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Las Últimas Escenas del
Ministerio de Juan
“Era el amor para su alma sensible, no meramente parte de la existencia, sino la parte íntegra, la verdadera vida y aliento de su corazón.”
Pasan dieciocho años
El concilio importante que se mencionó en la última lección se verificó cerca de cincuenta años después del nacimiento de Cristo. Durante los siguientes dieciocho años, parece que Juan se pierde de vista. Nada se sabe con certeza sobre lo que hizo o dónde estuvo.
Se cree que salió de Jerusalén y que rara vez, o nunca más, volvió. Si así fue, justificadamente podemos concluir que María, la madre de Jesús, también dejó Jerusalén, dejando atrás a todos sus queridos parientes y amigos que tenía en la tierra, para una feliz y gloriosa reunión con su Hijo en su hogar celestial en las alturas.
La tierna y amorosa solicitud con que Juan había atendido a María ahora podía extenderla a la Iglesia, que actualmente lleva el nombre del Hijo de ella.
Sin duda, Juan visitó todos, o casi todos, los lugares importantes donde vivían los cristianos; pero parece que pasó la mayor parte de sus últimos años en Asia Menor.
En Éfeso
Según la tradición, vivió en Éfeso, una ciudad grande de Jonia, a unos cincuenta kilómetros de Esmirna. La ciudad se distinguía por su iniquidad y por el hermoso templo construido en honor de la diosa Diana.
Algunos afirman que María, la madre de Jesús, y María Magdalena acompañaron a Juan a Éfeso y que allí murieron. Esta tradición encierra la devoción de un hijo para con su madre, como lo demostró Juan, y también manifiesta el amor de María Magdalena, que podría expresarse con las palabras de otra hermosa mujer que dijo a su suegra:
“No me ruegues que te deje y me aparte de ti;
porque dondequiera que tú fueres, iré yo;
y dondequiera que vivieres, viviré.
Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.
Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada.”
Estando en Éfeso, Juan visitó todas las ramas de la Iglesia, trabajando especialmente con las siete iglesias de Asia.
Después de haber estado varios años en Éfeso, un cruel emperador romano mandó apresar a Juan. Lo llevó a Roma, lo condenó a muerte, y fue arrojado en una vasija de aceite hirviendo. Salvó su vida por el poder de Dios, y entonces fue desterrado a la isla de Patmos. Todo lo que Juan nos dice de esto es que estaba: “En la isla que es llamada Patmos, por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.”
Esto nos hace ver que había sufrido persecución por su creencia en el evangelio y por su firme testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.
Probablemente fue el último testigo de los milagros y enseñanzas del Salvador. Tal vez por eso fue desterrado. Pero los hombres malos no podían desterrar el testimonio que había dado al mundo. Este había quedado plantado en el corazón de miles de sinceros creyentes, y tales semillas, sembradas en tierra fértil, iban a crecer y rendir abundante cosecha por muchas generaciones venideras.
El destierro tampoco perjudicó al anciano apóstol, porque no quedó solo ni aun en aquella isla estéril y deshabitada. Un día domingo —o “el día del Señor”, como él lo llama— oyó detrás de sí “una gran voz como de trompeta, que decía: Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia”.
Se volvió para ver quién le hablaba, y vio al Hijo del Hombre “vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por los pechos con una cinta de oro”.
Al ver a su Señor ataviado con esplendor divino, cayó a sus pies como muerto. Pero el Salvador puso su diestra sobre él y le dijo:
“No temas; yo soy el primero y el último;
y el que vivo, y he sido muerto;
y he aquí que vivo por los siglos de los siglos.”
De nuevo le mandó escribir todo lo que había presenciado y lo que iba a serle mostrado más adelante en su visión. De modo que se dio a las siete iglesias de Asia, y posteriormente al mundo, lo que ahora se conoce como el “Apocalipsis”, la revelación de Juan. Aunque es el último libro de la Biblia, fue el primero que escribió el autor.
Al morir Domiciano, el cruel emperador que desterró a Juan, le fue permitido al apóstol volver a Éfeso, donde continuó predicando, escribiendo y dando testimonio.
Los escritos de Juan
Aparte del Apocalipsis, escribió su Evangelio y sus tres Epístolas. La segunda epístola de San Juan debe ser de especial interés para la juventud. De ella deducimos que había dos hogares cristianos con los cuales Juan estaba muy complacido. Las madres eran hermanas. Dirigió su carta o epístola a la “señora elegida y sus hijos”.
Juan expresa su amor y el de otros para con ellos —la madre y sus hijos— por causa de su carácter cristiano. Nos revela su gran gozo al ver que sus hijos andaban en la verdad, viviendo como deben vivir los hijos que han aprendido las enseñanzas de Cristo.
Se dice que cuando llegó a ser tan anciano que ya no podía caminar hasta la iglesia ni predicar a su pueblo, sus buenos amigos lo llevaban a la casa de oración. En estas ocasiones, solía repetir:
“Mis queridos hijos, amaos los unos a los otros.”
Un día alguien le preguntó:
—Maestro, ¿por qué siempre dices esto?
Y él contestó: “Esto es lo que el Señor os manda; y si lo hacéis, es suficiente.”
Se dice que vivió hasta tener más de cien años de edad, pero de sus últimos días no se sabe nada con certeza. Sin embargo, sabemos que sobrevivió a una persecución tenaz, que sobrevivió a sus malvados perseguidores, y que orientó, por medio de su vida y enseñanzas, a miles de personas por la vía de la rectitud. Y todavía sigue bendiciendo a muchos miles en el mundo hoy día por su sublime y humilde espíritu cristiano.
“Amado, no sigas lo que es malo, sino lo que es bueno. El que hace bien es de Dios; mas el que hace mal, no ha visto a Dios.” (3 Juan 1:11)
























