Los Antiguos Apóstoles


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Encarcelados por tercera Vez


“Jamás busca en vano al Señor quien lo busca con justicia.”
“Si en nuestras oraciones no podemos pedir la bendición de Dios sobre una cosa, mejor conviene no hacerla.
El secreto que quieres retener de Dios es uno que debes retener de tu corazón.”

Después de concluir su obra en Lidda, Jope y los pueblos circunvecinos, Pedro volvió a Jerusalén y continuó su sincera labor en el ministerio.

Un rey inicuo

En aquella época reinaba en Judea un rey impío llamado Herodes Agripa, el cual “echó mano a maltratar a algunos de la Iglesia”. Era nieto de Herodes el Grande, aquel que había mandado matar a todos los niños pequeños queriendo destruir al niño Jesús. Era también sobrino de Herodes Antipas, el rey que había mandado degollar a Juan el Bautista.

Herodes Agripa tenía los mismos inicuos sentimientos que su abuelo y su tío, así que era natural que odiase y despreciase a los hombres justos que condenaban el pecado y la iniquidad mediante la predicación del evangelio.

Pedro es encarcelado

El primer apóstol que fue víctima de la iniquidad del rey Agripa fue Santiago, hermano de Juan, a quien “mató a cuchillo”. Cuando vio que este hecho asesino había agradado a los judíos, pensó también en matar a otros de los apóstoles.

Por consiguiente, aprehendió a Simón Pedro, pero afortunadamente decidió no matarlo sino hasta después de la Pascua. Y lo encerró en la cárcel hasta que llegara una ocasión oportuna para la ejecución pública.

Queriendo asegurarse de que Pedro no volviera a escapar, lo entregó “a cuatro cuaterniones de soldados que le guardasen”. Esto quiere decir cuatro grupos distintos de cuatro guardias cada uno, dieciséis en total. Cada grupo debía cuidarlo durante tres horas, para luego ser relevado por otro grupo durante la noche. Otros dos soldados estaban constantemente delante de la puerta de la prisión, y dos más en la celda, uno a cada lado del prisionero, encadenados de brazo a brazo con Pedro. Y así, encadenado y bien vigilado, Pedro dormía “entre dos soldados, preso con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta”.

El cruel martirio de Santiago y las noticias del encarcelamiento de Pedro habían consternado mucho a los santos de Judea. Quizá algunos tenían miedo, pero todos oraban. Parece que, en distintos lugares, se reunieron grupos de miembros sinceros, los cuales suplicaban fervorosamente a Dios que salvara la vida de su líder. Leemos que “la Iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él”. Algunos historiadores creen que entre los que oraban al Señor se hallaban Pablo y Bernabé, quienes probablemente estaban en Jerusalén en esa ocasión.

Una de las reuniones principales se verificó en casa de María, madre de Juan Marcos, quien muchos años después escribió el evangelio de San Marcos. Mientras los dejamos unidos en solemne oración, la víspera de la ejecución de Pedro, volvamos a la cárcel para ver qué está sucediendo allí.

Le aparece un ángel a Pedro

Hallándose Pedro entre los dos soldados, “he aquí, el ángel del Señor sobrevino, y una luz resplandeció en la cárcel”. Los guardas evidentemente estaban dormidos, y ninguno vio ni oyó nada cuando el ángel tocó a Pedro y “le despertó diciendo: Levántate prestamente”.

Al obedecer Pedro, se le cayeron las cadenas de las manos. Entonces “le dijo el ángel: Cíñete y átate tus sandalias”. Pedro, sin darse cuenta muy bien de lo que estaba haciendo, hizo lo que le fue mandado. El ángel entonces “le dijo: Rodéate tu ropa, y sígueme”.

Creyendo todavía que estaba soñando, Pedro siguió al ángel. Dejaron a los guardias en la celda, pasaron la primera guardia, luego la segunda, pero nadie trató de detenerlos. Llegaron a “la puerta de hierro que va a la ciudad, la cual se les abrió de suyo”. El ángel siguió guiando a Pedro por las calles de la ciudad, y entonces desapareció tan repentinamente como había aparecido.

Para entonces Pedro ya se había dado cuenta de que no estaba soñando, sino que efectivamente estaba libre; entonces se dijo a sí mismo:

“Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes, y de todo el pueblo de los judíos que me esperaba.”

Se estaba refiriendo a la ejecución pública que Herodes había programado efectuar ese mismo día. Pero la fe y las oraciones hicieron más por Pedro que el decreto de reyes y las demandas de judíos inicuos.

Rhode

No sabiendo adónde ir, se dirigió a la casa de María, madre de Juan Marcos, donde, como ya sabemos, algunos de los hermanos se hallaban en ese momento orando para que Pedro fuese librado.

“Y tocando Pedro a la puerta del patio, salió una muchacha” llamada Rhode, para preguntar quién era. Cuando oyó la voz de Pedro, se llenó tanto de gozo que, en lugar de abrir la puerta, entró en la casa gritando que Pedro estaba a la puerta.

Asombro de sus amigos

Interrumpidos en su oración, no creían lo que ella les decía, sino que pensaban que se lo había imaginado. Pero Rhode siguió insistiendo en que lo había oído; conocía la voz de Pedro. Sabía que estaba en la puerta. Por fin concluyeron que era “su ángel”.

Mientras tanto, Pedro continuó tocando hasta que finalmente le abrieron. No parece que el pequeño grupo esperara la respuesta a sus oraciones de una manera tan literal, así que, “cuando abrieron, le vieron y se espantaron”.

Pedro, “haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel”. Entonces mandó que lo hicieran saber a Jacobo y a los hermanos. Este Jacobo, o Santiago, era probablemente el hermano de Jesús, quien parece haber tenido el liderazgo de la Iglesia en Jerusalén (véase Gálatas 1:19).

Sabiendo que en cuanto los soldados de Herodes no lo hallaran en la prisión saldrían a buscarlo, Pedro se fue a otro lugar. Luego, al amanecer, hubo un gran alboroto entre los soldados cuando no encontraron a Pedro. Herodes mandó que lo buscaran por todas partes, pero en vano. Entonces, creyendo que los guardias tenían la culpa, este rey inicuo los mandó matar.

La muerte de Herodes

Poco tiempo después, Herodes murió tan repentina y miserablemente, que algunos han dicho que la ira de Dios cayó sobre él por causa de sus iniquidades. Lucas, el evangelista, nos dice que “el ángel del Señor le hirió” (Hechos 12:1–23).

Sin embargo, Pedro —a quien Herodes había intentado matar— fue librado mediante las bendiciones del Señor, para dirigir la Iglesia y predicar el evangelio todavía algunos años más.

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