Los Antiguos Apóstoles


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La Vida y Ambiente
de los Primeros Años


“Los jóvenes son como las plantas; por el primer fruto que dan, sabemos qué se puede esperar de ellos en el futuro.”

El “Mar Muerto” de América

El río Jordán nace en el lago Utah, corre hacia el norte, atravesando parte del gran valle, y desemboca en el Gran Lago Salado, el “Mar Muerto” de América. El lago Utah es de agua dulce y tiene abundancia de peces. El Lago Salado, como lo indica su nombre, es tan salado que los peces no pueden vivir en sus aguas.

El valle de Salt Lake, con el “Mar Muerto”, en cuyas aguas se reflejaban los gloriosos rayos del sol de julio, fue en verdad una “tierra de promisión” para Brigham Young y el valiente grupo que lo acompañaba.

El “Mar Muerto” de la Tierra Santa

Allende del océano Atlántico, a corta distancia de las playas orientales del mar Mediterráneo, se encuentra un mar de sal, otro río Jordán y otro lago de agua dulce. El río baña la “Tierra Prometida” o la Tierra de Canaán.

Sin embargo, si consultamos el mapa de ese país, descubriremos que la posición relativa de este lago, el río y el mar es contraria a la de Utah. En la Tierra Santa, el lago de agua dulce queda al norte, y el Jordán corre hacia el sur para desembocar en el Mar Muerto.

A la tierra que contiene estas importantes características se le ha dado diversos nombres. Se la llama Tierra Santa; Tierra de Canaán; tierra de los hebreos o Tierra de Israel, porque en su tiempo los hijos de Jacob vivieron allí. También es conocida como la tierra de Judá, en memoria de uno de los hijos de Jacob; y se le llama Palestina, probablemente porque los filisteos, como sabemos, vivieron allí en los días de David.

El tamaño del país de Canaán

El Lago Salado mide 128 kilómetros de largo por unos 64 km de ancho. La Tierra de Canaán mide el doble, tanto en longitud como en amplitud: su mayor longitud es de 272 kilómetros y su amplitud máxima se aproxima a los 128 km.

En el extremo norte se hallaba la ciudad de Dan y en el sur la ciudad de Beer-seba; de manera que con la expresión “desde Dan hasta Beer-seba” se quería decir toda la Tierra de Canaán.

El mar de Galilea

El lago de agua dulce que se encuentra en la Tierra Prometida tiene también varios nombres. Generalmente se conoce como el Mar de Galilea, pero también se llama Mar de Tiberias, lago de Genesaret, lago de Tiberias y Mar de Cineret. Tiene unos 25 kilómetros de largo por 10 km de ancho. Las aguas de este lago se hallan en una cuenca rodeada de altos cerros por todos lados, con excepción de los dos sitios por donde entra y sale el Jordán.

Sobre la orilla occidental de este lago quedaba una de las divisiones importantes de Palestina, llamada Galilea. Un escritor antiguo ha dicho que, en un tiempo, se hallaban en esta provincia 204 ciudades y pueblos, “la menor de las cuales comprendía 15,000 habitantes” (Josefo).

Betsaida

En esta provincia, probablemente cerca de Capernaum, se hallaba un pequeño pueblo llamado Betsaida. En las playas, hacia el noroeste, había otro pueblo que llevaba este mismo nombre, pero nosotros estamos interesados en el que se hallaba cerca de Capernaum. Debe haber estado muy cerca del lago, porque muchos de los hombres que vivían allí se ganaban la vida pescando con redes muy grandes.

En la casa de uno de estos pescadores, probablemente unos cuantos años antes del nacimiento del Salvador, nació un día un niño a quien sus padres dieron el nombre de Simón o Simeón. Tenía un hermano que se llamaba Andrés (Juan 1:42–43). El nombre de su padre era Jonás o Johanan, pero muy poco se sabe de él, y absolutamente nada de su madre.

La niñez de Simón

No se sabe nada definitivo acerca de la niñez o la juventud de Simón. Sin embargo, a juzgar por las costumbres, creencias y prácticas de los judíos de esa época, podemos deducir, con cierta confianza, que vivía en una casa pequeña de techo plano, en la que, indudablemente, habría pocos muebles; que en su casa o en la escuela —o quizá en ambos lugares— estudió acerca de los profetas que hoy hallamos en lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento; que observaba el día de reposo estrictamente; y lo más importante para nosotros: que había aprendido a esperar el día en que el Salvador del mundo vendría a su pueblo.

