La unión sincera, la honradez y la responsabilidad de actuar juntos.
por el élder Charles W. Penrose, pronunciadas en el Tabernáculo de Ogden, el 19 de enero de 1879.
Charles W. Penrose enseña que la verdadera unión requiere sinceridad, paciencia, cumplimiento de las promesas y disposición a resolver las diferencias para procurar el bienestar de la comunidad y edificar el reino de Dios.
Palabras sobre la unión
Me complace sobremanera esta mañana tener el privilegio de reunirme con ustedes, ver los rostros de tantos de mis antiguos amigos y disfrutar de las bendiciones del Espíritu de Dios y de las instrucciones de esta conferencia. Creo que comprendemos en gran medida la importancia del tema que el hermano F. M. Lyman nos ha presentado esta mañana. He pensado en él muchísimas veces al reflexionar sobre la condición de los Santos de los Últimos Días y las perspectivas que tienen por delante, y al observar también la apatía y el descuido de muchísimos, así como la llegada entre nosotros de personas que no son de nuestra fe. A veces casi he temido las consecuencias que puedan sobrevenir a menos que lleguemos a estar más unidos en nuestros sentimientos y esfuerzos por edificar el reino de Dios y mantener las libertades que Dios nos ha concedido. Los habitantes de Ogden se encuentran en circunstancias particulares. Han venido aquí muchísimas personas que no son de nuestra fe, algunas buenas y otras no tan buenas. Pero sus afinidades y sentimientos, tanto religiosos como políticos, son distintos de los nuestros; no son de nosotros, sus intereses no son idénticos a los nuestros y, aunque por un tiempo puedan parecer amistosos y tener intereses comunes con nosotros en nuestros asuntos locales, nuestra experiencia nos ha demostrado la verdad de cierto dicho de nuestro Señor Jesucristo: “El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama”. En nuestra historia parecería que a veces no fue así, pues algunas personas han venido entre nosotros con sentimientos que parecían estar en consonancia con los nuestros y con una disposición amistosa hacia nosotros; pero, al no ser su fe nuestra fe, aunque sus opiniones armonizaban hasta cierto punto con las nuestras, hemos descubierto por experiencia que estas palabras del Salvador también se cumplían en ellas. Con seguridad surge algo que traza la línea divisoria; ocurre alguna circunstancia que las sitúa donde les corresponde, y entonces ocupan su verdadera posición. Están fuera del convenio del Evangelio, y sus afinidades, sentimientos y fe no pueden identificarse con los nuestros. Son del mundo; nosotros no lo somos, hemos salido del mundo. Esto puede parecer extraño a algunos, pero es tan cierto como que Dios es verdadero. Cristo estableció esta regla y descubriremos que es completamente correcta.
La gran necesidad que tenemos como santos de Dios es llegar a estar real y verdaderamente unidos, no solo en el pensamiento, sino en nuestra fe, nuestros deseos y nuestros sentimientos de afecto mutuo, y en nuestra hermandad como hermanos y hermanas en Cristo. Debemos cultivar una fe activa y viva, mostrando nuestra fe por nuestras obras en nuestros esfuerzos por alcanzar una unión perfecta. Veo la necesidad de esto en nuestros asuntos políticos. Al recordar las últimas elecciones, pienso en los pocos votos, comparativamente, que se emitieron en esta ciudad. Esto muestra que algo anda mal. ¿Qué es? Está creciendo el descuido entre el pueblo, y lo percibimos hasta cierto punto en nuestros asuntos religiosos y reuniones públicas, pero lo vemos más claramente cuando se trata de votar, porque muchos que tienen derecho al voto se mantienen alejados de las urnas. Llamamos la atención de nuestros hermanos y hermanas sobre estos asuntos y decimos a todo Santo de los Últimos Días que tiene derecho al voto: Es su deber votar. El derecho al voto no se nos da como adorno ni como juguete, sino como un poder que debemos emplear con nuestro mejor juicio para mantener la verdad y la libertad. El espíritu del Evangelio es el espíritu de libertad; el Evangelio mismo es la perfecta ley de la libertad; y toda medida que se tome con el objeto de mantener la libertad debemos considerarla a la luz del Evangelio, a la luz del deber.
