El crecimiento de la Iglesia y la libertad de recibir la verdad
Por el apóstol Erastus Snow, pronunciado en la Conferencia General, el domingo 6 de abril de 1879 por la mañana.
La Iglesia se desarrolla mediante la revelación y el llamamiento divino de sus siervos, mientras que cada persona es libre de aceptar la verdad y responsable de las consecuencias de sus decisiones.
Parábola de la higuera—El surgimiento de la obra de los últimos días—Organización de la Iglesia—Su progreso y desarrollo posteriores—La manera de llamar a los siervos de Dios—Deberes de los oficiales de la Iglesia—El poder salvador de la verdad—Condenación de los desobedientes y los ociosos—La generosidad del plan del Evangelio
En el capítulo 24 de Mateo, nuestro Salvador emplea una figura al hablar a Sus discípulos, ilustrando las señales de los tiempos en que vivimos.
«De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama se enternece y las hojas brotan, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, sabed que está cerca, a las puertas. De cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas acontezcan».
La versión de este capítulo 24 de Mateo es algo imperfecta en la traducción del rey Santiago; los acontecimientos relacionados con la destrucción de Jerusalén y la dispersión de los judíos parecen estar entremezclados con los acontecimientos que debían preceder y acompañar la segunda venida del Salvador. En la nueva traducción de este capítulo realizada por el profeta José Smith, que se encuentra en la Perla de Gran Precio, la diferencia queda muy clara, y la figura de la higuera, la segunda venida del Hijo del Hombre y la generación a la que allí se hace referencia se aplican, no al período de la destrucción de Jerusalén, sino al tiempo de la segunda venida del Hijo del Hombre. Y la nueva traducción dice, al hablar del brote de la higuera y de las señales que precederían a la venida del Hijo del Hombre: «De cierto os digo que no pasará esta generación, en que estas cosas se manifiesten, hasta que se cumpla todo lo que os he dicho». Al leer esta nueva y correcta versión, se verá que, en vez de cumplirse las cosas mencionadas en la generación en que se pronunció la profecía —que es lo que se da a entender—, su aplicación pasa directamente de la generación a la que hablaba el Salvador a la generación que presenciaría las señales de los tiempos allí descritas.
Han transcurrido ya más de 51 años desde que el ángel Moroni entregó las planchas de las cuales se tradujo el Libro de Mormón en manos de José Smith, quien fue levantado para ser profeta, vidente y revelador del siglo XIX, y para poner los cimientos de esta Iglesia y reino sobre la tierra. Y desde que aquel sagrado registro, que contiene la plenitud del Evangelio sempiterno, le fue revelado por primera vez en el cerro de Cumorah, han transcurrido casi 56 años; hace 49 años que se efectuó la organización de la Iglesia de conformidad con las leyes de Dios y de acuerdo con las leyes de Nueva York; es decir, con la norma establecida por las leyes de Nueva York para regir la organización de las entidades religiosas, a fin de cumplir con los estatutos y darle una forma concreta. Mediante revelación se escogió el día 6 de abril como la fecha en que debía organizarse esta Iglesia. Algunos preguntan: ¿Había solamente seis creyentes que hubieran recibido el testimonio del Profeta y se hubieran bautizado para la remisión de sus pecados aquel día? Respondo que había muchos más. ¿Por qué, entonces, se hizo figurar el número seis en la organización? Respondo que, a este respecto, era lo mismo que sucede conforme a los estatutos de Utah, según los cuales las asociaciones cooperativas deben contar por lo menos con seis personas que se unan para formar una asociación de esa naturaleza antes de que pueda constituirse legalmente. Pero cualquier número de personas, no inferior a seis, podía unirse y organizarse en una asociación religiosa para disfrutar de los derechos y privilegios que la ley concedía a tales entidades religiosas. Por tanto, en esa ocasión se escogió ese número de entre los creyentes para cumplir con los requisitos de los estatutos. Este es, pues, el aniversario del día en que tuvo lugar la organización, o, más bien, en que comenzó a desarrollarse. Y desde entonces, a medida que aumentaba el cuerpo de la Iglesia, el sacerdocio, en sus diversas ramas, se ha desarrollado hasta formar la organización que ahora contemplamos sobre la tierra. En aquella fecha no había doce Apóstoles; aún no se había reunido a los hombres de entre quienes escogerlos. No había élderes setentas; todavía no se contaba con los hombres que pudieran ser llamados a ese oficio. No había sumos consejos, ni tribunales