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En otra Escuela
“Todo andamio escolástico se desploma como edificio derrumbado, ante una sola palabra: fe.”
Comparación de maestros
Después de su conversión tan maravillosa y la recuperación de su vista, “estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco.” Ahora se hallaba en otra escuela, pero ¡cuán diferente de aquella en que se sentaba “a los pies de Gamaliel”! Allí escuchaba las instrucciones de los más eruditos de la época; aquí escuchaba a hombres que eran tenidos por indoctos. En aquella recibía instrucción para la mente; en esta, instrucción para su alma. Antes estudiaba ciegamente; ahora estudiaba la verdad, “viendo” verdaderamente.
Su tutor fue uno de los hombres fieles que había despreciado y al cual había ido para aprehender. No fue necesario enviar a buscar a Pedro, Santiago o Juan, ni a ninguno de los más destacados discípulos, para instruir al erudito Saulo; sino que fue Ananías, un humilde cristiano de corazón sencillo y puro, a quien la Escritura jamás había mencionado hasta entonces, el apto instrumento en las manos de Dios para instruir al más dotado de los primeros convertidos.
Mientras escuchaba hora tras hora durante aquellos días memorables, su alma se encendió con un celo verdadero; y podemos imaginar que dijo a sus nuevos maestros:
—”Poned el ejemplo, y con ferviente corazón os seguiré.”
“Y luego en las sinagogas predicaba a Cristo, diciendo que este era el Hijo de Dios.” (Hechos 9:20)
Asombro de los judíos
No sabemos si algunos de los hombres que lo acompañaban fueron convertidos. Quizá uno o dos lo hicieron; pero, sin duda, para otros, Pablo se había convertido en un traidor. Así pensaban los judíos de Damasco, que se quedaron atónitos y dijeron entre sí:
—”¿No es este el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos a los príncipes de los sacerdotes?” (Hechos 9:21)
Pero cuanto más lo contradecían, tanto más elocuentemente defendía el nombre de Jesús y les testificaba que Jesús era el Cristo.
Después de varios días de vehementes disputas en las sinagogas, Saulo se resolvió a salir de Damasco y meditar a solas. Se despidió de sus nuevos amigos para irse a las montañas de Arabia, cerca del mar Rojo. Allí se instruyó en la escuela de la soledad.
Igual que Moisés, Elías el Profeta, Juan el Bautista y aun el Salvador mismo, Saulo ahora quiso estar a solas con Dios y aprender a poner su espíritu en comunión con el Espíritu Santo.
No sabemos cuánto tiempo permaneció allí. Todo lo que ha dicho es lo siguiente:
“Me fui a la Arabia, y volví de nuevo a Damasco.” (Gálatas 1:17)
La huida de Damasco
No bien hubo vuelto a Damasco, la ciudad de su conversión, cuando de nuevo empezó a predicar en las sinagogas. Otra vez los judíos empezaron a disputar con él, y él nuevamente los confundió. Día tras día, semana tras semana, la controversia continuó hasta que los judíos no pudieron tolerarlo “e hicieron entre sí consejo de matarle.” (Hechos 9:23)
Alrededor de la ciudad de Damasco había una muralla muy alta, y nadie podía entrar o salir sino por las puertas. Por tanto, cuando los judíos decidieron matar a Saulo, lo primero que hicieron fue impedir que se escapara. Colocaron hombres en todas las puertas, “y guardaban las puertas de día y de noche para matarle.”
Amigos
Pero Saulo tenía amigos así como también enemigos, y estaba de su parte un Amigo que lo había elegido para una grande y útil misión. Mientras Saulo fuese fiel, su vida sería protegida hasta que terminara su obra. Por inspiración o algún otro medio de revelación, Saulo supo que sus enemigos le acechaban, y se apartó de ellos.