Se habla mucho, y se ha hablado durante años, de separar la religión de la política. Creo que necesitamos un poco más de religión en nuestra política de la que ya tenemos, y creo que, si hubiera más religión verdadera en la política de todo el mundo, sería mejor para la humanidad. Estoy seguro de que es absolutamente necesario que nosotros, que hemos venido aquí separándonos del mundo con el propósito de edificar el reino de Dios, permitamos, para lograrlo, que nuestra religión entre en nuestra vida y nos gobierne en todo lo que hacemos, ya sea secular o religioso. No podemos actuar por separado, individualmente y solos; el Espíritu del Señor, que es el espíritu del Evangelio sempiterno, debe dirigirnos en todo lo que hagamos, tanto en el ámbito público como en el privado, y cuando estemos bajo esa influencia actuaremos con la debida consideración por los intereses de nuestros hermanos y hermanas. No vinimos aquí por oro y plata, por mucho que de estos metales preciosos pueda haber oculto en las montañas que nos rodean. No vinimos aquí por rebaños y ganado, por casas y tierras, por huertos y viñedos ni por bienes o riquezas terrenales de ninguna clase. Por supuesto, deseamos obtener todas estas cosas, y es una bendición tenerlas, porque con ellas podemos ayudar mejor a hacer avanzar el reino de Dios; pero adquirir tales riquezas no fue el objeto de nuestra venida aquí; fue más bien edificar un sistema mejor de sociedad y establecer sobre la tierra ese orden divino que existe donde mora nuestro Padre, algunos de cuyos principios nos han sido revelados por medio del profeta José Smith. En otras palabras, vinimos aquí para conocer la voluntad de Dios y luego cumplirla. Debemos mantener ese objetivo ante nosotros en todo momento, sin importar en qué calidad actuemos, ya sea como miembros de la Iglesia o de la sociedad, ya sea en asuntos políticos o religiosos; debemos tener presente que el objeto principal de nuestra vida es establecer el reino de Dios sobre la tierra, para que gobierne Aquel cuyo derecho es reinar. Y cuando vayamos a las urnas, ya sea para votar por nuestros funcionarios municipales o por otros, debemos ir como Santos de los Últimos Días, para ser fieles a nuestros convenios religiosos; no podemos decir: Religión, hazte a un lado, hoy soy político. Debemos ser Santos de los Últimos Días en todo momento, en cada acto de nuestra vida. Y debemos deshacernos de este descuido en cuanto a votar; debemos comprender que se requiere de nosotros que ejerzamos el derecho al voto y, sabiéndolo, debemos tener la entereza de utilizarlo; y las hermanas que disfrutan del privilegio de votar deben comprender que sobre ellas descansa la misma obligación que sobre los hombres. Esta bendición se les da para que la empleen por el bien de sus hermanos y hermanas, en beneficio de la comunidad de la cual forman parte.