de obispos, ni cuórums de sumos sacerdotes, élderes, presbíteros, maestros o diáconos. No existía una clasificación de la organización del sacerdocio como la que existe hoy. Tampoco había organización alguna de las estacas de Sion, pues no se contaba con los elementos necesarios para formarlas. Era, en verdad, apenas el brotar de la planta de la tierra, por decirlo así, como la semilla de mostaza, que al principio es una planta pequeña y tiene un solo tallo; y a medida que crece, cobra fuerza, extiende sus raíces y despliega sus ramas, de una rama nace y brota otra. Y así, día tras día, mes tras mes y año tras año, el Señor reveló por medio del profeta José Smith, línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y otro poco allí, dando a conocer al pueblo el orden del sacerdocio, el orden de Sion y su gobierno, sus instituciones y la clasificación del sacerdocio bajo sus dos grandes divisiones: el Sacerdocio de Melquisedec y el Sacerdocio Aarónico o Levítico, con sus diversas subdivisiones y cuórums. No fue sino hasta el año 1835, en el mes de febrero, cuando se organizaron en esta Iglesia el Cuórum de los Doce Apóstoles y los cuórums de los Setenta. Estos fueron escogidos principalmente de entre aquellos hombres probados que habían integrado el Campo de Sion. Ese mismo año se dio una revelación que indicaba cómo debía organizarse un sumo consejo en Kirtland, y poco después se organizó otro en Misuri; también definía las leyes que regían el sumo consejo y las organizaciones de estaca. Al principio, cuando la Iglesia se organizó el día 6 de abril, los deberes generales de los élderes, presbíteros, maestros y diáconos se definieron en aquella revelación, dada ese día, conocida como los artículos y convenios de la Iglesia. Élder parecía ser un nombre genérico que abarcaba todas las ramas del Sacerdocio de Melquisedec, desde el élder propiamente dicho hasta el Apóstol; a saber: los élderes, los sumos sacerdotes —según el orden de Melquisedec—, incluidos los miembros de los sumos consejos, los setentas, los Apóstoles y la Primera Presidencia. Esto concuerda también con las palabras del apóstol Pedro, en la exhortación que contiene su primera epístola general: «Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos». Sin embargo, él era Apóstol y ocupaba el lugar del Apóstol principal de su época, poseyendo las llaves y la presidencia para atar en la tierra y desatar en el cielo; pero se contaba entre los élderes, pues este término parecía ser una denominación general para todas las clases del Sacerdocio de Melquisedec. De manera semejante, el término «sacerdote» se usaba entre los judíos bajo la ley de Moisés, y posteriormente en la Iglesia cristiana, para designar a quienes oficiaban en el sacerdocio menor o levítico; y este término incluía al sacerdote presidente u obispo, a quien en la dispensación judía se llamaba sacerdote principal o sumo sacerdote. Pero había organizaciones menores o subdivisiones bajo los nombres de sacerdote, levita, netineo, etc.
Hay una característica común a todas las organizaciones de la Iglesia de Cristo y a todas las administraciones del pueblo de Dios, y es esta: «Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón». Esta declaración del apóstol Pablo está corroborada por la historia, tanto antigua como moderna. Y el mismo autor dice en otro lugar, al hablar de quienes son llamados a predicar el Evangelio y de la fe que nace en el corazón de las personas al oír la palabra de Dios: «Así que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios». Pero en la nueva traducción ese pasaje dice: «La fe viene por oír la palabra de Dios». Otro pasaje de las Escrituras dice: «¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?». La idea que deseo comunicar es esta: que todos los diversos oficios asignados a los siervos de Dios en Su Iglesia y reino les son conferidos, y no los asumen por sí mismos ni por elección propia, ni por iniciativa propia, sino por la iniciativa del Santo Espíritu, que se manifiesta por medio de quienes han sido puestos sobre ellos en el Señor, tal como Aarón fue llamado al sacerdocio, recibiendo su nombramiento mediante la manifestación de la voluntad de Dios por medio de su hermano Moisés. En relación con esto hay otro principio establecido en las revelaciones de Dios, a saber: que todas las cosas se harán por común acuerdo. Por tanto, donde haya una rama de la Iglesia debidamente organizada, no se efectuarán ordenaciones al sacerdocio sin el voto de aprobación de dicha Iglesia. Ahora bien, esto debe entenderse según el espíritu con que fue dado, y aplicarse no tanto de manera particular y específica a cada individuo que pueda ser admitido en un cuórum de