Afortunadamente, uno de sus amigos vivía en una casa cerca de los muros de la ciudad; y desde dicha casa, sus amigos ayudaron a Saulo a escapar. Le pusieron en una espuerta y, vigilando cuidadosamente para que no hubiese enemigos cerca, llevaron a Saulo a lo alto del muro y lo bajaron por el otro lado. Y así, mientras sus enemigos vigilaban día y noche para aprehenderlo, el discípulo del Maestro se dirigía de vuelta a Jerusalén.
Vuelve a Jerusalén
Tres años antes había salido de Jerusalén como agente del Sanedrín, con una comisión especial, acompañado de sirvientes y oficiales. Salió con el corazón lleno de enemistad contra toda persona que profesaba creer en Jesucristo. Ahora volvía solo, rechazado por aquellos a quienes había servido; iba huyendo de los judíos, que unos años antes lo esperaban para recibirlo como a un héroe. Pero Saulo era más feliz ahora, aunque iba solo, que en aquel tiempo cuando viajaba con esplendor y pompa para aprehender a los siervos de Dios.
Sin embargo, no lo esperaba ninguna bienvenida en Jerusalén. Sus antiguos amigos y maestros creían que era un traidor, y los apóstoles de Jesús dudaban que se hubiera convertido verdaderamente: “Todos tenían miedo de él, no creyendo que era discípulo.” (Hechos 9:26)
Bernabé
Pero hubo uno, un antiguo y verdadero amigo, un condiscípulo y conciudadano, que extendió la mano a Saulo en señal de amistad. Era Bernabé, que “tomándole, lo trajo a los apóstoles”, declarando cómo había sido convertido Saulo por medio de una luz de los cielos, y cómo había predicado en Damasco en el nombre de Jesús.
Con este testimonio, los apóstoles aceptaron a Saulo y lo recibieron entre ellos. Poco después hallamos a Saulo predicando en Jerusalén tan intrépidamente como en Damasco. En sus disputas con los griegos, parece que los confundió como había sucedido en Damasco, y con el mismo efecto:
“Ellos procuraban matarle.”
Su vuelta a Tarso
Cuando los hermanos se dieron cuenta de esto, “le acompañaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso”, a su hogar con sus padres y su hermana. Pero qué diferente era del hombre que había partido para estudiar en Jerusalén. De nombre, era todavía “Saulo de Tarso”; mas en el alma era Pablo, el discípulo de Jesucristo.
Durante la persecución en la que murió Esteban, los santos habían sido escarnecidos y esparcidos por distintos lugares; y dondequiera que fueron, predicaron las “nuevas de gran gozo”.
“Y la mano del Señor era con ellos; y creyendo, gran número de ellos se convirtió al Señor.” (Hechos 11:21)
Cristianos
Varios de estos convertidos se congregaron en Antioquía, y fue allí, como ya se ha dicho, donde primeramente los santos fueron llamados cristianos. Se les aplicó primeramente a manera de burla, al igual que se nos aplicó el apodo “mormón” en los primeros días de la Iglesia, pero más tarde se aceptó como título honorable.
Bernabé, que “era varón bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe”, fue nombrado para dirigir a los miembros de la Iglesia en esa gran ciudad. Viendo la gran oportunidad que había allí para la obra misional, y deseando un compañero hábil para llevar a cabo la gran obra que se le había encomendado, Bernabé decidió ir a Tarso a buscar a su amigo Pablo.
¡Qué gozo no sentirían estos dos antiguos condiscípulos al encontrarse en su propio pueblo otra vez, en los parajes familiares de su mocedad! No se nos dice lo que hicieron, ni lo que conversaron, ni lo que opinaron sus amigos y parientes en cuanto a su nueva religión. Lo que sabemos es que Pablo aceptó el llamamiento de misionero y acompañó a Bernabé a la ciudad de Antioquía.
“Y conversaron todo un año allí con la iglesia, y enseñaron a mucha gente.” (Hechos 11:26)
Parece que este fue el primer llamamiento definitivo en la Iglesia de Cristo que desempeñó Pablo, el nuevo apóstol.
