En nuestra imaginación podemos ver a Simón y Andrés con sus amiguitos, jugando en la orilla del Mar de Galilea; pero es solamente en la imaginación que podemos ver cualquiera de los detalles de la niñez de Simón. Ninguno de los pescadores que vieron a Simón o a sus compañeros corriendo y jugando entre las redes y los barcos habría pensado o soñado que este niño llegaría a ser uno de los hombres más grandes del mundo.

Algunos escritores nos dicen que los galileos eran, por lo general, valientes e intrépidos, muy amantes de la libertad. Eran buenos soldados porque eran “arrojados e intrépidos”. En su niñez, Simón debió haber admirado a estos hombres valientes y fuertes con quienes se asociaba, porque él también cultivó un carácter firme, según nos lo indica lo primero que se ha escrito de él.

Simón escucha a Juan el Bautista

Poco después de que Simón creció, vino un hombre del desierto del Jordán, vestido con una túnica de piel de camello y ceñido con una faja o cinta de cuero. Predicó con tanta fuerza que “salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán.” Este gran predicador era Juan el Bautista, el precursor de Cristo. Uno de los que salieron a oírlo fue Simón, quien indudablemente se regocijó al escuchar a este predicador del arrepentimiento declarar que el Hijo del Hombre no tardaría en venir a la tierra. Simón, Andrés y algunos de sus amigos creyeron lo que el Bautista enseñaba.

“He aquí el Cordero de Dios”

Un día, estando Juan con algunos de sus discípulos en Betábara, vio a Jesús que venía hacia ellos, y dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es del que dije: Tras mí viene un varón, el cual es antes de mí.”

Otra vez, al día siguiente, probablemente como a las diez de la mañana, Juan estaba hablando con dos de sus discípulos. Eran Andrés, el hermano de Simón, y Juan. A corta distancia de ellos pasó el mismo hombre que el día anterior Juan había llamado el Cordero de Dios. “Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Y oyéronle los dos discípulos hablar, y siguieron a Jesús.”

Aceptando la invitación de Jesús de acompañarlo a donde Él moraba, estos dos hombres permanecieron con Él el resto del día, escuchando sus palabras. Cuando partieron, estaban convencidos de que Jesús era el Rey de Israel, el Salvador del mundo. De manera que ese día llegaron a ser los primeros dos en creer en Jesús, aparte de Juan el Bautista.

El hermano de Simón cree en Jesús

Cuando tenemos algo que en verdad es bueno, siempre buscamos el medio de compartirlo con alguien que amamos. Así fue con estos dos buenos hermanos. No bien sintieron la divina influencia que emanaba del Salvador, cuando nació en ellos el deseo de traer a los que amaban para que conocieran la misma influencia. Andrés fue a buscar a su hermano Simón, y Juan a su hermano Santiago. Andrés halló a Simón primero, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías (que declarado es: el Cristo).”

Simón es llamado Cefas

Entonces lo llevó a Jesús, quien al verlo, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir: piedra).”

En aquellos días, los judíos hablaban el idioma hebreo; pero el Nuevo Testamento fue escrito en idioma griego. Sucede, pues, que en hebreo “Cefas” quiere decir piedra; pero en griego, la palabra es Petros, o sea Pedro. De manera que desde esa ocasión, Simón fue conocido como Simón Pedro, o Simón la Piedra.

Cuando nos ponemos a pensar en este mundo maravilloso en el cual estamos viviendo, en sus divisiones de tierra llamadas continentes; que en el continente oriental hallamos los países de Europa, Asia y África; que en un rinconcito de Asia se halla una pequeña división llamada Galilea; que en esta provincia existían más de doscientas ciudades, cada cual con varios millares de habitantes, entre quienes un día nació un niño cuyos padres no conocemos; que este niño creció hasta llegar a ser un hombre de carácter constante —tan es así que Jesús lo llamó “una piedra”— y que, durante mil novecientos años, ha sido conocido y honrado por millones y millones de personas… Cuando pensamos en estas cosas, ciertamente comprendemos, aun en nuestra juventud, que un nacimiento humilde no es obstáculo para la grandeza.

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