presbíteros, maestros o diáconos, sino más bien a quienes sean llamados a presidir al pueblo en calidad de élder presidente, obispo o consejero de un obispo, y también a los presbíteros, maestros y diáconos cuyas labores y deberes puedan ser necesarios en esa rama particular de la Iglesia; estos deben ser sostenidos por los votos, las oraciones y la confianza del pueblo, así como por el nombramiento de quienes están sobre ellos en el Señor. Y por la misma razón, quienes ofician en ámbitos más amplios, como los presidentes de estaca, los miembros de los sumos consejos y todas las autoridades de estaca, son presentados al pueblo en sus respectivas estacas, reunido en conferencia, para recibir su aprobación, confianza y apoyo; de lo contrario, su nombramiento no tiene la misma fuerza ni el mismo efecto sobre el pueblo. Del mismo modo, quienes sean escogidos mediante la acción del Santo Espíritu, por conducto de las autoridades correspondientes, para presidir cuórums, son propuestos para ese llamamiento y presentados a los miembros para recibir su aprobación y confianza. Luego están las Autoridades Generales, que presiden y ministran en los asuntos de la Iglesia en toda la tierra. Estos cuórums generales no son locales ni están limitados a una estaca o un cuórum particular. Su cometido es velar por que el Evangelio sea predicado a todo el mundo; impartir consejo por el espíritu de revelación, de acuerdo con el espíritu de su apostolado y llamamiento, como testigos especiales y mensajeros al mundo de los seres humanos. Estas son la Primera Presidencia, los Doce Apóstoles y los Setenta, cuyo llamamiento y deber es trabajar bajo la dirección de los Doce, llevar el Evangelio a todas las naciones y regular los asuntos de la Iglesia en todo el mundo. Por tanto, estas Autoridades Generales son presentadas ante la conferencia general reunida, para recibir su aprobación y para que las apoyen y sostengan mediante su fe y sus oraciones; y de igual manera se las presenta en las diversas conferencias de estaca, a fin de llegar a la generalidad del pueblo y asegurar la confianza y las oraciones de todo el pueblo al que ministran y cuyos ojos están puestos en ellas, examinando sus enseñanzas, su conducta y sus palabras ante Dios y los hombres. Porque Dios se propone tratar con Su Iglesia como un todo y, como un todo, hacerla responsable de efectuar obras de rectitud, defender la fe del Evangelio sempiterno que le ha sido confiado, purificar y santificar a toda la Iglesia, y velar por que el mal sea apartado de entre nosotros, ya sea en el círculo familiar, en la vida privada, entre sus altos oficiales o entre quienes ministran en funciones públicas; de igual manera, Él les exige velar por que todas nuestras organizaciones y municipalidades se encuentren en buenas condiciones y sean administradas con integridad y rectitud ante Dios y el pueblo. Y como portavoces del Todopoderoso y atalayas sobre los muros de Sion, Dios nos exige a nosotros, Sus siervos, a los Apóstoles, los élderes, los presidentes de estaca y los obispos de todas partes, no solo ministrar en sus respectivos llamamientos en calidad de oficiales de la Iglesia, sino también instruir a los funcionarios de toda clase a quienes se hayan confiado los asuntos municipales de la vida, para que sean hallados fieles en honrar la ley y cumplir con la responsabilidad depositada en ellos, tanto en los asuntos seculares como en los eclesiásticos; porque las organizaciones civiles y los poderes del gobierno civil también son establecidos y ordenados por el cielo para el bienestar de la humanidad y la protección de toda carne. Y aquellos hijos de los hombres que no acepten las doctrinas de Cristo ni el sacerdocio, sus administraciones, consejos y decisiones en los asuntos seculares de la vida, si aun así están dispuestos a obedecer las buenas y sanas normas de la sociedad en su condición de ciudadanos, tienen, como tales, derecho a recibir protección. Y es más especialmente para beneficio de esta clase de personas que se establecen gobiernos civiles entre los hombres y se los reconoce en el cielo. Con este propósito, Pablo, en su epístola a los santos de la antigüedad, les dijo que debían respetar y honrar la ley civil, a los gobernadores en sus cargos, y a los jueces y funcionarios en sus respectivas funciones, cuyo deber es preservar el orden, mantener la paz y proteger por igual los derechos y privilegios de todos, sean religiosos o irreligiosos, creyentes o incrédulos, santos o pecadores; porque la religión, con todo lo que la acompaña y todo cuanto le pertenece, es un asunto de conciencia entre el hombre y su Hacedor, y por su ejercicio él es responsable únicamente ante su Dios y ante sus