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Juan con Pedro y los Doce
“Quien ama a un ser humano con pureza y ternura, llega entonces a amar a todos.”
“El amor se da, no se compra.”
Juan fue uno de los que, después de la muerte y resurrección de Jesús, acompañó a Simón Pedro cuando este dijo: “A pescar voy.” Toda la noche trabajaron y no pescaron nada, mas cuando vino la mañana, les habló un hombre desde la playa y dijo:
“Echad la red a la mano derecha del barco, y hallaréis.” Así lo hicieron, y la red se llenó de peces. Casi inmediatamente Juan reconoció a Jesús y dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”
Apacienta mis ovejas
Más tarde, en la playa, Juan oyó la amonestación de Jesús a Pedro: que apacentara sus corderos y ovejas en el redil de Cristo. Y sin duda, Juan sintió que también él tenía parte en aquella responsabilidad que se imponía a los Doce.
Fue en esta misma ocasión que Pedro preguntó a Jesús qué iba a ser de Juan, a lo cual el Maestro respondió: “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú.”
Salió entonces este dicho entre los hermanos: que aquel discípulo no había de morir.
“Mas Jesús no le dijo: No morirá; sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?”
(Juan 21:21–23)
Tocante a esto, leemos en Doctrina y Convenios que Juan había dicho al Señor:
“Dame poder sobre la muerte, para que pueda vivir y traer almas a ti.”
Y el Señor le contestó:
“De cierto, de cierto te digo, que porque deseas esto, permanecerás hasta que yo venga en mi gloria, y profetizarás ante naciones, tribus, lenguas y pueblos.”
El Señor entonces dijo a Pedro que haría a Juan como “fuego ardiente y ángel ministrante; servirá a los que serán herederos de salvación, quienes moran en la tierra.” (Doctrina y Convenios 7)
La grandeza verdadera
Así fue como Juan expresó amor, no solamente hacia su Señor y Maestro, sino hacia todos los hijos de los hombres, a quienes deseaba llevar a Cristo para que participaran del gozo del evangelio eterno. Mediante estos sentimientos, Juan mostró que era uno de los hombres más nobles que jamás haya vivido; porque la verdadera grandeza consiste en olvidarse de uno mismo por el bien de los demás.
Se cree que Juan permaneció en Jerusalén unos quince años después de la ascensión del Salvador, y que fue un fiel y verdadero hijo para María, la madre de Jesús. Durante todo este tiempo, sin embargo, se mantuvo siempre activo en el ministerio.
Iba con Pedro al templo cuando el cojo les pidió limosna en la puerta Hermosa. Junto con Pedro, ejerció su fe en esa ocasión para bendecir a aquel pobre hombre que nunca había andado (Hechos 3:1–8). Sin duda, también Juan testificó ante la multitud que se había congregado en el pórtico de Salomón el día de este milagro; pero ningún historiador ha registrado lo que dijo. Se deduce, por lo que escribió Lucas, que Juan habló en esa ocasión; pero sólo se conserva el sermón de Pedro, y, por cierto, apenas una parte muy pequeña.
Mientras predicaban, el magistrado del templo los aprehendió y los encarceló. Cuando los llevaron ante el concilio al día siguiente, y se les mandó que no volviesen a predicar en el nombre de Jesús, Juan declaró osadamente junto con Pedro:
“Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” (Hechos 4:19–20)
Un siervo verdadero
Después de ser arrestados y puestos en libertad, continuaron predicando al pueblo y alabando a Dios por todas sus maravillosas manifestaciones hacia ellos. La rica fiesta espiritual que resultó de sus labores debió llenar el corazón y el alma de Juan con una paz divina como jamás había sentido, porque, de todos los apóstoles, Juan era el más espiritual.
Durante este período fue encarcelado varias veces, pero nunca vaciló en su determinación de anunciar a todo el pueblo que Jesús era el Redentor del género humano. Podía sufrir y ser feliz, porque amaba a los que servía. De modo que, desde el principio de su ministerio, demostró la grandeza de su carácter; porque, con toda voluntad, paciencia y fuerza, ayudaba a otros.
En Samaria
Cuando los samaritanos recibieron el evangelio mediante la predicación de Felipe, Juan acompañó a Pedro a Samaria, y confirieron el don del Espíritu Santo, por la imposición de manos, a aquellos que Felipe ya había bautizado (Hechos 8:5–14).
Varias posiciones
Sin duda, esta fue una de las muchas visitas que Juan realizó durante los quince años que permaneció en Jerusalén. Los Doce, los Setenta, los élderes, presbíteros, maestros y diáconos predicaban en todas las ciudades alrededor de Jerusalén, y los tres apóstoles principales —Pedro, Santiago y Juan— debían haber sido invitados, o su responsabilidad se los indicaba, a organizar ramas de la Iglesia y conocer a los nuevos conversos para alentarlos en su gloriosa fe.
Cuando surgió el gran problema acerca de lo que se requería de los gentiles que se bautizaban, Juan fue uno de los que tomaron parte en el concilio realizado en Jerusalén. Pablo, escribiendo acerca del concilio, se refiere a: “Jacobo, Cefas y Juan, que parecían ser las columnas.” (Gálatas 2:9)
A la luz de la organización de la Iglesia hoy día, sabemos que Pedro, Santiago y Juan eran los hombres que presidían en aquel tiempo, aunque fue Santiago quien dio el fallo o decisión que se llevó a cabo en todas las provincias.
Corazones llenos de amor
Después de ese acontecimiento, sabemos muy poco del ministerio de Juan. En la próxima lección se presentará parte de lo que se sabe. Aprendemos más acerca de la clase de hombre que fue, más bien que de sus hechos. Cuando leemos su Evangelio y sus cartas a la Iglesia, comprendemos fácilmente por qué Jesús lo eligió para amparar a su madre María. El amor llenaba el corazón de Juan, y quería que todo el mundo amara a los demás.
Él escribió: “El que dice que está en luz y aborrece a su hermano, el tal aún está en tinieblas.
El que ama a su hermano, está en luz, y no hay tropiezo en él.
Mas el que aborrece a su hermano, está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va; porque las tinieblas le han cegado los ojos.
Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os son perdonados por su nombre.”
(1 Juan 2:9–12)
En esta misma epístola también dice: “Y ahora, hijitos, perseverad en él; para que cuando apareciere, tengamos confianza, y no seamos confundidos de él en su venida.” (1 Juan 2:28)
























