada acerca de la misión del Espíritu Santo.
Lo acompañaban otros doce hombres que tenían la misma creencia incompleta. Creyendo que tenían la verdad, estos hombres fueron a la misma sinagoga en la cual Pablo había estado predicando. Apolos habló a la gente. En la congregación se hallaban Aquila y Priscila. Estos buenos cristianos vieron desde luego que Apolos no entendía plenamente el evangelio; así que lo invitaron a su casa y “le declararon más particularmente el camino de Dios”.
Poco después de esto, Apolos salió de Éfeso rumbo a Corinto, llevando consigo una carta de recomendación de los santos de Éfeso.
Se confiere el Espíritu Santo
Así pues, cuando Pablo llegó a Éfeso, encontró a los doce hombres que habían aprendido el evangelio tal como Apolos lo había conocido. Cuando le dijeron a Pablo que creían en el evangelio, él les preguntó:
—¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?
Y ellos le dijeron:
—Antes ni aun hemos oído si hay Espíritu Santo.
Entonces dijo:
—¿En qué, pues, fuisteis bautizados?
Y ellos dijeron:
—En el bautismo de Juan.
Y dijo Pablo:
—Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, esto es, en Jesús el Cristo. (Hechos 19:1-4)
Entonces fueron bautizados por la autoridad debida, en el nombre del Señor Jesucristo. “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas y profetizaban” (vers. 6).
Por tres meses Pablo estuvo predicando en la sinagoga, “disputando y persuadiendo acerca del reino de Dios”. Durante todo ese tiempo estuvo trabajando en su oficio, manteniéndose con sus propias manos. Todos los días la Iglesia aumentaba en fuerza, y diariamente crecía la oposición de los enemigos, hasta que por fin Pablo dejó de ir a la sinagoga para celebrar sus reuniones en una escuela, donde enseñaba un hombre llamado Tiranno.
Dos años en Éfeso
En este lugar Pablo ejerció su ministerio durante dos años, período de su vida que se vio señalado por maravillosas manifestaciones del Señor. Los enfermos sanaban por el poder de la fe, de una manera realmente maravillosa. Algunas veces, cuando Pablo no podía visitar personalmente a la persona enferma, esta sanaba simplemente al tocar un pañuelo o delantal que el apóstol había llevado puesto. “Y era ensalzado el nombre del Señor Jesús”.
Los hijos de Esceva
Entre los que presenciaron estos milagros se hallaban algunos judíos vagabundos que se ganaban la vida engañando al pueblo con artes de magia. Cuando vieron que Pablo sanaba a los enfermos en el nombre de Jesús, pensaron que ellos también podrían hacer lo mismo y así ganar mucho dinero.
De modo que un día, estos siete hombres, que eran hijos de Esceva, encontraron a un hombre que tenía un espíritu malo y le dijeron:
—Os conjuro por Jesús, el que Pablo predica.
“Y respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; mas vosotros, ¿quiénes sois?
“Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos y enseñoreándose de ellos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.” (Hechos 19:13–16)
El castigo que estos siete hombres recibieron por su hipocresía pronto se supo en toda la ciudad. Muchos de los que practicaban artes mágicas, como lo habían hecho los hijos de Esceva, trajeron todos sus libros e hicieron una hoguera con ellos. Pablo vio arder aquel día libros y papeles cuyo valor se estimó en cerca de diez mil dólares.
Fiesta anual
Cada año, en la ciudad de Éfeso, se efectuaba en el mes de mayo una gran fiesta en honor de la diosa Diana. De todas partes de Asia llegaban hombres ricos y pagaban grandes cantidades de dinero para entretener al pueblo. Las diversiones eran de diferentes clases:
“En los teatros había conciertos y dramas; en los hipódromos, carreras de caballos; en los estadios, juegos gimnásticos, tales como carreras, saltos y luchas. Había escenas clamorosas de día y de noche. A todas horas del día había alegres procesiones que se dirigían al templo, siguiendo el bramido de animales coronados de flores que eran llevados para los sacrificios.
“En todas partes, y a cualquier hora, se podían ver ociosos y borrachos. Las tiendas y los bazares estaban llenos de cosas atractivas en esos días, las cuales compraban los visitantes para llevar a sus casas en otros lugares. Los recuerdos especiales eran figuras en miniatura de la diosa Diana. Los más pobres compraban las de madera; otros, las de plata; y los ricos compraban las de oro.” (Del historiador Weed.)
Pablo, sin embargo, había enseñado a los efesios lo mismo que había dicho a los atenienses: que Dios no era de madera, plata u oro, ni “escultura de artificio o de imaginación de hombres”. Había miles de personas que creían lo que Pablo predicaba y adoraban al Dios verdadero. Por consiguiente, en esta fiesta anual no se habían vendido tantas imágenes de la diosa como en años anteriores.
