Conocer y adorar al Dios verdadero mediante el Evangelio restaurado
Por el élder C. W. Penrose, pronunciadas en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 25 de mayo de 1879 por la tarde.
El Evangelio restaurado nos enseña a conocer y adorar al Dios verdadero, recibir el testimonio del Espíritu Santo y prepararnos para la venida de Jesucristo mediante la obediencia.
Ideas definidas acerca de Dios—Cómo adorarlo de manera aceptable—La restauración del Evangelio—Su misión preparatoria
He escuchado con mucho agrado, mis hermanos y hermanas, las palabras del élder Stayner. Hay muchísimos argumentos que podrían extraerse del universo material para establecer el hecho de que una mano divina ha formado los mundos; y creo que son pocas las personas, aun en esta época de escepticismo, que rechazan por completo la idea de un gran Creador del universo. A esta se la llama una época de incredulidad. Es un hecho que hay muy poca fe verdadera en Dios sobre la tierra. Hay muy poco conocimiento acerca de Dios en el mundo, y algunas personas rechazan por completo la idea de que exista un Dios; pero creo que, en verdad, son muy pocas. Sin embargo, aunque son pocos los que rechazan enteramente la existencia de la Deidad, hay muchísimas personas en el mundo que no tienen una idea definida acerca de Dios, de Sus caminos, de Su trato con la humanidad ni de la manera correcta de adorarlo y aprender de Él.
En el texto que el élder Stayner ha leído esta tarde, y sobre el cual ha hecho algunas observaciones excelentes, se da el mandamiento de «adorar a aquel que ha hecho el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas». En la explicación que se nos ha dado ha quedado claro que las palabras que hemos oído debían ser pronunciadas por un ángel de Dios; habían de pronunciarse en un período de la historia del mundo posterior al día en que el apóstol Juan vio la visión a la que nos hemos referido. En el capítulo 4 del mismo libro, Apocalipsis, y en el primer versículo, encontrarán que, después de haber visto varios acontecimientos representados ante su mente, Juan dice: «Después de estas cosas miré, y he aquí, una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí era como de trompeta que hablaba conmigo, diciendo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que han de suceder después de estas». Todo lo que leemos en ese libro de Apocalipsis después del primer versículo del capítulo 4 describe acontecimientos que habrían de suceder después de que estas cosas fueran vistas. Y si nos tomamos el trabajo de leer todo ese libro, descubriremos que a Juan se le mostró el trato de Dios con el hombre, época tras época, hasta el tiempo en que este ángel habría de venir a la tierra. Dice el Apóstol: «Y vi a otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación, y tribu, y lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que ha hecho el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas» (Apocalipsis 14:6–7). Según esta predicción, justo antes de la hora del juicio de Dios —ese tiempo que todos los profetas de Dios han previsto y del cual han profetizado—, justo antes de la gran consumación, justo antes del tiempo en que el Señor habría de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, este ángel debía venir a la tierra con el Evangelio sempiterno; y ese Evangelio debía predicarse a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Ahora bien, ¿qué presupone eso? Para toda mente razonable, que las personas de toda nación, tribu y lengua sobre la faz de la tierra carecían de ese Evangelio. Porque, si el Evangelio ya estuviera allí, si alguna nación, tribu o pueblo ya lo predicara, no habría necesidad de que el ángel lo revelara nuevamente a la humanidad. Y además, si hubiera personas viviendo sobre la tierra que ya adoraran correctamente a Dios —es decir, al Dios verdadero y viviente, no al dios de los paganos ni al dios de la imaginación de los hombres, sino al Dios que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas—, si quienes moran sobre la tierra ya adoraran correctamente a ese Dios, no habría necesidad de que un mensajero celestial dejara las cortes de gloria para venir a la tierra a exhortarlos a hacerlo.
