Los Antiguos Apóstoles


31
En Atenas y Corinto


“Algunas veces un fracaso noble es tan útil al mundo como un éxito renombrado.”
“La vida no tiene mejor bendición que la de un amigo prudente.”

Quizá son pocos —si acaso los hay— los jóvenes que leen estas lecciones y que se han hallado solos, aun por una corta temporada, en una ciudad extraña. Tal vez esto les ha sucedido a algunos de sus padres. Si es así, podemos saber, por preguntarles, lo solitario que se siente uno cuando está entre mucha gente, en una ciudad grande, y sin conocer a nadie.

Así debió haberse sentido Pablo después de despedirse de sus hermanos y andar solo por las calles de Atenas. Esta soledad lo impresionó tan profundamente que después escribió a los tesalonicenses que había quedado “solo en Atenas.” (1 Tes. 3:1)

Había enviado el encargo a Berea de que Silas y Timoteo “viniesen a él lo más presto que pudiesen”; pero hasta que llegaran, él sería el único cristiano en aquella gran ciudad pagana.

Estatuas y divinidades

Mientras Pablo caminaba por las calles de Atenas, vio muchas estatuas e imágenes de hombres y dioses místicos. Algunas eran estatuas de los grandes hombres de Atenas, como Solón el legislador, Conón el almirante, Demóstenes el orador. Sus héroes hechos dioses eran Mercurio, Hércules, Apolo, Neptuno, Júpiter, Minerva y muchos otros; y en cierto lugar, en el centro de todos éstos, se encontraba el altar de los “Doce dioses”.

Había más estatuas en Atenas que en todo el resto de Grecia. Se ha dicho, como algo casi verdadero, que era más fácil hallar un dios en Atenas que un hombre. Había altares en honor de la Fama, la Modestia, la Energía, la Persuasión, la Piedad, etc., y Pablo vio una inscripción que decía: “Al Dios No Conocido.”

El mercado

En la ciudad había un lugar para asambleas públicas que se llamaba Ágora. Allí se juntaban los atenienses para hablar acerca de los asuntos del día. Los ociosos y los que profesaban ser filósofos se reunían para escuchar y criticar cualquier cosa nueva.

Mientras Pablo esperaba a sus compañeros, concurría a dicho lugar diariamente y conversaba con los que encontraba. De él, aquellos oyeron por primera vez acerca de Cristo y la resurrección.

También asistió a los servicios de la sinagoga y discutía con los judíos. De modo que Pablo, aunque solo y desalentado, y quizás triste por causa de la ignorancia y la maldad de la gente, empezó a despertar el interés del pueblo por medio del mensaje que anunciaba. Los atenienses, y también los forasteros, empezaron a manifestar curiosidad, pues como dice Lucas, ellos “en ninguna otra cosa entendían, sino en decir o en oír alguna cosa nueva.”

Entonces algunos filósofos empezaron a oírle y observarle. Unos decían:
—¿Qué quiere decir este palabrero?
Y otros:
—Parece que es predicador de nuevos dioses, porque les predicaba a Jesús y la resurrección.

El Areópago

En la cima de la colina del Areópago había un foro al cual se llegaba por unos escalones de piedra que daban al lugar de asambleas llamado el Ágora. Sobre la plataforma se habían sentado, desde tiempos inmemoriales, los jueces que resolvían importantes asuntos religiosos y sentenciaban a los criminales. Se creía que el dios Marte había sido juzgado allí, y por eso se llamaba Areópago (colina de Marte). En la cima de este cerro se había construido el templo de Marte.

A este importante y notable lugar, los filósofos llevaron al apóstol, diciendo:
—¿Podremos saber qué sea esta nueva doctrina que dices? Porque pones en nuestros oídos unas cosas nuevas: queremos, pues, saber qué quiere decir esto.

San Pablo aceptó la invitación y pronunció uno de los discursos más memorables que se conocen en la historia. Sin embargo, se observará que ni siquiera mencionó el nombre de Cristo, sino que procuró influir en los oyentes llevándolos del tema en que ellos estaban interesados al que él deseaba que se interesaran. (Léase y explíquese el sermón según Hechos 17:22–31.)

En cuanto Pablo mencionó la resurrección de los muertos, la gente lo interrumpió. Algunos se echaron a reír y se burlaron de sus palabras. Otros, con más educación, le dijeron mientras se alejaban:
—Te oiremos acerca de esto otra vez.

Conversión de Dionisio

Pablo debe haberse sentido agobiado por el pensamiento de que su discurso había sido un fracaso; pero había cumplido con su deber, y se habían sembrado las semillas de la verdad. Dieron fruto en la conversión de Dionisio, miembro del tribunal del Areópago, y una mujer que se llamaba Dámaris, y “otros con ellos.”

Después de estar allí una corta temporada, “partió de Atenas como había vivido en ella: desconocido y solitario.”
Mas esa corta visita y su discurso interrumpido han dado más fama a Pablo que a cualquiera de los filósofos que se creían sabios en su propio egoísmo, y que se burlaron de él y lo despreciaron.

