La restauración del Evangelio, el recogimiento de Israel y las promesas de la vida eterna.
por el élder Orson Pratt Orson Pratt. Pronunciado en el salón de reuniones de la Rama Norte de la Conferencia de Londres, el domingo 9 de marzo de 1879 por la noche.
Orson Pratt enseña que Dios ha restaurado Su Iglesia y Su sacerdocio para proclamar el Evangelio, recoger a Israel y preparar a Sus hijos para la venida de Jesucristo y las bendiciones de la vida eterna.
Con gusto, hermanos y hermanas, me levanto ante esta pequeña congregación para hablarles sobre los temas que sean puestos en mi corazón. Por mucho saber e información que posea un orador, eso no es lo decisivo; Dios puede, por Su Espíritu, valerse de los menos instruidos, si tan solo lo buscan y tienen fe en Él, para hablar por medio de ellos para la edificación de quienes escuchan. Tenemos una inmensa cantidad de información que el Señor ha revelado desde lo alto en diferentes períodos de la historia del mundo, así como en nuestros propios días; información de la mayor importancia para la familia humana; información relacionada con nuestra felicidad y bienestar eternos en el mundo venidero, si tan solo podemos obtener suficiente del espíritu de verdad para que esa información sea impartida a nuestra mente.
Nosotros, los Santos de los Últimos Días, vivimos en una época particular de la historia del mundo; somos llamados por el Todopoderoso mediante nueva revelación. No hemos tomado este nombre sobre nosotros por nuestra propia cuenta; es un nombre que el Señor dio por revelación directa mediante el profeta y vidente José Smith. El Señor le habló, como siempre lo hizo a quienes fueron enviados a edificar Su Iglesia sobre la tierra; por tanto, esta Iglesia no se ha edificado sobre las opiniones de los hombres, ni sobre el saber de los hombres, ni sobre las doctrinas y los convenios de los hombres; sino que, desde el principio mismo, antes de que hubiera Santos de los Últimos Días o una Iglesia verdadera, el Señor dio una revelación respecto del tiempo en que debía organizarse la Iglesia. Unos pocos habían creído, unos pocos se habían arrepentido, unos pocos habían sido bautizados para la remisión de sus pecados y unos pocos habían sido confirmados mediante la imposición de manos para recibir el don del Espíritu Santo. Fueron organizados en una Iglesia por mandamiento, y el mismo día en que fueron organizados de ese modo, el Señor señaló los deberes de los miembros y también de los oficiales de la Iglesia. También se reveló que en la Iglesia del Dios viviente debía haber apóstoles inspirados. No asumimos el apostolado por nuestra propia cuenta, no obtuvimos esta información de nosotros mismos, sino que el Señor dio revelación al respecto. Y, en verdad, no hay una sola doctrina en la que crean los Santos de los Últimos Días o que practiquen acerca de la cual el Señor nuestro Dios no haya dado revelación. En primer lugar, antes del establecimiento de la Iglesia, el Señor, con la intención de establecer nuevamente Su reino sobre la tierra, preparó el camino levantando a un muchacho, un joven sin instrucción en las escuelas de teología. Este joven fue inspirado desde lo alto. Dios envió a Sus santos ángeles para ministrarle y le dio poder para sacar a luz un registro sagrado de una rama de la casa de Israel; en otras palabras, un registro de un resto de Israel que habitó el gran continente occidental. Sus registros fueron sacados a luz por este muchacho, este joven sin instrucción ni educación. No intentó establecer la Iglesia mientras traducía aquellos registros. Este fue el primer deber que se le requirió: traducir las planchas de oro que descubrió, con la ayuda de un instrumento llamado el Urim y Tumim. Este instrumento sagrado se utilizaba en la antigüedad para consultar al Señor. Este joven continuó la obra de traducción desde el otoño de 1827 hasta 1829, según lo permitían el tiempo y las circunstancias. Era un hombre cuyo padre vivía en la pobreza y, por consiguiente, él mismo tenía que dedicar parte de su tiempo a trabajar para obtener lo necesario para la vida; pero, después de unos dos años y medio, logró terminar e imprimir el registro, un registro que contiene unas seiscientas páginas. Después de que se tradujo este registro, de que el manuscrito se puso en manos de cierto impresor de Palmyra, en el estado de Nueva York, y de que se imprimió, y cuando el Señor hubo preparado todas las cosas, dio entonces a este joven el mandamiento de organizar la Iglesia, es decir, establecer sobre la tierra el reino de los últimos días del cual habló el profeta Daniel, y dio el nombre por el cual debía llamarse, a saber: “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”.
En cuanto a nuestras formas de gobierno de la Iglesia, también nos guiamos por revelaciones escritas e impresas. No se nos dejó solos para conjeturar ni simplemente para formar nuestra opinión respecto de cuáles son los diversos deberes de los oficiales de la Iglesia, sino que el Señor señaló claramente el deber de un apóstol, diciéndonos que ese era uno de los oficiales de la Iglesia, que su deber es recibir revelación, recibir comunicaciones de los cielos como lo hicieron los apóstoles en la antigüedad, administrar todas las ordenanzas de la doctrina de Jesucristo, poner en orden la Iglesia y velar por ella, y administrar en todas las cosas espirituales. El Señor también señaló los deberes de los élderes y del sacerdocio menor. Ahora bien, no habríamos sabido nada de lo que se llama el “sacerdocio menor” si no hubiera sido por nueva revelación. Leemos en la Biblia acerca de dos sacerdocios; uno se llamaba el “sacerdocio mayor”, el sacerdocio según el orden de Melquisedec; el otro se llamaba el “sacerdocio menor”, o el sacerdocio según el orden de Aarón, el sacerdocio levítico, como algunos lo llamarían. Pero no sabíamos nada de estas cosas sino en la medida en que el Señor las reveló. No había nadie que nos tomara de la mano y nos dijera: “Tenemos el sacerdocio de la Iglesia, podemos enseñarles cuáles son los deberes de los respectivos oficiales”, sino que estas cosas tuvieron que aprenderse de nuevo.
