27
La Gran Controversia
“La unión de los cristianos a Cristo, que es cabeza de todos ellos, y de los unos a los otros por medio de la influencia que de Él reciben, se puede demostrar con un imán. No sólo atrae las partículas de hierro por virtud magnética, sino que por esta virtud las une las unas a las otras.”
Había judíos en todo el imperio
Mientras seguíamos a Pablo y a Bernabé en su primera jornada misionera, descubrimos que encontraron judíos en casi todas las ciudades que visitaron y que frecuentemente predicaban en las sinagogas. El hecho es que los judíos se hallaban esparcidos por casi todo el Imperio Romano. Vivían en las costas e islas del Asia occidental, en las fronteras del mar Caspio, y algunos aun en la China.
Pero no importaba dónde viviesen, siempre guardaban su propia religión y estudiaban cuidadosamente la ley de Moisés. A esto se refería Santiago cuando dijo: “Moisés desde los tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien le predique en las sinagogas, donde es leído cada sábado.” Su religión les enseñaba a no juntarse con los gentiles, ni en el casamiento ni en tratos sociales.
Los gentiles, por otra parte, miraban a los judíos con desprecio; mientras que las aparatosas y desordenadas fiestas de los griegos y romanos causaban que los judíos despreciaran a los gentiles. Comerciaban unos con otros, y se hallaban juntos en los negocios diarios, pero, por lo general, hasta allí llegaban sus relaciones.
Como se expresa Shylock en El mercader de Venecia: “Compraré contigo, venderé contigo, hablaré contigo, andaré contigo, etc.; mas no comeré contigo, beberé contigo, ni oraré contigo.” (Acto I, escena 3)
Por supuesto, había gentiles que a veces se convertían a la religión judaica, y otros que se casaban con mujeres judías, pero esto en nada afectaba los desacuerdos y sospechas que había entre ellos.
El prejuicio de Pedro
Recordaremos lo difícil que fue para el Señor convencer a Pedro de que los gentiles eran dignos de ser bautizados en la Iglesia de Cristo. Pedro vio en una visión un gran lienzo que descendía del cielo, en el cual había animales inmundos, y oyó una voz decir: “Levántate, mata y come.” Mas Pedro dijo: “Señor, no; porque ninguna cosa común e inmunda he comido jamás.” (Se recomienda repasar la historia en Hechos 10)
Cuando Pedro entendió el significado de la visión, toda su naturaleza judaica se conmovió, porque para obedecer tendría que quebrantar la ley de sus antepasados al asociarse con los gentiles. Los judíos cristianos que acompañaron a Pedro de Jope a Cesarea “se espantaron” al ver “que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.”
Cuando Pedro llegó a Jerusalén, se le acusó no sólo de haberse asociado con los gentiles, sino también de haber comido con ellos. Sin embargo, Pedro había aprendido por revelación que lo que Dios ha limpiado nadie debe llamar “común”; y que el Señor “no hace acepción de personas; sino que de cualquier nación que le teme y obra justicia, se agrada de él,” y le da sus bendiciones.
Agitación en la Iglesia
Pero había muchos judíos en la Iglesia que no creían esto; y la única condición según la cual podrían aceptar a los gentiles, sería que éstos obedeciesen la ley judaica. Cuando esta clase de cristianos supo que Pablo y Bernabé habían bautizado a centenares de gentiles, se turbaron en gran manera, y algunos fueron a Antioquía y empezaron a predicar —al principio en lo particular y luego públicamente— que, a menos que los gentiles obedecieran cierto rito judaico, no podrían salvarse.
Pablo y Bernabé habían enseñado a los santos la obediencia al evangelio, y que por medio de la misma, Cristo salvaría tanto a los gentiles como a los judíos; y que los gentiles no tenían que convertirse al judaísmo para ser salvos.
Ahora, estos hombres de la rama principal de la Iglesia estaban declarando que Pablo y Bernabé estaban en error. No es de extrañar que los gentiles bautizados se hallasen inquietos y perplejos. En verdad, la controversia llegó a ser tan severa, que amenazó con desviar de la Iglesia a algunos miembros.
Son enviados mensajeros a Jerusalén
De modo que “determinaron que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, sobre esta cuestión.”
Los miembros de la Iglesia en Antioquía evidentemente creían que Pablo y Bernabé tenían razón, por cuanto los acompañaron hasta las puertas de la ciudad. Al pasar por la región sirofenicia y Samaria, relataron a los santos —que los saludaban— cómo los gentiles habían sido convertidos, y “daban gran gozo a todos los hermanos.”
Era la tercera vez que Pablo volvía a Jerusalén desde su conversión. La primera fue tres años después de unirse a la Iglesia, cuando pasó dos semanas con Pedro, después de lo cual tuvo que huir para salvar su vida. La segunda ocasión fue cuando acompañó a los mensajeros que llevaban socorro a los santos durante la época de hambre en Judea. Fue en esa época cuando Pedro fue condenado a muerte.
Habían pasado quince años desde que Pablo había salido para Damasco con autoridad de aprehender a todos los cristianos que encontrase. Ahora entraba en la ciudad como defensor de una de las verdades más sublimes de la Iglesia de Cristo:
que Dios no hace acepción de personas, sino que bendice a cualquier nación que obedezca los principios de vida y salvación.
Reuniones con las autoridades
Primeramente, “trató el asunto con Pedro, Santiago y Juan,” y por primera vez, estos tres líderes “dieron las diestras de compañía” a Pablo y Bernabé. Tito acompañó a Pablo como ejemplo de los gentiles que se habían convertido.
Esta visita fue realmente una apelación a la Presidencia de los Doce, y confirma la creencia de los miembros de la Iglesia hoy día, de que Pedro, Santiago y Juan fueron nombrados directores en aquella época, como en la actualidad lo son tres sumos sacerdotes que componen la Primera Presidencia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Una reunión importante
Por fin se convocó la gran reunión, en la que se iba a determinar, de una vez por todas, la posición de los gentiles en la Iglesia cristiana. “Se presenció una escena de debate sincero, y quizás, en la primera parte, disputa acalorada”; pero finalmente, Pedro habló a la asamblea y refirió cómo Dios le había revelado que los gentiles podían aceptar el evangelio sin necesidad de obedecer todas las ceremonias judaicas.
Entonces, mientras todos escuchaban en profundo silencio, Pablo y Bernabé empezaron a hablar, mientras los ojos de todos se posaban sobre aquellos dos grandes misioneros que habían sido los primeros en organizar la Iglesia entre los gentiles.
Por último, Santiago —llamado hermano del Señor y conocido entre los judíos como el Justo— se levantó y anunció la decisión de la asamblea, con lo que se estableció la unión entre cristianos, tanto judíos como gentiles.
Pablo vuelve a Antioquía
Así terminó la controversia, y la misión de Pablo a los gentiles fue aprobada y autorizada. Al volver a Antioquía lo acompañaron Judas, que tenía por sobrenombre Barsabás, y Silas, “varones principales entre los hermanos.” Parece que Juan Marcos fue también con ellos. Llevaron consigo el decreto de la asamblea, para que fuese leído en las Iglesias que habían sido turbadas por la controversia.
Al llegar a Antioquía, se congregó todo el cuerpo de la Iglesia para escuchar la determinación de la asamblea. Ya podemos imaginar con cuánto interés y consuelo escucharon los santos el anuncio de que no habría una Iglesia para los judíos y otra para los gentiles, sino que todo aquel que sinceramente creyese en Cristo y obedeciese el evangelio, sería salvo.
























