Los Antiguos Apóstoles


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Un Testigo Especial


“Los doce consejeros viajantes son llamados para ser los Doce Apóstoles o testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo”. (Doctrina y Convenios 107:23)

Una noche de oración

Algunos meses después de los acontecimientos que narramos en la lección anterior, y poco antes de la celebración de la Pascua, Jesús salió a un monte que se hallaba cerca de Capernaúm. Como solía suceder en esta época de su vida, lo acompañaba una multitud; pero, apartándose de ellos, subió a la cumbre del monte, a fin de estar a solas con su Padre Celestial, a quien oró durante toda la noche.

Los Doce son escogidos

No cabe duda de que muchos de sus discípulos más devotos permanecieron también en el monte durante toda la noche, porque “como fue de día, llegó a sus discípulos, y escogió doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles.”
(Lucas 6:13)

La palabra apóstol significa “enviado”. Un apóstol es “un testigo especial del nombre de Cristo en todo el mundo”.

En todos los relatos que existen de este importante hecho, se menciona en primer lugar el nombre de Pedro, lo cual indica que fue escogido como el apóstol principal, e indudablemente fue nombrado y ordenado para ser el presidente del Consejo de los Doce. Los Doce que Jesús ordenó en esa ocasión fueron:

  1. Simón Pedro
  2. Andrés (el hermano de Simón Pedro)
  3. Santiago
  4. Juan (hermano del anterior, conocidos como los hijos de Zebedeo)
  5. Felipe (de Betsaida)
  6. Natanael (también llamado Bartolomé)
  7. Tomás (llamado el “Dídimo”, un sobrenombre que significa “gemelo”)
  8. Mateo (el publicano o cobrador de impuestos)
  9. Santiago (hijo de Alfeo, conocido como Santiago el Menor)
  10. Leví (que también era conocido como Tadeo o Judas Tadeo)
  11. Simón (el Cananita o Simón el Celador)
  12. Judas Iscariote (“quien también fue el traidor”)

¿Quiénes eran los Doce?

La mayor parte de estos hombres eran pescadores galileos que se ganaban la vida en las aguas del mar de Galilea. Mateo, sin embargo, era publicano, y por esta causa los judíos lo despreciaban. Judas Iscariote era de la provincia de Judea. Para algunos de los príncipes de los judíos, estos doce eran “hombres sin letras e ignorantes” (Hechos 4:13). Sin letras, sí, pero no ignorantes, porque su prudencia y predicación derrumbaron todo el edificio de la sabiduría humana y condujeron al mundo a la luz de la verdad.

Como humilde discípulo de Jesús, Pedro había sido testigo de muchas cosas maravillosas pertenecientes a la misión del Salvador, pero le era difícil comprender el significado del plan del Evangelio. Nos fijaremos, mientras seguimos estudiando su vida, que muy lentamente lo fue comprendiendo, a pesar de que estuvo casi constantemente al lado del Señor durante todo el año siguiente. He aquí algunas de las cosas que él presenció poco después de su ordenación al apostolado:

Un día Jesús y los Doce aceptaron una invitación para comer en la casa de Mateo, cosa que ofendió mucho a los fariseos, porque le gustaba comer con “publicanos y pecadores”.

Mientras él y los Doce estaban todavía cenando, y Jesús estaba respondiendo a la acusación de los fariseos, “vino uno de los príncipes de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está a la muerte; ven y pondrás las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá” (Marcos 5:21-23).

Jesús, inmediatamente, se retiró de la fiesta y, saliendo de la casa de su amigo y hermano Mateo, acompañó a Jairo a su casa.

La fe de la mujer enferma

“Y fue con él, y le seguía gran compañía, y le apretaba.” En esa compañía se hallaba una mujer que durante doce años había padecido de una enfermedad de la cual no podía sanar. Había perdido tanta sangre que estaba muy débil. No solo eso, sino que “había gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado”. Había oído hablar de Jesús y de su poder para sanar enfermos, y fue tan grande la fe que nació en ella, que se dijo a sí misma: “Si tocare tan solamente su vestido, seré salva.”

Al pasar Jesús, la mujer extendió su mano y tocó la orilla de su vestido, “y luego la fuente de su sangre se secó, y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote”.

Jesús, sintiendo inmediatamente que de él había salido una “virtud”, se volvió y preguntó: “¿Quién ha tocado mis vestidos?” Pedro le contestó: “Maestro, la compañía te aprieta y oprime, ¿y dices: ‘¿Quién es el que me ha tocado?’” (Lucas 8:45).

¡Qué gran sorpresa debe haber sido para Pedro ver manifestados los poderes y la susceptibilidad divinos de Cristo, cuando la mujer afligida se adelantó por entre la multitud y, arrojándose a los pies de Jesús, le confesó lo que había hecho! ¡Qué satisfacción debió haber sentido al oír al Maestro decir: “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote”! (Marcos 5:34)

Pero Pedro iba a presenciar, en breve, otro milagro aún mayor.

Muerte de la hija de Jairo

Mientras Jesús todavía estaba hablando con esta mujer feliz, y mientras Pedro, sus compañeros y la multitud contemplaban asombrados aquello, “vinieron de casa del príncipe de la sinagoga, diciendo: Tu hija es muerta: ¿para qué fatigas más al Maestro?”

