Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

Servir unidos para el bienestar de toda la humanidad

Por el presidente John Taylor, pronunciado en el Tabernáculo de Ogden, el domingo 2 de marzo de 1879.

El sacerdocio se ha restaurado para bendecir a toda la humanidad, y quienes lo poseen deben actuar unidos, con rectitud, amor sincero y respeto por los derechos de los demás.

Debe velarse por el bienestar de la humanidad


Pensé en venir esta mañana y conversar un poco con ustedes. Me complace escuchar las palabras del hermano Joseph F.; son muy dignas de ser aceptadas por todos los hombres buenos. En verdad, como él dijo, estamos embarcados en una gran obra: la inauguración de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, en la cual se decretó hace miles de años que Dios reuniría «todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra». Y para este propósito Él se ha manifestado; para este propósito se ha manifestado el Hijo de Dios; para este propósito se manifestaron aquellos santos profetas a quienes se hace referencia en la revelación que les leyó el hermano Joseph; para este propósito están unidos los cielos y las inteligencias que rodean el trono de Dios; para este propósito se interesa el santo sacerdocio que ha existido en las diversas dispensaciones del tiempo; y para este propósito quienes poseían las llaves de las distintas dispensaciones pasadas han traído esas llaves y las han conferido a la Iglesia de los últimos días por medio de José Smith. La obra en la que estamos embarcados está relacionada con el bienestar de toda la humanidad: de todos los hombres que han vivido, de los que viven ahora y de los que vivirán; y la salvación de los vivos y de los muertos está vinculada con estos asuntos.

No estamos aquí para ocuparnos de nuestros propios asuntos e intereses individuales, ni para llevar a cabo nuestras propias ideas o sentimientos particulares relacionados con cualquiera de nuestros intereses o con el interés de algún partido o grupo determinado, ni nada semejante. El Sacerdocio del Hijo de Dios se ha manifestado para servir a los intereses de Dios, de los cielos y de toda la humanidad, abarcando a todos los pueblos y extendiéndose a todas las naciones y lenguas. El Señor nos ha congregado con el propósito expreso de formar un núcleo, un organismo, un pueblo al cual pudiera comunicar y revelar Su voluntad, al cual pudiera dar a conocer Sus designios y entre el cual pudiera establecer los principios de la verdad eterna y la luz, la inteligencia, el gobierno y la ley de Dios, tal como existen en los mundos eternos. Esta es la razón por la que estamos reunidos aquí hoy, si podemos comprenderlo.

Jesús, cuando estuvo aquí sobre la tierra, tenía un pueblo y lo llamaba Sus ovejas. Dijo: «Mis ovejas oyen mi voz, y me conocen y me siguen; pero al extraño no seguirán, porque no conocen la voz de los extraños». Y también dice, mientras suplicaba al Padre: «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son. Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos; para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste»; para que tengan evidencia de una unión que no existe en ninguna otra parte del mundo, del amor y del afecto propios de esos principios divinos que unen y ligan a los hombres, lo cual nada sino el poder y el espíritu de revelación puede hacer; para que tengan evidencia de algo más exaltante, más ennoblecedor, que una y vincule a los hombres mediante lazos indisolubles de verdad eterna, de acuerdo con las leyes de Dios; para que exista en el mundo evidencia de que Tú me has enviado, de que los principios que me has dado les han sido revelados y de que deben regirse por ellos: «Tuyos eran, y me los diste».

Ese era el sentimiento que existía en otros tiempos entre los santos de Dios, y esas fueron algunas de las enseñanzas que recibieron. Las ovejas han estado esparcidas entre las naciones de la tierra, a las cuales se ha enviado esta comunicación, y miles han oído y obedecido la voz del Buen Pastor y se han congregado, como lo hemos hecho nosotros aquí y como lo han hecho por todo este Territorio, conforme a los impulsos que se originan en el Espíritu de Dios, el cual ha obrado en nuestra mente y nos ha reunido tal como estamos aquí hoy.

