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Una Visita Especial a Samaria
Al aumentar el número de los miembros de la Iglesia, se llamaron, nombraron y ordenaron hombres para que ocuparan varios oficios en la obra del ministerio. Además de apóstoles, había evangelistas, pastores, maestros, diáconos, etc.
Los primeros en ser llamados y ordenados fueron “siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría.” Se llamaban: Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás. Eran conocidos como diáconos, y uno de sus principales deberes consistía en hacerse cargo de la distribución de alimentos entre los pobres.
El martirio de Esteban
Poco después de su nombramiento se desató, contra la Iglesia en Jerusalén, una rencorosa y cruel persecución, durante la cual los santos fueron esparcidos por las tierras de Judea y Samaria. Esteban, varón “lleno de gracia y de potencia”, fue apedreado. Felipe descendió a la ciudad de Samaria, y allí siguió predicando a Cristo a los samaritanos.
Parece que el ministerio de Felipe se vio acompañado de “gran potencia”, porque “de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados: así que había gran gozo en aquella ciudad.” Las gentes “escuchaban atentamente unánimes” el mensaje de Felipe, y se bautizaban en la Iglesia.
Autoridad limitada
Pero el bautismo en agua no es suficiente. Debe ir acompañado del bautismo del Espíritu Santo. Sin embargo, parece que, aunque Felipe tenía la autoridad para bautizar, no tenía el poder para conferir el Espíritu Santo. Probablemente tenía el oficio de presbítero.
Cuando llegaron las noticias a Jerusalén de que Samaria había recibido el evangelio, “les enviaron a Pedro y a Juan, los cuales, venidos, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo.” Pedro y Juan entonces pusieron sus manos sobre la cabeza de aquellos creyentes bautizados y les confirieron el don del Espíritu Santo.
La falta de sinceridad
El Señor no acepta a todo el que se bautiza en la Iglesia. Solamente aquellos que sinceramente creen en Jesucristo como su Redentor y el Redentor del mundo, y se arrepienten de sus pecados, reciben el Espíritu Santo. Los que se bautizan sin fe y sin arrepentimiento no hacen sino fingir.
Uno de éstos se unió a la Iglesia en Inglaterra hace unos cuantos años. Un día, uno de los miembros, viendo que aquel joven no tenía fe, le preguntó por qué se había unido a la Iglesia.
—Oh, sólo para poder llegar a América —fue su respuesta.
En la misma conversación, momentos después, confesó haberse unido a la iglesia católica para recibir un rosario, y poco después se hizo miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para poder llegar a Utah. Por supuesto, no mucho después fue excomulgado y no tardó en hundirse en el pecado y la miseria.
Simón el mago
Cuando Felipe fue a Samaria, vivía en la ciudad un hombre llamado Simón, que sabía aparentar muy bien. Decía ser mago, y ganaba mucho dinero engañando a la gente con sus encantamientos. Sin embargo, cuando el pueblo oyó el evangelio verdadero y vio los milagros que se efectuaban por el poder de Dios, casi todos perdieron el interés en las artes mágicas de Simón y fueron a Felipe para ser bautizados.
“El mismo Simón creyó también entonces, y bautizándose se llegó a Felipe; y viendo los milagros y grandes maravillas que se hacían, estaba atónito.”
Pero no se había convertido. Su único propósito era saber cómo se hacían aquellos milagros, creyendo que podría usarlos para beneficiarse.
Cuando Simón vio “que por la imposición de las manos de los apóstoles se confería el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo:
—Dadme a mí también esta potestad, que a cualquiera que pusiere las manos encima, reciba el Espíritu Santo.”
¡Pobre hombre codicioso! Su ambición por el oro lo llevó a sacrificar hasta su honor. Creía que el corazón de Pedro era tan avariento como el suyo, pero casi al momento comprendió su error, porque el apóstol, indignado, penetrando el alma de este hipócrita mercenario, le respondió:
—”Tu dinero perezca contigo, que piensas que el don de Dios se gana por dinero. No tienes tú parte ni suerte en este negocio; porque tu corazón no es recto delante de Dios.”
Ni las manifestaciones exteriores ni los fingimientos hipócritas podían influir en Pedro, y mucho menos ganarse la gracia de Dios. Sólo se podía aceptar un corazón sincero. Viendo que Simón tenía propuesto en su corazón obtener lucro, aun cuando tuviera que sacrificar su honor y hasta profanar la palabra de Dios, Pedro le amonestó que se arrepintiera de su iniquidad y pidiera a Dios perdón:
—”Porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás” —le dijo.
Estas severas palabras atemorizaron al mago, y rogó a Pedro que pidiera a Dios por él:
—”Que ninguna cosa de éstas que habéis dicho venga sobre mí.”
(Hechos 8:1–24)
Pedro siguió predicando algún tiempo en otras ciudades de Samaria, y luego volvió a Jerusalén.
























