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Un Caudillo Verdadero
y Valiente Defensor
“El galardón de haber cumplido uno con su deber es el poder para cumplir con otro.”
Con el conocimiento de que Jesucristo era su Salvador, y que sentía más felicidad cuando hacía lo que su Señor le mandaba —que cuando hacía lo malo o se dejaba llevar por la influencia de hombres impíos se sentía lleno de pesar—, Pedro dio inicio a su misión como el apóstol principal y presidente de los Doce.
En Jerusalén
De acuerdo con el mandamiento del Salvador de que no debían salir de Jerusalén hasta que hubiesen recibido el Espíritu Santo, los discípulos permanecieron en la ciudad algún tiempo después de la ascensión del Señor. Pedro, Santiago, Juan y otros de los once se reunían frecuentemente en un aposento alto, quizá el mismo cuarto donde Jesús había celebrado la Pascua con sus discípulos. También se reunían con ellos María, la madre de Jesús, y algunas otras mujeres.
En una de estas ocasiones se hallaban presentes unas 120 personas, “unánimes en oración y ruego”. Pedro se levantó en medio de ellos y declaró que era necesario escoger a un hombre que hubiese sido fiel discípulo del Salvador para reemplazar a Judas el traidor en el Quórum de los Doce Apóstoles.
Se propusieron dos hombres: “a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías”. Sabiendo que el Señor debía escoger a los hombres que habrían de ser sus testigos especiales, oraron diciendo: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál escoges de estos dos”. Y les echaron suertes, y cayó la suerte sobre Matías, y fue contado con los once (Hechos 1:23–26).
El día de Pentecostés
Antes de las nueve de la mañana, diez días después de la ascensión del Salvador y cincuenta días después de la última Pascua que el Señor celebró con sus discípulos, los apóstoles “estaban todos unánimes juntos; y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados” (Hechos 2:1–2).
Así se efectuó el bautismo de fuego y del Espíritu Santo que Cristo había prometido. Por fin había venido a ellos el Consolador, aquel de quien su Maestro tantas veces había hablado, para guiarlos e inspirarlos como Jesús lo había hecho personalmente.
Inmediatamente se produjo una manifestación asombrosa. Aunque casi todos los apóstoles eran galileos y hablaban el mismo idioma, cuando empezaron a dar testimonio de Cristo y su evangelio, “comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen”.
No tardó en esparcirse por la ciudad la noticia de que había acontecido algo notable, y grandes multitudes se juntaron alrededor de los apóstoles. Había entre ellos judíos de muchas naciones que habían ido a Jerusalén para celebrar el día de Pentecostés. Estos, naturalmente, hablaban el idioma del país en que vivían. Ya podemos imaginarnos su asombro cuando cada uno oyó que se predicaba el evangelio en su propia lengua.
“Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: He aquí, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?” (Hechos 2:4–8).
Al hablar los apóstoles, uno tras otro, sobre la salvación del hombre mediante el evangelio de Jesucristo, “todos estaban atónitos y perplejos, diciendo los unos a los otros: ¿Qué quiere decir esto?
“Mas otros, burlándose, decían: Que están llenos de mosto” (borrachos).
El sermón de Pedro
Entonces se levantó Pedro y, con gran poder, habló a la multitud:
“Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están borrachos, como vosotros pensáis, siendo la hora tercera del día; mas esto es lo que fue dicho por el profeta Joel.”
(Léase la predicación completa tal como se halla en Hechos 2:14–37).
No cabe duda de que sólo se escribió una parte muy pequeña del sermón de Pedro; pero cuando leemos sus palabras inspiradas y vemos el valor con que dijo a los judíos que ellos habían crucificado al Cristo, nos convencemos de inmediato de que la debilidad manifestada por él dos meses antes ha sido reemplazada por la fuerza del hombre de Dios.
En aquella ocasión había tartamudeado y jurado: “No conozco al hombre.”
Ahora declaraba: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Con toda la fuerza de su convicción y con el poder del Espíritu Santo, añadió:
“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús, que vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.”
Cuando oyeron sobre su perversidad al crucificar al Cristo, así como de muchos otros pecados, ansiaron obtener el perdón de lo que habían hecho y clamaron a Pedro y a los otros apóstoles:
“Varones hermanos, ¿qué haremos?”
“¿Qué haremos?”
En la respuesta de Pedro vemos la puerta abierta, a través de la cual tienen que pasar todos los que desean salvarse en el reino de Dios:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”
Los que creyeron en las palabras de Pedro se bautizaron, y aquel pequeño grupo aumentó ese día a tres mil ciento veinte personas.
Y a partir de esa hora, muchos otros se convertían diariamente e ingresaban a la Iglesia.
El hombre que jamás había andado
Una tarde, como a las tres, Pedro y Juan iban al templo a orar. Todos los días se reunían en ese lugar con los santos, y de allí salían a visitar a los miembros, “partiendo el pan en las casas”. De manera que el templo parece haber sido el punto de reunión para los primeros discípulos del Redentor. Era la casa del Señor, y a ellos les gustaba juntarse allí para adorar.
Se llegaba a la entrada principal del templo por el pórtico de Salomón, al cual se accedía por una puerta llamada la Hermosa. Allí se reunían todos los pobres: los ciegos, los cojos, los débiles y todos los enfermos, que vivían de las limosnas que recogían de los que iban al templo.
La tarde de la que hablamos, uno de estos, al ver a Pedro y a Juan, les rogaba que le dieran una limosna. Era un hombre de unos 40 años de edad que jamás había dado un solo paso en toda su vida. Sus amigos lo llevaban allí por la mañana, y por la noche volvían por él para llevarlo a su casa.
Como respuesta a su petición, Pedro le dijo: “Mira a nosotros.”
Mientras el hombre quizá pensaba en qué le darían los apóstoles, Pedro añadió:
“Ni tengo plata ni oro; mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
Tomándolo de la mano derecha, Pedro lo levantó, e inmediatamente fueron afirmados los pies y los tobillos del cojo.
El hombre, lleno de gozo, entró en el templo brincando y alabando a Dios por el gran milagro que había llegado a su vida.
Una vez más, todos los que presenciaron aquello “fueron llenos de asombro y espanto por lo que había acontecido”. Se reunieron muchísimas personas en el pórtico de Salomón para ver a Pedro y a Juan, preguntándose qué clase de hombres eran aquellos.
Otro sermón eficaz
Esto dio a Pedro otra oportunidad para predicar un gran sermón, en el cual declaró que aquel hombre había sido sanado por la fe en el nombre de Jesucristo, a quien Dios había glorificado:
“El cual vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, juzgando que debía ser soltado. Mas vosotros al Santo y al Justo negasteis, y pedisteis que se os diera un homicida; y matasteis al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos; de lo cual nosotros somos testigos.”
(Léase Hechos 3:2–26).
