correligionarios, quienes se colocan bajo su dirección y gobierno. Pero el poder civil extiende su protección a todos por igual. Uno de los grandes males que han afligido a la humanidad ha sido la intolerancia de los sacerdotes religiosos y la superstición ciega de los fanáticos religiosos, quienes parecen haber perdido de vista este principio del gobierno de nuestro Padre Celestial sobre Sus hijos: que, en Sus esfuerzos por exaltarlos, Él nunca ha recurrido a la fuerza ni ha intentado de modo alguno coaccionar la mente humana. La luz de la verdad, como la gloriosa luz del sol, brilla sin obstáculos, gratuitamente para todos; y todos tienen la libertad de cubrirse el rostro con un velo si así lo desean, o encerrarse en un calabozo e impedir la entrada de los rayos del sol; o bien pueden salir a la luz del sol, abrir las ventanas y dejarla entrar en sus moradas; así se imparte gratuitamente la luz del cielo a todos los hijos de los hombres. Sin embargo, el Señor se ha reservado el derecho de llamar a juicio a todos Sus hijos por la manera en que aprovechen las oportunidades y los privilegios que se les conceden. «Y esta es la condenación», dice el Salvador, «que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas». Así, muchas personas andan en tinieblas al mediodía; cuando la luz del cielo brilla en su gloria y resplandor, ellas están rodeadas de oscuridad. Cuando la luz llega a los justos, la reciben con alegría, y aunque al principio se encuentre a lo lejos, la observan como observarían el despuntar del lucero de la mañana o una luz que brilla en un lugar oscuro, y le prestan diligente atención a medida que se acerca, hasta entrar en su resplandor y gloria. Tal es la experiencia de los Santos de los Últimos Días; tal es la experiencia de quienes aman la luz más que las tinieblas y esperan la salvación de Israel; recibieron el testimonio de Jesús cuando este resonó por primera vez en sus oídos. Cientos y miles, en distintas partes del mundo, han presenciado el amanecer de esta luz, han oído de ella a lo lejos, han salido a buscarla, han captado el primer rayo que penetró en su mente y lo han seguido hasta que finalmente los ha llevado a poseer la vida eterna. Estos son aquellos cuyas obras son buenas. Aunque hayan errado en muchas cosas a causa de las doctrinas falsas, las tradiciones de los hombres y la niebla que nublaba su mente y la de sus padres, desde que la verdad se abrió paso hasta su corazón, la abrazaron con alegría, y han seguido amándola y siguiéndola. En cambio, quienes aman más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malas, luchan contra la luz y la evitan cuando se acerca, como el ladrón que, al aproximarse el agente de la ley, se esconde en la oscuridad. Así sucede con quienes aman el mal, quienes se han abandonado a la iniquidad, se han entregado a la hipocresía y a la concupiscencia de la carne, y se venden al enemigo de toda rectitud para obrar iniquidad por lucro; las tinieblas reinan en su corazón, y se convierten en hijos de desobediencia, aborreciendo la luz porque sus obras son malas. La verdad no necesita coacción; ejerce su poder y dominio sobre los hijos de los hombres en virtud de su excelencia, su belleza, sus atractivos, su encanto, los buenos frutos que proceden de su observancia y la paz y felicidad que la acompañan; el fruto de la verdad y de la rectitud es más delicioso que cualquier otro fruto. La fuerza y el poder de Jehová están con los buenos y virtuosos de entre todos Sus hijos; Su poder y Su amor se manifiestan mediante la verdad; el orden y la paz son los frutos de las leyes y disposiciones que Él prescribe, las cuales se recomiendan por sí mismas a los hijos de los hombres que son inteligentes o reflexivos, y sus resultados no son sino paz, unión, fraternidad y amor. Incluso las penas vinculadas a las leyes del cielo prescritas en el Evangelio del Hijo de Dios no son instrumentos de venganza, ira e indignación destinados a la destrucción absoluta de los hijos de los hombres. Son, más bien, instrumentos para refrenar las malas obras de los inicuos e impíos, para impedir que, en su malvado curso de autodestrucción, atenten contra los justos. Incluso la condenación del infierno con que las Escrituras amenazan a quienes persisten en su incredulidad y desobediencia no es sino el fruto natural de su incredulidad y de su descuido de las bendiciones que se les ofrecían y que estaban destinadas a serles conferidas. Lo mismo puede decirse de los indolentes y los perezosos entre los hijos de los hombres desde un punto de vista temporal. Cuando el Señor dice a Su pueblo: Aquí hay una hermosa tierra que he formado para vosotros, y allí están los elementos a vuestro alcance: los pastos, las corrientes de agua que fluyen puras como las brisas del cielo, gratuitamente para todos; aquí están los animales, que pongo bajo vuestro dominio; y aquí están los árboles que dan fruto, y los cereales y las hortalizas que contienen semilla en sí mismos; id ahora y ocupad la tierra, cultivadla, mejoradla, embellecedla, adornadla, deleitad vuestros ojos y vuestro paladar, satisfaced vuestras necesidades, comed, bebed y alegraos, arad la tierra, sembrad la semilla, y Yo os enviaré las lluvias para regar la tierra y hacerla fructificar en recompensa de vuestro trabajo; y hago con vosotros este convenio: que mientras veáis Mi arco en los cielos, nunca os faltarán la sementera ni la siega. «Pero», dice el perezoso, «no lo haré; deseo ir a acostarme a la sombra de los árboles, con la esperanza de que alguna alma bondadosa me traiga un poco de agua para apagar la sed, y luego me traiga fruta y me la ponga en la boca, y después me mueva las mandíbulas; de lo contrario, me acostaré y moriré». Nuestro Padre dice: «Entonces muere como un necio; la pena es tuya, y el mandato eterno del cielo no será revocado para consentir tu ociosidad». Y lo mismo puede decirse de todos aquellos que no creen en Cristo y rechazan las palabras de vida cuando se proclaman a sus oídos sin dinero y sin precio, y las ordenanzas del cielo se ofrecen gratuitamente a todos. Quienes no creen perecen; ¿y cuál es la condenación que se acarrean? La condenación del perezoso. Él perece en su ociosidad; ellos, en su ignorancia y su absoluto desprecio por los medios de la gracia, perdiendo todas las cosas preciosas que disfrutan quienes extienden la mano y participan del árbol de la vida. Y cuando mueran y partan de aquí, despertarán en el mundo de los espíritus y se encontrarán tan sumidos en la oscuridad como lo estaban en el mundo natural. El que es inmundo será inmundo todavía, y quien se negó a ser iluminado seguirá en tinieblas, sí, en las tinieblas de afuera, porque despreció la luz y luchó contra ella, pues sus obras eran malas; se encontrará en compañía de espíritus semejantes a él, que también se negaron a obedecer, se negaron a extender la mano y participar, y rechazaron los dones que el cielo les ofrecía. Su castigo será el de un remordimiento incesante, plenamente conscientes de las bendiciones que desecharon y rechazaron, bendiciones que a otros se les permite disfrutar, pero a ellos no, a causa de sus pecados y transgresiones, y de su propio descuido de los medios de la gracia. Su tormento es el tormento de los condenados, y es como el humo que asciende por los siglos de los siglos; entre ellos hay llanto, lamentación y crujir de dientes, para emplear el lenguaje de las Escrituras. Pero ¿por qué? Por las bendiciones perdidas, por las oportunidades que se fueron, por los privilegios despreciados, por los medios de la gracia, por la gloria y la exaltación que una vez estuvieron a su alcance y que, en su orgullo, no quisieron recibir; por estar privados de la presencia de Dios y del Cordero, de los santos ángeles y de los santificados, y de las llaves de la inmortalidad, la vida eterna y el aumento sempiterno concedidas a los obedientes, mientras ellos están destinados a las tinieblas perpetuas que escogieron en lugar de las bendiciones de los fieles, y en esa condición vivirán para hacerse daño unos a otros y dar expresión a las mismas pasiones malvadas que se deleitaban en satisfacer mientras estaban en la carne; el diablo, que los engañó, se regocijará por su caída y reinará sobre ellos hasta que, tal vez, llegue el momento en que la longanimidad y la misericordia de un Padre indulgente lo muevan a enviar mensajeros del mundo terrestre o celestial, según sea el caso, para ver si hay entre ellos algunos que, por su triste experiencia, hayan aprendido a apreciar la luz y estén anhelando una condición mejor. Y si es así, quizá se les vuelva a ofrecer la salvación, y ellos podrán recibirla mediante lo que nuestro Salvador ha realizado por ellos, y mediante las ordenanzas de la Casa de Dios y los siervos y las siervas de Dios que sean llamados como sacerdotes y sacerdotisas para administrar por ellos y en su favor.
Tal es la belleza y el alcance del plan de salvación que Dios ha revelado a Sus hijos sobre la tierra. Y verdaderamente es, como Pablo ha dicho de él, buenas nuevas, gratas nuevas de gran gozo reveladas a todo el pueblo; gozo para los justos, y será un gozo para todas las personas que lo aprecien, de ahora en adelante y para siempre. Y que nosotros, como pueblo, seamos dignos de él, andando en la luz, y que nuestra senda se haga más y más brillante hasta el día perfecto, es mi oración en el nombre de Jesús. Amén.


























