La caridad, la honradez y la unión en la edificación de Sion.
por el presidente John Taylor, pronunciado en Kaysville, el domingo 2 de marzo de 1879 por la tarde.
John Taylor exhorta a los santos a reconocer sus debilidades, perdonarse mutuamente y cooperar con motivos puros para procurar el bienestar de todos y edificar el reino de Dios.
La debilidad natural de los hombres—La necesidad de la caridad—El propósito por el cual se reveló el Evangelio—El espíritu que debe prevalecer respecto de las instituciones cooperativas—La insensatez de la disensión John Taylor
Me complace tener la oportunidad de reunirme con los santos de este lugar. He venido a conversar con ustedes y a visitarlos un poco; a decirles cómo me siento y a saber cómo se sienten ustedes y cómo marchan las cosas en general.
Deseo hablar un rato sobre algunos de los principios sencillos del “mormonismo”, tal como solíamos comprenderlos en tiempos anteriores y como los comprendemos hoy cuando reflexionamos y empleamos nuestro juicio sin apasionamiento. Nuestros sentimientos e ideas no son muy diferentes de lo que eran antes. Muchos de nosotros comenzamos en esta obra hace muchos años, y entramos en ella porque creíamos que era verdadera y que los principios que se enseñaban e inculcaban provenían de Dios; y cuando llegó a nosotros, la recibimos como un mensaje de Dios para nosotros. Esos eran, más o menos, los sentimientos que abrigábamos hace veinte, treinta y hasta cuarenta y cinco años; y supongo que la mayoría todavía tenemos las mismas ideas de la obra que teníamos entonces. Antes de abrazar el Evangelio, estábamos acosados por las debilidades de la carne, y después de abrazarlo, estas flaquezas naturales siguieron acompañándonos. Hemos tenido dificultades y pruebas y hemos pasado por muchas circunstancias que podían desconcertarnos y molestarnos, causadas también muchas veces por los actos poco bondadosos de otros. Y nosotros mismos no siempre hemos sido los más considerados y bondadosos unos con otros. Tampoco hemos obrado siempre de manera completamente correcta, siendo nosotros mismos los jueces, y otras personas eran de la misma opinión. Por eso hemos experimentado, en una medida nada insignificante, pequeñas molestias y dificultades por las cuales no podemos culpar a nadie sino a nuestra propia insensatez y debilidad. Y esto también, en muchos casos, porque, cuando habíamos obrado mal, no acudimos a Dios y al hermano a quien habíamos ofendido para reconocer nuestras faltas y pedir perdón. Y en demasiados casos se ha permitido que las dificultades surgidas continúen, para nuestro perjuicio y molestia, y a veces hemos estado dispuestos a preguntar: “¿Es esto Sion?”. “Sí, esto es Sion”. ¿Cómo, con todas nuestras flaquezas, debilidades e insensateces? Sí. Creo que Jesús, cuando estuvo sobre la tierra, dijo que “el reino de los cielos es semejante a una red que, echada al mar, recoge peces de toda clase”. Así solía leerse en mi Biblia; ¿cómo se lee en la de ustedes? Algunos de aquellos eran peces buenos, aptos para cualquier mercado; otros eran más bien pequeños, poco apetecibles y quizá un poco espinosos y duros. Y, al estar reunidos como lo estamos de distintas naciones, con diversas costumbres, hábitos y tradiciones, con todas nuestras peculiaridades e ideas extrañas, naturalmente no estamos de acuerdo en muchos detalles, y por eso a veces surgen dificultades entre nosotros. A veces algunos nos guardamos estas cosas y a veces salen a la luz; pero si no estuvieran allí, no podrían salir, ¿verdad? Cuando no hay nada malo dentro, nada malo puede salir. Y creo que Jesús respaldará lo que digo con Sus palabras: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno del buen tesoro del corazón saca buenas cosas, y el hombre malo del mal tesoro saca malas cosas”. Además, hay otro pasaje curioso de las Escrituras que emplea Santiago: “Así también la lengua es un miembro pequeño, y se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”. “Inflama el curso de nuestra vida, y ella es inflamada por el infierno”. Esa es una expresión particular. ¿Qué creen que significa? “Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición”. Y luego razona el apóstol: “¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así tampoco ninguna fuente puede dar agua salada y dulce”. Y dice el Salvador, al hablar de los hombres: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?”. Encuentro muchas cosas curiosas, y deben disculparme si no predico un sermón muy hilado; conversaremos sobre algunos hechos como lo haríamos en una charla junto al fuego.
