Los Antiguos Apóstoles


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Ejemplos de la Verdadera
Habilidad para Dirigir


“Las circunstancias forman el carácter; usando exactamente los mismos materiales, un hombre edifica palacios, mientras que otro construye una choza.”

Desde el día de la transfiguración hasta la última semana de la vida del Salvador sobre la tierra, se hallan en las Escrituras pocos casos en los que se mencione a Pedro. Sin embargo, es muy significativo el hecho de que casi en la mayoría de los casos se habla, directa o indirectamente, del desarrollo del carácter de Pedro como director apostólico. Pedro sabe que Jesús es el Cristo que había de venir, pero:
¿tiene la fuerza para defenderlo con hechos, así como con palabras?
¿Tiene suficiente comprensión de los principios divinos del Evangelio para manifestarlos en su propia vida y conversación, así como en todas sus asociaciones con sus semejantes?

Con una probable excepción —el caso del dinero para el tributo, que para Pedro confirmó la divinidad de su Maestro—, todas las lecciones siguientes tuvieron que ver directamente con la fuerza de carácter y los principios de conducta.

La antigua ley del tributo

En aquellos días se imponía un impuesto o tributo sobre todo varón judío mayor de veinte años, para la manutención del templo y sus servicios. Esta ley había estado en vigor entre los hijos de Israel desde los días en que el gran legislador había dicho: “La mitad de un siclo será la ofrenda a Jehová.” (Éxodo 30:13.)

El evangelista Mateo nos dice que “como llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas y dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?”

“Sí”, respondió Pedro enseguida. Pero, al estar hablando con los cobradores de impuestos, Pedro sabía que no tenían dinero en la bolsa y se preguntaba cómo se iba a pagar el impuesto o tributo.

Los hijos del reino son francos

Cuando Pedro entró en la casa, Jesús sabía lo que le iba a decir y le preguntó: “Los reyes de la tierra, ¿de quién cobran los tributos o el censo? ¿De sus hijos o de los extraños?”

Pedro le dice: “De los extraños”.

“Luego los hijos son francos”, le responde Jesús, dando a entender que, en vista de que el dinero de los tributos era para la conservación de la casa de su Padre, Él, el Hijo, no tendría que pagar. No obstante, añadió:

“Mas para que no los escandalicemos, ve a la mar, y echa el anzuelo; y el primer pez que viniere, tómalo, y, al abrir su boca, hallarás un estatero. Tómalo y dáselo por mí y por ti.” (Mateo 17:24–27.)

Este acontecimiento debió enseñar a Pedro que es mejor aguantar las ofensas que causarlas.

Una lección sobre el perdón

Fue más o menos en esta época cuando Pedro hizo esta pregunta:
“Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que pecare contra mí? ¿Hasta siete?” (Mateo 18:21)

Quizá Pedro se había visto obligado a actuar como pacificador entre personas enojadas, o tal vez él mismo se había enfadado durante la disputa que tuvieron los discípulos respecto de quién era el mayor entre ellos. Quizá alguien lo había acusado varias veces de querer ser el mayor, y se le había agotado la paciencia. Como quiera que sea, deseaba saber si tiene límites el número de veces que un hombre ha de perdonar a su hermano.

¡Qué lección tan hermosa presentó Jesús a este impetuoso apóstol, cuando le respondió:

“No te digo hasta siete, mas aun hasta setenta veces siete.” (Mateo 18:22)

Entonces, para que se le grabara mejor la lección, el Señor refirió la parábola de los dos deudores:

Un rey llamó a cuentas a aquellos de sus siervos que cobraban sus impuestos, y descubrió que uno le debía diez mil talentos, una suma equivalente a quince millones de dólares. El siervo no podía pagar esta deuda, de modo que el rey mandó que fuera vendido él, su esposa e hijos, y todo lo que tuviera. (Véase 2 Reyes 4:1; Levítico 25:39)

El siervo imploró misericordia, diciendo:
“Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.”

El señor, movido a misericordia de aquel siervo, lo soltó y le perdonó la deuda.

El rey no solamente se compadeció del hombre, sino que lo libró de la prisión, le permitió retener a su esposa y sus hijos, y le perdonó la deuda.

El siervo ingrato

Saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien dracmas (una cantidad más de mil veces menor que la que él debía al rey);
“y trabando de él, le ahogaba, diciendo: ¡Págame lo que debes!”

Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.”

Mas él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagase la deuda.

De modo que, cuando el rey oyó cómo había tratado el siervo, a quien él había perdonado, a su consiervo, mandó llamar al primero, y le dijo:

“Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No te convenía también a ti tener misericordia de tu consiervo, como también yo tuve misericordia de ti?”

Entonces este mal siervo se vio obligado a pagar los diez mil talentos, y fue entregado a los verdugos,
“hasta que pagase todo lo que debía.”

El Salvador concluyó con estas palabras:
“Así también hará con vosotros mi Padre Celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano sus ofensas.” (Mateo 18:23–35)

¿Olvidaría Pedro esta lección?

El joven rico

Un día, Pedro y otros escucharon una conversación entre su Maestro y un príncipe rico. Era un hombre joven, tenía muchos bienes y, según lo han pintado, bien parecido. Con todo esto, se había conservado limpio moralmente y deseaba obtener la vida eterna. (Léase Lucas 18:18–30)

Mas su corazón estaba en sus riquezas, de modo que cuando el Salvador le dijo:
“Vende todo lo que tienes, y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo, y ven, sígueme”,
el joven se alejó muy triste.

“Entonces Pedro dijo: He aquí, nosotros hemos dejado las posesiones nuestras, y te hemos seguido.”
Como queriendo decir: Señor, hemos dejado todo por ti, ¿qué recompensa tendremos?

Jesús respondió:

“Nadie hay que haya dejado casa, padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero, la vida eterna.”

Humildad

“Mas muchos primeros” —añadió— “serán postreros, y postreros primeros.”

Estas últimas palabras debieron haber sido para Pedro, el principal entre los Doce, una lección muy importante sobre la humildad.

La higuera estéril

Fue probablemente el martes de la última semana que Jesús estuvo con ellos, cuando Pedro les llamó la atención a las consecuencias de una maldición proferida por Jesús.

Un día o dos antes, el Señor se había apartado del camino para recoger higos de una higuera que se hallaba algo lejos. Cuando halló que el árbol no tenía fruto, “dijo a la higuera: Nunca más coma nadie fruto de ti para siempre.”

Ese martes por la mañana, al pasar por allí los discípulos,
“vieron que la higuera se había secado desde las raíces.”

“Entonces Pedro, acordándose, le dice: Maestro, he aquí la higuera que maldijiste, se ha secado.”

El poder de la fe

“Y respondiendo Jesús, les dice: Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate a la mar, y no dudare en su corazón, mas creyere que será hecho lo que dice, lo que dijere le será hecho.” (Marcos 11:12–14, 20–23)

Ese mismo día, probablemente Pedro se hallaba con los Doce en el monte de los Olivos, cuando le preguntaron “aparte” a Jesús acerca de la destrucción del templo.
(Véase Marcos 13; Mateo 24; Lucas 21)

Guardad los mandamientos

A Pedro y a todos, el Señor dio esta amonestación:

“Velad, pues, orando en todo tiempo, y guardad mis mandamientos, para que seáis tenidos por dignos de evitar todas estas cosas que han de venir, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre, cuando venga vestido con la gloria de su Padre.”

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