Los Antiguos Apóstoles


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Dos Años en la Prisión


“Mi conciencia se halla libre de ofensas contra Dios y contra todo hombre.” — José Smith

Ante Félix

A los cinco días de estar Pablo en Cesarea, el sumo sacerdote Ananías y algunos otros vinieron a la ciudad para testificar ante el gobernador en su contra. Con ellos iba un abogado llamado Tértulo.

Félix, el gobernador romano, mandó traer al prisionero para que compareciera ante él, y así pudiera escuchar las acusaciones que presentaría el abogado judío.

El abogado asalariado comenzó su discurso adulando a Félix, para congraciarse con él, y luego acusó a Pablo de la siguiente manera:

“Hemos hallado que este hombre es una peste, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos. Intentó también profanar el templo, y lo prendimos para juzgarlo conforme a nuestra ley.” (Hechos 24:5–6)

Entonces todos los judíos gritaron:
—Sí, así son estas cosas.

La defensa de Pablo

Cuando hubieron terminado de hablar, Félix hizo señal con la mano para que Pablo hablara en su propia defensa. Así lo hizo, diciendo:

“Porque sé que hace muchos años eres gobernador de esta nación, con buen ánimo satisfaré por mí. Pues tú puedes comprobar que no hace más de doce días que subí a adorar a Jerusalén; y ni me hallaron en el templo disputando con nadie, ni alborotando a la multitud, ni en sinagogas ni en la ciudad; ni te pueden probar las cosas de que ahora me acusan.

“Pero esto te confieso: que conforme al Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que están escritas en la ley y en los profetas. Tengo esperanza en Dios, la cual también ellos abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos. Y por esto procuro siempre tener una conciencia sin remordimiento delante de Dios y de los hombres.” (Hechos 24:10–16)

Pablo habló con tanta sinceridad y honestidad que Félix se convenció de que decía la verdad. Y cuando concluyó, Félix sabía que era inocente; pero, por miedo a desagradar a los judíos —que claramente demostraban su odio hacia Pablo— mandó a los oficiales que:

“Pablo fuese custodiado, pero con cierta libertad; y que no se impidiera a ninguno de sus amigos servirle o visitarlo.”

De modo que Ananías y Tértulo tuvieron que volver a Jerusalén sin haber logrado que se castigara a Pablo. Sin embargo, aún albergaban la esperanza de verlo azotado o martirizado.

Ante Félix y Drusila

Unos días después, “Félix, con Drusila su mujer, la cual era judía, llamó a Pablo” para oír más acerca de la doctrina cristiana. Desafortunadamente, ni el gobernador ni su esposa habían llevado una vida recta; así que, cuando Pablo disertó sobre la injusticia, la continencia y el juicio venidero, Félix, espantado, respondió: “Ahora vete; mas en teniendo oportunidad te llamaré” (vers. 25).

Félix no era un juez justo; sin embargo, quería soltar a Pablo, pero al mismo tiempo deseaba aprovechar la oportunidad para sacarle algún dinero. Por ello, llamaba al prisionero muchas veces para que se presentara ante él, y le daba a entender que si Pablo le daba dinero, lo soltaría; pero Pablo rechazaba siempre este medio para obtener su libertad.

Por tanto, Pablo estuvo preso durante dos años; pero durante ese tiempo, sin duda alguna, predicó el evangelio a muchos de sus amigos, y quizá también a muchos desconocidos. “Mas al cabo de dos años recibió Félix por sucesor a Porcio Festo; y queriendo Félix ganar la gracia de los judíos, dejó preso a Pablo” (vers. 27).

Ante Festo

Festo sucedió a Félix como gobernador, y fue un administrador más justo y honorable. Estuvo unos tres días en Cesarea, y luego fue de visita a Jerusalén. Entonces, los sumos sacerdotes y algunos otros trataron de persuadirlo contra Pablo, y le pidieron que lo llevara de Cesarea a Jerusalén para juzgarlo. Habían tramado el inicuo proyecto de asaltarlo en el camino y matarlo.

Pero Festo contestó “que Pablo estaba guardado en Cesarea, y que él mismo partiría presto. Los que de vosotros pueden —dijo— desciendan juntamente; y si hay algún crimen en este varón, acúsenle” (Hechos 25:4–5).

Diez días después, en Cesarea, Festo se sentó en el tribunal y llamó a Pablo. Otra vez acusaron a Pablo de muchas cosas malas, pero nada pudieron probar en su contra. Nuevamente, Pablo respondió por sí mismo y dijo:

“Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he pecado en nada” (vers. 8).

No sabiendo que buscaban la manera de matarlo, “Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondió a Pablo: ¿Quieres subir a Jerusalén y allá ser juzgado de estas cosas delante de mí?”