Al principio, el Señor no consideró conveniente darnos la plenitud de la autoridad que después reveló. Nos dio el sacerdocio menor. ¿Y cómo lo hizo? No estaba sobre la tierra. Podrían haber buscado en todas las diversas iglesias cristianas establecidas entre todas las naciones y no habrían encontrado en ninguna de ellas lo que se llama el “sacerdocio menor”, según el orden de Aarón; y, sin embargo, se nos dice en el registro judío, la Biblia, que el sacerdocio de Aarón es un “sacerdocio sempiterno”, que se tenía la intención de que continuara mientras duraran el sol y la luna; es decir, cuando se reconociera que los hombres eran suficientemente dignos de tener ese sacerdocio sobre la tierra. Nunca se ha extinguido. Ha estado en los cielos todo el tiempo. La muerte no quita a ningún ser humano autoridad alguna de naturaleza divina, una vez que le ha sido conferida, si permanece fiel hasta la muerte; por consiguiente, había personas en los cielos que poseían ese sacerdocio, pero nadie sobre la tierra, nadie entre las denominaciones cristianas que siquiera afirmara tenerlo. Y el pueblo judío, que afirma tener el sacerdocio levítico, rechazó y sigue rechazando al verdadero Mesías; por consiguiente, su sacerdocio es nulo y carece de autoridad, y, por tanto, no podía administrar el bautismo para la remisión de los pecados como lo hizo Juan el Bautista, el precursor de Cristo, quien poseía ese sacerdocio.
Por tanto, no había otra manera de que este sacerdocio volviera a establecerse sobre la tierra sino que fuera enviado desde el cielo, y el Señor lo hizo. Sin él, todas nuestras ministraciones habrían sido en vano. No podríamos haber oficiado sin alguna clase de autoridad o sacerdocio. ¿Cómo lo restauró el Señor? En respuesta a una oración humilde y solemne, antes del establecimiento de la Iglesia, el Señor envió a Su ángel, Juan el Bautista, a dos de Sus siervos, a saber, el traductor de la obra y también el escribiente que escribía lo que él dictaba. Este ángel vino, puso las manos sobre sus cabezas y los ordenó al mismo sacerdocio que él poseía. Ese ángel también los instruyó acerca de la naturaleza de los deberes de aquel sacerdocio. Se les dijo que debían bautizar al pueblo, como Juan lo hizo en la antigüedad, para la remisión de los pecados, pero que no tenían poder, mediante ese sacerdocio, para imponer las manos sobre los creyentes bautizados a fin de que recibieran el Espíritu Santo; esa autoridad no pertenecía al sacerdocio menor, sino que requería un poder mayor que el del sacerdocio levítico para administrar aquella ordenanza divina del bautismo del Espíritu Santo. Por tanto, estas personas solo podían, por el momento, bautizar en el agua; pero buscaron diligentemente, pues sabían por la Biblia y también por el Libro de Mormón que estaban traduciendo que la imposición de manos para conferir el don del Espíritu Santo era una ordenanza sagrada y santa, y que sin ella no podía organizarse la Iglesia sobre la tierra. Sabiendo esto, suplicaron ante los cielos que Dios condescendiera a darles un sacerdocio mayor que les permitiera administrar también aquellas ordenanzas superiores del Evangelio. El Señor escuchó sus oraciones, y les fueron enviados tres personajes celestiales. ¿Qué autoridad poseían estos tres personajes angélicos? Poseían el apostolado. Eran los antiguos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, tres de los más destacados entre los apóstoles de la antigüedad. Fueron enviados como ángeles ministrantes. También les confirieron el apostolado. El apostolado posee este sacerdocio mayor, según el orden de Melquisedec, un sacerdocio mayor que el de Aarón; y por eso, cuando recibieron el apostolado, o esta autoridad divina, se les mandó reunir a los creyentes bautizados, poner las manos sobre ellos y confirmarles el don del Espíritu Santo.
De esta manera se organizó la Iglesia el 6 de abril de 1830, en Fayette, condado de Seneca, Nueva York; o, más bien, comenzó a organizarse, porque hay muchas cosas, además de estos primeros principios del Evangelio que he mencionado, que son deberes esenciales que deben practicarse entre el pueblo de Dios. Después de que fueron organizados de ese modo y confirmados mediante la imposición de manos, y llegaron a ser miembros de la Iglesia, se hizo necesario que hubiera otros oficiales, como líderes y guías, y personas que poseyeran diferentes autoridades para administrar en sus respectivos llamamientos entre el pueblo; por tanto, se dieron diáconos, maestros y élderes y, después de algún tiempo, obispos. Ahora bien, teníamos muy poco conocimiento de los deberes de los obispos. Sabíamos lo que expresaban los religiosos de las sectas respecto de los obispos: que debían administrar principalmente en las cosas espirituales; pero el Señor nos dio una perspectiva de este asunto completamente diferente de la que habíamos aprendido de la religión sectaria. Dio por revelación los deberes de los obispos: que debían tener la presidencia del Sacerdocio Aarónico y administrar en todas las cosas temporales, y no solo en las espirituales. Y finalmente se señalaron otros oficiales de tiempo en tiempo, a medida que la Iglesia crecía; y entre estas cosas, el Señor había dicho a Sus siervos, aproximadamente un año antes de la organización de la Iglesia, que se nombrarían doce apóstoles y que el Señor les indicaría quiénes debían ser esos doce apóstoles. A su debido tiempo, estos Doce fueron llamados y ordenados por mandamiento del Todopoderoso, y también sus deberes fueron especificados por revelación. Sus deberes consistían más particularmente en procurar que el Evangelio se predicara a toda nación, tribu, lengua y pueblo sobre la faz de nuestro globo; primero, llevarlo a las naciones gentiles y, después de haber completado nuestra misión entre los gentiles, nuestro llamamiento y nuestros deberes serían hacia la casa de Israel dispersa por los cuatro extremos de la tierra.
Llevamos ahora casi medio siglo cumpliendo la primera parte de nuestro deber, a saber, dar a conocer el Evangelio a las naciones gentiles.