Todos queremos ser buenos Santos de los Últimos Días; todos queremos obtener el favor y la aprobación de Dios y, cuando terminemos esta vida, todos queremos ser contados entre quienes alcancen una herencia celestial. Este es el sentir general de las personas a quienes hablo hoy. A veces oramos: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Y luego a veces cometemos pequeños errores en nuestro trato mutuo, y a veces acudimos a aquel a quien hemos ofendido para pedirle perdón; y luego oramos al Padre, diciendo: “Perdona nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a quienes pecan contra nosotros”. ¿No es así, mis hermanos? ¿Y les gustaría que se les midiera con esa misma medida? Pero si, cuando oran de esta manera, no perdonan a su prójimo sus ofensas, ¿podrían sentirse, como dicen nuestros hermanos indígenas, “indios honrados”? ¿Sería coherente con lo que profesan pedir este favor a Dios cuando ustedes mismos no están dispuestos a concedérselo unos a otros? Creo que estarán de acuerdo conmigo en responder que no; pero, al mismo tiempo, si alguno tiene dudas al respecto, puede reducirlo fácilmente a una cuestión matemática y así decidir. “Pero”, dice alguien, “no debería haber ninguna de estas cosas en Sion”. Estoy de acuerdo. En primer lugar, ustedes no deben obrar mal, ni albergar ni apoyar el mal cuando se comete; tampoco debe hacerlo su prójimo. ¿Y entonces? ¿Es esto Sion? Sí, eso decimos. ¿Tengo un tesoro? Sí, pero se nos dice que está contenido en “vasos de barro”, sujetos a todas las debilidades, flaquezas e insensateces propias de la humanidad. Ahora bien, este es el hecho, y Dios quisiera exaltarnos y colocarnos en lo alto entre los hombres, derramar inteligencia sobre nosotros y darnos conocimiento de Su voluntad y de Su ley; y quisiera prepararnos como un pueblo que reconociera Su mano en todas las cosas, se sometiera a Su voluntad y dijera, tanto por precepto como por ejemplo: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Quisiera que hiciéramos esto, pero no lo hemos hecho. Y a veces sentimos que no podemos hacerlo, y a veces que no queremos hacerlo. Pero si pudiéramos someternos a la ley de Dios, al orden de Dios y al sacerdocio de Dios, y ese sacerdocio se sometiera a la ley de Dios, y todos estuviéramos bajo Su guía y dirección, Sion se levantaría y resplandecería, la gloria de Dios reposaría sobre ella, el poder de Dios se manifestaría entre nosotros, y veríamos y comprenderíamos cosas que nunca habíamos imaginado.
Al examinar las cosas, encuentro que somos humanos en todo el sentido de la palabra. Me miro a mí mismo, por ejemplo. ¿Soy perfecto? No, ni mucho menos; tampoco lo son mis hermanos del sacerdocio de los diversos cuórums. Y miro a las personas, hombres y mujeres en general, y me veo obligado a llegar a la misma conclusión respecto de ellas. No alcanzamos la norma, no cumplimos los requisitos que Dios nos impone.
Hemos tenido la idea, que es muy correcta, de que Dios nos ha recogido de entre las naciones para poner Su nombre entre nosotros y para que se organice Su sacerdocio, a fin de que los hombres así ordenados estén preparados para establecer Su reino y reinar sobre la tierra. Pero encontramos hombres en el sacerdocio, sí, en todos los grados del sacerdocio, que son débiles. ¿Hay algo sorprendente en eso? Oh, no. Remóntense, por ejemplo, a los días de Jesús, y leerán acerca de algunos hombres que tenían cierta inclinación a la ambición, y uno de ellos consiguió que su madre lo ayudara. Ella dijo: “Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. Bien podría haber añadido que a ella misma le gustaría ocupar algún puesto importante. Pero el Salvador le dijo: “No sabéis lo que pedís”; tal puesto “no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre”. Luego hubo otra circunstancia en la que Pedro se destacó. Jesús les hablaba de las dificultades que se aproximaban y daba a entender lo que sucedería aquella noche, a lo cual Pedro se opuso resueltamente, diciendo: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”. Entonces Jesús le dijo: “De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces”. Pedro no podía creerlo, pero hizo exactamente lo que el Salvador dijo que haría. ¿Fue débil? Sí, conforme a la condición humana. Si hubiera dicho: Señor, aunque todos se escandalicen de Ti, yo no lo haré, según mis sentimientos actuales, ni lo haré en absoluto si Tú me das poder para cumplirlos. Pero se sentía seguro de que podía permanecer al lado del Salvador en toda circunstancia, y no pudo. No pareció tan valiente cuando llegó la prueba; es bastante fácil hablar de ella a la distancia, al menos mucho más fácil que afrontarla y vencerla. Pero aquellos dos hermanos cuya madre hizo semejante petición a Jesús, ¿eran hombres malos? No; pero ella tenía la idea de que le gustaría ver a sus hijos ocupando tal posición, y probablemente ellos mismos no se habrían opuesto; de esto no se nos informa. Entonces, ¿era correcto que Pedro dijera que permanecería al lado de su Señor? ¿Cuántas veces lo hemos dicho nosotros? No condenaré a nadie, sino que simplemente hablaré de ese asunto para sacar algo bueno de él y mostrar a los hombres tal como eran y como son. ¿Era Pedro un hombre débil? No; pero no estaba libre de las flaquezas de la naturaleza humana, y cuando llegó la prueba vaciló un poco. Después de todo, no creo que el error fuera tan grave, considerando todas las circunstancias, porque estaba rodeado de un pueblo alborotado, corrupto y sediento de sangre, y hablaba con él; solo que había dicho que no lo haría, pero lo hizo, eso es todo. ¿Fue Pedro valiente por la verdad? Lo fue. ¿Fue encarcelado por la verdad? Sí. ¿Denunció el vicio y defendió la virtud? Lo hizo. ¿Y salió a apacentar a los corderos y al rebaño de Dios? Sí; y actuó en todo de una manera digna de un hombre de Dios, y finalmente murió como mártir. ¿Criticaremos a alguno de estos hombres? No, los amamos por sus buenas obras, por su fidelidad e integridad y por la gran obra que realizaron en su época al dar a conocer las verdades del Evangelio sempiterno. ¿Condenaremos a nuestros hermanos de aquí que tienen debilidades semejantes? No. ¿Cómo los llamaron? A algunos, hermanas muy débiles; a algunos, muy insensatos y a otros, muy ignorantes. No emplearemos ninguna palabra dura; más bien sentiría el deseo de decirles, como aquella anciana que enseñaba en la escuela decía a sus niños: “Cuando lleguen a una palabra difícil y no puedan deletrearla o pronunciarla bien, pásenla por alto y llámenla una palabra difícil”. Esta mañana me causó cierta gracia; saben que he oído hablar de algunas de sus insensateces, y encuentro que todos estamos en la misma situación, todos cortados por la misma tijera. Y al escuchar estas cosas, uno de los hermanos me comentó que este es un buen pueblo. ¿Cómo, y aun así hace estas cosas insensatas? Sí, ninguno de nosotros es tan malo después de todo; cuando se nos examina de cerca, no tenemos la intención de ser malos. Sin embargo, han existido muchas cosas insensatas entre nosotros. A veces los poseedores del sacerdocio no han obrado del todo correctamente; y luego el pueblo tampoco ha estado libre de culpa, y por consiguiente cometemos toda clase de errores curiosos. Ahora bien, quisiera que pudiéramos ponernos a ello, actuar con verdadera honradez, como diría un indígena, y llegar al fondo de las cosas, y luego proceder tan correctamente como podamos, guiados por los principios del Evangelio y sin dejarnos influir por las insensateces de los hombres.
El hecho de que haya entre nosotros algunos que tienen debilidades no hace falsa ninguna de las leyes de Dios que Él nos ha revelado, ni afecta nuestra creencia en ellas. Todavía creemos que el sacerdocio emanó de Dios y que Él lo ha instituido para el beneficio, la salvación y la exaltación de la familia humana. Y como prueba de ello estamos aquí hoy; y la razón de nuestra venida es que Dios levantó e inspiró a hombres para que salieran a predicar el Evangelio a toda nación, y nosotros oímos predicar a tales hombres y creímos su mensaje. Dice Jesús: “Mis ovejas oyen mi voz”, y “al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”. ¿Fue entonces el sacerdocio el que lo hizo? Sí y no. Fueron ellos quienes salieron en obediencia a los mandamientos de Dios, pero fue el poder de Dios en ellos y el poder de Dios que obraba en nuestro corazón lo que nos condujo a la verdad; y si Dios no hubiera obrado con ellos, no habrían podido hacer nada; y a menos que Dios hubiera revelado desde los cielos los principios del recogimiento, y su sacerdocio y poder, y los hubiera sellado sobre José Smith, y él a su vez los hubiera conferido a sus hermanos, nunca podrían haber traído a este pueblo aquí, tal como se encuentra hoy. Todos ustedes saben que esto es un hecho cuando consideran el asunto y reflexionan sobre él. Aprendemos en Doctrina y Convenios que, en cierta ocasión, Jesús y otros mensajeros celestiales se aparecieron a José Smith y a Oliver Cowdery, y entre ellos estaba Moisés, quien les confirió las llaves del recogimiento, que debía extenderse a todo Israel y también traer de regreso a las diez tribus. Y, mis hermanos, permítanme decirles que, si el Señor no nos hubiera enviado estas llaves de la manera en que lo hizo, ustedes no estarían aquí hoy. Pero ese principio fue abierto, y cuando recibieron el Evangelio lo recibieron, porque es parte del Evangelio, y la consecuencia fue que deseaban congregarse y apenas sabían por qué. Solían cantar los cánticos de Sion en tierras lejanas con mucho fervor, y el recogimiento era el tema de sus conversaciones y también de su predicación; y en sus sueños muchas veces se vieron entre los santos de Dios mucho antes de lograr llegar aquí. El Señor, como bien sabemos, tiene un propósito al recoger así a Su pueblo de entre las naciones de la tierra, pero me llevaría demasiado tiempo hablar de ello esta mañana; baste decir que se está cumpliendo el pasaje de las Escrituras que dice: “y os tomaré, uno de cada ciudad y dos de cada familia, y os llevaré a Sion. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con entendimiento”. Y por eso estamos aquí. Él dispuso que aquí se organizara Su sacerdocio, que aquí se dieran a conocer Su voluntad y Su disposición, y que se manifestara Su poder. Y se espera que no cambiemos por otras cosas ni pisoteemos este conocimiento cuando lo recibamos, sino que lo empleemos debidamente; y para hacerlo debemos comprender nuestra posición y entender la relación que existe entre nosotros, Dios y Su reino. Es cierto que nuestra organización se ha perfeccionado mucho últimamente, pero todavía se necesitan muchísimos otros avances y una obediencia y sumisión mucho más voluntarias a la ley y a la palabra de Dios. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Permítanme citar un poco más: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. O, en otras palabras: Ustedes no son mis ovejas; nunca he aprobado sus actos. ¿A quiénes se refiere este pasaje de las Escrituras? ¿A los gentiles incrédulos? Creo que no; no creo que puedan echar fuera muchos demonios, al menos nunca he oído que lo hayan hecho; nunca he oído que hayan profetizado ni hecho cosa maravillosa alguna en Su nombre. No, no se refiere a ellos en absoluto; se refiere a quienes una vez poseyeron el sacerdocio y, en lugar de honrarlo, lo trataron con ligereza, perdiendo su poder y eficacia, y también el Santo Espíritu, por tomar a la ligera las cosas de Dios y violar sus convenios con Él. Aunque en otro tiempo disfrutaron del poder de obrar milagros en virtud de su sacerdocio, ya no lo poseen; sino que, como “El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno”, así han vuelto ellos al error y a las malas obras; y a tales hombres se dirigirá de ese modo el Salvador.
No es porque un hombre posea el sacerdocio, ni porque sea o haya sido apóstol, sumo sacerdote, setenta, élder, presidente u obispo, y haya tenido poder con Dios en tiempos anteriores, haciendo muchas obras poderosas en Su nombre; sino que son quienes no solo han sido favorecidos y bendecidos de ese modo, sino que perseveran fieles hasta el fin, quienes serán salvos y reconocidos por nuestro Señor.
Hay algunas cosas que me vienen a la mente y a las cuales me referiré. No conozco un tiempo en que haya habido una organización del sacerdocio más perfecta sobre la tierra que la que existe hoy. Puede que la haya habido en los días de Enoc, y puede que la haya habido en este continente en aquellos días en que no había ricos ni pobres, sino que tenían todas las cosas en común y todos se trataban con justicia; pero no lo sé, porque no tenemos entre nosotros ningún registro de ese hecho. ¿Y para qué es esta organización? ¿Es para mis intereses personales? No lo entiendo así. ¿Es en beneficio de los Doce? Creo que no. ¿O en beneficio de los presidentes de estaca, de alguno de los obispos o de algún individuo? No, sino en beneficio de Dios y de la humanidad, para ayudar a establecer la rectitud sobre la tierra, y la unión y la hermandad entre nosotros, y para elevarnos en la sociedad, de modo que sobresalgamos en todos los demás asuntos como ahora lo hacemos en cuanto a nuestros sentimientos religiosos; para que Sion sea cabeza y no cola, y para que Dios sea honrado por nosotros, mediante nosotros y entre nosotros, y para que seamos verdaderamente la “Sion de Dios”, que significa los puros de corazón.
Ahora bien, si hablo con cierta franqueza sobre algunos de nuestros asuntos seculares, confío en que no se ofenderán; seguramente no lo harán mientras me limite estrictamente a la verdad, ¿verdad? Pues bien, en diversas ocasiones hemos hablado mucho acerca de la Orden Unida y también de las instituciones cooperativas; permítanme preguntar a la buena gente de Kaysville: ¿Qué hemos hecho en ese sentido? ¿Hasta qué punto hemos participado en ellas? Como diría el indígena, describiéndolo por el tamaño de la uña del pulgar: Más o menos así de poco. ¿Creemos en estas iniciativas? Algunos sí, y otros no saben si creen o no. Algunos creeríamos en ellas con mucha mayor facilidad si nos hicieran ricos y nos dieran prominencia y posición entre los hombres. Les diré, Santos de los Últimos Días, que a menos que podamos entrar en nuestras instituciones cooperativas y en la Orden Unida con íntegro propósito de corazón y motivos puros, como lo hacen los élderes cuando salen a predicar el Evangelio porque es mandamiento de Dios, sus esfuerzos servirán de poco. No queremos detenernos a preguntar: ¿Hay dinero que ganar en ello? ¿Es Su voluntad, Su ley y Su principio? Cuando unamos nuestros intereses sobre este principio y trabajemos conforme a él, tendremos éxito y prosperaremos. Pero en demasiados casos nuestras instituciones cooperativas se han descarrilado. ¿Cómo, la gran cooperativa? Sí, y también las pequeñas. ¿Tienen una cooperativa aquí? No, no la tienen. ¿Conocen alguna? Encontramos pequeñas instituciones a las que llaman cooperativas en la mayoría de nuestros poblados, pero cuando se investigan los asuntos relacionados con ellas, generalmente encontramos que, en lugar de administrarse en beneficio de la comunidad y con miras a edificar el reino de Dios, unos pocos individuos representan a la cooperativa y son ellos quienes se benefician de ella. Ese es el problema. Pero ¿es correcto el principio? Sí, si pueden vivirlo, tratándose honradamente unos a otros; pero si no pueden, no necesitan intentarlo, porque, en lugar de dar satisfacción, solo producirá decepción. Pero prometo a los Santos de los Últimos Días que, si participan en estas cosas permitiendo que Dios dirija en beneficio de Israel y de la edificación de Su Sion sobre la tierra, y dejan de lado sus personas y sus intereses individuales, sintiendo que actúan por Él y por Su reino, llegarán a ser el más rico de todos los pueblos, y Dios los bendecirá y derramará riquezas, inteligencia y todas las bendiciones que la tierra pueda ofrecer; pero, si no lo hacen, descenderán y continuarán por el camino descendente hacia la decepción y la pobreza, tanto en las cosas espirituales como en las temporales. Me atrevo a profetizar eso en el nombre del Señor. Así es como considero estas cosas y como las entiendo, y no desde la perspectiva de que cada hombre busque ganancias para sí mismo. Estas cosas son piedras de tropiezo en el camino del pueblo y lo han sido desde hace algún tiempo. Pues bien, ¿qué haremos? Hacer lo mejor que podamos y seguir procurando mejorar nuestra situación actual, teniendo siempre presente el objetivo que se ha de alcanzar, obrando honradamente sobre una base justa y principios correctos; entonces tendremos éxito, las cosas marcharán agradablemente y seremos un pueblo unido, reconocido y bendecido por el Señor. Fue sobre este principio que los nefitas llegaron a ser un pueblo próspero, bendecido y feliz; no fue porque uno fuera un poco más astuto que otro ni porque mediante su astucia se aprovechara de su prójimo; no era que, por ser un hombre buen financiero, debiera hacer que los bienes de los demás fueran a parar a sus propios bolsillos y dejarlos sin nada. Relataré aquí una anécdota que me viene a la mente. Un joven listo acababa de regresar de la universidad y, estando a la mesa, deseaba mostrar a sus padres los extraordinarios progresos que había hecho. “Pues, padre”, dijo, “apenas puedes imaginar cuánto he progresado”. “Bien, hijo mío”, dijo el padre, “ciertamente me alegra oírte decirlo, y confío en que llegarás a ser un gran hombre”. Había dos patos en la mesa para la comida, y este joven se propuso dar a su padre una muestra de su inteligencia. “Ahora”, dijo, “ves que solo hay dos patos, ¿verdad?”. “Sí”, respondió el padre. “Pues puedo demostrarte que hay tres patos”. “¿Puedes?”, dijo el padre, “eso es realmente extraordinario; ¿cómo puedes hacerlo?”. “Pues”, dijo el hijo, “te lo mostraré. Ese es uno, ¿verdad?”. “Sí”. “¿Y ese es dos?”. “Sí”. “Pues dos y uno hacen tres, ¿no?”. “Así es”, dijo el padre, “es muy extraordinario y, para mostrarte cuánto lo aprecio, yo comeré uno de estos patos, tu madre comerá el otro y dejaremos el tercero para ti”. Algunos de nuestros “financieros” han hecho esta clase de descubrimiento, pero cuando se llega a lo práctico, al igual que el muchacho, tienen que recurrir al pato del padre o al de la madre. Esta clase de habilidad puede estar muy bien en su lugar, pero nosotros no tenemos lugar para ella; queremos actuar honradamente, comenzar bien y luego llevarlo a cabo bien. Que la gran cooperativa se enderece y luego hagan lo mismo las pequeñas, y mantengámonos unidos y actuemos todos de común acuerdo, dejando de lado nuestras maquinaciones; y tengamos hombres honrados y honorables, élderes de Israel que lleven en el corazón la edificación del reino de Dios, para administrar nuestros negocios y que actúen por el bienestar de todos. Esa es mi doctrina sobre ese punto. Puedo ver muchas faltas en estas cosas, pero las dejaremos pasar; son las debilidades de la humanidad y llevan consigo su propia recompensa. Si las personas obran correctamente, lo correcto permanece a su lado y las sostiene; si obran mal, eso las hace descender, descender y descender. Los hombres no pueden permitirse obrar mal, si tan solo comprendieran su verdadera posición. Unos pocos dólares, un poco de tierra, unas pocas casas y algunas de las comodidades de esta breve vida no pueden compararse con la gloria reservada para quienes son leales y fieles. Pero temo que de algunos se dirá lo que se dijo del rico: “Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, por su parte, males; pero ahora este es consolado aquí, y tú eres atormentado”. No queremos que nada se adhiera a nosotros sino lo correcto, honrado y verdadero; y siempre que podamos actuar en beneficio de todos, estaremos obrando correctamente, libres de estos sentimientos estrechos y mezquinos y de este espíritu personal, egoísta y de engrandecimiento propio. ¿No creen que pueden establecer algo así si lo intentan? No se apresuren demasiado; no se rompan el cuello; procedan con calma, comiencen una industria y luego otra, fabriquen su cuero, sus arneses y zapatos, y prepárense para producir seda. Hermanos, trabajen juntos, y hermanas, trabajen juntas, y que todos actúen por el bienestar mutuo para que todos sean alentados y beneficiados. La presidencia de esta estaca debe hacerlo, y todos deben unirse a ella para producir, hasta donde sea posible y tan pronto como sea posible, todo lo que necesitan entre ustedes; y también encontrar empleo para todo hombre, mujer y niño de esta estaca que desee trabajar. Eso es lo que debe hacer, hermano Smith. Así es como entiendo estas cosas. Y luego no debemos procurar descubrir algo contra los demás ni sus pequeñas debilidades, porque todos tenemos suficientes, Dios lo sabe; y yo diría, si fuera uno de ellos: Tom, si tú das el asunto por terminado, yo también; Mary, si tú me perdonas, yo te perdonaré; y Dick, si tú pasas por alto mis faltas, yo pasaré por alto las tuyas; Susan, si he obrado mal, perdóname, por favor. Procuremos todos enderezarnos y dar una buena sorpresa general, estableciendo una hermandad entre hombres y mujeres para que seamos uno; y entonces, si deseamos ayudarnos unos a otros y pedimos a Dios Su Espíritu para que nos ilumine, avanzaremos y mejoraremos en estas cosas; e iremos de verdad en verdad, de sabiduría en sabiduría y de inteligencia en inteligencia, y Dios nos ayudará si nosotros nos ayudamos siguiendo un curso que permita alcanzar estos objetivos.
Hay otra cosa de la que quiero hablar, y es el sacerdocio. ¿Qué idea tienen de él? ¿Creen que el sacerdocio debe gobernar en las cosas espirituales y alguna otra agrupación en las temporales, o cómo lo arreglan? No lo sé. ¿Cómo llaman a esa otra agrupación? No es una hermandad de hombres ni de mujeres; quizá puedan llamarla una agrupación de división. ¿Creen que esa es la manera correcta? Permítanme hablar de algunos de los primeros principios de este asunto. ¿A quién debemos el conocimiento de los principios de verdad que poseemos hoy? ¿A José Smith, a Hyrum Smith, a Oliver Cowdery, a Sidney Rigdon, a Brigham Young o a los Doce? Creo que no. Debemos este conocimiento a Dios, porque había llegado el tiempo, en los consejos del cielo, en que era necesario comenzar la obra de los últimos días y preparar a un pueblo, recogiéndolo para edificar Sion y establecer el reino de Dios sobre la tierra, para que Su voluntad se hiciera en la tierra como se hace en el cielo. Y si Dios y el sacerdocio que está con Él nunca hubieran hecho girar la llave ni hubieran dado su consentimiento para que se hicieran estas cosas, todos habríamos estado en tinieblas; o, en otras palabras, habríamos estado donde vinimos, al otro lado del Jordán o en algún otro lugar. En todo caso, no habríamos estado aquí. ¿No creen que habría estado bien que el Señor hubiera descendido primero a consultar nuestra opinión sobre estas cosas? Pero no lo hizo, y nosotros no sabíamos nada al respecto hasta que los élderes nos trajeron la noticia. Entonces no tuvimos nada que ver con ello, ¿verdad? No sabíamos nada hasta que Dios envió a los mensajeros entre nosotros, ¿verdad? Creo que no. ¿Sabíamos algo más cuando llegamos aquí? ¿Quién de nosotros sabía cómo construir templos o pensaba siquiera en tal cosa? Nadie. ¿Quién sabía cómo administrar en ellos? Nadie, ni siquiera José ni ningún otro hombre, hasta que Dios lo reveló. Hablamos de ser bautizados por nuestros muertos; ¿de qué habría servido eso si Dios no lo hubiera dirigido? ¿Creen que van a entrar en un templo para lograr algo a menos que Dios lo dirija? No; lo que pudieran hacer no valdría absolutamente nada.
Dios ha establecido Su Iglesia, y a veces decimos Su reino. ¿Qué queremos decir con “el reino de Dios”? Quisiera que alguien me dijera qué queremos decir al emplear ese término. Existe la Iglesia de Dios y el reino de Dios. La Iglesia, por supuesto, se refiere más particularmente a las cosas espirituales, y el reino al dominio, gobierno y administración temporales y a los asuntos temporales. Si no es así, ¿qué significa? Quisiera que alguien me lo dijera. A veces predicamos acerca de “los reinos de este mundo que llegan a ser los reinos de nuestro Dios y de su Cristo”, ¿verdad? ¿Será el reino de Dios el reino de los hombres? Creo que no. ¿Qué significa entonces donde dice que, si guardamos las leyes de Dios, no tendremos necesidad de quebrantar las leyes del país? Porque las leyes de Dios son mucho más puras y elevadas, y están mucho mejor adaptadas a las necesidades y la condición de la humanidad, que superamos con facilidad todo lo de esa índole; y, comparativamente, no nos cuesta nada hacerlo; lo que se requiere podemos hacerlo fácilmente, y mucho más además. Pero cuando la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo y los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, ¿cómo se hará? He oído a muchos de ustedes predicar esto: “Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová”. ¿Será así? Oh, sí. ¿Quieren decir que eso está en la Biblia? Sí. ¿Y cuál es el significado de ese pasaje de las Escrituras? La ley no puede salir de Sion a menos que se establezca en Sion, ¿verdad? ¿Quién va a establecer esa ley? ¿Y quién va a dar la palabra del Señor desde Jerusalén? ¿Cómo se llevarán a cabo estas cosas? ¿Creen que tendremos muchas listas electorales de oposición para hacerlo? Ustedes que sienten que pueden administrar las cosas sin el sacerdocio, inténtenlo y vean hasta dónde llegan. Vuelvan a su ordenación y su bautismo, vuelvan a la difusión del Evangelio por la tierra y al derramamiento de inteligencia sobre el sacerdocio, y a Dios gobernando y dirigiendo, y a lo que decía Israel: “El Señor será nuestro juez, el Señor será nuestro rey, el Señor será nuestro legislador, y él reinará sobre nosotros”. ¿No era así como solíamos hablar? Recibí la visita de algunos de los suyos durante la sesión de la legislatura. ¿Cómo era el asunto y quién tenía razón? Ninguno tenía razón, tal como ocurrió cuando el profeta José preguntó al ángel cuál de las sectas era la verdadera para unirse a ella. La respuesta fue que ninguna era la verdadera. ¿Cómo, ninguna? No. No nos detendremos a discutir esa cuestión; el ángel simplemente le dijo que no se uniera a ninguna, que ninguna era la verdadera. ¿Hay algo malo aquí? Sí, bastante. Debe haber perfecta libertad en todos estos asuntos; se deben consultar los sentimientos de nuestros hermanos. Un obispo no tiene derecho a presionar ni oprimir; no se le da el sacerdocio con ese propósito, sino que todo debe avanzar en armonía, y deben consultarse y respetarse los deseos del pueblo. Entiendo que hubo cierta presión en sus asuntos electorales; no tardaron más de diez minutos en terminar sus gestiones. Es mejor emplear diez días que tener procedimientos tan vergonzosos como los que tuvieron aquí, y habrían empleado mucho mejor su tiempo haciendo otra cosa. ¿Qué ocurrió después? Algunos pensaron que había habido cierta presión, que no habían sido debidamente representados. No sé cómo fue esto, pero me inclino a pensar que se procedió con cierta precipitación. Creo que habría sido mucho mejor y mucho más acorde con lo que profesamos que los líderes se hubieran reunido y hubieran actuado con unanimidad y buenos sentimientos, deseando todos sostener los principios de rectitud y escoger para los cargos a hombres buenos, virtuosos y competentes, hombres capaces de ocuparlos honorablemente, y luego hacerlo unánimemente. Pero tan pronto como de un lado se manifiesta la disposición a presionar, el sentimiento del otro lado, cuando se expresa, es: Si así van a ser las cosas, nos opondremos, y si no podemos obtener nuestros derechos con el sacerdocio, recurriremos a nuestros derechos políticos como hombres y frustraremos sus actuaciones si podemos. Ahora bien, ambos están equivocados. Por una parte, debería haber habido una consulta libre y completa, respetándose los derechos de todos; y por otra, yo preferiría someterme mil veces, incluso a una imposición, antes que actuar como ustedes lo hicieron; hablando con franqueza, si un obispo quisiera presionarme, lo dejaría hacerlo. Yo podría soportarlo si él pudiera hacerlo. Se me instruye que sea obediente al sacerdocio, y si él quisiera obrar mal, podría hacerlo, pero yo no lo haría. Dos males nunca hacen un bien. No diré hasta qué punto estaban equivocados, pero sí diré que ambos lo estaban y que otro proceder habría sido mucho mejor, más satisfactorio y digno de alabanza. ¿Cuál es el resultado, ustedes que recurrirían a sus derechos reservados? Lo primero que hacen es persuadir al pueblo para que renuncie a sus derechos y al voto. Si Dios nos da ciertos derechos y nosotros los pisoteamos y los desechamos para acomodar algunas pequeñas ideas nuestras, somos muy insensatos y merecemos ser disciplinados. Si yo hubiera pensado que el obispo estaba equivocado, habría ido a él y le habría hablado respetuosamente para ver si las cosas podían modificarse. Pero ustedes siguen el otro camino y dicen bruscamente: “Les mostraré: Vamos, Tom, Bill, Ned, reúnan a su grupo y veamos qué tremendo alboroto podemos armar”. ¿Y ustedes son élderes de Israel y están ocupados en edificar el reino de Dios? ¡Vaya élderes! ¡Vaya edificadores del reino, que emplean toda la influencia y el poder de su sacerdocio para derribar y destruir el reino, atacando los derechos del pueblo y negociándolos, enviando una petición a la legislatura para pedir a ese cuerpo que les quite sus derechos porque no los quieren! Y esto lo hacen élderes de Israel. Siento un poco de vergüenza por ustedes, y cuando lo oí, dije: “No lo anunciéis en Gat, ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón”. ¿Cómo, sumos sacerdotes, setentas y élderes conspirando para quitar los derechos del pueblo? Así es como lo entiendo. ¿Y por qué todo esto? Para mostrar a otros que somos hombres libres. ¿Somos libres? Sí, libres para hacer lo correcto, pero no para hacer lo malo. ¿Tenemos todos derechos? Sí, tenemos derecho a hacer lo correcto, pero cada uno de nosotros ha hecho convenio de ser fiel a Dios y a Su causa, ¿verdad? Y cuando nos apartamos de eso, obramos mal. Ustedes tienen muchas ovejas aquí y sin duda a veces las han visto echar a correr: una comienza, las demás la siguen y allá van. ¿Adónde van? No lo saben. ¿Lo saben ustedes? No. Pero quizá las ovejas pensaban que estaban en servidumbre y querían salir; la que va delante salta, quizá a un lodazal, no importa, todas siguen a la que las guía.
Trabajemos juntos como hombres, como santos. Si deben celebrar elecciones, reúnanse honradamente, consideren las cosas y hablen con franqueza, con miras a lograr el bienestar y el bien de todos. No podemos elegir a todos, no podemos ser todos oficiales, no podemos hacer de todos ustedes magistrados, alcaldes, consejeros y concejales. Pero mientras tengamos hombres buenos y competentes para los cargos, eso es todo lo que me importa, y tenemos muchos; y todos debemos tirar en una misma dirección, con un esfuerzo sostenido, fuerte y conjunto.
Ya han tenido bastante división en el condado de Tooele. Cuando llegó el momento de que los habitantes de aquel condado estuvieran representados en la legislatura, su representante estaba en California, y cuando se trataban asuntos importantes concernientes a aquel condado, no tenían a nadie que los representara. Luego también eligieron a un superintendente de las escuelas públicas del condado, ¿y estaba allí? No, estaba fuera, en algún lugar, y no podían obtener nada de los fondos escolares que administraba. ¿Les gustaría estar en manos de hombres así? Pronto querrían volver atrás y se sentirían un poco como Esaú después de haber vendido su primogenitura; procuró recuperarla con lágrimas, pero no pudo recobrarla. Nuestra fortaleza reside en nuestra unión, pero nuestra unión por sí sola no lograría mucho sin la ayuda de Dios; y Él nos ayudará si estamos unidos para cumplir Sus propósitos.
Ahora me referiré a algunas otras cosas. Tenemos Sociedades de Socorro aquí y debemos alentarlas. Nosotros, los hermanos, como saben, debemos ayudar a nuestras “hermanas”, y debemos tener la lealtad y el patriotismo para hacerlo en todo momento y circunstancia; y cuando procuran hacer una buena obra, ayudémoslas todo lo que podamos. Y si están procurando reunir un poco de trigo, ayudémoslas; no nos hará mucho daño y posiblemente descubramos con el tiempo que nos resulta provechoso. Las mujeres no son siempre tan insensatas como a veces nosotros, los hombres, suponemos. Recuerdo una circunstancia que relataré. Había cierta mujer cuyo esposo era muy desprendido y generoso, dispuesto a regalar cualquier cosa que tuviera; ella vio que era un poco demasiado liberal y descuidado y que evidentemente llegaría un momento en que se encontraría en apuros. Así que un día le preguntó si no le daría cierta cantidad para mantener la casa. “Oh, sí, ¿cuánto quieres?”. “Tanto por semana”. Él le dio una asignación bastante generosa, tanto que ella podía mantener la casa y apartar una porción cada semana; guardaba sus ahorros en la Biblia hasta que, con el tiempo, llegaron a ser una suma considerable, y la Biblia estaba llena de billetes. Algunos años después vino una crisis financiera y el esposo estaba preocupado. La esposa percibió enseguida el cambio en el rostro de su esposo y le pidió que le dijera la causa de su inquietud. Él le dijo que tenía un pagaré próximo a vencer y temía no poder pagarlo. Ella procuró animarlo diciéndole que tuviera fe en Dios y lo remitió al buen y antiguo Libro, diciéndole que lo leyera para que pudiera hallar algún consuelo en él. Le entregó la Biblia y, al abrirla y pasar las páginas, comenzaron a caer los billetes. “Pero, Susan”, dijo él, “¿qué significa esto? ¡La encuentro llena de billetes!”. Ella le respondió tranquilamente: “Pensé que eras muy generoso y un poco derrochador, y temí que llegara un tiempo en que necesitáramos dinero; por eso aparté cierta cantidad cada semana en la Biblia”. Él bendijo a su esposa, y creo que ella era la más sensata de los dos y quizá debería haber llevado los pantalones. Ahora bien, puede llegar un tiempo en que necesitemos este trigo que nuestras hermanas están almacenando; no confiemos demasiado en nuestros asuntos y hagamos lo que podamos para ayudarlas. Me complace presenciar el espíritu que manifiestan nuestras hermanas en general. Oigo que van a dedicarse a la producción de seda y me alegro de ello. La legislatura asignó mil quinientos dólares para ayudar a nuestras hermanas, simplemente porque eran nuestras hermanas y porque procuraban hacer el bien. Pónganse a trabajar y ayúdenlas aquí, colaboren en todas estas cosas y hagan todo lo que puedan. Son un poco famosos en algunos de estos lugares; creo que en Farmington afirman estar por delante de todos en lo relacionado con la seda.
Y en cuanto a nuestras actividades educativas, hagamos todo lo que podamos en ese sentido. Algunas personas hablan de los recursos que se necesitan; pues el dinero no puede compararse con la inteligencia. Quisiera que tuviéramos nuestros propios libros de texto, publicados por nosotros y leídos por nuestros hijos. Creo que tales cosas se indican en Doctrina y Convenios. Tengamos, entonces, nuestras escuelas secundarias, para que nuestros hijos reciban instrucción en las materias generales y estemos tan por delante del mundo en cuanto a las letras, los oficios, las artes, las ciencias y todo lo demás como lo estamos ahora en cuanto a los principios religiosos.
También me alegra ver que nuestras Sociedades de Mejoramiento Mutuo de Hombres Jóvenes y de Mujeres Jóvenes están funcionando tan bien. Será bueno que se reúnan de vez en cuando como sociedades conjuntas; brindará un cambio agradable y también hará mucho bien. Hace unos días me encontré con un caballero muy inteligente que me dijo que había asistido a una de las reuniones de los Hombres Jóvenes y se había asombrado de la inteligencia y el talento demostrados. Dijo que no había visto nada semejante entre los jóvenes de ningún otro lugar.
No solo debemos procurar sobresalir en las instituciones educativas, sino también en los oficios. Debemos unirnos y fabricar nuestro cuero, nuestras botas y zapatos, nuestros arneses, nuestros instrumentos de labranza y todo lo que necesitemos para nuestro uso, hasta que lleguemos a ser autosuficientes y no importemos nada más que lo absolutamente necesario; y entonces encontraremos pleno empleo para todo nuestro pueblo.
Quizá haya dicho suficiente. Esposos, amen a sus esposas; trátenlas con bondad; sobrelleven sus flaquezas e imperfecciones y ámenlas como solían hacerlo cuando las cortejaban; a muchos de ustedes les haría bien volver a cortejarlas. Esposas, traten correctamente a sus esposos; no los importunen ni los critiquen, sino estén llenas de bondad y procuren hacer de sus hogares un cielo. Hijos, obedezcan a sus padres y trátenlos correctamente. Y padres, ustedes que tienen sirvientes, trátenlos correctamente, páguenles salarios justos y relaciónense con ellos conforme a principios honorables. Y en su trato mutuo, sean honrados y rectos; no procuren aprovecharse unos de otros. No vengan a contar qué negocio tan espléndido han hecho, a menos que la otra parte haya hecho un negocio tan bueno como el de ustedes; si lo hizo, está bien, pero si no, no está bien.
Y ahora asumiré el papel de maestro antes de terminar. ¿Tiene alguno de ustedes resentimiento contra su prójimo? Si lo tiene, vaya a él, no de manera quisquillosa y pendenciera, sino como amigo. Por ejemplo: “Thomas, tú y yo hemos tenido una pequeña dificultad; pensé en venir a conversar sobre el asunto para ver si podemos resolverlo”. Pero si Thomas no quiere reconciliarse, entonces lleven a un tercero, alguien que crean que tendría más influencia sobre él que ustedes mismos; y si todavía se niega a ceder, infórmese de él a su obispo; y si no quiere escuchar a la Iglesia, sea considerado como un “gentil”. Mary, Helen, Susan, ¿cómo están ustedes? ¿Existe algún pequeño sentimiento de desagrado entre ustedes? ¿Sienten que pueden ser buenas hermanas y tratarse correctamente unas a otras? Entonces procuren el bienestar mutuo, como dicen las Escrituras: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal, prefiriéndoos con honra los unos a los otros”. Dicen que eso es bastante difícil; pues bien, más vale que lo hagan. Se nos dice que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Si podemos hacer esto, y luego dar preferencia a nuestro prójimo por encima de nosotros mismos, y si hay alguna pequeña ventaja, ponerla de su lado, no solo cumplimos la ley y los profetas, sino el Evangelio. Cultivemos el espíritu de amor y bondad y sepultemos toda pequeña desavenencia; olvidemos la dificultad de las elecciones y la dificultad de nuestro prójimo, y seamos uno, hermanos y hermanas juntos, unidos en la edificación de Sion y el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra.
Hermanos y hermanas, Dios los bendiga y los guíe por las sendas de la vida, y que Dios los ayude a obrar correctamente. Y les pido que me tengan presente en sus oraciones, para que pueda obrar correctamente y ser guiado por el Señor en beneficio de Israel; y que mis hermanos de los Doce y la presidencia de su estaca, junto con todos los hermanos, reciban la ayuda y la bendición del Señor y puedan sostener a Dios, Su reino y todo principio de rectitud, y luego el pueblo los sostenga a ellos y ellos al pueblo, y todo funcione armoniosamente y todos obremos correctamente, sin importar a quién afecte. Obremos correctamente, paguemos nuestros diezmos y ofrendas y estemos libres ante Dios, los ángeles y los hombres.
Ruego a Dios que los bendiga y los guíe por las sendas de la vida, en el nombre de Jesús. Amén.


