Apelación a César

“Y Pablo dijo: Ante el tribunal de César estoy, donde conviene que sea juzgado. A los judíos no les he hecho injuria alguna, como tú sabes muy bien… nadie puede darme a ellos. A César apelo” (vers. 10–11).

Se acordarán que Pablo era ciudadano romano, y por lo tanto tenía el derecho de ser juzgado en Roma ante César, el Emperador.

“Entonces Festo, habiendo hablado con el consejo, respondió: ¿A César has apelado? A César irás” (vers. 12).

De modo que Pablo fue llevado nuevamente a prisión, a esperar una ocasión favorable en que pudiera ser enviado a Roma.

Ante el rey Agripa

Cuando Pablo quedó ciego luego de su visión, el Señor le dijo:

“Instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel” (Hechos 9:15).

Entre los reyes a quienes Pablo predicó el evangelio, hallamos al rey Agripa y a su hermana Berenice. Agripa, que gobernaba parte de la región al este del río Jordán, visitó a Festo, y el gobernador aprovechó la ocasión para relatar al rey acerca de Pablo: cómo Félix lo había dejado prisionero; cómo lo habían acusado los judíos, aunque no habían podido probar sus acusaciones; cómo se negó a ir a Jerusalén, y por último, cómo había apelado al César (vers. 13–21).

“Entonces Agripa dijo a Festo: Yo también quisiera oír a ese hombre. Y él dijo: Mañana le oirás” (vers. 22).

Una asamblea real

Al día siguiente, llegaron Agripa y Berenice con “mucho aparato”, lo cual significa, sin duda, que iban vestidos de púrpura, ataviados lujosamente, con muchas joyas y acompañados por sirvientes, todos vestidos de gala y en ricos colores. Era una asamblea real y una ocasión majestuosa; pero la persona más importante y de mayor realeza entre ellos era el humilde Pablo, el prisionero que se presentó en cadenas para declarar su inocencia y la justicia de su causa.

El rey, mirando a Pablo con más curiosidad que desdén, le dijo: “Se te permite hablar por ti mismo” (Hechos 26:1).

Un discurso imponente

Entonces Pablo, dirigiéndose principalmente a Agripa, pronunció el siguiente discurso, uno de los más impresionantes del apóstol:

“Acerca de todas las cosas de que soy acusado por los judíos, oh rey Agripa, me tengo por dichoso de que haya de defenderme delante de ti; mayormente sabiendo tú todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos; por lo cual te ruego que me oigas con paciencia.

Mi vida, pues, desde la mocedad, la cual desde el principio fue en mi nación, en Jerusalén, todos los judíos la saben;
los cuales tienen ya conocido que yo, desde el principio —si quieren testificarlo— conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión, he vivido fariseo.

Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado a juicio;
a la cual promesa nuestras doce tribus, sirviendo constantemente de día y de noche, esperan que han de llegar. Por esta esperanza, oh rey Agripa, soy acusado por los judíos.

¿Qué? ¿Júzgase cosa increíble entre vosotros que Dios resucite a los muertos?

Yo ciertamente había pensado que debía hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret;
lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido potestad de los príncipes de los sacerdotes; y cuando eran matados, yo di mi voto.
Y muchas veces, castigándolos por todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y, enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extrañas.

En esto ocupado, yendo a Damasco con potestad y comisión de los príncipes de los sacerdotes,
en mitad del día, oh rey, vi en el camino una luz del cielo, que sobrepujaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
Pero levántate y ponte sobre tus pies; porque para esto te he aparecido, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que apareceré a ti: librándote del pueblo y de los gentiles, a los cuales ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y herencia entre los santificados.

Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial; antes bien, anuncié primeramente a los que están en Damasco, y en Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento.

Por causa de esto, los judíos, tomándome en el templo, intentaron matarme.
Mas, ayudado del auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de venir:
que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles” (Hechos 26:2–23).

Una interrupción

Al llegar a ese punto de su discurso, Pablo fue interrumpido por Festo, quien “a gran voz dijo: Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco”.

Pero Pablo respondió:

“No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de templanza. Pues el rey sabe estas cosas, delante del cual también hablo confiadamente, pues no pienso que ignore nada de esto; porque no ha sido esto hecho en algún rincón”.

Entonces dijo: “¿Crees, rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees”.

Y Agripa respondió: “Por poco me persuades a ser cristiano”.

A lo que Pablo replicó: “¡Pluguiese a Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas prisiones!” (vers. 25–29).

Después de escuchar el gran discurso de Pablo, el rey, su hermana Berenice y el gobernador se retiraron aparte, y dijeron que no había razón para tener preso a Pablo, porque no había hecho nada que mereciera la muerte o la prisión.

“Y Agripa dijo a Festo: Podía este hombre ser suelto, si no hubiera apelado a César” (vers. 32).

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