Es necesario que seamos uno, uno en espíritu y en hechos, y debemos procurar durante todo el día el cumplimiento de la obra que se nos ha confiado. Todo miembro debe estar vivo y continuar vivo. La señal de la vida es el movimiento, pero muchísimos hermanos y hermanas parecen estar muertos o dormidos con respecto a estos asuntos. Debemos hacerlo mejor si queremos preservarnos de las cargas que los habitantes del condado de Tooele han tenido que soportar y todavía soportan; si queremos mantener nuestra libertad y conservar el equilibrio del poder, debemos ejercer las facultades que se nos han conferido, y si no lo hacemos, tendremos que cosechar las consecuencias. Esta unión de la que tanto hablamos y que decimos que es esencial para nuestra fortaleza, ¿cómo la aumentaremos? Porque necesitamos aumentar la unión, particularmente en algunos lugares. Tomemos Ogden, por ejemplo: ¿cómo estableceremos la unión y la conservaremos aquí? He pensado que hay algo que debemos tener bien presente, y es la armonía de sentimientos y pensamientos entre los dirigentes y el conjunto del pueblo. Para establecerla y mantenerla, es necesario que haya una comunidad de intereses en nuestros corazones. No basta con que nuestros hermanos, cuando se encuentran, se estrechen la mano y mantengan una conversación formal, y luego, al separarse, tengan algo malo que decir el uno del otro. Debemos procurar establecer una armonía real; la cabeza debe estar en armonía con los pies, y el espíritu que está en la cabeza debe fluir hasta las extremidades del cuerpo. Debemos procurar establecer una unión esencial. No un simple apretón de manos ni un vínculo mediante reglas, sino la unión de corazón con corazón, para que el espíritu tenga libre curso, fluya y se difunda entre el pueblo. Y, para establecer esto, he pensado que necesitamos ser francos, sinceros y abiertos unos con otros. No creo en esa clase de discusión que produce contención, que viene del diablo; pero sí creo en esa libertad de expresión que establece el entendimiento mutuo, tiende a unir a los hombres y produce verdadera afinidad. Debemos estar ligados por una unión esencial, una unión de corazón y alma. ¿Cómo puede lograrse esto? Siendo leales y honrados unos con otros, para que haya verdadera confianza entre nosotros. Porque un hombre pueda diferir de otro, incluso de alguien llamado a presidirlo, ¿significa eso que tal hombre es rebelde? Creo que no. Debe distinguirse entre una diferencia sincera y la obstinación y la contención. Todavía no podemos ver todos las cosas de la misma manera, ni se espera que lo hagamos en nuestra actual condición imperfecta. Así como hay diferencias entre nuestros rostros, también las hay entre nuestras mentes, y la única manera de armonizar las diferencias de opinión que puedan existir entre nosotros es vivir de tal modo que la luz del Espíritu de Dios pueda brillar en nuestros corazones. Algunos hombres perciben una verdad rápidamente; otros son lentos. Algunos captan una idea y la comprenden en un instante, mientras que a otros les lleva mucho tiempo, simplemente porque su intelecto es más lento o porque no ven desde el mismo punto de vista que nosotros. Debemos ser pacientes y procurar convencernos unos a otros cuando nos ocurra discrepar. ¿Cómo? ¿Mediante amenazas y condenas? No, sino mediante verdadera tolerancia, la misma que Dios ejerce hacia nosotros. ¿Llevamos nosotros a cabo Sus propósitos tal como Él los ha revelado? Creo que no. Confieso que yo no lo hago. Puedo ver ante mí la norma de rectitud, nobleza y pureza, pero, ¡ay!, sé que no la he alcanzado; sin embargo, quiero seguir esforzándome hasta llegar a esa norma, y creo que esos deseos están en sus corazones. Dios ejerce paciencia hacia nosotros, y ese es el espíritu que debemos ejercer unos hacia otros hasta que lleguemos a ver ojo a ojo. Llegará un tiempo en que los atalayas sobre el monte Sion cantarán juntos con perfecta armonía. “¡Voz de tus atalayas! Alzarán la voz; juntamente darán voces de júbilo, porque ojo a ojo verán que Jehová vuelve a traer a Sion”. Pero el Señor nunca traerá a Sion de lo alto hasta que la Sion de abajo esté preparada para recibirla.
