Los Antiguos Apóstoles


35
El Viaje a la Ciudad
de Roma


“Si reconocemos a Dios en todos nuestros asuntos, Él ha prometido dirigir nuestros pasos con seguridad, y en nuestra experiencia veremos el cumplimiento de la promesa.”

Julio, el capitán romano

Debido a la apelación de Pablo para ver a César, fue necesario que fuese conducido a Roma, donde residía el emperador romano. De manera que, cuando todo estuvo listo, Pablo y algunos otros prisioneros se embarcaron hacia Roma. Fue puesto bajo el mando de un capitán romano llamado Julio, un hombre que demostró ser bondadoso, caballeroso, honorable y un verdadero amigo de Pablo.

Julio vio en su prisionero a un gran hombre, que poseía mayor sabiduría que cualquier sabio. Por los emocionantes sucesos que ocurrieron durante la travesía, Julio quedó convencido de que Pablo no solo era un sabio, sino también un ser inspirado por Dios.

No importaba dónde estuviese ni con quién se asociase, ya fuese en tiempo de paz o de persecución, en promesa de vida o amenaza de muerte, Pablo era siempre el mismo: un sincero predicador del Evangelio, un siervo del Señor y Maestro Jesucristo. Por esto aun sus enemigos lo respetaban, y esta fue la razón por la cual Julio y otros hombres honrados lo admiraron y amaron.

En alta mar

Dos de sus fieles amigos acompañaron a Pablo en este viaje: Lucas, el médico e historiador, y Aristarco, de Tesalónica. Partiendo de Cesarea hacia el norte, llegaron al día siguiente a Sidón, donde, por la cortesía de Julio, le fue permitido a Pablo ir a tierra para ver a sus amigos que vivían allí. La visita debió de haber sido feliz y, al mismo tiempo, triste.

Desde Sidón navegaron hacia el noroeste, pasaron la isla de Chipre y entonces se dirigieron hacia el oeste, pasando por la costa de Asia Menor.

En Mira, ciudad de Licia, Julio, el centurión, encontró un barco que navegaba de Alejandría a Italia, de modo que transfirió a sus pasajeros a este nuevo barco, el cual llevaba además una carga de trigo desde Egipto a Italia.

“Buenos Puertos”

Durante muchos días, el barco navegó lentamente por causa de los fuertes vientos, pero por fin llegó a la isla de Creta. Costearon la isla hasta que encontraron un fondeadero llamado “Buenos Puertos”, cerca de la ciudad de Lasea. Como era un lugar poco apropiado para pasar el invierno, el dueño del barco resolvió buscar otro puerto mejor.

Como la navegación era peligrosa, debido a que ya estaba muy avanzada la estación del año, Pablo les advirtió que no partieran, diciendo:

“Varones, veo que con trabajo y mucho daño, no sólo de la cargazón y de la nave, mas aun de nuestras personas, habrá de ser la navegación”.

Con estas y otras palabras les aconsejaba que permaneciesen donde estaban durante el invierno.

Pero el dueño de la nave, pensando que Pablo no sabía nada acerca de navegación, aseguró que no había peligro. Y el centurión, creyendo que el dueño del barco tenía mejor criterio que Pablo, consintió en hacerse a la mar.

Los barcos antiguos

Los barcos de la antigüedad no eran como los vapores de nuestros días. Eran de vela y de construcción rústica. Tenían un solo mástil grande, al extremo del cual se ataban grandes sogas para izar una sola vela principal. Se dirigían mediante una pieza móvil llamada timón.

Toda la nave era frágil, le entraba agua con facilidad y siempre corría peligro de hundirse. Esta era la razón principal por la cual se perdían muchos barcos en aquellos días. Llevaban muchas sogas para asegurar el casco cuando se debilitaba a causa de alguna tormenta. En la proa solían pintar un ojo, como símbolo de protección y guía ante los peligros. Sus adornos eran figuras de dioses paganos, a los cuales los marineros supersticiosos pedían amparo y protección.