Ahora bien, ¿para qué fue todo esto? Para predicar primero el Evangelio de arrepentimiento y bautismo para la remisión de los pecados, y la imposición de manos para la recepción del Espíritu Santo, a lo que debía seguir el recogimiento, etc. ¿Y para qué era? Para que todos fuéramos bautizados en un solo bautismo, para que todos participáramos del mismo Espíritu, para que todos fuéramos puestos en comunicación con el Todopoderoso y recibiéramos sabiduría e inteligencia de la misma fuente, teniendo «un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, por todos y en todos vosotros». Cuando Jesús envió a Sus siervos en tiempos anteriores, los envió a predicar este Evangelio. Cuando el Padre, el Hijo, Moroni y otros vinieron a José Smith, se le confirió un sacerdocio que él confirió a otros con el propósito de dar a conocer las leyes de la vida, el Evangelio del Hijo de Dios, mediante autoridad directa, para que la luz y la verdad se difundieran entre todas las naciones. En la antigüedad, el Salvador escogió a varios hombres a quienes dijo: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he ordenado». ¿Para hacer qué? Para hacer las cosas que me han visto hacer, así como Yo he venido a hacer lo que he visto hacer a Mi Padre. Las palabras que hablo no las hablo por Mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en Mí es quien hace las obras.

Ahora bien, tenemos un sacerdocio organizado aquí sobre la tierra, como lo hubo en los días de Jesús, solo que con esta diferencia distintiva: aquella fue una dispensación de Dios para ellos; esta en que vivimos es la dispensación del cumplimiento de los tiempos, que abarca todas las demás dispensaciones, épocas, poderes y autoridades que han existido sobre la faz de la tierra en las diversas edades, desde el principio hasta el tiempo presente. En esto se diferencia de las demás. Por eso se nos pide congregarnos, algo que a ellos no se les mandó hacer. Se nos dice que construyamos templos; a ellos no. Se nos dice que administremos por los vivos y por los muertos, ordenanzas que entonces solo se efectuaban de manera muy limitada. Se nos llama a edificar no solo la Iglesia, sino también el reino de Dios, e introducir el gobierno de Dios sobre la tierra. Estamos aquí, al igual que Jesús, no para hacer nuestra propia voluntad ni para llevar a cabo nuestras propias ideas o teorías, sino para hacer la voluntad de Dios, que nos envió. Así predicaba Jesús: «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». A veces fue difícil y desconcertante, y a veces fue duro de soportar; pero Él lo soportó y lo sufrió, y llevó a cabo la obra para la cual fue enviado. Pero a veces, al luchar contra los poderes de las tinieblas y encontrarse rodeado de personas corruptas e impías, contempló y comprendió la gravedad de la situación y de las cosas que tenía por delante, y esto lo afectó de tal manera que, en Su agonía mortal, sudó grandes gotas de sangre. «Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que, habiendo de llevar a la gloria a muchos hijos, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos». «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». Soportó todo lo que a un mortal le era posible soportar en la tierra. Finalmente, cuando llegó la última lucha, dijo: «Padre», si estás dispuesto, «si es posible, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». ¿Cuáles fueron Sus sentimientos en medio de todo ese dolor? ¿Devolvió insulto por insulto y afrenta por afrenta? No, no lo hizo. Como saben, David oró para que Dios enviara a sus enemigos rápidamente al infierno. Tenía bastante prisa por ello, como a veces nos sucede a nosotros. Jesús dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»; son ignorantes, insensatos y están cegados por la superstición; no comprenden Tus leyes, nada saben de Mi misión. Padre, perdónalos. Admiro mucho más los sentimientos del Salvador en tales circunstancias que los de David.

Según lo entiendo, somos llamados a ser salvadores. Y como salvadores de los hombres, investidos del santo sacerdocio, debemos actuar juntos, con un mismo sentir y espíritu, en favor de Sion; debemos humillarnos ante Dios y buscar Su Santo Espíritu para que nos guíe por la senda correcta, a fin de que todos comprendan Su ley y podamos trabajar unidos por el bienestar de Israel y por la edificación del reino de Dios sobre la tierra; y todo otro sentimiento e idea debe considerarse subordinado a eso, y ese debe ser el sentimiento principal, rector y gobernante de todos los élderes de Israel, y especialmente de quienes están a la cabeza de Israel.

A veces somos puestos a prueba y a veces nos ponemos a prueba unos a otros; y en ocasiones sentimos como David en cierta oportunidad, cuando exclamó: «Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me habría ocultado de él; sino tú, hombre igual a mí, mi guía y mi íntimo amigo».