Demetrio
Demetrio, un platero que hacía templos de la diosa Diana en plata, se enojó muchísimo al ver que su negocio no prosperaba. Llamó a todos los artesanos y les dijo:
“Varones, sabéis que de este oficio tenemos ganancia; y veis y oís que este Pablo, no solamente en Éfeso, sino que ha apartado con persuasión a muchas gentes de casi toda Asia, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos.” (Hechos 19:25–26)
Siguió hablándoles hasta que se alborotaron y empezaron a gritar:
—¡Grande es Diana de los efesios!
La ciudad se llenó de confusión. Se juntó un populacho e intentaron hallar a Pablo. No encontrándolo, arrebataron a Gayo y a Aristarco, dos de los compañeros de Pablo, y los llevaron al teatro.
Pablo fue protegido por sus amigos, quienes no le permitieron ir al teatro, aunque él insistió en hacerlo.
Grande confusión
Un judío llamado Alejandro intentó hablar a la multitud, pero no le prestaron atención y estuvieron gritando por dos horas:
—¡Grande es Diana de los efesios!
Cuando se cansaron de gritar, el escribano del pueblo los apaciguó y les dijo que se fueran a sus casas antes de que los romanos los acusaran de alboroto, “porque hay peligro de que seamos argüidos de sedición por hoy”. También explicó que, si Demetrio tenía algo contra Pablo, para eso estaban los tribunales.
La mitad del populacho, como suele suceder en estos casos, no sabía por qué estaban reunidos. De modo que empezaron a salir del teatro, se fueron desocupando los bancos de piedra, cesó el tumulto y los concurrentes se dispersaron a sus respectivos hogares.
Como Pablo ya había dispuesto los preparativos para irse a Macedonia, llamó a los discípulos y, después de abrazarlos, partió de Éfeso para siempre. Más tarde, sin embargo, como veremos en la próxima lección, tuvo una reunión con algunos de los élderes y santos de Éfeso.
Pablo se despide de las iglesias que había establecido
Durante los siguientes nueve o diez meses, desde el verano del año 57 hasta la primavera del año 58, después de la cariñosa despedida que le dieron sus discípulos en Éfeso, sabemos muy poco sobre sus viajes. Las epístolas que escribió durante este período nos proporcionan la mayor parte de lo que conocemos acerca de sus obras y labores en “aquellas partes” de Macedonia.
Primeramente fue a Troas, donde esperaba ver a Tito, a quien había enviado a Corinto. Allí escribió:
“No tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a Tito mi hermano” (2 Corintios 2:13).
Turbado por las noticias que había recibido con respecto a las malas condiciones de la Iglesia en Corinto, partió de Troas hacia Filipos.
Una bienvenida gozosa
En Filipos encontró a algunos de sus más amados santos; porque los convertidos de esa ciudad, aunque económicamente pobres, eran de los más felices de todas las iglesias. Pablo había aceptado su ayuda, a pesar de haberse negado a recibir ayuda de otras fuentes. Fue una de las ramas que Pablo no reprendió.
¡Qué gozosa bienvenida debieron haber dado estos fieles santos al apóstol! ¡Cuánto debieron haberse regocijado al evocar aquellos tiempos cuando Pablo, Timoteo y Silas predicaron por primera vez el evangelio a las mujeres junto al río! Lidia, el carcelero y un gran número de otros fieles miembros —todos estarían allí para recordar la aprehensión, los azotes, la prisión, las cadenas, los himnos a la medianoche, el terremoto, el temor de las autoridades y todas las demás experiencias maravillosas de aquella primera visita a Filipos.
Pablo entristecido
Mas, en medio de toda esta bienvenida, Pablo dijo:
“No tuve reposo… por no haber hallado a Tito… mas Dios, que consuela a los humildes, nos consoló con la venida de Tito” (2 Corintios 7:6).
Segunda epístola a los corintios
Tito le informó que los miembros de la Iglesia en Corinto que se habían portado mal habían sido excomulgados, y que muchos de los santos estaban obrando mejor. Al oír esto, Pablo escribió otra carta a los mismos (la Segunda Epístola a los Corintios) y la envió con Tito.
Parece que Tito fue uno de los principales encargados de la recolección de las ofrendas para el socorro de los pobres en Judea. Cuando regresó a Corinto, siguió reuniendo fondos para que Pablo pudiera llevarlos a Jerusalén cuando partiera.