¡Pobre Jairo! Hacía más o menos media hora que había partido con mucha prisa para suplicar a Jesús de Nazaret que fuera a sanar a su niña. El Divino Médico había partido inmediatamente, pero había sido muy tarde. El gran destructor, la Muerte, se había llevado a la jovencita. El corazón de Pedro debe haberse compadecido del afligido padre. Pero después de comunicada aquella trágica noticia, se oye la palabra consoladora de Jesús: “No temas; cree solamente, y será salva.”

La hija de Jairo es revivida

Al acercarse a la casa, se escucharon los lamentos de los amigos y el llanto angustiado de la madre. Pedro y los que con él iban oyeron a Jesús decir: “No temáis; no está muerta, sino que duerme. Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.” (Lucas 8:52–53)

El Salvador entonces mandó que todos salieran del cuarto, menos Pedro, Santiago y Juan, y los padres de la niña. Se dirigió a la cama, tomó la manita fría entre las suyas, y dijo: “Muchacha, levántate.”

“Entonces su espíritu volvió, y se levantó luego; y él mandó que le diesen de comer.”

Estas circunstancias en la vida de Pedro son tan solamente unas pocas de las gloriosas cosas que presenció aun antes de salir como “testigo especial del nombre de Cristo.” Jesús sabía que ni Pedro ni ningún otro podría convertir a la gente a la verdad si no estaban ellos mismos convertidos primeramente. Nadie puede enseñar a otros lo que él mismo no sabe. Indudablemente, ya para entonces Pedro creía con todo su corazón que Jesús, el obrador de milagros, era en verdad el Mesías que había de venir; pero su testimonio no era aún tan firme como una piedra.

La comisión de Pedro

No obstante, ya para este tiempo había recibido la instrucción suficiente para poder salir a una misión: “Y Jesús llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos.” (Marcos 6:7)

“A estos doce envió Jesús, a los cuales dio mandamiento, diciendo: Por el camino de los gentiles no iréis, y en ciudad de samaritanos no entréis; mas id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios: de gracia recibisteis, dad de gracia.” (Mateo 10:5–8)

Les instruyó a que viajaran sin dinero y sin dos mudas de ropa, y que dejaran su bendición y su paz con todos los que los recibieran. Les dijo que serían perseguidos, apresados y juzgados ante gobernadores y reyes; mas les aseguró que el Señor los protegería.

Les dijo además: “Cualquiera que no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo, que el castigo será más tolerable a la tierra de los de Sodoma y de los de Gomorra en el día del juicio, que a aquella ciudad.” (Mateo 10:14–15)

“El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió. Y cualquiera que diere a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, en nombre de discípulo, de cierto os digo, que no perderá su recompensa.” (Mateo 10:40–41)

No sabemos quién acompañó a Pedro en esta misión, pero nos es dicho que salieron a predicar el arrepentimiento a los hombres; que echaron fuera demonios, que ungieron con aceite y sanaron a los enfermos, e hicieron muchas otras cosas maravillosas en el nombre de Jesús de Nazaret.

Muerte de Juan el Bautista

Mientras se hallaban en esta misión, Juan el Bautista fue degollado por orden del impío rey Herodes.

Al volver de su misión, “los apóstoles se juntaron con Jesús (probablemente en Capernaúm) y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado.” Pero eran tantos “los que iban y venían, que ni aun tenían lugar de comer”, por lo que Jesús, deseando estar a solas con los Doce, les dijo:

“Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y reposad un poco.”

Entraron, pues, en un barco en secreto y salieron de Capernaúm al otro lado del mar. Pero algunos los vieron salir y corrieron alrededor del lago hasta el otro lado. Otros, viendo que estos iban corriendo, se unieron a ellos, de modo que, cuando Jesús y los Doce llegaron a tierra, encontraron una multitud que los estaba esperando.

Al ver que se acercaba la noche, los discípulos le aconsejaron a Jesús que despidiera a la multitud a fin de que pudieran ir a sus ciudades para comprar pan.

Fue en esta ocasión que Simón Pedro presenció otra manifestación del poder de Dios, y se le repitió la lección que había aprendido más de un año antes, cuando ocurrió la pesca milagrosa, a saber: que la obediencia a las palabras de Cristo siempre trae consuelo y felicidad. En lugar de despedir a las gentes sin comer, Jesús dijo:

“¿De dónde compraremos pan para que coman estos?” Respondióle Felipe: “Doscientos denarios de pan no les bastarán, para que cada uno de ellos tome un poco.” (Juan 6:5, 7)

Pero con cinco panes de cebada y dos pececillos, Jesús —por medio de algún procedimiento natural para él, pero milagroso para nosotros— dio de comer a aquella inmensa multitud, de cerca de cinco mil personas.

Pedro no solo ayudó a repartir el pan y el pescado a la multitud, sino también a juntar doce cestas de lo que sobró. Indudablemente fue uno de los que dijeron: “Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.” Sin embargo, confiamos en que no fue uno de los que intentaron hacer a Jesús rey por la fuerza.

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