¿Sabían que es necesario que seamos probados en todas las cosas? Si no lo saben, lo descubrirán antes de terminar, y todavía no hemos terminado del todo. En relación con esto, recuerdo algo que oí decir al profeta José, refiriéndose más particularmente a los Doce: «El Señor tocará las fibras de su corazón, las estirará y las retorcerá, y tendrán que aprender a confiar en Dios y solamente en Dios». ¿Lo ha hecho? Creo que lo ha hecho de manera bastante completa. El Profeta mismo fue probado tanto como cualquiera que yo conozca, y su hermano Hyrum tuvo su plena medida de pruebas; los Doce también han sido probados tanto como cualesquiera hombres que conozca, y mucho más de lo que ustedes saben. También dijo: «Si Dios hubiera podido probar a Abraham de alguna otra manera más severa que pidiéndole que ofreciera a su hijo Isaac, lo habría hecho». Y, como he dicho, Jesús mismo sudó grandes gotas de sangre y, en la agonía de Su sufrimiento, clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». ¿Y por qué es así? Uno de los antiguos nos dice: «Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que, habiendo de llevar a la gloria a muchos hijos, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos». «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». ¡Oh, qué felicidad sería si pudiéramos seguir Sus pasos en ese aspecto! Pero tenemos nuestras debilidades y flaquezas, como todos los hombres. Es algo inherente a la humanidad, y el devorador está obrando, procurando destruir, contaminar, corromper y mancillar, y conducir a los hombres a la perdición, producir discordia y envidia, odio y contienda, y todo mal que procede de esa fuente. ¿Les diré cuáles son sus frutos? La envidia es uno; el odio es otro; la malicia es otro; la falta de caridad es otro; la maledicencia es otro; y así sucesivamente: todas estas cosas proceden de un espíritu maligno; y se dice: «Sois siervos de aquel a quien os sometéis para obedecerle, ya sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia». ¿Vacilan los hombres a veces? Sí; a veces piensan que son fuertes, pero ningún hombre es fuerte a menos que lo sea en el Señor. Ningún hombre es sostenido sino en la medida en que Dios lo sostiene; y si Él no lo sostiene, yo no daría mucho por sus ideas ni por su posición. A veces pensamos que somos fuertes y que podemos hacer mucho. Eso pensó Pedro en cierta ocasión, cuando Cristo dijo a Sus discípulos: «Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche». Pero Pedro respondió: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré». Sin duda, el Salvador apreció sus sentimientos, pero, conociendo mejor que él la fragilidad humana, le dijo: «De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces». ¿Lo hizo? Sí, lo hizo; pero Jesús no se enojó con él ni comenzó a reprocharle y a dirigirle palabras de ira. Conocía demasiado bien la debilidad del hombre mortal, y ya la conocía antes de aquel momento. Pero le dice: «Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo». Si me amas, si eres Mi amigo y Mi discípulo, «Apacienta mis corderos». Eso no era muy difícil de hacer; había sido llamado para ese propósito. «Volvió a decirle la segunda vez: Simón hijo de Jonás, ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis ovejas». Y por tercera vez el Salvador hizo a Pedro la misma pregunta y, al recibir la misma respuesta, le dijo: «Apacienta mis ovejas». ¿Cuál es el deber de los Apóstoles, de los presidentes de estaca, de los sumos sacerdotes y de los setentas, especialmente de quienes presiden? Si Jesús estuviera aquí, les diría que dejaran de lado sus necedades, sus insensateces y sus debilidades, que actuaran más como hombres y santos, y que se pusieran a trabajar y «apacentaran Mis ovejas». Él dijo: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo»; no que gobernaré con mano de hierro, ni que los pisotearé, ni que les haré ver que poseo poder y autoridad, sino: «A todos atraeré a mí mismo». Eso no se cumplirá sino hasta el tiempo del que se ha hablado, cuando toda rodilla se doble y se oiga a toda lengua decir: «La gloria, la honra, la majestad y el poder sean para Aquel que está sentado en el trono y para el Cordero para siempre»; pero se hará mediante la influencia del Evangelio, mediante sus influencias unificadoras y armonizadoras, mediante la ayuda del Todopoderoso y la acción del santo sacerdocio unido, como el corazón de un solo hombre, para cumplir los propósitos de Dios; con bondad y afecto fraternal, con longanimidad y con todo principio de rectitud que pueda atraer los sentimientos y los afectos de los hombres, para que vean la verdad y la conozcan por sí mismos, y sepan también que somos sus amigos, que actuamos por el bienestar de todos los hombres, vivos y muertos, y en favor de la Iglesia y del reino de Dios sobre la tierra. Y donde no existe este principio, algo anda mal; no se está viviendo conforme a los principios del Evangelio. Porque Dios es amor, y quienes permanecen en Dios permanecen en amor; y «si alguno dice: Yo amo a Dios, pero aborrece a su hermano, es mentiroso», así lo decía la palabra de Dios antiguamente y así lo dice hoy. Dios es amor, y quienes permanecen en Dios permanecen en amor. Están rodeados de ese elemento; es la fuente de vida que tienen en su interior. Jesús dijo a la mujer de Samaria, a quien pidió que le diera de beber: «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; mas el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que brote para vida eterna». Si vivimos de tal manera que tengamos derecho a beber de las corrientes que fluyen de la fuente de toda luz, todas estas influencias pequeñas, estrechas, limitadas y anticuadas desaparecerán como el rocío ante el sol naciente, y la luz, el Espíritu y las revelaciones de Dios descansarán sobre el sacerdocio, e Israel será uno y Su sacerdocio uno, y lucharán lado a lado en defensa de la verdad y para sostener aquellos principios destinados a exaltar a los hombres por todo el tiempo y toda la eternidad.