Al final de su segunda misión

Probablemente Timoteo estuvo con Pablo en Atenas; pero si así fue, debió haberse vuelto inmediatamente a las iglesias en Macedonia. Por tanto, Pablo partió solo de Atenas, y habiendo desembarcado en el puerto de Cencreas, anduvo a pie los treinta kilómetros (18 millas) que separaban ese puerto de Corinto.

Allí encontró a muchos judíos y griegos. Había también un gran número de extranjeros que iban a presenciar los juegos y carreras que tenían fama de ser los mejores de aquellos lugares.

Esta ciudad era en aquel tiempo un gran centro comercial, y su población estaba compuesta en su mayor parte por comerciantes y otros mercaderes, tanto locales como extranjeros. Si Atenas era ciudad erudita, Corinto era rica y malvada. De modo que Pablo debió haber sentido tanta tristeza aquí como en Atenas. En verdad, él mismo dijo que fue allá “con flaqueza, y mucho temor y temblor” (1 Corintios 2:3).

Aquila y Priscila

Justamente en esos días, el emperador romano Claudio decretó que todos los judíos fuesen expulsados de Roma. Entre los que tuvieron que salir se hallaban Aquila y Priscila, su mujer.

No se sabe si eran cristianos antes de venir a Corinto, pero sí que fueron los primeros amigos que Pablo encontró en aquella ciudad. Quizá se conocieron porque Aquila y Pablo tenían el mismo oficio.

Como quiera que sea, Pablo se hospedó en casa de ellos y los convirtió al evangelio (si acaso no estaban convertidos de antemano), y siempre fueron firmes en la fe. Estos amigos ayudaron a Pablo dándole un empleo, pero más lo ayudaron siendo verdaderos amigos y alentándolo.

En la sinagoga

Cada sábado, estos tres amigos y colaboradores dejaban a un lado sus tiendas no terminadas, e iban a la sinagoga para adorar al Señor. Pablo, como de costumbre, hablaba con sus conciudadanos y con los griegos convertidos, y les proclamaba el evangelio y el glorioso mensaje del Redentor resucitado. Razonaba con ellos en las Escrituras y los persuadía a que se hiciesen cristianos.

Parece que Pablo llevaba ya algún tiempo trabajando con poca energía. Parecía estar más desanimado que nunca. Pero precisamente en esos días llegaron sus dos queridos amigos, Silas y Timoteo. Su llegada infundió nuevo ánimo a su corazón, o como dice Lucas: “estaba constreñido por la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo.”

A juzgar por el aliento que Pablo recibió de sus amigos, debió haber comprendido que:

“El amigo verdadero es un don de Dios, y sólo el que hizo los corazones los puede unir.”

Pero cuanto más intrépida y sinceramente les predicaba Pablo, tanto más lo combatían aquellos judíos incrédulos. Por último, cuando blasfemaron el nombre de Dios y se negaron a aceptar la verdad, Pablo “les dijo, sacudiendo sus vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles.”

Crispo se convierte

Pero muchos se convirtieron, y uno de ellos fue Crispo, el prepósito de la sinagoga, “con toda su casa”. Su conversión, así como la de muchos corintios que se bautizaron también, solo irritó más a los judíos, y empezaron a amenazar a Pablo.

Más o menos en este tiempo, Pablo escribió la segunda epístola a los Tesalonicenses. En ella pide especialmente sus oraciones para que fuese librado de los hombres inicuos que lo rodeaban:

“Resta, hermanos —les escribió— que oréis por nosotros, que la palabra del Señor corra y sea glorificada así como entre vosotros; y que seamos librados de hombres importunos y malos; porque no es de todos la fe.” (2 Tesalonicenses 3:1–2)

Pablo oró también, y recibió una contestación directa del Señor, que le dijo:

“No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.” (Hechos 18:9–10)

En casa de Justo

Cuando Pablo salió de la sinagoga, celebró reuniones en una casa que “estaba junto a la sinagoga.” En ella, Pablo y sus dos compañeros continuaron predicando. Esto irritó tanto a los judíos que decidieron expulsar o castigar a Pablo.

Galión

En aquel tiempo ocurrió que se nombró a otro gobernador de Acaya. Se llamaba Galión y era conocido como un “hombre bondadoso y gentil.” Creyendo los judíos que lo persuadirían fácilmente, hicieron que Pablo fuese aprehendido y lo llevaran ante el tribunal, diciendo falsamente:
—Este persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley.

Pablo se levantó o indicó de alguna manera que quería contestar la acusación; pero Galión se lo impidió, y dirigiéndose a los judíos, les respondió:

“Si fuera algún agravio o algún crimen enorme, oh judíos, conforme a derecho yo os tolerara; mas si son cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros, porque yo no quiero ser juez de estas cosas.” (Hechos 18:13–16)

Castigo de los perseguidores

De modo que Pablo no recibió ningún daño, tal como el Señor le había prometido. Mas los judíos sí, porque los griegos, habiendo aprehendido a su superior, “le herían delante del tribunal.”

Pablo se quedó en Corinto un año y medio, y estableció una iglesia muy fuerte. Entonces, como se acercaba el tiempo de la celebración de la Pascua en Jerusalén, se despidió de los santos; y tomando a Aquila y Priscila, Silas y Timoteo, sus fieles amigos y compañeros, partieron para Éfeso, y de allí fueron a Cesarea y Jerusalén.

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