El criterio de Pablo le indicaba que era peligroso tratar de cruzar el Mediterráneo en ese barco, y sabía, por la inspiración del Señor, que si los marineros intentaban hacerlo, les sobrevendría el desastre.

Había doscientas setenta y seis personas a bordo cuando partieron de “Buenos Puertos” para continuar el viaje. El buen tiempo y los vientos favorables auguraban una travesía tranquila; y sin duda, los marineros debieron haberse burlado de Pablo por sus dudas.

Se levanta una tormenta

Pero repentinamente todo cambió. Un fuerte viento comenzó a soplar desde las montañas hacia la costa y, al golpear el barco, lo desvió. Los marineros no pudieron dominarlo, y el timón de nada servía. Detrás del barco iba un esquife pequeño, que subieron a bordo; y como el barco estaba en peligro de hacerse pedazos, lo ataron con sogas para asegurarlo y, de ser posible, impedir que se llenara de agua.

El barco es amenazado

Pero no obstante todos sus esfuerzos, el barco comenzó a hacer agua y fue arrojado a alta mar. Fue entonces cuando comenzaron a echar la carga por la borda. Sin embargo, el viento vehemente y la lluvia seguían azotando el barco, y el peligro de naufragio aumentaba cada hora.

Las horas se convirtieron en días, y los marineros y pasajeros —sin comer y llenos de terror— caminaban de un lado a otro del barco, de día y de noche.

Al tercer día, dice Lucas, “nosotros con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave”; por lo cual deducimos que el barco se había llenado tanto de agua, que incluso los pasajeros ayudaban a arrojar al mar todo cuanto podían.

“Y no pareciendo sol ni estrellas por muchos días, y viniendo una tempestad no pequeña, ya era perdida toda esperanza de nuestra salud”.

Parece que aun Lucas había perdido toda esperanza y estaba a punto de darse por vencido.

Todos se desesperan, menos uno

“Sin alimentos —pues probablemente los que tenían se habían descompuesto—, mojados y fríos, toda la compañía se desesperó. Es decir, todos menos uno: Pablo. Mientras los demás habían perdido toda esperanza, él oraba sinceramente.

Ni la incomodidad, ni el peligro, ni el desdén a sus consejos podían perturbar su calma, que era tan diferente del miedo y la angustia que lo rodeaban. Existía un gran contraste entre el bamboleo del barco y la firmeza de Pablo; entre las tinieblas y la luz divina que fluía de él; entre la flaqueza del cuerpo y la fuerza espiritual; entre los gritos de desesperación a su alrededor y su voz tranquila; entre el ojo que el barco llevaba pintado sobre la proa y el ojo divino que lo vigilaba; entre las imágenes de los dioses falsos y el omnipotente Rey de todas las cosas.

Una profecía

En medio de esta desesperación y oscuridad, Pablo se levantó y dijo:

“Fuera de cierto conveniente, oh varones, haberme oído y no partir de Creta, y evitar este inconveniente y daño.
Mas ahora os amonesto que tengáis buen ánimo; porque ninguna pérdida habrá de persona entre vosotros, sino solamente de la nave.
Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios del cual yo soy y al cual sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha dado todos los que navegan contigo.
Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho; si bien es menester que demos en una isla” (Hechos 27:21).

Los marineros tratan de escapar

Catorce días duró la tormenta; y entonces, una noche, los marineros sospecharon que estaban acercándose a tierra. Echaron la sonda y hallaron veinte brazas; poco después sondearon de nuevo y encontraron quince brazas, por lo cual entendieron que la tierra no estaba lejos.

Echaron el ancla y se pusieron a esperar que “se hiciese de día”. Pero algunos de los marineros echaron el esquife al mar, aparentando que querían largar las anclas de proa, cuando en realidad pensaban abandonar la nave y dejar que los demás perecieran.