Se reprende a los Gálatas
Cuando volvemos a saber de Pablo, lo hallamos en Corinto. Mientras estuvo allí, le llegó la noticia de que los gálatas decían que él no era apóstol, porque Jesús no lo había elegido entre los Doce. De modo que escribió una epístola a los gálatas, en la que dijo:
“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente.”
Entonces los amonesta a no aceptar ningún otro evangelio, y declara:
“Si nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.” (Gálatas 1:6, 8)
También desde allí escribió su epístola a los romanos.
Vuelve sobre sus pasos
Pablo tenía pensado ir a Palestina directamente desde Corinto, pero supo que se estaba tramando una conspiración con el objeto de quitarle la vida. Para evitarlo, regresó por Macedonia. Cuando llegaron de nuevo a Filipos, Timoteo y varios más se adelantaron hacia Troas. Pablo y Lucas se quedaron unos días más, y luego se reunieron con los demás en Troas.
Cuando llegó el domingo, “reunidos los discípulos para partir el pan”, Pablo les predicó su sermón de despedida. Como tenía que partir a la mañana siguiente, lo persuadieron a que predicara hasta la medianoche, y así lo hizo.
La caída de Eutico
La reunión se celebró en un aposento alto, cuyas ventanas fueron abiertas para que la congregación pudiese disfrutar del aire fresco de la tarde. En una de las ventanas se había sentado un joven llamado Eutico, quien escuchaba el sermón hasta que el sueño lo venció.
Mientras Pablo seguía predicando, Eutico, “tomado de un sueño profundo”, empezó a balancearse hasta que, finalmente, perdió el equilibrio y cayó al patio de abajo. Tal vez fue el grito de una mujer lo que interrumpió el sermón. Los presentes se levantaron y corrieron abajo, pero el joven fue alzado muerto.
Pablo también bajó, y abrazando al joven, dijo: “No os alarméis, pues está vivo.” (Hechos 20:10)
Agradecidos por el restablecimiento del joven, la gente volvió al aposento, donde Pablo continuó predicando hasta que llegó el alba.
Los compañeros de Pablo fueron por barco hasta Assón, pero él prefirió caminar los treinta kilómetros a solas. En Assón abordó la nave y partió hacia Mitilene; de allí a Quíos, y al día siguiente tomaron puerto en Samos y descansaron en Trogilio.
En Mileto
Al día siguiente, Pablo pasó frente a Éfeso, creyendo que no tendría tiempo para visitar a los santos de ese lugar, porque deseaba estar en Jerusalén para el día de Pentecostés. Pero cuando llegó a Mileto, a corta distancia de Éfeso, mandó decir a los élderes de la Iglesia que viniesen a verlo. Gustosamente lo hicieron y escucharon atentamente sus palabras. (Hechos 20:17–35)
“Y como hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas y oró con todos ellos.”
Ese pequeño grupo de cristianos, reunidos en un solitario lugar cerca del mar, nos trae a la mente uno de los cuadros más bellos del mundo; y la despedida fue sumamente impresionante y emotiva.
Una despedida triste
Cuando el apóstol amado estaba por despedirse de ellos,
“hubo un gran lloro de todos; y echándose en el cuello de Pablo, le besaban, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo.”
Parecía que no podían soportar que él los dejara, y fueron con él hasta a bordo de la nave. Con mucha dificultad, sus compañeros consiguieron separarlos.
Algo similar ocurrió en Tiro, donde se quedaron siete días. Mientras Pablo visitaba y consolaba a los santos de ese lugar, le rogaron que no fuese a Jerusalén, porque su vida estaría en peligro. Pero no pudieron persuadir a Pablo.
Cuando llegó el momento de partir, los hombres, “con sus mujeres e hijos”, acompañaron a Pablo “hasta fuera de la ciudad”, y al llegar a la playa, todos se arrodillaron y oraron, y se despidieron los unos de los otros. Entonces Pablo y sus compañeros subieron al barco, y los tristes santos volvieron a sus casas lentamente.
Una profecía en Cesarea
En Cesarea, los misioneros se hospedaron con Felipe el evangelista, uno de los siete diáconos escogidos. Mientras estaban allí, llegó de Jerusalén un profeta llamado Ágabo, que después de saludar a todos, “tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo:
‘Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y lo entregarán en manos de los gentiles.’ (Hechos 21:11)
Al oír esta profecía, Lucas y todos los compañeros de Pablo le rogaron que no fuese a Jerusalén. Pero Pablo contestó:
“¿Qué hacéis llorando y afligiéndome el corazón? Porque yo no solo estoy presto a ser atado, sino aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.”
“Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor.”
Desde Cesarea viajaron en carro hasta Jerusalén, donde los hermanos los recibieron con gran gozo.

























