Los Antiguos Apóstoles


19
Juan, el Discípulo Amado,
con el Redentor


“La modestia es una luz que brilla; prepara la mente para recibir conocimiento, y el corazón para recibir verdad.”
“La humildad es el firme cimiento de todas las virtudes.”

Modestia

En el primer capítulo del evangelio de San Juan, leemos que dos discípulos de Juan el Bautista le oyeron dar testimonio de la divinidad de Jesucristo. El Bautista, refiriéndose a Jesús —que andaba cerca de allí— dijo:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

Se da el nombre de uno de los discípulos que oyó este testimonio: era Andrés, hermano de Simón Pedro (Juan 1:40). El nombre del otro no es dado. Por cierto, en todo el libro —que sin duda fue escrito por Juan mismo— el nombre de Juan, hijo de Zebedeo, no se menciona una sola vez. En el relato de la Última Cena leemos que “uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba”, se sentó tan cerca del Señor que pudo “recostarse en el seno de Jesús”.

Estos dos casos, y otros que se podrían citar, nos indican un rasgo característico del carácter de Juan: una modestia sincera que le granjeó el respeto y amor de todos los que lo conocieron.

Intrepidez

Sin embargo, Juan era hijo de Salomé y Zebedeo, y hermano menor de Santiago, junto con el cual recibió el nombre de “Boanerges”, o hijos del trueno. Esto nos revela otra fase de su carácter. Igual que su hermano Santiago, parece haber tenido un celo ardiente por cualquier cosa que emprendía, y sin temor hacía lo que juzgaba que era justo.

Los tres rasgos de carácter más típicos de Juan son:

  1. una modestia que le impedía alabarse a sí mismo o darse importancia;
  2. una intrepidez para defender lo que era justo;
  3. y un amor profundo por su Maestro, que le valió el lugar más elevado en el corazón del Salvador.

Estos rasgos se destacan claramente en los relatos fragmentarios de su vida que han llegado hasta nosotros.

Vivió —y probablemente nació— en Betsaida, patria de Pedro, Andrés y Felipe. Su oficio era pescador, y trabajaba con su padre y su hermano Santiago. Su padre, Zebedeo, era dueño de sus barcos y empleaba algunos ayudantes, por lo que se concluye que era un hombre de bienes (Marcos 1:20).

En busca de la verdad

Juan siempre buscaba el conocimiento verdadero, y especialmente aquellas cosas que le ayudaran a conocer más acerca de Dios y la otra vida. Guardaba siempre puro su corazón y entendimiento a fin de poder reconocer la verdad cuando la escuchase.

De manera que, cuando Juan el Bautista vino del desierto predicando el arrepentimiento y declarando: “El reino de Dios se ha acercado”, Juan fue uno de los jóvenes que creyó en las palabras del Bautista y lo siguió. Así que ya estaba preparado para aceptar el testimonio de Juan el Bautista tocante a Jesús, después que este se bautizó en el Jordán; y fue uno de los dos que primeramente conversaron con el Salvador del mundo al principio de su ministerio.

La misma ocasión en que Simón Pedro y su hermano fueron llamados para ser sus discípulos, Jesús “vio a otros dos hermanos, Jacobo, hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en el barco con Zebedeo su padre, que remendaban las redes; y los llamó. Y ellos, dejando luego el barco y a su padre, le siguieron” (Mateo 4:18–22; Lucas 5:1–11).

La primera lección

El evangelista Lucas nos dice que Juan estuvo presente al tiempo de la pesca milagrosa y que se asombró en gran manera por lo que oyó y vio en esa ocasión. Fue una de las primeras lecciones —si bien no la primera— que le enseñó la gran verdad de que la obediencia a las palabras de Cristo trae bendiciones.

Desde ese día hasta el fin de su activa vida, se dedicó al ministerio. Cuando Jesús escogió a sus discípulos, Juan fue uno de los tres principales, aunque era el menor de los Doce.