Esas cosas a las que se ha referido el hermano Joseph F. son demasiado insignificantes para que los hombres tengan algo que ver con ellas. Podrían disculparse en los niños pequeños, pero que los hombres se ocupen de tales cosas es una vergüenza para el sacerdocio y una afrenta a los santos principios que Dios ha tenido a bien revelarnos. Así es como considero estas cosas. Y es una artimaña del diablo para atraer y destruir, dividir y desunir, y conducir a los hombres a la perdición. ¿Cuál sería el resultado si estas cosas avanzaran un poco más? Toda la cabeza estaría enferma y todo el corazón desfallecido. Digo: ¡Qué vergüenza para los élderes de Israel! ¡Qué vergüenza para los hombres que poseen el santo sacerdocio y no pueden estar unidos y trabajar juntos en favor de la Iglesia y del reino de Dios, sino que tienen que introducir sus ideas y nociones mezquinas, bajas y despreciables, olvidando el elevado llamamiento con el que han sido llamados!

¿Qué debemos hacer? Pues bien, dejen esas cosas de lado, arrepiéntanse de su insensatez y perdónense unos a otros por sus expresiones y palabras duras, y por el trato precipitado y áspero que han empleado para causar heridas, dificultades y molestias entre los hombres; y de ahora en adelante procuren comprender los sentimientos de los demás, actúen como hermanos y amigos unos de otros, vivan su religión y guarden los mandamientos de Dios. ¿Cómo enseñó Jesús a Sus discípulos a orar? Cuando oren, digan: «Padre nuestro que estás en los cielos». ¿Qué? Debo contar aquí una pequeña historia. Había una vez un hombre pobre que acudió a un ministro en busca de ayuda; el ministro intentó engañarlo y no quiso darle lo que había acordado pagarle por cierto trabajo que había realizado; al hombre no le agradó mucho aquello. Al parecer, el ministro era uno de esos individuos que, si podían sacar un poco de provecho del pobre, estaban muy dispuestos a hacerlo. «Pues bien», dijo el hombre, «aceptaré lo que me ofrece, aunque no sea lo que acordó darme, con tal de que me enseñe el Padrenuestro». El ministro accedió y dijo: «Repita después de mí y diga: “Padre nuestro que estás en los cielos…”». «¡Cómo!», dijo el hombre, «¿es Dios su Padre y también mi Padre?». «Debe repetir lo que digo», dijo el ministro, «“Padre nuestro…”», etc. «¿Cómo?», dijo el hombre, «¿mi Padre y su Padre?». «Sí, sí». «Entonces», volvió a interrumpir el hombre, «¿es realmente mi Padre, así como es su Padre?». «Sí», respondió el ministro, «pero debe repetir mis palabras». «¡Pues qué sinvergüenza debe ser usted para intentar engañar así a su pobre hermano!». Todos deberíamos sentir que Dios es nuestro Padre y que todos somos hermanos y hermanas. Ninguno de nosotros es muy grande; de hecho, todos somos muy pequeños cuando se llega a conocernos por completo. Ninguno puede hacer nada a menos que el Señor nos ayude; y si no nos ayuda, somos, como dijo cierta señora, «todos pobres y miserables pecadores independientes». No debe haber entre nosotros nada de «yo soy grande y tú eres pequeño». Debemos sentir una comprensión mutua y una consideración bondadosa por la más humilde de las creaciones de Dios, y especialmente por los santos de Dios, sin importar la posición que ocupen. Si alguno está en error, procuren recuperarlo mediante la bondad; si tiene un mal espíritu, muéstrenle uno mejor; si alguno no obra rectamente, obren rectamente ustedes mismos y digan: «Ven, sígueme, como yo sigo a Cristo». ¿No sería ese el proceder correcto? Creo que sí; así es como entiendo el Evangelio. Ninguno de nosotros posee el sacerdocio para engrandecerse a sí mismo, ni para utilizarlo para oprimir, aprovecharse de alguien o emplear un lenguaje impropio, sino para actuar con toda bondad, longanimidad, tolerancia y amor sincero. Leeré de Doctrina y Convenios algo relacionado con esto, de la página 386.