Hemos procurado diligentemente, año tras año, proclamar buenas nuevas de gran gozo a todos los diferentes pueblos sobre la faz de la tierra, hasta donde los gobiernos y las leyes de los respectivos gobiernos de estas naciones han permitido que se establezca entre ellos el Evangelio de la Iglesia de Cristo. Por tanto, hemos procurado diligentemente cumplir nuestra misión entre los gentiles. No hemos ido a la casa de Israel, porque ese no era el mandamiento. El Señor nuestro Dios nos mandó predicar primero a los gentiles, amonestarlos y testificarles que sus tiempos casi se han cumplido, y que entonces el Evangelio del reino sería retirado de entre ellos y llevado a la casa de Israel. Creo que hemos sido fieles en Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda y en el continente, entre las naciones europeas, hasta donde sus leyes lo permitían, y también entre los diversos estados de la Unión Americana y en los dominios británicos, las provincias de Canadá. Y hemos procurado ser fieles al llevar nuestro testimonio también a las colonias británicas de la India, a las regiones del sur de África, a Gibraltar, a Australia Meridional, a Nueva Zelanda y a todos esos diversos países, procurando amonestar a las naciones gentiles acerca de lo que el Señor nuestro Dios está comenzando a hacer aquí sobre la tierra. Habiendo establecido Su reino, lo ofrece primero a estas naciones gentiles, si quieren recibirlo; y cuando se consideren indignas del reino, indignas de la vida eterna, indignas del mensaje que Dios les ha enviado, y persigan continuamente a Sus siervos y a Su pueblo, y cierren sus santuarios, iglesias, capillas, centros de reuniones y lugares de adoración a este mensaje, y cuando este ya no pueda encontrar lugar entre ellas para llevarlas al conocimiento y entendimiento de la verdad, el Señor, con el tiempo, lo indicará por revelación y dirá a Sus siervos: “Es suficiente. Han sido fieles al trabajar en mi viña por última vez”; porque fue el decreto del cielo que esta sería la última vez que trabajaría en Su viña. Es la hora undécima, la última amonestación que se dará a las naciones de la tierra, primero a los gentiles y luego a la casa de Israel.
Cuando se hayan hecho indignas de este grande y gozoso mensaje que se les ha presentado, los siervos de Dios, como ya he dicho, recibirán la revelación de no limitar más su misión a los gentiles, sino que recibirán una comisión del Todopoderoso para ir a los restos dispersos de la casa de Israel, dondequiera que se encuentren.
Los indios americanos son descendientes de un resto de la tribu de José, mezclados con los descendientes de uno de los reyes de Israel de la tribu de Judá; por tanto, Judá y José están mezclados, y Dios enviará a Sus siervos entre ellos, y recibirán los registros de sus padres. Creerán en aquellos registros que sus antepasados llevaron por inspiración y creerán en las revelaciones que contienen. Es su Biblia, así como el Antiguo y el Nuevo Testamento son la Biblia de los judíos que vivieron en Jerusalén.
Ellos, los indios, no lo rechazarán, sino que lo obedecerán, lo recibirán en la práctica y llegarán a ser una rama poderosa de la casa de Israel. Los siervos del Señor también serán enviados a los judíos, algunos de los cuales están aquí en Londres. Algunos se hallan mezclados entre las diversas naciones de Europa. Muchos cientos de miles de ellos están en Asia y entre todas las naciones. Estos judíos deben ser amonestados cuando terminemos con los gentiles; y comenzarán a creer en Cristo, de acuerdo con las profecías contenidas en el palo de José. Comenzarán a creer en el verdadero Mesías y se recogerán en su tierra, la tierra de Palestina; y habrá muchos del pueblo de Israel que están dispersos por las islas del mar, en las islas del Pacífico, que recibirán la obra; y el Señor efectuará entre ellos milagros, señales y prodigios, y desnudará Su brazo, tal como lo profetiza Isaías, al cumplir Sus convenios con la casa de Israel. Y desnudará Su brazo de manera muy diferente de como lo ha hecho entre los gentiles; porque entre los gentiles es cierto que ha sanado a los enfermos, ha abierto los ojos de los ciegos, ha hecho que en algunos casos la lengua de los mudos cante y los ha sanado de diversas enfermedades; y se ha manifestado cierto grado del poder y de los dones del antiguo Evangelio, como en tiempos antiguos entre las antiguas iglesias gentiles. Pero no llamo a esto desnudar el brazo del Todopoderoso con la plenitud con que se predice en el registro judío, la Biblia. Es desnudar Su brazo en una medida pequeña. Y tenemos grandes motivos para estar agradecidos cuando escucha las oraciones de Sus siervos, cuando sana a los enfermos y cuando manifiesta Su poder como en tiempos antiguos, mediante estos dones y bendiciones espirituales que pertenecen especialmente al Evangelio de Su Hijo. Pero cuando hablo de que el Señor desnudará Su brazo ante los ojos de todas las naciones, me refiero a lo que se predice en este libro llamado la Biblia, cuando las aguas volverán a dividirse e Israel pasará sin mojarse los pies, como lo hizo en la antigüedad. Cuando se abrirá una calzada por en medio del gran abismo e Israel lo atravesará sin mojarse los pies. Cuando menciono que el Señor desnudará Su brazo ante los ojos de todas las naciones, me refiero a ese tremendo poder que especifican los antiguos profetas y que se manifestará ante todos los pueblos, gobiernos, naciones y países sobre toda la faz de la tierra. Israel regresará con poder. ¿Estará Dios con ellos cuando regresen? Lo estará. Irá delante de su campamento, cuando salgan de entre las naciones, tan literalmente como lo hizo en tiempos antiguos cuando los sacó de aquella sola nación de los egipcios. Entonces hubo una manifestación de gran poder, grandes señales y grandes prodigios. El Señor condescendió a hablar con los hombres desde el cielo. Descendió sobre el monte Sinaí y Su voz se oyó como voz de trueno entre las numerosas multitudes de Israel congregadas al pie del monte.
Sobre aquel monte manifestó Su poder al hacer que temblara en gran manera; Sus relámpagos y truenos se vieron y oyeron y, por tanto, esto fue verdaderamente desnudar Su brazo; y desde aquel día hasta hoy, Israel, cuando está disperso entre las naciones y desea hablar de la grandeza de su Dios y engrandecer Su grande y santo nombre, todavía se refiere a las señales y los prodigios que se efectuaron al librar a sus padres de la tierra de Egipto y dividir las aguas del mar Rojo. Todavía se refiere a la nube que vio sobre su campamento de día y al resplandor del fuego llameante de noche. Todavía se refiere a las numerosas revelaciones que recibió mientras permanecía aquellos cuarenta años en el desierto. Todavía se refiere a las aguas del Jordán que se dividieron cuando entró en la tierra de Palestina.
Pero aquello fue solo una manifestación del poder del Todopoderoso ante las naciones que se encontraban en aquella región inmediata. Se acerca un día en que esto se manifestará sobre toda la faz de la tierra, cuando el Señor Dios organice los campamentos de Israel entre las diversas naciones y los lleve de regreso a sus propias tierras.
El profeta Ezequiel, lleno del espíritu de inspiración y mirando por el poder de ese espíritu hacia el tiempo en que serían traídos de regreso y reunidos en un solo cuerpo en el desierto, dice que el Señor litigaría con ellos cara a cara, como litigó con sus padres en el desierto de la tierra de Egipto. Véase Ezequiel XX. Así vemos que se acerca un día de poder, un día de prodigios y un día de hechos portentosos, cuando el poder del Señor, con gran juicio, estará sobre las naciones de los inicuos; y también cuando Su gloria estará sobre el pueblo de Su convenio, que será restaurado a sus propias tierras. El mensaje que ahora se nos ha confiado es parte del grande y último mensaje de amonestación a las naciones de la tierra, primero a los gentiles y, por último, a la casa de Israel. Y cuando terminemos de amonestar a los gentiles, la proclamación que el Señor nos ha dado será llevada a Israel en las islas del mar y entre las diversas naciones, y se recogerán en la tierra de su herencia. Entonces Jerusalén será redimida y se establecerá un templo sobre sus antiguos cimientos en la Tierra Santa. Entonces las naciones de la tierra verán el cumplimiento de nuestras palabras. Durante los últimos cuarenta y nueve años les hemos dicho que el Señor Dios ha comenzado una obra para preparar el camino delante de Su venida, preparar a un pueblo para soportar Su presencia y recoger a Su pueblo de los cuatro extremos de la tierra en uno, a fin de que esté preparado para el día en que el velo de la eternidad sea rasgado y la voz del Señor se oiga hasta los extremos de la tierra. Entonces contemplarán el cumplimiento de nuestras palabras; entonces sabrán con certeza, si no lo han sabido antes, que Dios está en esta obra, que ha iniciado una proclamación y un mensaje por última vez para preparar el camino delante de la venida de Su Hijo desde los cielos.
Pero antes de que llegue aquel gran día, permítanme predecir ante este pueblo lo que puede esperar, lo que con toda seguridad acontecerá y lo que finalmente hará que les zumben los oídos, y cuyo sonido los hará temblar sobremanera, a saber, los juicios que el Todopoderoso ha decretado que sean derramados sobre las naciones de los gentiles que no se arrepientan.
Mientras este mensaje se está proclamando entre ustedes, es un tiempo de paz relativa, un tiempo en que el Señor nuestro Dios les está concediendo la proclamación de misericordia y les ha dado paz en sus hogares, paz entre ustedes; no hay guerras civiles que hagan estragos en su medio, aunque hay algunas guerras extranjeras que de vez en cuando perturban la paz del pueblo; pero el Señor ha favorecido especialmente a los habitantes de esta isla mientras la proclamación ha estado resonando entre ustedes durante los últimos cuarenta y tres años. Pero esto no continuará siempre. Pueden estar tan seguros de que se aproxima un cambio como del cumplimiento de cualquier cosa que haya sido pronunciada por boca de los antiguos siervos de Dios. Se aproxima un cambio en los asuntos políticos de estas naciones. Gran Bretaña no escapará. ¿Cuál será este cambio? Habrá diversas causas que lo producirán. Un cambio será este, que ustedes, sin ser profetas, pueden comprender por sí mismos con un poco de reflexión. Saben que Inglaterra, durante muchos años, ha sido la gran nación manufacturera para todo el mundo. Han acudido a ustedes para obtener sus productos, y esas mercancías han sido llevadas a todas las partes de la tierra; y esto ha mantenido empleados a sus trabajadores y a sus pobres. Han tenido abundante trabajo durante la mayor parte del tiempo. Han enviado una enorme cantidad de sus productos al continente americano, al pueblo de los Estados Unidos, pero la situación está cambiando; porque cualquier persona, con un poco de reflexión, puede ver que el cambio ya está comenzando a producirse, y además con mucha rapidez. Las naciones a las cuales han exportado sus productos están comenzando a fabricar por sí mismas. Esto reduce el comercio con Gran Bretaña.
La nación estadounidense está comenzando a fabricar para sí misma, y no solo para sí misma, sino que de hecho está enviando sus productos a esta pequeña isla; y las personas de aquí están comenzando a comprar bienes y productos estadounidenses en lugar de los propios. Esto elimina en su país muchísimos establecimientos manufactureros, y tienen una población excedente de muchos millones que queda, por así decirlo, sin empleo y que apenas puede obtener lo suficiente para sostenerse día tras día. ¿Va a mejorar este estado de cosas? No, no mejorará; puede haber tiempos prósperos durante una breve temporada, pero pronto pasarán; y se acercan tiempos como esta nación no ha conocido, ni ella ni sus antepasados durante muchas generaciones.
Podría continuar y decirles muchas cosas acerca de las consecuencias de que las personas se queden sin empleo. Podría describirlas, pero no deseo angustiar al pueblo con respecto a este asunto. Ustedes mismos pueden ver que, cuando las personas sufren por falta de pan, por falta de ropa, por falta de las comodidades necesarias para la vida, y son llevadas a la desesperación, pueden juzgar por sí mismos cuál habrá de ser el estado de cosas que seguirá. No necesito describirlo. Pero diría a los Santos de los Últimos Días, a quienes se les han enseñado estas cosas durante muchos años: Salgan de esta nación para congregarse. Y puesto que hemos señalado la vía de escape y les hemos mostrado lo que el Señor ha dispuesto en relación con estos asuntos para todos los que crean en Él, se arrepientan de sus pecados y obedezcan el Evangelio, no se demoren, no sean negligentes ni extravagantes en sus gastos, sino esfuércense por ahorrar recursos y, hasta donde les sea posible, siendo fieles y sirviendo al Señor su Dios, salgan de estos países para congregarse; porque se acerca un día de gran tribulación, un día de desolación, un día en que el país será sacudido por una revolución, en que los pobres, los afligidos y los necesitados lucharán intensamente por sus vidas y las de sus pequeños, en lugar de verlos perecer por cientos y miles en las calles. Y puesto que tal día se acerca, Santos de los Últimos Días, sería mucho mejor para ustedes estar fuera del país que dentro de él. Y quiera el cielo que pudiéramos hacer resonar este mensaje no solo entre los Santos de los Últimos Días, sino entre toda alma buena, recta y de corazón sincero de toda Gran Bretaña, para que escuchara la advertencia y escapara antes de que llegara el tiempo terrible.
Ahora permítanme señalar algunas otras cosas que ocurrirán antes de la venida del Hijo del Hombre. El Señor tiene un pleito con todas las naciones de los gentiles. Les ha enviado una amonestación. Ha enviado a Sus siervos a profetizarles. Los ha enviado a predicar y dar testimonio de la verdad. Los ha enviado a exhortar a las naciones al arrepentimiento, tanto a los de elevada como a los de humilde condición, ricos y pobres, religiosos y no religiosos, sacerdotes y pueblo, a todos, para que se arrepientan y reciban el Evangelio en su plenitud; y no solo para que hagan esto, sino para que salgan de estas naciones para congregarse. ¿Escucharán? No escucharán. Sabemos que no lo harán; pero esto no nos justifica para ser negligentes al entregar nuestro mensaje. Se nos ha confiado una responsabilidad y debemos cumplirla, ya sea que el pueblo escuche o deje de escuchar; debemos amonestarlo para que no tenga excusa cuando vengan las tribulaciones que he mencionado.
Por tanto, el Señor tiene un pleito con ellos, como lo tuvo con la nación egipcia, con esta diferencia: los egipcios no tuvieron tanto tiempo para considerar el mensaje como el que ustedes han tenido. Solo tuvieron unos pocos días, y si se arrepentían y recibían la palabra que Moisés y Aarón les entregaban, bien estaba; y solo se les concedió un breve tiempo, muy pocos días, para decidir este asunto. Ustedes han tenido parte de toda una generación. Sus tiempos todavía no se han cumplido del todo y, por tanto, han tenido el privilegio de considerarlo desde su niñez hasta la mediana edad, y algunos desde la mediana edad hasta la vejez, para ver si reciben o no el mensaje de los últimos días que Dios ha enviado. Ahora bien, las consecuencias serán que, si lo reciben, se salvarán huyendo de en medio de esta nación. Se salvarán a ustedes mismos y a sus hijos, tanto temporal como espiritualmente. Por otra parte, si no lo reciben, el Señor, que es paciente, después de haber soportado al pueblo todo el día, retirará a Sus siervos de entre ustedes. Cuando llegue ese día habrá guerras, no como las guerras que han ocurrido en siglos y años pasados, sino una guerra desoladora. Cuando digo desoladora, quiero decir que asolará estas naciones europeas. Las ciudades quedarán vacías, sin habitantes. Las personas serán destruidas por la espada de sus propias manos. No solo esto, sino que muchas otras ciudades serán quemadas; porque cuando los ejércitos enfrentados se llenen de una ira terrible, sin el Espíritu de Dios sobre ellos, cuando no tengan ese espíritu de humanidad que ahora caracteriza muchas de las guerras entre las naciones, cuando queden abandonados a sí mismos, no se dará cuartel ni se tomarán prisioneros, sino que habrá una guerra de destrucción, de desolación, de quema de ciudades y aldeas, hasta que la tierra quede desolada.
Esa es otra cosa que vendrá antes de la venida del Hijo del Hombre.
¿Qué hay de mi propia nación, la nación estadounidense? ¿Qué más puedo decir de lo que he dicho en tiempos pasados? Ha tenido una gran guerra desoladora, una guerra entre el Norte y el Sur en la que muchos cientos de miles fueron destruidos. Esta guerra fue predicha veintiocho años antes de que ocurriera; el lugar mismo donde debía comenzar fue señalado por el profeta José Smith, aquel joven del cual he hablado. Él indicó que la revolución comenzaría en Carolina del Sur, y así ocurrió. Señaló que esta guerra sería grande y terrible, y se cumplió, aunque transcurrieron veintiocho años antes de que comenzara. Estas revelaciones y profecías se han publicado por cientos de miles y han circulado entre ustedes aquí en Gran Bretaña. El pueblo no es completamente ignorante de estos asuntos; ha sido advertido de antemano. Pero ¿qué hay de la nación estadounidense? Aquella guerra que destruyó la vida de un millón quinientas mil o un millón seiscientas mil personas no fue nada comparada con lo que finalmente devastará aquel país. No está muy lejano el tiempo en el futuro en que el Señor Dios pondrá Su mano pesadamente sobre aquella nación. “¿Cómo sabe esto?”, pregunta alguien. Lo sé por las revelaciones que Dios ha dado sobre este asunto. Leí esas revelaciones cuando fueron dadas por primera vez. Esperé más de veintiocho años y vi su cumplimiento al pie de la letra. ¿No debería, entonces, esperar que se cumpliera el resto de ellas? El mismo Dios que dio las revelaciones a Su siervo José Smith respecto de estos asuntos cumplirá cada jota y cada tilde que se haya pronunciado acerca de aquella nación. ¿Cuál será entonces la condición de ese pueblo cuando venga esta grande y terrible guerra? Será muy diferente de la guerra entre el Norte y el Sur. ¿Desean que la describa? Lo haré. Será una guerra de vecindario contra vecindario, ciudad contra ciudad, población contra población, condado contra condado, estado contra estado, y saldrán destruyendo y siendo destruidos; y la producción manufacturera cesará en gran medida por un tiempo entre la nación estadounidense. ¿Por qué? Porque en estas terribles guerras no tendrán el privilegio de fabricar; habrá demasiado derramamiento de sangre, demasiado dominio de los populachos, demasiadas bandas que saldrán a destruir y saquear la tierra como para permitir que las personas se dediquen a cualquier ocupación local con algún grado de seguridad. ¿Qué será de los millones de agricultores de aquella tierra? Abandonarán sus granjas y estas quedarán sin cultivar, y huirán de un lugar a otro ante los ejércitos devastadores; y así estos saldrán quemando y saqueando todo el país; y aquella gran y poderosa nación, que ahora consta de unos cuarenta millones de personas, será asolada a menos que se arrepienta.
Ahora bien, estas son predicciones que pueden registrar. Pueden dejar que penetren profundamente en sus corazones. Y si el Señor su Dios les permite vivir, verán mis palabras cumplidas al pie de la letra. No son mis palabras, sino palabras de inspiración, palabras del Dios sempiterno, quien ha enviado a Sus siervos con este mensaje para amonestar a las naciones de la tierra. El Libro de Mormón contiene muchas de estas predicciones. Este libro lleva ahora cuarenta y nueve años impreso, y las profecías que contiene se están cumpliendo con gran rapidez; y toda predicción registrada en ese libro que todavía sea futura se cumplirá literalmente, de acuerdo con las palabras que se han pronunciado. El Señor nuestro Dios ya ha destruido a dos naciones grandes y poderosas que en otro tiempo ocuparon el hemisferio occidental, porque cayeron en la iniquidad y no quisieron arrepentirse. Tenemos un registro de esto. La primera nación que trajo a aquel hemisferio fue un pueblo procedente de la Torre de Babel. Fueron guiados por la mano del Señor. Se establecieron en la parte norte de aquel continente y llegaron a ser una nación grande y poderosa. Habitaron la tierra durante unos dieciséis o diecisiete siglos después de salir de la Torre de Babel. Pero el Señor decretó, cuando primero los condujo a aquella tierra, que si ellos o sus descendientes caían en la iniquidad y no se arrepentían, los visitaría con una destrucción completa. Y lo hizo. Unos seiscientos años antes de Cristo, aquella gran nación fue barrida por completo mediante los juicios del Dios Todopoderoso, y sus huesos quedaron blanqueándose sobre las llanuras y montañas de aquella tierra, sin sepultar por los numerosos ejércitos que salieron matando y siendo muertos; y en su lugar se trajo otra colonia desde Jerusalén, que era un resto de la tribu de José. Se promulgó respecto de una rama de aquella colonia el mismo decreto que se había dado acerca de la primera nación. El Señor les dijo: “Si guardáis mis mandamientos, prosperaréis en la tierra; pero si no guardáis mis mandamientos en la tierra, seréis destruidos de sobre su faz”. Eso se cumplió literalmente. Después de vivir sobre aquella tierra hasta casi finales del siglo cuarto de la era cristiana, cayeron en la iniquidad y fueron destruidos, con excepción de unos pocos que se pasaron al ejército contrario.
Y el Señor también dio un decreto semejante, registrado asimismo en el mismo libro, respecto de la actual gran nación populosa llamada el pueblo de los Estados Unidos. Deben perecer a menos que se arrepientan. Serán asolados y la plenitud de la ira del Dios Todopoderoso será derramada sobre ellos a menos que se arrepientan. Sus ciudades quedarán desoladas. Se acerca un tiempo en que la gran y populosa ciudad de Nueva York, la mayor ciudad de la República Americana, quedará sin habitantes. Las casas permanecerán en pie, algunas de ellas, no todas. Estarán allí, pero desocupadas, sin personas que las hereden. Lo mismo sucederá con muchas otras ciudades o, en las palabras del Señor: “Derribaré todas sus fortalezas y ejecutaré venganza y furor sobre ellos, como sobre los paganos, cual no han oído”. Todo se cumplirá. Pero habrá un resto que será preservado. Serán quienes se arrepientan de sus pecados; quienes crean en el Señor Jesucristo y estén dispuestos a obedecer Sus mandamientos, a escuchar Su voz, a ser bautizados para la remisión de sus pecados, a nacer del Espíritu o recibir el Espíritu Santo mediante la imposición de manos, a andar con rectitud y honradez ante todos los hombres y a tratarse con justicia unos a otros.
Estos, y únicamente estos, serán preservados, porque es el decreto de Jehová; y esto no es todo. Hasta ahora solo les hemos dicho lo que acontecerá al pueblo de Gran Bretaña, a las naciones europeas y al pueblo de los Estados Unidos. Pero también habrá grandes tribulaciones entre todas las naciones de la tierra que no se arrepientan. Serán asoladas mediante diversos juicios; pero los paganos serán preservados por más tiempo que estas naciones gentiles que han tenido las Escrituras entre ellas, pero no han querido obedecerlas.
Han tenido la Biblia multiplicada por millones de ejemplares y distribuida en casi todas las familias. Pueden leerla cuando lo deseen. Pueden ver la gloriosa luz de la verdad registrada en estas profecías, en estas doctrinas, en estos principios celestiales y santos y, sin embargo, frente a toda esta luz, conocimiento, verdad y revelación divina, rechazan a los siervos de Dios, rechazan el antiguo Evangelio cuando se predica en su plenitud y se niegan a arrepentirse de todas las iniquidades y abominaciones en las cuales han caído las naciones.
Es por esto, por la luz que las naciones tienen entre ellas y que no quieren recibir, que el Señor las visitará primero; y cuando las haya visitado y derribado, pondrá Su mano pesadamente sobre las naciones paganas de Asia y también sobre las de África, y serán visitadas con juicios severos, pero no serán destruidas por completo. Una parte de las naciones paganas será redimida. ¿Por qué? Verán el poder y la gloria de Dios que se manifestarán entre las tribus de Israel, que serán recogidas de entre ellas y regresarán a su propia tierra. Verán manifestarse la gloria de Dios como en los tiempos antiguos y dirán: “Ciertamente, Jaggernaut ya no es mi dios”. “Ciertamente no adoraré cocodrilos ni serpientes; tampoco adoraré al sol ni a la luna, porque se ha manifestado entre ese pueblo, Israel, un Dios que es digno de la naturaleza y los atributos de un Dios. Arrojaré mis dioses a los topos y a los murciélagos, y adoraré al Dios de Israel”. Entonces se cumplirá lo que habló el profeta Ezequiel: “Entonces sabrán las naciones que yo, Jehová, soy Dios”. Y acontecerá, después de aquel período, cuando Jesús haya levantado a todos los justos de sus sepulcros, que descenderá acompañado de todas las huestes del cielo y estará sobre el monte de los Olivos; y saldrá de Jerusalén, y los judíos saldrán al monte a recibirlo y lo reconocerán como su Mesías y Rey; y entonces acontecerá que las naciones paganas también lo reconocerán más plenamente como el Dios verdadero y único. Entonces se cumplirá lo que está escrito en el último capítulo de Zacarías: que toda nación de los alrededores de Jerusalén subirá de año en año a Jerusalén para adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, y también para celebrar la fiesta de los Tabernáculos. Habrá muchísimas de aquellas asambleas solemnes y fiestas que se mandaron en los tiempos antiguos que volverán a establecerse en medio de Israel cuando regrese. Y el Señor Jesús estará allí. Sus doce apóstoles que anduvieron con Él mientras estaba en la carne estarán allí; y se sentarán sobre doce tronos y ayudarán a nuestro Señor y Salvador a juzgar a las doce tribus de Israel. Pero Jesús tendrá un trono, así como estos doce discípulos. ¿Dónde estará Su trono? Se levantará un templo en la antigua Palestina, donde se encontraba antes. Ezequiel lo vio en visión y describe la construcción de aquella casa cuando esté terminada; y vio que la gloria de Dios venía por el camino del oriente, y este glorioso personaje entró por la puerta oriental de aquel templo y entró en él; y Ezequiel, lleno del Espíritu de Dios, fue levantado y llevado a aquel atrio donde Jesús había entrado, y oyó una voz que le decía: He aquí el lugar de mi trono, donde moraré en medio de los hijos de Israel para siempre; y ya no profanarán mi nombre, sino que moraré con ellos para siempre.
Este será un período glorioso. Será un tiempo en que todos sabrán quién es el Dios verdadero y quién ha sido comisionado para hablar en Su nombre y declarar Sus verdades entre el pueblo, si no lo descubrimos antes. Si no queremos arrepentirnos de nuestros pecados, si endurecemos el corazón de modo que el Espíritu de Dios no tenga lugar en nosotros para revelarnos la verdad, entonces sabremos quién será salvo. Entonces sabremos que hay un Señor Dios, que está en medio de Israel y que Su trono está entre ellos, y reinará sobre la casa de David y sobre todo Israel para siempre jamás. ¿No suponen que los doce apóstoles que estuvieron con Él, que sufrieron persecución y finalmente la mayoría de ellos padeció el martirio, tendrán tronos? Juan el Revelador vio los tronos de quienes fueron decapitados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios; y dice que se sentarán en esos tronos como jueces. Así que se construirán doce tronos, cuando se edifique el templo de Dios en Jerusalén, junto al trono del Mesías, para que estos doce hombres se sienten en ellos cuando salgan de sus sepulcros para reinar como reyes y comer y beber a la mesa del Señor. “¿Cómo?”, podrían exclamar algunos, “¿comer y beber después de la resurrección de los muertos?”. Sí, ¿no comió y bebió Jesús con Sus discípulos después de salir del sepulcro? Lo hizo. Comió el pescado asado y el panal de miel en presencia de ellos. Los seres inmortales pueden comer si así lo desean. Por eso está escrito: “Vosotros que me habéis seguido, en la regeneración”, refiriéndose a estos doce discípulos, “por cuanto me habéis seguido en la regeneración, os sentaréis sobre doce tronos, y comeréis y beberéis a mi mesa, y juzgaréis a las doce tribus de Israel”. Eso será mejor que ser juzgados por mortales imperfectos. Los hombres que aquí son llamados a ser jueces no siempre son perfectos en su juicio. Se equivocan; los mejores de ellos, los más sabios, pueden equivocarse en sus decisiones. Pero no será así con estos grandes jueces que salen del sepulcro, resucitados a la inmortalidad, vestidos de luz como de un manto, purificados y emblanquecidos ante Dios. Sus mentes están llenas de inteligencia, que resplandece en sus rostros, y saben cómo juzgar por el Espíritu que está sobre ellos, y sus decisiones serán justas.
Cuán agradable sería entrar en una de aquellas hermosas salas que se construirán en el templo de nuestro Dios en Jerusalén, contemplar la hermosa mesa preparada, sobre la cual se servirán las delicias de nuestra tierra a aquellos seres inmortales, y luego ver al Maestro, al gran Rey, al Señor de señores y Rey de reyes, levantarse y ministrar a Sus discípulos, atenderlos y darles el ejemplo. Él, que es inmortal y está tan por encima de la mortalidad como los cielos están por encima de la tierra, condescendiendo a contribuir a su felicidad. ¿No sería esto deleitable? ¿Quién que tenga en su corazón algún deseo de santidad, pureza, honradez y virtud no quedaría embelesado al pensar en tener el privilegio de ser invitado a entrar, aunque no se sentara a la mesa, para verlos participar con su Salvador de este banquete? Y estos serán los hombres que estarán con Jesús cuando descienda sobre el monte de los Olivos, después de que se hayan abierto los sepulcros de los justos. En la resurrección saldrán inmortales, eternos, revestidos con la plenitud de aquella gloria que pertenece al reino celestial. También reinarán como reyes y sacerdotes aquí sobre la tierra. A algunos de los santos resucitados se les darán diez ciudades para gobernar. A otros se les darán cinco ciudades para gobernar, según sus obras aquí en esta vida. No todos tendrán el mismo poder. No todos tendrán el mismo dominio. Los Doce tendrán doce tronos, uno para cada uno, para juzgar a las doce tribus de Israel. Las tribus necesitarán ser juzgadas durante los mil años enteros que vivan sobre la tierra; necesitarán jueces entre ellas que les den a conocer lo que sea importante que sepan los hombres, las mujeres y los niños.
Estos doce hombres que han sido nombrados para juzgar a estas doce tribus de Israel no pueden ser, por así decirlo, jueces sobre toda la tierra al mismo tiempo. No pueden estar presentes en todas partes en el mismo momento y, por tanto, habrá otros jueces, otros hombres de Dios, aquellos que sean considerados dignos a la vista del Altísimo. Por eso leemos en las revelaciones de San Juan que él los oyó cantar un cántico nuevo, un cántico glorioso. ¿Acerca de qué? De su gloria futura, de su felicidad futura y de su hogar futuro. ¿Dónde? Sobre la tierra. ¿Cómo? ¿Personas en el cielo que cantan acerca de venir a la tierra? Sí. Cuando sea redimida será una morada gloriosa, será un mundo glorioso, valdrá la pena vivir en ella; y será santificada, y el conocimiento de Dios cubrirá la tierra como las aguas cubren el abismo. Todos los seres tendrán conocimiento. Todas las personas tendrán entendimiento. Comprenderán las cosas de Dios y las llevarán a cabo. El Señor hará de esta tierra una de las moradas más gloriosas, si las personas se preparan para ello, una de las moradas más gloriosas que puedan darse a los hombres. Será poblada por seres inmortales durante toda la eternidad. Pero antes de eso tendrá que morir. La tierra tendrá que pasar, tal como lo hacen nuestros cuerpos, y su polvo quedará mezclado en una forma caótica. Pero aquel mismo Ser que organizó la tierra volverá a hablar, y la eternidad volverá a oír Su voz, y los materiales de nuestra tierra se juntarán de nuevo; y cuando los una en uno y forme con ellos un mundo, será un mundo glorioso, una morada para seres inmortales, para reyes y sacerdotes y para quienes hayan sido fieles hasta el fin. Morarán sobre ella, y las generaciones de sus hijos morarán sobre ella, hasta llegar a ser suficientemente numerosos como para necesitar otra creación. ¿Qué generación? ¿Dice usted generaciones, señor Pratt? ¿Quiere decir que estos seres inmortales tendrán posteridad? Sí. Quiero decir exactamente lo que digo. Quienes sean considerados dignos de heredar esta tierra cuando haya sido hecha celestial, seres celestiales, poblarán la tierra con su propia descendencia, sus propios hijos y sus propias hijas; y estos hijos e hijas que nacerán de estos seres inmortales serán como éramos ustedes y yo antes de tomar estos tabernáculos mortales. ¿Lo comprenden ahora? ¿Cómo éramos entonces? Quizá algún visitante presente pregunte: “¿Qué posición ocupábamos antes de tomar estos tabernáculos mortales?”