Cuando Pablo se dio cuenta de este intento, dijo al centurión:

“Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podéis salvaros”.

Entonces los soldados cortaron la soga y dejaron caer el esquife, para impedir que huyeran.

Consuelo y alimento

Al amanecer, Pablo se dirigió nuevamente a la compañía y los instó a que tomaran algún alimento, diciendo:

“Este es el décimocuarto día que esperáis y permanecéis ayunos, sin comer nada.
Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud: que ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá”.

Y habiendo dicho esto, tomó el pan, dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiendo, comenzó a comer. Entonces, todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también.

Y satisfechos de comida, aliviaron la nave echando el grano al mar. Y como se hizo de día, no reconocían la tierra, pero veían un golfo con orilla, al cual decidieron dirigir la nave si les era posible.

“Cortando, pues, las anclas, las dejaron en el mar; largaron también las ataduras de los gobernalles, y alzada la vela mayor al viento, se dirigieron a la orilla” (vers. 33–40).

Como golpe final a aquel desastre, la nave encalló: la proa dio en la arena y quedó inmóvil, mientras la popa empezó a hacerse pedazos por la fuerza de las olas.

El naufragio

La ley romana decretaba que el soldado debía reemplazar al prisionero que dejara escapar; de modo que los soldados, temiendo que los prisioneros pudiesen nadar y fugarse a tierra, pidieron al centurión que diera la orden de matar a todos los presos mientras aún estaban a bordo.

Pero Julio, queriendo salvarle la vida a Pablo, no consintió. Algunos de ellos nadaron a tierra y ayudaron a otros; de modo que lograron salvarse todos, y no se perdió ni una sola vida, sino la nave, tal como Pablo lo había predicho.

La isla a la que arribaron se llamaba Melita, y estaba ubicada justamente al sur de Sicilia.

Se manifiesta el poder de Dios

Lucas dice que “los bárbaros nos mostraron no poca humanidad; porque, encendido un fuego, nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que venía y del frío”.

Pablo se ocupaba en llevar leña para el fuego, a fin de que hubiese más comodidad para todos. De repente sucedió algo que dejó asombrados a todos los que lo vieron: una víbora, huyendo del calor, se prendió en la mano de Pablo.

Cuando la gente vio aquello, y sabiendo lo venenosa que era esa serpiente, se dijeron:

“Ciertamente este hombre es homicida, a quien, escapado del mar, la justicia no deja vivir” (Hechos 28:4).

Entonces “estaban esperando cuándo se había de hinchar o caer muerto de repente; mas, habiendo esperado mucho y viendo que ningún mal le venía, se quedaron mudos de asombro y dijeron que era un dios”.

Se predica el evangelio

Sin duda, Pablo les dijo quién era, y debe haberles predicado el evangelio de Cristo. Fueron hospedados por Publio, principal de la isla, que también escuchó el evangelio y vio manifestado el poder del sacerdocio. Su padre estaba en cama, gravemente enfermo de fiebres. Pablo lo bendijo por la imposición de manos, y sanó inmediatamente.

Las noticias de estos milagros pronto se extendieron, resultando en que muchos “otros que en la isla tenían enfermedades llegaban, y eran sanados. Los cuales también nos honraron con muchos obsequios; y cuando partimos, nos cargaron de las cosas necesarias”, dice el historiador Lucas.

Se siembra la semilla de la verdad

¡Qué bendición tan grande fue para este pueblo la permanencia de tres meses de Pablo y sus compañeros! Y con cuánta pesadumbre y tristeza deben haberse despedido de ellos cuando el “Cástor y Pólux”, el barco de Alejandría, llevó a Pablo de ellos para siempre.

Se lo llevó a él, pero no las verdades que les había enseñado. Esas se quedarían con ellos, y si las aceptaban, serían bendecidos eternamente.

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