Ahora bien, esta puede ser una declaración algo sorprendente ante toda la cristiandad, ante los cientos y miles de ministros de las diversas denominaciones cristianas que dedican su tiempo, sus talentos y su capacidad a predicar lo que llaman, y quizás creen que es, el Evangelio sempiterno; y ante los millones de habitantes de la tierra que piensan que sí adoran a Dios y dan gloria a ese Ser que hizo la tierra, los mares y las fuentes de las aguas. Pero aquí está el texto, aquí está el lenguaje de las Escrituras dado por inspiración. Debemos creer que la declaración es divina o no creerla en absoluto. El apóstol Juan vio en la visión que, en un tiempo determinado, el ángel debía venir nuevamente a la tierra y revelar, o restaurar de nuevo, el Evangelio sempiterno, el Evangelio verdadero, mediante el cual únicamente puede el hombre recibir una plenitud de salvación en la presencia de Dios el Padre.
Hoy viven sobre la faz de la tierra millones de personas que creen que una mano divina formó este mundo y que Él es también el Creador del universo; pero no saben nada con certeza acerca de ese Ser. A pesar del tan alabado conocimiento e inteligencia del siglo XIX, el mundo de hoy no sabe nada acerca de este Ser divino. Aunque la mayoría admite Su existencia, al mismo tiempo Él es para ellos lo que era para los efesios a quienes Pablo predicó en cierta ocasión: un «Dios no conocido». Si no es así, ¿quién puede decirnos algo acerca de Él? ¿Cómo es? ¿Dónde mora? ¿Cuáles son Sus propósitos con respecto a las personas de la época actual? ¿Cuál es la manera correcta de acercarnos a Él para que podamos llegar a conocerlo por nosotros mismos?
Leemos en las Escrituras que, en la antigüedad, los hombres se comunicaban con este Ser divino, que Él andaba y hablaba con hombres en la carne y se revelaba a ellos. Pero hoy los hombres no lo ven ni lo oyen y, lo que es aún peor, nadie parece saber cómo acercarse a Él para aprender de Él como lo hicieron Sus siervos en tiempos anteriores. Pero algunos dirán: «Ahora no necesitamos tales comunicaciones, porque tenemos los escritos de esos hombres; ellos se acercaron a Él y han escrito libros que contienen Sus palabras, los cuales nos han sido transmitidos; no necesitamos acercarnos a Dios como ellos lo hicieron». Pero ¿quién puede decirnos cómo leer correctamente esta Biblia? Estas personas que dicen no necesitar revelación no se ponen de acuerdo sobre lo que aquellos profetas quisieron decir cuando escribieron estas cosas. Tomen, por ejemplo, al ministro de una denominación cristiana y pónganlo a conversar con un ministro de otra denominación cristiana, ambos profesando, por supuesto, creer que la Biblia es un registro divino que se nos ha dado para guiarnos en las cosas espirituales; y en muy poco tiempo lograrán que se enreden en una disputa. Tomen a media docena de hombres de media docena de denominaciones cristianas, cada uno de los cuales profese haber sido llamado por Dios para explicar Su palabra, y descubrirán que todos tienen opiniones e ideas diferentes sobre lo que escribieron los profetas. Pidan a cualquiera de estos ministros cristianos que les diga algo acerca de Dios, y después de agotar todo su caudal de palabras tratando de hacerlo, terminará así: «Dios es incomprensible». En el libro de oraciones episcopaliano se intenta describir a Dios. Se nos dice en ese libro, que contiene los artículos de fe de ese grupo de personas, que Dios es tres y, sin embargo, es uno solo; que hay tres personajes distintos en la Trinidad y, sin embargo, un solo personaje, y que este ser no tiene cuerpo, partes ni pasiones. Aquí tenemos, pues, a un ser imaginario compuesto de tres partes que, sin embargo, es uno solo y no tiene partes. Se nos dice además que uno de estos seres sin cuerpo, sin pasiones y sin partes tuvo un cuerpo, y que fue un hombre semejante a nosotros en todos los aspectos, sujeto a pasiones semejantes, pero que no pecó. Este es un extraño intento de describir a un Ser divino. No deseo ocupar el tiempo refiriéndome más a estos absurdos; pueden leerlos en el Credo de Atanasio y en los treinta y nueve artículos que todos los ministros episcopalianos deben suscribir antes de poder recibir las «órdenes sagradas».
Leemos en la Biblia: «Porque el varón no debe cubrirse la cabeza [cuando ora], porque es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón» (1 Corintios 11:7). Según las Escrituras, cuando vemos a un hombre perfecto, hasta donde puede ser perfecto el hombre en esta condición imperfecta que ahora ocupamos, vemos a un ser a imagen de la Deidad. Cuando Jesucristo, quien murió para que nosotros pudiéramos vivir, apareció sobre la tierra, se nos dice que era «la imagen del Dios invisible» y «la imagen misma de su sustancia», la del Padre. Era tan semejante a Su Padre que, cuando uno de Sus discípulos le pidió que les mostrara al Padre, le respondió: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», dándonos a entender que el Hijo había heredado la semejanza de Su Padre. Algunos lo interpretan en el sentido de que era la misma persona; pero el Salvador también dice: «El Padre mayor es que yo». Las palabras de Jesús a María en el huerto son significativas a este respecto: «Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». Y en el bautismo del Salvador encontramos que el Espíritu Santo descendió sobre Él y que se oyó la voz del Padre desde el cielo, diciendo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»; lo cual muestra que había tres seres distintos: el Hijo saliendo del agua, el Padre hablando desde el cielo y el Espíritu Santo descendiendo.
En cuanto a este Ser divino, el Hijo es el Primogénito en el espíritu, el Unigénito en la carne, enviado al mundo para morir por los pecados del mundo. ¿Cómo pueden los habitantes de la tierra aprender algo acerca de Él? ¿Y cuál es la manera correcta de adorarlo? Dice el ministro católico: «Este es el camino, el único camino». «No», dice el ministro episcopaliano, «este es el camino». Dice el metodista: «No, ambos están equivocados; nosotros tenemos el verdadero camino». Contra estas afirmaciones, el ministro bautista expresa su protesta, diciendo: «Todos estos están equivocados; el nuestro es el camino». Y así sucede con todas las diversas sectas y agrupaciones que existen sobre la tierra. Tengamos presente ahora que el ángel del que habló Juan debía venir del cielo y exhortar a toda nación y lengua a adorar a este Ser, al Dios verdadero y viviente. Y no solo exhortarlos a hacerlo, sino traer el Evangelio sempiterno, mediante el cual el hombre puede aprender de Dios y andar en Sus caminos. Y, por las predicciones de otros profetas, resulta muy evidente lo que harían. Leemos en los escritos de Isaías, y también en los de Miqueas, que en los últimos días vendría un pueblo de todas las naciones de la tierra que se congregaría en lo alto de los montes para aprender los caminos de Dios y andar por Sus sendas. Parece, entonces, que el ángel no traería su mensaje en vano; habría un pueblo entre todas esas naciones que recibiría el mensaje y respondería a él; y como consecuencia de esa respuesta, dejarían sus hogares y vendrían del oriente y del occidente, y Dios diría «al norte: Da acá, y al sur: No los retengas; trae de lejos a mis hijos y a mis hijas de los confines de la tierra». Y subirían al monte del Señor para ser instruidos en Sus caminos y andar por Sus sendas, a fin de estar preparados para el día en que «de Sion saldría la ley de Dios, y de Jerusalén la palabra del Señor». Y la obra debía continuar, porque, según otro profeta, llegará el tiempo en que «no enseñará más ninguno a su prójimo, diciendo: Conoced a Jehová, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová». ¿Cómo se llevará esto a cabo? «Y todos serán enseñados por Dios». El Señor ha de enseñarles; no serán enseñados mediante palabras persuasivas de sabiduría humana, sino que, así como Dios habló al pueblo en tiempos antiguos, así les hablará en los últimos tiempos. Dijo que levantaría pastores según Su corazón, que los «apacentarían con conocimiento y con entendimiento»; no con ideas especulativas ni con nociones surgidas de su propia mente, sino con la verdad del Dios verdadero y viviente, enviada desde lo alto. Jesús, cuando estuvo sobre la tierra, hizo una observación muy pertinente sobre este punto; dijo: «Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». Los habitantes de la tierra nunca llegarán al conocimiento del Dios verdadero, nunca sabrán cómo acercarse a Él, nunca sabrán cómo obtener conocimiento e inteligencia de Él, a menos que anden por el camino que Su Hijo señale. Él está entre nosotros y el Padre; es el Primogénito, el Mediador, escogido desde la creación del mundo. Llevó a cabo en la tierra la obra para la cual fue enviado. «Has amado la justicia y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros». Él actúa como Mediador entre Dios y el hombre. Cuando nos acercamos a Dios, debemos hacerlo por medio del Hijo. ¿Quién puede decirnos cómo? Oímos el llamado «Vengan a Jesús» en toda reunión religiosa al aire libre. Los predicadores de todas las denominaciones cristianas nos dicen que «vengamos a Jesús». Pero ¿cómo hemos de venir? Los caminos que se señalan son diferentes y diversos. En este punto recuerdo unas palabras del profeta Jeremías: «Así ha dicho Jehová: Paraos en los caminos, y mirad y preguntad por las sendas antiguas, cuál es el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos por él». «La senda antigua», ¿cuál es? El Evangelio sempiterno que el ángel había de traer. «Entrad por la puerta estrecha», dice el Salvador, «porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan». Solo hay un camino para entrar en el redil; quien sube por otra parte será considerado «ladrón y salteador». El ángel debía traer el camino antiguo para que quienes anduvieran por él hallaran descanso para su alma; pero parece que la gran mayoría de las personas diría: «No andaremos por él».
Doy mi testimonio a esta congregación de que, en los tiempos en que vivimos, que preceden inmediatamente a la venida del Hijo del Hombre en las nubes del cielo, con poder y gran gloria, para cumplir todas las cosas de las que se ha hablado, Dios, el Padre Eterno, ha hablado desde los cielos con Su propia voz, revelando a Su Hijo, y ha enviado santos ángeles para confiar el Evangelio sempiterno a hombres que han sido comisionados y ordenados por Dios para ir a todo el mundo a predicarlo como testimonio antes de que llegue el fin. Doy mi testimonio de que, en cuanto ese Evangelio llegó a mis oídos en una tierra lejana, lo recibí y lo obedecí. Es decir, creyendo en su veracidad, me arrepentí sinceramente de mis pecados ante Dios y fui humildemente y me sometí a la ordenanza del bautismo para la remisión de los pecados, recibiendo esa ordenanza de hombres ordenados por Dios para predicar este Evangelio. Después de haber sido sepultado en el agua a semejanza de la muerte de Cristo y levantado nuevamente a semejanza de Su resurrección, recibí de Dios un testimonio de que mis pecados me habían sido remitidos. Doy mi testimonio esta tarde, ante Dios y los ángeles y ante esta congregación, de que recibí la remisión de mis pecados mediante la expiación del Señor Jesucristo, en obediencia a Sus ordenanzas. Las manos de los siervos de Dios fueron puestas sobre mi cabeza y recibí el Espíritu Santo: ese mismo Espíritu que Dios dio a los profetas, ese mismo Espíritu que descansó sobre Juan en la isla de Patmos, ese mismo Espíritu por el cual los santos hombres de la antigüedad escribieron y hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo; y ese Espíritu es el mismo ayer, hoy y para siempre. Toma de las cosas del Padre y las hace claras a la mente humana; hace comprensibles al entendimiento del hombre las cosas pasadas, y levanta la cortina del futuro y muestra las cosas que han de venir. Es el espíritu de profecía, el testimonio de Jesús; es la luz de Dios para el alma humana. Y así como la luz natural revela a la vista de los hombres los objetos del universo material, sin la cual nadie puede distinguirlos, así el Espíritu Santo es la luz de Dios que revela al espíritu de los hombres las cosas de la vida eterna, y sin la cual los hombres no pueden comprender las cosas de Dios. Por la ausencia de esta luz divina, el mundo permanece en tinieblas con respecto a su Padre y Dios; por eso los hombres, a pesar de sus conocimientos y de sus descubrimientos científicos en el universo material, no pueden comprender las cosas de Dios. El hombre no puede descubrir a Dios mediante su propia investigación. Él puede revelarse a la humanidad, pero debe hacerlo por medio del Hijo, y la obediencia al Evangelio de Su Hijo es el único camino de salvación. No hay otro, ni hay otro nombre dado debajo del cielo mediante el cual el hombre pueda ser salvo sino el nombre de Jesucristo. Una mera forma de adoración no sirve de nada; debemos obedecer los mandamientos. «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Este Evangelio ha sido restaurado a la tierra, y todos pueden saberlo por sí mismos. No dependemos de las palabras de José Smith; no necesitamos depender de los Doce Apóstoles que recibieron su ordenación bajo sus manos. Todo hombre, toda mujer y todo niño que haya llegado a la edad de responsabilidad puede recibir directamente del Señor, directamente de la fuente de su existencia, un testimonio mediante el cual sepa que Él vive, que está andando en Sus caminos, y aprenda cómo acercarse a Él de manera aceptable.
Algunas personas quizás piensen que no importa cómo adoren las personas, que Dios aceptará su adoración de cualquier manera. Pero, por lo que leemos de Su trato con los hombres en la Biblia, descubrimos que se trata de un asunto de la mayor importancia. Abel, por ejemplo, ofreció al Señor lo que Dios había mandado; Caín ofreció lo que le complació dar. La ofrenda de Abel fue aceptada; la de Caín fue rechazada. Como consecuencia, Caín mató a Abel, y el espíritu que él manifestó se ha perpetuado hasta el día de hoy. Dios ha señalado la manera en que se le puede adorar. Ha establecido ciertas ordenanzas mediante las cuales han de recibirse determinadas bendiciones; y las bendiciones de Dios no vendrán sino por medio de las ordenanzas. Quienes las obedecen de la manera que Dios ha establecido reciben invariablemente las bendiciones, porque las leyes espirituales son tan fijas e inmutables como las leyes del universo material. Ningún hombre espera cosechar avena después de sembrar trigo. Lo que el hombre siembre, eso también segará. Si siembra para la carne, de la carne puede esperar segar corrupción; si siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. Al andar por el camino que Dios ha establecido, todo hombre puede conocer y recibir por sí mismo el testimonio prometido. Y este pueblo que habita aquí, en estos valles de las montañas, sabía por sí mismo, antes de dejar sus hogares en el Viejo Mundo, que había recibido y obedecido el Evangelio traído de los cielos por medio del ángel descrito por el apóstol Juan. Fue en obediencia a los requisitos de ese Evangelio que dejaron sus hogares para venir aquí a aprender más de Sus caminos, andar más perfectamente por Sus sendas y prepararse para el gran día del Señor que está cerca. Este Evangelio se envía para preparar el camino antes de Su venida, para ser predicado «como testimonio», a fin de que toda la humanidad sepa que Dios lo ha enviado. ¿Qué sucede con las personas que no quieren escucharlo? Sienten lo mismo que Caín cuando supo que su ofrenda no era aceptable: deseó matar a Abel; y ese es el sentimiento que se ha manifestado hacia los Santos de los Últimos Días desde el principio. Hemos salido del mundo, y el mundo nos aborrece, y muchos procuran destruirnos. ¿Qué daño estamos haciendo a los habitantes de la tierra? Nos hemos apartado de ellos; hemos buscado los parajes despoblados de esta región que antes era desértica para poder adorar a Dios conforme a los dictados de nuestra conciencia, y aquí estamos procurando servirlo con todo nuestro corazón. Tenemos muchas imperfecciones, pero procuramos obedecer al Señor de la manera que Él ha señalado; y porque hemos aceptado este camino, el camino establecido por Dios, quienes no quieren andar por él se llenan de ira contra nosotros; hacen circular toda clase de informes malvados acerca de nosotros y, al igual que los santos de la antigüedad, se «habla en contra de nosotros en todas partes». Procuran suscitar contiendas entre nosotros y, al no lograr dividirnos, rechinan los dientes de ira, buscando traernos toda clase de males. Pero Dios gobernará y encauzará todas las cosas para el bien de Su pueblo y cumplirá Sus fines y propósitos.
En medio de estas pruebas reconocemos la mano de Dios, tal como la vemos en relación con los elementos materiales a los que se ha hecho referencia esta tarde; así como comprendemos que hay una mano gobernante que guía los destinos de la tierra, que formó los planetas, los puso en movimiento y los dispuso en un orden tan perfecto que un mundo no chocara con otro, y hace que todo el universo, con toda su hermosa variedad y adaptación, se mueva en perfecto orden y armonía; así como reconocemos la mano divina en estas cosas materiales, en los objetos físicos del universo, también podemos reconocerla en las cosas espirituales. Reconocemos a Dios en todas las cosas; sabemos que Él vive, que en Él nos movemos y existimos, que es el mismo ayer, hoy y para siempre, que no cambia; que hoy se comunica con Sus hijos como lo hacía hace cinco o seis mil años. El Dios de Abraham es el Dios de los Santos de los Últimos Días. Así como lo guio, lo dirigió y lo libró de sus enemigos, la mano del Todopoderoso ha estado y está sobre nosotros, y continuará guiándonos y librándonos, siempre que sigamos llevando adelante Su obra.
Ahora bien, digo que todas las personas pueden recibir estas bendiciones si andan por el camino angosto. Pero deben creer en Cristo y arrepentirse de sus pecados abandonándolos; deben ser bautizadas de la manera debida; deben recibir el Espíritu Santo mediante la imposición de manos de hombres ordenados y autorizados por Dios, y ese Espíritu las pondrá en comunión con el Señor; y entonces, si procuran los intereses de Su reino, tendrán derecho a Sus bendiciones, y en proporción a su rectitud ante Dios será su comunión con Él. Pero, aunque sean bautizadas y confirmadas como miembros del cuerpo de Cristo, a menos que continúen andando delante de Dios, siendo enseñadas por Él y obedeciendo la palabra divina, no disfrutarán de mucha comunión con el Padre. Pero si se esfuerzan por «vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios», su mente se iluminará más, el Espíritu Santo aumentará en ellas y su senda se hará más y más brillante hasta el día perfecto. Dios hablará por Su Espíritu directamente a su corazón; y cuando revele algo por medio de Sus siervos designados, cada palabra hallará eco en el corazón de quienes hayan recibido este Espíritu, y el pueblo verá ojo a ojo, porque llegarán a estar unidos como uno solo, como un grupo de hermanos y hermanas, para llevar adelante los propósitos de Dios y preparar el camino para los pies del Señor Jesús.
Doy mi testimonio de lo que ha dicho el hermano Stayner y del Evangelio de Jesucristo que el ángel ha traído, y ruego a Dios que bendiga a esta congregación para que todos los que están aquí puedan aprender de Él y andar por el buen camino antiguo, a fin de que sepan cómo adorar y obedecer al Dios verdadero y viviente, a Aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas, y finalmente lleguen a Su presencia y sean coronados con una plenitud de Su gloria. Amén.


