. Estábamos en la presencia de Dios, el Padre Eterno. Estábamos con nuestro Hermano Mayor. ¿Quién es Él? Las Escrituras dicen que era Cristo. Las Escrituras dicen que era nuestro Señor y Salvador Jesús, “el primogénito de toda creación”. ¡De veras! ¿Se refiere eso a Su nacimiento en el establo? No. ¿Dicen realmente eso las Escrituras? Sí. ¿Quiénes son los demás que nacieron? Era toda la familia humana, que una vez estuvo en el reino celestial de donde vinieron nuestros espíritus cuando tomaron posesión de estos tabernáculos mortales. Así como Jesús descendió del Padre, siendo el mayor de la familia, y tomó sobre Sí un tabernáculo mortal, así también Sus hermanos y hermanas han venido de la misma región de gloria y han tomado sobre sí tabernáculos mortales para seguir Sus pasos, si así lo desean. Así como Él estaba con el Padre antes de que se pusieran los cimientos del mundo, también estábamos nosotros y todo el resto de la familia humana. No me refiero a esta carne, a estos huesos; no me refiero a la parte mortal del hombre, sino a aquel ser que está dentro de esta carne y estos huesos. Me refiero a aquel ser que siente, que reflexiona, que piensa, al ser que es semejante a Dios en su naturaleza, en la medida en que guarda los mandamientos de Dios. Ese es el ser que vivía antes de que se formaran estos tabernáculos mortales. Estábamos allí cuando se pusieron los cimientos de la tierra. Éramos contados entre aquellos hijos de Dios de quienes el Señor habla al patriarca Job. “¿Dónde estabas tú”, hablando a Job, “cuando puse la piedra angular de la tierra, cuando todos los hijos de Dios gritaban de gozo y las estrellas del alba cantaban juntas?”. Job, ¿dónde estabas en aquel momento? Estaba entre ellos; estaba allí; quizá no lo recordaba, como tampoco nosotros lo recordamos. Este es un principio que se enseñaba en tiempos antiguos. Dios es el Padre de nuestros espíritus; Dios es el autor de todas las inteligencias que han venido a este mundo. Él las engendró. Se le llama el Padre de los espíritus. ¿Hemos de llegar a ser como Él? ¿Cuál es la promesa, Santos de los Últimos Días? ¿Cuál es la gran promesa hecha a todos los santos, tanto a los de los primeros días como a los de los últimos días? La promesa es que llegarán a ser como Él. ¿En qué sentido? Como Él, con un cuerpo inmortal. Purificará estos cuerpos viles nuestros y los conformará a Su propio cuerpo, limpios del pecado y preparados para morar en Su presencia, teniendo cuerpos inmortales de carne y huesos como los tiene nuestro Salvador; y si no tiene fin el aumento del reino de nuestro Salvador, tampoco tendrá fin el aumento del reino de Sus hermanos menores. Aquí, entonces, vemos la pertinencia de lo que dije hace poco: que esta tierra llegará a ser una morada de seres inmortales y ya no habrá muerte ni dolor, porque las primeras cosas habrán pasado y todas las cosas habrán sido hechas nuevas. Se extenderán y se multiplicarán como las estrellas de aquellos cielos o como la arena a la orilla del mar, que el hombre mortal no puede contar. Estos descendientes serán espíritus, no cuerpos de carne y huesos, hasta que hayan sido probados como nosotros lo hemos sido, cuando sean enviados a una tierra nueva y reciban tabernáculos como los hemos recibido nosotros; y si están dispuestos a guardar las leyes de Dios, como los santos guardan las leyes de Dios, también serán redimidos, y se preparará para ellos una morada, a saber, el mundo que se erija para que lo habiten. Así se multiplicarán creaciones sobre creaciones, se construirá un universo de mundos para los reinos de nuestro Dios, todos llegando a estar o estando sujetos a Aquel que se sienta sobre el trono, quien extiende Su cetro sobre todos los mundos y dominios; y nosotros, en unión con Él, reinaremos sobre tronos y en nuestras moradas que nos sean dadas. Por eso dice el apóstol Pablo que en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón. Las personas pueden pensar que pueden obtener una plenitud de gloria celestial sin tener esposa. Pueden pensarlo, pero estarán equivocadas. El Señor nuestro Dios dispuso que el hombre y la mujer estuvieran unidos por la eternidad. Un convenio matrimonial solo por el tiempo no es el orden del cielo. Dios dispuso que el hombre y la mujer, siendo seres inmortales, fueran compañeros, esposo y esposa, mientras transcurran las eras eternas, y que disfruten de todo lo que se ha destinado para ellos en los mundos eternos. Este es el objeto que el Señor tenía en mente. Estos matrimonios que celebran las naciones gentiles están bien en su lugar. Sirven muy bien para quienes no tienen conocimiento de la verdad. Sirven bastante bien para quienes no tienen conocimiento del Evangelio. Son matrimonios humanos, o, en otras palabras, matrimonios efectuados por autoridad humana, matrimonios que son necesarios en los gobiernos humanos o gobiernos establecidos de acuerdo con leyes humanas; pero todos esos matrimonios, instituciones y ordenanzas se desmoronarán junto con los gobiernos humanos, y después de la resurrección no tendrán vigencia. Pero lo que es de Dios permanecerá para siempre jamás. Los matrimonios que Dios ordena son eternos. Lo que Él ha unido nunca puede ser separado si las dos personas permanecen fieles a sus convenios y fieles al Señor su Dios. Por tanto, Él instituyó el matrimonio eterno con el propósito de multiplicar seres inteligentes después de que dejemos este mundo. No habrá matrimonio en el mundo venidero. Este es el mundo para todas las ordenanzas, así como para la ordenanza del matrimonio. Si quieren ser bautizados, háganlo aquí. No existe tal cosa como ser bautizados por ustedes mismos en aquel mundo. Si quieren ser confirmados, háganlo aquí, porque allí no hay confirmación. Si quieren participar de cualquiera de las ordenanzas del Señor nuestro Dios, este es el lugar para atenderlas. Por eso está escrito que en aquel mundo ni se casan ni se dan en casamiento. ¿Por qué? Porque se supone que las personas se habrán asegurado en esta vida todo lo que concierne a su exaltación y gloria futuras; y si eso se descuida aquí, tales personas se colocan en una condición que no les permite recibir la plenitud de la gloria que, desde antes de la fundación del mundo, fue dispuesta para ser dada a los hijos y las hijas del Altísimo. Amén.


