«He aquí, muchos son los llamados, y pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos? Porque a tal grado han puesto su corazón en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no han aprendido esta lección única» —precisamente aquello de lo que he estado hablando—: «Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que estos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud». ¿Creen que Dios dará poder a cualquier hombre únicamente para llevar a cabo sus propios propósitos estrechos o egoístas? Les digo que jamás lo hará; nunca, no, nunca. «Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre».

A veces pensamos que estamos en lugares celestiales en Cristo Jesús, y así es. Pero no hay sacerdocio del Hijo de Dios que autorice a un hombre a oprimir a otro ni a vulnerar de manera alguna sus derechos. No existe tal cosa en su ámbito; no existe, como se dice: «He aquí, antes que se dé cuenta, queda solo para dar coces contra el aguijón, para perseguir a los santos y combatir contra Dios. Hemos aprendido, por tristes experiencias, que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, tan pronto como reciben un poco de autoridad, como ellos suponen, es comenzar a ejercer de inmediato injusto dominio. Por tanto, muchos son llamados, pero pocos son escogidos. Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia; reprendiendo en el momento oportuno con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor hacia el que has reprendido, no sea que te considere su enemigo; para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte. Deja también que tus entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres»; no de envidia, ni de odio, ni de críticas, sino «de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo». Entonces sentirán el poder del Espíritu Santo descansando sobre ustedes y Su influencia penetrando su alma; y esta crecerá y se extenderá hasta que su influencia llegue a todas partes; y entonces los hombres los respetarán, estimarán y venerarán por su fidelidad y por su adhesión a la verdad. «El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás».

Estas son grandes verdades sobre las cuales debemos reflexionar. Y, en relación con esto, deseo decir que no solo necesitamos tener confianza en los hombres, sino que debemos demostrar esa confianza. «Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros»; no prefiriéndonos a nosotros mismos, sino «prefiriéndoos los unos a los otros». Esta puede ser una lección difícil de aprender para algunos, pero tenemos que aprenderla o nunca estaremos preparados para ocupar ninguna posición importante en el cumplimiento de los designios de Dios y en la edificación de Su Iglesia y reino sobre la tierra. Queremos que haya un intercambio libre de esa unión entre nosotros, y no que un hombre se levante entre sus semejantes como si fuera inaccesible y diga a los demás: «Apártate, soy más santo que tú». Nada de eso, sino cultivar la bondad, la comprensión y el deseo de promover la felicidad y el bienestar de todos los hombres, tal como lo hace Dios. Él hace salir Su sol sobre malos y buenos, y envía Su lluvia sobre justos e injustos.

Hay algo a lo que pensé referirme para que se conozca y comprenda debidamente. Existe una opinión bastante generalizada de que el presidente Young, durante su vida, obtuvo indebidamente la posesión de cierta manzana de terreno aquí en Ogden. Algunas personas están originando continuamente ciertas cosas, y se difunden rumores; con demasiada frecuencia, las personas no se detienen a considerar si son verdaderos y, en muchos casos, se forman conclusiones; me atrevería a decir que en nueve de cada diez casos tales conclusiones son equivocadas. El hermano Lorin Farr está presente; era alcalde cuando el terreno en cuestión fue transferido al presidente Young y conoce toda la transacción. Por tanto, pediré al hermano Farr que pase al frente y la relate completa, aunque concisamente, para que ustedes conozcan los hechos.

El élder Lorin Farr hizo entonces la siguiente declaración:

El presidente Young habló conmigo, como alcalde, una o dos veces —creo que fueron dos—, deseando saber si la ciudad de Ogden le permitiría tener la «Plaza Unión» con el propósito de construir una estación de pasajeros del Ferrocarril Central de Utah; dijo que, si podía obtenerla para ese fin, también la convertiría en una plaza ornamental, apropiada como lugar de recreo veraniego; creo que tenía toda la intención de hacerlo, y lo habría hecho, o habría dispuesto lo necesario para que se hiciera, si hubiera sabido que tan pronto iba a dejarnos. No tengo ninguna duda de que tenía la intención de convertirla en un lugar público muy agradable y, creyendo eso, presenté el asunto al Concejo Municipal, informando a ese organismo de que el presidente Young tenía un crédito a su favor frente a esta ciudad, que se había originado de la siguiente manera: cuando estableció el emplazamiento de la ciudad de Ogden entre los brazos de los dos ríos, había aquí una finca muy deseable que pertenecía al padre Bingham, de unos 160 acres. El Presidente comunicó al padre Bingham su intención de establecer una ciudad por estos alrededores, y que no conocía una ubicación tan buena y apropiada como la que ofrecía su finca, y propuso comprársela para ese propósito. El padre Bingham aceptó la propuesta, se efectuó la compra, el presidente Young pagó el terreno de su propio bolsillo y lo entregó a la ciudad. Como miembro del Concejo Municipal, yo suponía que ese terreno pertenecía a la ciudad y a la Iglesia, puesto que el presidente Young pertenecía a la Iglesia. Eso pensaba yo, y eso pensábamos todos, y no se le dio mayor consideración. Así transcurrieron unos veinte años. Es cierto que, en una ocasión, envié al presidente Young la suma de sesenta dólares de fondos municipales para aplicarla a los intereses que entonces se debían por el dinero que había adelantado para comprar el terreno; el dinero que le enviamos procedía de solares de la ciudad que vendimos a cinco dólares cada uno, lo cual apenas cubría los gastos de agrimensura y registro, dejando una pequeña cantidad para pagar al presidente Young. Se entendía que se le pagaría en algún momento. Creo que en otra ocasión envié una pequeña cantidad de dinero, pero ahora no recuerdo cuánto. Presenté este asunto al Concejo Municipal, explicándole cómo lo veía el presidente Young, y les dije que consideraba justo y apropiado que el presidente Young recibiera su pago, pero que me desagradaba mucho ceder la plaza; sin embargo, dije que, puesto que el presidente Young tenía la intención de convertirla en una plaza ornamental, daría mi consentimiento. De no haber sido por esa otra consideración, yo era partidario de enviar una comisión a visitar al presidente Young para averiguar cuánto había pagado por el terreno que antes pertenecía al padre Bingham y devolverle el dinero con un diez por ciento de interés. Pedí al Concejo que nombrara tal comisión, pero algunos discreparon de mí, aunque creo que unos pocos apoyaron mi sugerencia. Sin embargo, convinimos en que, puesto que el presidente Young había adelantado los medios para comprar el emplazamiento de nuestra ciudad y efectivamente lo había comprado y poseído, algo que probablemente ningún otro hombre hubiera podido hacer, y puesto que había pedido a la ciudad que le transfiriera la escritura de la plaza en pago de su crédito y había propuesto embellecerla para beneficio del público, decidimos transferírsela; y cuando llegó el momento de registrar las tierras, lo cual ocurrió poco después, el presidente Young presentó la solicitud correspondiente a la plaza y obtuvo su escritura.

Aprovecharé aquí para señalar que, cuando di esta explicación en nuestra reunión política celebrada recientemente en Ogden, un caballero, editor procedente del Este, me habló después al respecto; y al contarles lo que pensaba sobre el asunto ilustraré mis propios sentimientos. Dijo —esto fue antes de que se intentara tomar posesión del terreno—: Creo que no hicieron más que lo correcto; creo que el presidente Young ha hecho suficiente por este pueblo y merecía ampliamente esa plaza, y no habrían excedido lo justo si le hubieran dado más de esos diez acres por los 160 acres que, según usted dice, compró y entregó a la ciudad para fines municipales.

El presidente Taylor volvió entonces a tomar la palabra. Algunas personas dirán: «Oh, no hablen de eso». Creo que una conversación plena y franca suele ser de gran utilidad; no queremos nada secreto ni encubierto y, por mi parte, no quiero tener relación con cosas de las que no se pueda hablar y que no resistan una investigación. Quería escuchar la declaración del hermano Farr sobre este asunto, y quería que ustedes la escucharan, porque de cosas como estas, a menos que se comprendan debidamente, surgen muchos malentendidos. He oído decir que el presidente Young había exigido demasiado al obtener la posesión de esta manzana de diez acres; ahora me pregunto si alguno de ustedes, hombres dedicados a la especulación, hubiera poseído esos 160 acres de tierra en este lugar, ¿se habría conformado con recibir a cambio diez acres de este terreno pantanoso? No hay en ninguna parte un hombre decente que se opusiera a algo así, fuera judío, gentil o mormón; y tales situaciones desagradables surgen con frecuencia de una comprensión equivocada de los asuntos. ¿Acaso el presidente Young, por ser Presidente de la Iglesia, no tenía derecho a recibir el pago de lo que le pertenecía? Y si aportó 160 acres de terreno y recibió sesenta dólares por ellos, creo que nadie resultó muy perjudicado al darle diez acres a cambio. Algunos de ustedes habrían pensado que se estaban vulnerando gravemente sus intereses si se les hubiera exigido negociar en tales condiciones. No hace mucho oí decir a un hombre, cuando ocurrió algo desconcertante, que no sabía qué excusa dar al respecto. Le dije: Lo correcto no necesita excusa, y una excusa no convertirá lo incorrecto en correcto. Queremos hechos y, cuando los obtengamos, apreciémoslos y dejemos de lado nuestras necedades, que tan frecuentemente surgen de nuestra mala comprensión de las cosas.

Hay otro asunto al que deseo referirme, relacionado con sus funcionarios locales. He oído decir que el Concejo Municipal tenía dificultades con respecto al terreno sobre el que se encuentra el Tabernáculo, porque se pensaba que la Iglesia obtendría el beneficio de él. ¿Por qué? Porque lo han ocupado durante tanto tiempo. ¿Para quién? ¿Para la Iglesia en general? No, sino para la Iglesia local de este lugar. La Iglesia, como tal, ha comprado una parte de aquella manzana a la que antes me referí y ha pagado por ella a la sucesión. Los hermanos Joseph F. Smith y F. Richards, aquí presentes, conocen el hecho como auditores. Me refiero al terreno donde está nuestra Oficina de Diezmos; pero este otro asunto les concierne a ustedes mismos y no a la Iglesia. Han tenido esto durante más de veinte años. (El hermano Joseph F., dirigiéndose al presidente Taylor, dijo: «El presidente Young designó este lugar, cuando se trazó por primera vez la ciudad, como sitio para construir una casa de reuniones»). Se me informa que el presidente Young designó este lugar, cuando se trazó la ciudad, para fines de la Iglesia. (Una voz desde el estrado: «Es correcto, y el hermano D. H. Wells llevaba la bandera cuando se hizo el levantamiento del terreno»). El hermano Herrick testifica que es correcto. (El hermano Wells dijo: «Yo también conozco el hecho; llevaba el asta de la bandera cuando se trazó esta manzana»). El hermano Wells también da testimonio de lo mismo; llevaba el asta de la bandera cuando se hizo el levantamiento de la manzana. Quiero que estos asuntos se comprendan, de manera abierta y transparente; no tenemos nada que ocultar a nadie. Pero sus autoridades locales manifestaron cierta falta de atención, porque las Autoridades Generales de la Iglesia no tienen nada que ver con ello; por descuido, este lugar no se registró cuando se hicieron las inscripciones de los terrenos de la ciudad y, debido a este tecnicismo, algunos concejales municipales parecían oponerse a que la Iglesia recibiera dos acres y medio de los diez acres, que era todo lo que pedía, y además en beneficio de los ciudadanos de Ogden, pagando por ellos lo que le habían costado a la ciudad, tal como se ha hecho con los particulares, según creo que dispone la ley. Pero alguien parece pensar que alguien resulta perjudicado. ¿Quién resulta perjudicado? Si la Iglesia tenía diez acres y solo deseaba dos y medio, o si deseara la totalidad, no creo que supusiera una gran muestra de generosidad por parte de nadie, y no veo por qué habría de inquietarse alguien al respecto. Dirán: ¿Qué dirán los gentiles? Ningún gentil honorable diría que está mal ni pondría objeción alguna; y en cuanto a quienes no lo son, no nos preocupamos en absoluto por ellos. Esa es mi opinión. Alguien dijo que el Concejo Municipal había dado dos acres y medio a alguna denominación religiosa ajena a la nuestra. Pues bien, si tenía terreno de sobra, ¿a quién le importa? No queremos encerrarnos en una cáscara de nuez. Pero, entonces, creo que los Santos de los Últimos Días tienen tanto derecho a las tierras que se midieron y que poseían hace más de veinte años como los gentiles a recibir una donación gratuita. No sé por qué debería existir esta clase de sentimiento y, por eso, hablo de ello. Todos somos uno, o deberíamos serlo; y, por tanto, hablo de estas cosas tal como me han sido presentadas. ¿Hay algo malo en ello? Además, tengo entendido que aquí los setentas han entregado un gran salón a la ciudad. ¿Hay algo malo en eso? No, si consideraban que podían hacerlo. Sin embargo, yo no consideraría muy prudente regalar un salón así y después quedarse sin lugar donde reunirse. Pero les pertenecía, lo han hecho y ¿a quién le importa? A mí no. Pero si la ciudad ha recibido de los setentas cosas de esa clase, si ellos han realizado un acto así, ¿por qué no habría la ciudad de corresponder y ser un poco generosa? ¿No puede la ciudad ser igual de generosa y bondadosa? ¿Quiénes constituyen la ciudad? Supongo que ustedes, junto con unos pocos de fuera. El hermano Richards me mencionó, en mi calidad de administrador fiduciario, que había aquí cinco acres de terreno, junto a la escuela, en la callejuela, diciendo: «Nos gustaría obtenerlos, porque deseamos utilizarlos para una escuela secundaria o academia». Dije: «Lo mencionaré a los hermanos del Consejo». Desde entonces los hemos cedido. ¿A quién le concierne? La ciudad no resulta perjudicada, ni tampoco la Iglesia. Menciono estas cosas para que las comprendamos debidamente y no nos encontremos hablando de cosas que no entendemos. Siento una gran disposición de generosidad hacia los gentiles de espíritu liberal; pero ¿siento esa misma generosidad hacia todo miserable «hombre sin principios»? No. Pero sí hacia los buenos, virtuosos y rectos de todas partes.