Por tanto, diría: Cultivemos la tolerancia y seamos francos, y fomentemos la franqueza; no me refiero a la contención, que es algo muy diferente y procede de otra fuente. Hay una unión esencial y hay una unión aparente. No daría nada por la última, pero la primera vale todo lo que poseemos. Si solo aparentamos estar unidos y ligados, y los vínculos se rompieran, sobrevendría la separación, todo sería confusión y la fortaleza que poseemos se desperdiciaría; pero si seguimos un curso que nos permita ver de la misma manera y actuar de la misma manera, tendremos verdadera fortaleza. Entonces procuremos establecer tal unión siendo abiertos, francos y leales unos con otros. Para ilustrar mi idea: Una dama se consigue un sombrero nuevo, se encuentra con una amiga y le pregunta cómo se ve. “¡Oh, qué bonito!”, dice la otra, “te queda admirablemente; te favorece muchísimo”. Cuando su amiga se ha ido, se vuelve y le dice a otra dama: “¡Qué espantosa se ve con ese armatoste de sombrero!”. Así también los hombres se muestran amistosos de frente y falsos cuando se dan la espalda. Debemos ser abiertos, francos y sinceros al hablar; pero eso no significa que debamos ser imprudentes y bruscos en nuestras expresiones, porque somos muy sensibles y nos ofendemos fácilmente. Incluso podemos hacer un comentario inocente que una persona tome a mal y por el cual sienta que somos sus enemigos cuando en realidad somos sus amigos; y es probable que las bromas produzcan los mismos sentimientos, aunque realmente no haya intención de ofender.
Pero la mayor causa de desunión es el incumplimiento de las promesas. Uno de los males que se menciona como predominante en los últimos días es que los hombres serían “implacables”; es decir, serían culpables de hacer promesas solo para quebrantarlas. Creo que puede decirse con verdad de algunos que se llaman Santos de los Últimos Días que dan su palabra a un hermano y, casi antes de que se enfríe el aliento, faltan a su promesa; hacen contratos por escrito y, casi antes de que se seque la tinta, los quebrantan. Si prometemos realizar un trabajo, debemos procurar cumplirlo, aunque parezca perjudicarnos. Si prometemos pagar a un hermano, debemos hacerlo o llegar a un arreglo satisfactorio con él, y no procurar excusarnos diciendo: “Oh, no es más que un hermano”; mientras que, si fuera un “gentil”, muy probablemente cumpliríamos nuestra promesa. Debemos ser fieles a nuestra palabra en toda circunstancia y con todas las personas; si tomamos prestado, debemos pagar nuestra deuda; si nos resulta totalmente imposible hacerlo, debemos dar a nuestro acreedor la mejor satisfacción que podamos. Cuando nos reunamos y acordemos llevar a cabo ciertas medidas, hagámoslo, o no prometamos hacerlo. Y cuando nos congreguemos en nuestras reuniones y se presenten medidas de interés público, o deban hacerse nominaciones para alguno de nuestros cargos públicos, y sintamos que no podemos estar de acuerdo con las medidas propuestas o tengamos causa justa para oponernos a las nominaciones, no permanezcamos callados en la reunión para luego, en cuanto termine, comenzar a encender el espíritu de oposición entre nuestros hermanos. En todos nuestros asuntos políticos, si los élderes y el pueblo se reúnen y llegan a un entendimiento claro respecto de los hombres que han de ocupar ciertos puestos, de la manera a la que me he referido, no veo cómo puede haber división ni cómo quienes no son de nosotros, que son la minoría, pueden esperar tener éxito en elegir candidatos de oposición para ocupar nuestros cargos públicos. No puede hacerse. Tenemos la mayoría numérica, y si tenemos una unión completa de fuerzas, nuestra fortaleza se conservará. Pero nuestra debilidad está en el descuido y la apatía. Tenemos el derecho de hacer el bien, el derecho de votar, pero no lo ejercemos.
Cuando desaprobemos a un hombre propuesto para ocupar algún puesto, asegurémonos de que lo que causa esa desaprobación no sea algún resentimiento personal contra él. No tenemos derecho a votar contra un hombre por nuestros sentimientos personales. Si un hombre es propuesto para un cargo público y tenemos algún resentimiento personal contra él, eso no debe pesar ni una pluma. Se propone a un hombre porque se le considera apto para el puesto, y cuando la mayoría se pone de acuerdo en cierta persona, debemos sumarnos; la minoría debe ceder ante la mayoría. Y cuando discrepemos de nuestros hermanos, no debe ser por sentimientos personales. Alguien puede decir: “Oh, no quiero a ese hombre”. ¿Por qué? “Pues dijo tal o cual cosa contra mí, o no hizo esto o aquello por mí”. No se trata de si un hombre nos agrada personalmente o no. La pregunta es: ¿Es apto para el puesto? ¿Es el hombre adecuado para el cargo? ¿Desea la mayoría de mis hermanos a tal o cual hombre? Si es así, dejaré de lado mis diferencias y votaré por quien se considere más apto para el puesto. Estas cosas tienen mucha más importancia de la que muchos de nosotros pensamos. En tiempos pasados hemos tenido el equilibrio del poder en nuestras elecciones, y todo ha marchado sin dificultades, hayamos votado o no. Pero llegará el tiempo en que las fuerzas estarán más equilibradas, y debemos acostumbrarnos a ejercer toda facultad que Dios nos ha conferido para la edificación de Su reino y para nuestro beneficio mutuo. Cuando el obispo de un barrio pida a un hombre que cumpla algún deber público, este debe estar dispuesto a dar un paso adelante y hacer su parte; y toda mujer debe sentir que le gustaría ver a su esposo hacer tanto como el esposo de cualquier otra mujer, y no solo en asuntos religiosos, sino en todas las cosas que contribuyan al bienestar de la comunidad de la cual formamos parte. Seamos todos miembros activos de la Iglesia y seamos todos miembros activos del cuerpo político; seamos Santos de los Últimos Días verdaderos y llenos de vida, y permitamos que el espíritu del Evangelio fluya a cada parte, para que todos sean vigorizados, adhiriéndose cada partícula a las demás; porque, cuando cada partícula se adhiere a las otras, esta es la señal de vida en un hombre, pero cuando las partículas parecen tener el deseo de separarse, eso indica disolución, ese cambio misterioso que llamamos muerte; cuando nos apartamos unos de otros, eso es señal de muerte espiritual entre los Santos de los Últimos Días.
Deseo ver a la Iglesia y al reino de Dios vivos en todas sus partes; deseo ver a cada miembro imbuido del Espíritu de Dios y a todo hombre que posee el santo sacerdocio sintiendo ese espíritu y ese poder que le pertenecen, porque sé que hay virtud, poder y fortaleza en él. Sé que es una realidad. Sé que cuando un hombre es ordenado al santo sacerdocio, si busca el espíritu de su llamamiento, puede acercarse más a Dios de lo que podría sin él; sé que puede hacer más bien a la humanidad con él de lo que posiblemente podría hacer sin él. Sé que el sacerdocio de Dios es eficaz, que hay vida y vigor en él y que, por medio de él, un hombre tiene acceso a Dios, el Padre Eterno, y tiene poder para ayudar a su semejante. Debemos ser una nación de reyes y sacerdotes para Dios, un real sacerdocio, un pueblo peculiar, celoso de buenas obras. Esto es lo que debemos ser, mis hermanos y hermanas. Y aquí, particularmente en el condado de Weber, donde parece estar congregándose el elemento ajeno a nosotros, que por naturaleza es agresivo y siempre está dispuesto a intentar arrebatarnos nuestros derechos adquiridos, les corresponde ser fervientes, sinceros y unidos, y ser diligentes en sus esfuerzos por conservar para Dios y Su reino esos derechos y libertades que Él nos ha dado. Dios dispuso que Su pueblo, al cual ha recogido en esta tierra, la poseyera y no fuera gobernado por sus enemigos, al menos mientras sea la mayoría. Entonces, ¿cederemos nuestra fuerza a la minoría que desea quitarnos nuestros derechos y que ha procurado continuamente destruir a nuestros mejores hombres? Creo que no; creo que seremos más enérgicos y nos mantendremos unidos, y, si tenemos diferencias, procuraremos resolverlas. Hermanos, si sienten resentimiento contra un hermano, acudan a él como hombres y díganle que ha hecho tal o cual cosa y que desean que el asunto se aclare; y si no pueden resolverlo ustedes mismos, recurran a la ayuda de un maestro; y sacrifiquemos más bien nuestros sentimientos antes que permitir que ese espíritu cordial que pertenece a la verdadera hermandad sea aplastado y desaparezca de nuestros corazones. Que todo hombre y toda mujer de esta congregación sienta hoy que cualquier dificultad que haya tenido con sus hermanos o hermanas quedará sepultada desde hoy y ya no será albergada por más tiempo. Digan en su corazón: Antes de permitir que algo encone o empañe mis sentimientos, iré a mi hermano o a mi hermana y confesaré mi debilidad, y así me libraré de ella. Y si somos abiertos, francos y honrados, y decimos lo que hay en nuestro corazón, sin temor ni favoritismos, habrá más unión entre nosotros, y el Espíritu de Dios morará con nosotros; veremos cada día nuevas bellezas en nuestra religión y buscaremos la compañía de nuestros hermanos en lugar de evitarlos; pero, por otra parte, si albergamos resentimientos en el corazón sin expresarlos ni procurar alivio, podemos estar seguros de que, si se permite que continúen sin control, resultarán en una separación de los mismos hombres con quienes hoy profesamos hermandad, y en nuestra propia caída y muerte. Somos hijos del convenio y debemos estar ligados por la influencia del Espíritu Santo, cuyos lazos son más fuertes que los que existen entre esposo y esposa; esa influencia nos hará uno, así como la tierra es una aunque esté compuesta de millones de átomos. En el principio, se nos dice, Dios habló, el caos oyó y los mundos entraron en orden. Las partículas dispersas se juntaron, se solidificaron y se consolidaron, y esta pequeña tierra que ahora gira en el espacio muestra los efectos de esta unión real y esencial de sus partes. Dios ha hablado a las partículas caóticas de la humanidad; nos ha recogido en este lugar para hacernos uno; y debemos vivir juntos, trabajar juntos y presentar un frente poderoso y unido, como verdaderos hermanos y hermanas de hecho, para que el espíritu de unión esté en nuestro corazón y en toda obra y acto, los cuales deben realizarse en beneficio mutuo y no por individualismo e interés propio. El espíritu del individualismo es: Cada hombre para sí mismo; el espíritu del Evangelio es: Cada hombre para su hermano; y es esta influencia la que impulsa a un hombre a decir: “Que ame yo al Señor mi Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas, y que ame a mi prójimo como a mí mismo y procure sus intereses, así como los míos”. Este es el Espíritu de Dios; es el espíritu del Evangelio sempiterno; es el espíritu de paz, gozo, consuelo y alivio, y en él hay felicidad real y verdadera. Qué sentimiento tan miserable es no poder encontrarse con un hombre con franqueza y cordialidad. Qué diferente es cuando se encuentran amigos y hermanos. Sus rostros se iluminan de inmediato y hay un resplandor y una calidez que expresan sus sentimientos mutuos; es un sentimiento de gozo y satisfacción, y quienes lo poseen desean bendecir y hacer bien a sus semejantes.
Siento la importancia de estas verdades sencillas; son necesarias para nuestro crecimiento como comunidad y para nuestro progreso individual. Dios las ha revelado para nuestra guía y salvación, tanto temporal como espiritual. Meditemos en ellas y no permitamos que nada se interponga entre nosotros y el sacerdocio de Dios. Estemos unidos en todas las cosas y, cuando llegue el momento de votar por nuestros funcionarios municipales, tengamos de antemano un entendimiento claro y luego unámonos en torno a él; y les prometo que, si ustedes hacen su parte, Dios hará la Suya, y saldremos más que vencedores. Y no estará muy lejano el día en que el sacerdocio de Dios tenga el equilibrio del poder, y el gobierno y el dominio que ahora están en manos de los inicuos sobre toda la faz de la tierra serán quitados a los corruptos y a los inicuos y entregados en manos de los santos del Dios Altísimo, y Él reinará para siempre jamás. Amén.


