Experiencias memorables

Desde entonces, Juan se asoció íntimamente con Jesús y fue testigo de los acontecimientos más notables y divinos que se hallan en la historia del ministerio de Cristo. Fue uno de los tres apóstoles que pudieron permanecer en la sala cuando la hija de Jairo fue levantada de los muertos (Lucas 8:51). Estuvo presente en el Monte de la Transfiguración, cuando el Señor conversó con Moisés y Elías, y cuando se oyó la voz del cielo que decía:

“Este es mi Hijo Amado; a él oíd” (Lucas 9:28–35).

Junto con los apóstoles Pedro, Santiago y Andrés, también estuvo presente en el Monte de los Olivos, cuando Jesús les habló concerniente a la destrucción del templo y la segunda venida de Cristo. ¡Cómo debe haberse llenado su alma de alegría y dulce felicidad al recordar tales acontecimientos!

A él y a Pedro les fue dado el encargo de preparar la Pascua (Lucas 22:8). En el momento solemne cuando el Salvador dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar”, fue Juan, “al cual Jesús amaba”, quien recibió la respuesta que indicaba quién sería el traidor.

En el Getsemaní

Cuando la melancolía del Getsemaní se hizo sentir en el espíritu de Jesús, Juan fue uno de los tres a quienes el Señor dijo: “Está muy triste mi alma, hasta la muerte; esperad aquí y velad” (Marcos 14:33–34).

Más tarde, aquella misma noche, cuando el traidor entregó al Señor con un beso, y los soldados aprehendieron a Jesús y lo llevaron preso, todos los demás discípulos huyeron; mas Juan acompañó a su Maestro hasta la casa del sumo sacerdote, y más tarde dejó entrar a Pedro, quien —como recordamos— “le seguía de lejos”.

Aunque no se nos dice, podemos, sin embargo, imaginar lo que el discípulo amado debe haber sentido al escuchar las falsas y malévolas acusaciones contra su Señor, y cómo debe haberle dolido el corazón al ver que azotaban a Jesús y colocaban una corona de espinas sobre su cabeza.

Si antes había querido lanzar fuego del cielo para consumir a los samaritanos que se negaron a dar abrigo y hospedaje a su Señor, ¡cuánto mayor no sería el estado de su alma indignada al ver que los judíos y sus jueces perseguían a Cristo hasta la muerte!

El último favor

¡Qué agonía debe haber padecido su alma al ver a su Salvador clavado sobre la cruz! Y, sin embargo, ¡qué paz debe haber sentido cuando recibió de los labios moribundos del Maestro una de las comisiones más sagradas jamás dadas a un hombre mortal! Mientras las tres Marías y Juan se hallaban de pie frente a la cruz, Jesús los miró y dijo a su madre:

“Mujer, he ahí tu hijo”, y a Juan: “He ahí tu madre.” “Y desde aquella hora el discípulo la recibió consigo.” (Juan 19:25–27)

En la tumba

La mañana del domingo que siguió a la crucifixión, Juan se encontraba con Pedro cuando María Magdalena llegó corriendo y dijo:

“Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto.” En cuanto los apóstoles oyeron esto, corrieron al lugar donde habían sepultado a Jesús. Juan corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero, y vio el sepulcro vacío. “Bajándose a mirar, vio los lienzos echados; mas no entró.”

Un momento después, sin embargo, siguió a Pedro dentro del sepulcro. Los dos examinaron cuidadosamente los lienzos y el sudario que había estado sobre su cabeza. Mas aún no entendían que Cristo habría de resucitar al tercer día, y cada cual volvió a los suyos (Juan 20:1–10).

Juan estaba con los Diez, y más tarde con los Once, cuando Cristo les apareció en el aposento alto. De esta y de otras gloriosas experiencias da testimonio en su Evangelio: “Para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” (Juan 20:31)

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario