La obra de Dios y nuestra responsabilidad de hacerla avanzar.
por el presidente John Taylor, pronunciado en la Conferencia General, el martes 8 de abril de 1879 por la tarde.
John Taylor exhorta a los santos a magnificar sus llamamientos y fortalecer la obra de Dios mediante el servicio misional, la obra del templo, el apoyo a las hermanas, la educación y la cooperación.
La apertura de la última dispensación—El desarrollo de la obra de Dios—El envío de misioneros—La contribución de las hermanas—Las asociaciones de mejoramiento—La educación—La cooperación John Taylor
Diré que me siento muy agradecido a mis hermanos por los generosos sentimientos que han manifestado hacia mí. Permítanme, sin embargo, decir, respecto de algunas de estas ideas presentadas a la conferencia por el hermano George Q., y que, según ha dicho, me ha presentado con frecuencia a mí y a otros de los Doce, que, aunque aprecio debidamente los sentimientos y las opiniones de mis hermanos y no desconozco las conveniencias de la vida, personalmente no desearía cambiar mi posición. En lo personal, nada me importan la ostentación exterior, el brillo ni la apariencia de los hombres; pero sí me importan los grandes principios eternos relacionados con la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra. Y, como se ha dicho, pasó algún tiempo antes de que pudiera decidirme a aceptar una propuesta de esta naturaleza. Y ahora la acepto simplemente en calidad de siervo de ustedes por causa de Cristo, para beneficio del reino de Dios y para que todas las cosas se conduzcan de manera apropiada.
Ahora dejaremos esto y hablaremos de otra cosa.
Me han interesado mucho las palabras que se han pronunciado en esta conferencia. Han transcurrido ya cuarenta y nueve años desde que se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Entonces, como han oído decir y como bien sabemos, se organizó con seis miembros. Sin embargo, había más de seis personas en la Iglesia, como señaló el hermano Snow, pues la organización se efectuó con el propósito de obtener reconocimiento legal; aun así, eran muy pocos. Y mientras el espíritu de revelación reposaba sobre José, el siervo de Dios, en aquellos primeros días, quien, al igual que Adán, Moisés, Abraham, Jesús, Jared, Nefi, Moroni y otros, vio los cielos abiertos ante sus ojos, aunque la Iglesia era tan reducida en número, los principios y propósitos de Dios se desplegaron plenamente ante la visión de su mente, y contempló las cosas que habrían de acontecer en los últimos días, relacionadas con la dispensación que el Todopoderoso lo había llamado a introducir. Aprendió mediante comunicaciones de los cielos, de tiempo en tiempo, acerca de los grandes acontecimientos que tendrían lugar en los últimos días. Entendió las cosas pasadas y comprendió las diversas dispensaciones y los propósitos de esas dispensaciones. No solo se le dieron a conocer los principios, sino que también trató con las personas que habían oficiado como dirigentes de aquellas dispensaciones, y de varias de ellas recibió autoridad, llaves, sacerdocio y poder para llevar a cabo los grandes propósitos del Señor en los últimos días; estas fueron enviadas y comisionadas especialmente por el Todopoderoso para conferirle esas llaves y esa autoridad. Así introdujo aquello de lo que hablaron todos los profetas desde el principio del mundo: la dispensación en la que vivimos, que difiere de todas las demás dispensaciones en que es la dispensación del cumplimiento de los tiempos, que abarca todas las otras dispensaciones, todos los otros poderes, todas las otras llaves y todos los otros privilegios e inmunidades que jamás hayan existido sobre la faz de la tierra. En aquel tiempo era un joven débil, inexperto y sin conocimiento del saber de la época. Pero Dios le dio posesión de aquella clase de inteligencia y de lo que puede llamarse un conocimiento científico de todas las cosas concernientes a esta tierra y, si se quiere, a los cielos, que estaba muy por delante de toda la inteligencia que existía en el mundo. Comenzó, conforme se presentaba la oportunidad, a seguir la educación que había recibido del Todopoderoso, enseñando los principios de vida y salvación, los principios del Evangelio sempiterno, confiriendo a otros aquel sacerdocio que se le había conferido y organizando un orden de cosas conforme al modelo de los cielos, destinado a vivir, crecer y aumentar, que tenía en sí mismo el principio de vida y vitalidad y que estaba destinado a reunir a los de corazón sincero, armonizarlos en sus ideas, opiniones, sentimientos y fe, y facultarlos para obrar con él, con el Señor y con el santo sacerdocio que había existido en épocas anteriores. Y así comenzó a organizar la Iglesia con todos sus diversos oficios, bajo la inspiración, guía y revelación directas del Señor. Se dio a conocer la Primera Presidencia; también se señalaron y designaron los Doce, y estos cuórums fueron ordenados. Sin embargo, el sumo sacerdocio se organizó antes de que estos otros cuórums tomaran forma. Luego estuvieron los cuórums de setentas, después los cuórums de élderes, luego los obispos y después los cuórums de presbíteros, maestros y diáconos, junto con los sumos consejos y todo lo que sabemos de estas cosas. Él nos enseñó todo lo que sabemos acerca de ellas; Dios se lo enseñó a él. Por tanto, en las diversas organizaciones de los distintos cuórums del sacerdocio, ya se trate del Sacerdocio de Melquisedec, del Aarónico o del levítico, todas ellas, junto con los deberes que recaen sobre cada una, fueron dadas por el Señor. Y por eso la Iglesia a la que pertenecemos se llama La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Por tanto, Jesucristo es el medio por el cual hemos de acercarnos al Padre, invocándolo en el nombre de Jesús; porque no hay nombre dado debajo del cielo ni conocido entre los hombres por el cual podamos ser salvos, sino el nombre de Jesucristo. Y aunque ahora no lo hacen, se aproxima el tiempo en que ante Él se doblará toda rodilla y toda lengua confesará que Él es el Cristo, para la gloria de Dios el Padre. Por tanto, la religión que profesamos nos ha sido dada desde los cielos. No podemos prescindir de ella; no podemos prescindir de ninguna parte de ella. No es del hombre, sino del Señor Dios, nuestro Padre Celestial, por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien se vale de Su siervo José y de aquellos a quienes Él llamara por revelación como instrumentos para llevar a cabo los propósitos de Dios sobre la tierra. El sacerdocio que hemos recibido no lo recibimos del hombre ni por medio del hombre, sino por revelación. Y en los últimos días, el presidente Young, poco antes de su muerte, organizó todas las diversas ramas de la Iglesia en estacas, con sus respectivos oficiales, llevando a cabo el designio de Dios y Sus revelaciones a José Smith; y las colocó sobre el fundamento que José Smith había establecido al principio bajo las revelaciones directas del Señor. Y Dios espera de nosotros que magnifiquemos nuestro llamamiento y que nos aferremos a Él como Sus siervos, a quienes ha conferido este sacerdocio. Espera que lo magnifiquemos y que no obremos de acuerdo con nuestras propias nociones particulares, sino de acuerdo con la voluntad, la ley, la guía y las revelaciones de Dios en todas las cosas y en toda circunstancia; porque estamos aquí como Jesús estuvo aquí: no para hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de nuestro Padre Celestial, quien nos ha enviado, nos ha llamado a este elevado llamamiento y nos ha hecho sentarnos juntos en lugares celestiales en Cristo Jesús.
De acuerdo con el orden de Dios, los Doce, los setentas, los sumos sacerdotes y los élderes han estado en el extranjero, entre las naciones de la tierra, dando el testimonio que Dios les dio, y el Espíritu y el poder de Dios han obrado con nosotros en nuestras ministraciones; y los resultados de estas acciones y labores, de la fe, la abnegación, la negación de sí mismos y el deseo de hacer la voluntad de Dios, y de los testimonios que se han dado, se manifiestan en los santos congregados hoy, como lo estamos, en los valles de las montañas. Estas cosas se han llevado a cabo mediante la intervención del Todopoderoso; hoy dependemos de Él tanto como siempre hemos dependido durante todos los días de nuestra vida, para recibir guía, sostén, revelación y el Espíritu de Dios que nos dirija a fin de que no demos pasos equivocados; pero, como pueblo, debemos engrandecer al Señor nuestro Dios en nuestro corazón, honrarlo, observar Sus leyes y guardar Sus mandamientos. Se ha producido un gran cambio desde que se introdujo este Evangelio, como lo atestiguan suficientemente los miles de personas que habitan estos valles. Y si continuamos progresando en fe, unión, inteligencia, virtud, pureza y conocimiento, y especialmente en el conocimiento de Dios y en la observancia de Sus ordenanzas, la obra del Señor continuará avanzando con una rapidez diez veces mayor. Apenas estamos comenzando nuestras labores, apenas nos estamos preparando para realizar la obra que Dios ha puesto sobre nuestros hombros y apenas comenzamos a efectuar la obra que Dios se propone que cumplamos; todo lo que han profetizado los antiguos profetas, tal como se encuentra en la Biblia y en el Libro de Mormón, y aquellas cosas predichas por José Smith y por todo otro profeta de Dios, se cumplirán tan ciertamente como que estamos aquí hoy, sin vacilación, sin decaimiento ni demora.
Seguimos adelante y atendemos muchas cosas. Nuestras organizaciones son muy buenas; pero a veces pienso que necesitamos que el aliento de vida de Dios sople en todas ellas, para que el Espíritu y el poder del Altísimo estén entre nosotros, y para que el poder y las bendiciones de Dios que vienen por medio de las ordenanzas estén entre nosotros, y para que el poder y las bendiciones de Dios que vienen por medio de las ordenanzas nos sean impartidos; y así será si somos fieles en el cumplimiento de los deberes que recaen sobre nosotros. Para nosotros no se trata de qué comeremos, qué beberemos o en qué clase de casas viviremos; eso no es tan importante como hacer la voluntad de Dios, tener el corazón entregado a Su servicio, sentir que estamos edificando la Sion del Señor de los Ejércitos, sentir que somos reconocidos por los cielos y sentir que estamos vinculados con el sacerdocio detrás del velo, cuyos miembros han vivido y obrado en el tiempo y ahora obran en la eternidad; porque ellos sin nosotros no pueden ser perfeccionados, ni nosotros sin ellos podemos ser perfeccionados. Necesitamos su ayuda desde los cielos y debemos buscarla en todo momento.
Permítanme decir esto no solo a los Doce, sino también a los presidentes de estaca y a sus consejeros y a todos los hombres que poseen autoridad: Busquen a Dios, busquen sabiduría, busquen fe y aprendan a acercarse a Dios, para que podamos hacer descender bendiciones del cielo y participar de aquella fe que una vez fue dada a los santos. Estamos procurando hacer algunas cosas y las estamos haciendo bastante bien. ¿Deseo criticar? No. ¿O censurar a alguien? No. Pero quisiera que todos vivieran y actuaran de tal manera que no se censuraran a sí mismos, que su conciencia no los condenara; porque si su propio corazón los condena, Dios es mayor que su corazón.
Lo estamos haciendo bastante bien. Estamos construyendo nuestros templos, y en general se manifiesta un espíritu loable en relación con estas cosas. ¿Lo hacen todos? No. ¿Tienen todos este espíritu? No. Quisiera que lo tuvieran, pero quizá entonces estaríamos esperando demasiado. Sin embargo, hay un interés creciente en estas cosas, y me alegra reconocer a los santos su mérito por ello. Y al hablar de nuestros templos, supongo que hoy no hay menos de quinientos hombres dedicados a construir templos en este territorio. Algunas personas considerarían esto una carga considerable y, puedo decir, tenemos algunos que se llaman Santos de los Últimos Días que tienen un poco de ese sentimiento, no mucho, pero sí un poco. Pero los hombres que tienen sentimientos rectos sienten que ellos y todo lo que poseen pertenecen al Señor; sienten que están disponibles para realizar la obra de Dios, edificar Su reino, obrar con Él y con el santo sacerdocio y preparar templos para administrar por los vivos y por los muertos; para que, en verdad, no seamos pobres necios desvalidos, sino que sintamos que somos salvadores en el monte Sion y que el reino es del Señor.
Se manifiesta un buen sentimiento entre los hermanos y también entre las hermanas, quienes son tan celosas como los hermanos en la mayoría de los asuntos. A pesar de las inmensas labores que estamos realizando en nuestras construcciones, porque estamos haciendo mucho, no descuidamos otros asuntos. Hay una labor constante en el templo de St. George, con muy pocas interrupciones, y un grupo de personas dedicado de manera continua a administrar allí las ordenanzas de la casa del Señor; mientras que en estos otros lugares, como han oído leer, según los informes financieros correspondientes a los templos que se están construyendo en Manti y Logan, se han gastado en poco tiempo casi doscientos cincuenta mil dólares en estos dos templos. Los hermanos han emprendido la obra con buena voluntad, y parece haber entre muchos de ellos el deseo de ver quién hace más, en lugar de quién puede hacer menos. Y a pesar de esto, creo que, en cifras redondas, este último año se han pagado unos cincuenta mil dólares más de diezmos que antes de que comenzaran estas cosas. Digo esto para reconocer el mérito de los Santos de los Últimos Días. Honor, como dicen las Escrituras, a quien merece honor. Y me complace ver que un espíritu de esta clase crece y aumenta entre los hermanos.
Se ha dedicado mucho cuidado al envío de los misioneros que hemos mandado entre las diferentes naciones del extranjero y a esta nación. Sobre los Doce y los setentas, especialmente, recae el deber de procurar que esta obra se realice; y hemos estado atentos a este asunto y hemos procurado llamar a hombres que no se sientan agobiados ni perplejos en su mente, sino que salgan como siervos del Dios viviente, que no comiencen a pensar, cuando se encuentren a unas doscientas millas de su hogar, en cuándo llegará el momento de regresar; y los frutos están comenzando a manifestarse rápidamente en las misiones europeas, escandinavas y otras, así como en los Estados Unidos. Y deseamos que los élderes y los setentas comprendan que no queremos que vayan a una misión hombres que la consideren un deber penoso de cumplir; preferiríamos que tales hombres se quedaran en casa. Pero aquel que tiene el deseo de predicar el Evangelio al mundo, cuya vida es recta, pura y virtuosa, y que es capaz de presentar al mundo los principios del Evangelio, esa es la clase de hombre que deseamos enviar. No queremos que nadie vaya simplemente porque se piense que una misión le haría bien o que podría salvarlo de algún mal en el cual probablemente cayera. No queremos que los hombres vayan al extranjero representando al Autor de nuestra salvación para reformarse a sí mismos; que la obra de reforma se haga en casa. Queremos que prediquen el Evangelio hombres honorables y rectos, llenos del Espíritu Santo; y cuando tales hombres salen, van con nuestra fe y llevan consigo nuestra estima, nuestro amor y nuestro afecto; y si necesitan algo, se lo daremos. Si sus familias necesitan algo, procuraremos que sean atendidas, las alimentaremos, las vestiremos y cuidaremos de ellas, y consideraremos que son nuestros hermanos, y no pobres y miserables mendigos, ni que sus esposas y familias sean una molestia para nosotros; queremos eliminar todos esos sentimientos. Cultivemos el espíritu de magnanimidad y bondad y, así como el Señor nos bendice, bendigamos a otros; y para eso es para lo único que valen las cosas de la tierra. Hagamos bien a todos, especialmente a los de la familia de la fe. Y con el tiempo, como ocurrió antiguamente, quienes salen llorando, llevando la preciosa semilla, volverán regocijándose, trayendo sus gavillas consigo.
Además, tenemos una organización auxiliar entre nuestras hermanas aquí. El hermano George Q. Cannon expuso cómo se abusa de ellas en muchas tierras y cómo se ha abusado de ellas. ¿Por qué habría de ser así? ¿No son nuestras madres? ¿No son nuestras esposas? ¿No son nuestras hermanas? ¿No son nuestras hijas? ¿No debemos protegerlas? ¿Profesamos estar hechos a imagen de Dios y poseer el santo sacerdocio de Dios, y luego trataríamos con desprecio a las hermosas hijas de Sion o permitiríamos que se les hiciera daño o se abusara de ellas de cualquier manera? Dios no lo permita. Son carne de nuestra carne, hueso de nuestros huesos; son nuestras ayudas idóneas, y nuestro trato y nuestras relaciones con ellas deben ser agradables y armoniosos, con toda longanimidad y fidelidad. Y luego las hermanas deben, a su vez, ayudar a bendecirse unas a otras y actuar como nuestros maestros lo hacen en otros aspectos: enseñando a sus hermanas, velando por los pobres y ayudando a los obispos en el cumplimiento de sus labores. Y las Sociedades de Socorro que se han organizado han sido de gran beneficio para los santos de Dios. Y digo: Dios bendiga a las hermanas y las inspire con más de ese espíritu celestial, para que puedan ayudar a sus esposos, a sus hermanos y a sus hijos e hijas a promover principios correctos, contener la marea de la iniquidad y difundir la virtud, la verdad y la pureza entre los santos de Dios. Y diría que es deber de los obispos y de los presidentes de estaca ayudarlas en todo lo que puedan, cosa que creo que generalmente hacen, para llevar a cabo todo lo que sea bueno y digno de alabanza.
Hay otro grupo de personas entre nosotros que está haciendo mucho bien: nuestras Asociaciones de Mejoramiento Mutuo, tanto de Hombres Jóvenes como de Mujeres Jóvenes. Cuánto más agradable es ver a nuestros jóvenes crecer en el temor de Dios, procurando instruirse unos a otros en los principios de vida y salvación, que verlos hacer caso omiso de las leyes de Dios. ¡Cuán agradable es para nosotros! ¡Cuán agradable para Dios y los santos ángeles! Alentemos estas cosas e instruyamos a nuestros hijos e hijas para que crezcan en inteligencia, virtud, pureza y santidad ante el Señor.
Y también queremos estudiar los principios de la educación y conseguir los mejores maestros que podamos para enseñar a nuestros hijos; procuremos que sean hombres y mujeres que teman a Dios y guarden Sus mandamientos. No queremos que enseñen a los hijos de los Santos de los Últimos Días hombres o mujeres que no sean ellos mismos Santos de los Últimos Días. ¡Escúchenlo, élderes de Israel y administradores escolares! No queremos nada de eso. Que los demás que no temen a Dios sigan su camino; pero a nosotros nos corresponde criar a nuestros hijos en el temor de Dios. Dios nos hará responsables de esta encomienda. ¡Escúchenlo, élderes de Israel, padres y madres! Hablando de educación, como dije antes, José Smith sabía más respecto de la educación que todos los filósofos y científicos de la tierra, y lo sabía por las revelaciones de Dios. Queremos unirnos para criar a nuestros hijos en el temor de Dios, enseñarles nosotros mismos principios correctos y poner a su alcance aquellas cosas que los conduzcan por las sendas de la vida.
Veo que ha llegado el momento de terminar. Deseo agradecerles su asistencia a esta conferencia y la clase de espíritu que se ha manifestado aquí. Y agradecer a los miembros de nuestro coro, que nos han brindado dulce música; y diría que nuestro coro honra a nuestro territorio y a nuestro pueblo. Además, se están reuniendo con el propósito de cultivar el arte de la música y de que podamos estar organizados y ser más perfectos en relación con estas cosas.
Me habría gustado decir algo acerca de nuestras Escuelas Dominicales. No creo que estemos por detrás de ningún pueblo sobre la faz de la tierra en relación con estos asuntos. El superintendente general me informa que tenemos veintinueve mil niños que asisten a las Escuelas Dominicales; y no temería decir que son más de los que asisten a las Escuelas Dominicales en todos los territorios juntos, fuera de Utah. (Una voz desde el estrado: “Y en la mitad de los estados”). Alguien comenta: Y en la mitad de los estados. No sé cómo será eso. Pero sí dicen que nuestros hijos son la cosecha más segura y mejor de Utah. Procuremos criarlos en el temor de Dios para que Su bendición nos acompañe.
También me habría gustado decir algo acerca de nuestras asociaciones cooperativas. Me complace informarles que la Institución Cooperativa de esta ciudad marcha extraordinariamente bien; se encuentra sobre una base sólida y todo avanza de manera agradable y armoniosa. Desde hace algún tiempo hemos organizado una unión comercial por medio de la cual todo el pueblo de Utah puede estar representado. Y aunque la cooperativa nos pide que la sostengamos, lo cual es correcto y apropiado, queremos que la cooperativa nos sostenga a nosotros. Esta cuestión tiene dos aspectos; por eso tenemos una organización llamada junta de comercio en varias de las estacas y esperamos perfeccionarlas en todas las estacas para que todo el pueblo esté representado en nuestra junta general. Entonces esperamos extendernos y crecer en toda clase de producción manufacturera, para llegar a ser un pueblo autosuficiente, un pueblo que, bajo Dios, sea independiente de todos los demás poderes.
No los retendré más. Dios bendiga a Israel y a todos los que bendicen a Israel, y sean confundidos nuestros enemigos. Y que Dios nos conceda poder para servirlo y observar Sus leyes, a fin de que tengamos derecho a Sus bendiciones y finalmente obtengamos la vida eterna en Su reino, en el nombre de Jesús. Amén.


