¿Cuál era nuestro mensaje al mundo? La salvación. ¿Cuál fue la promesa hecha a Abraham? «En ti y en tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra», no maldecidas. El sacerdocio de Dios no fue dado para maldecir a los hombres ni destruirlos, sino para bendecirlos.

Además, se nos dice que vayamos y prediquemos el Evangelio a toda criatura; y se están haciendo grandes esfuerzos para lograrlo. ¿Qué es? El Evangelio de vida y salvación. ¿Es gratuito para todos? Sí, tan gratuito como las corrientes de agua que pasan por su ciudad, y todos están invitados. A algunos no les gusta. ¿Qué importa? No podemos evitarlo; vamos a realizar la obra que Dios nos ha encomendado, y trataremos rectamente a todos los hombres. Cuando vengan aquí como extraños entre nosotros, ¿los trataremos rectamente? Sí. ¿Nos tratan ellos rectamente? No del todo. ¿Seremos liberales, generosos y bondadosos? Sí; yo concedería a todo hombre, sea cual fuere su nombre, credo o color, todos sus derechos sin que jamás tuviera que pedirlos; no necesitamos complots, intrigas ni nada semejante. Esperamos edificar y establecer el reino de Dios, que será digno de admiración y ofrecerá protección a los virtuosos y buenos de todas las naciones. Aún llegará el tiempo en que quien no quiera tomar su espada para luchar contra su prójimo tendrá que huir a Sion para hallar seguridad. Todos aquellos a quienes no agraden la sangre, la matanza y la desolación, si desean ser preservados, huirán a Sion. ¿No tenemos que tener una Sion a la cual puedan huir? Sí. ¿Y qué es Sion? Los puros de corazón. Queremos organizarnos de tal manera, y defender y sostener principios tan correctos, que lleguen a despertar la admiración de todos los hombres honrados, quienes sentirán que pueden ser protegidos y encontrar seguridad y refugio en Sion. ¿Y entonces? ¿Vamos a seguirlos a ellos? No, no, no lo haremos. ¿Vamos a regirnos por sus ideas? No, no lo haremos. ¿Vamos a mezclarnos con sus ideas babilónicas? No, no lo haremos; estamos a favor de Israel y de la Iglesia y el reino de Dios, pero protegeremos a todo hombre en sus derechos hasta donde Dios nos dé poder para hacerlo; sin embargo, no nos mezclaremos con sus iniquidades, sus fraudes y sus corrupciones, que en muchos casos procuran imponernos; queremos estar libres de estos males, poner nuestra confianza en el Dios viviente y aferrarnos a lo correcto y a la verdad. Si un hombre es bueno, ¿no lo trataré rectamente? Sí; pero, al mismo tiempo, nuestras ideas morales y sociales son muy diferentes y, aunque les concedo todas las libertades civiles que cualquier hombre razonable pueda desear, no quiero regirme por su norma de moralidad ni quiero que enseñe a mis hijos. ¿Por qué? Sencillamente porque no quiero que sean pervertidos. Ningún gentil ni hombre razonable me reprocharía eso. Él no quiere que yo enseñe mi fe a sus hijos. Muy bien, puede mantenerlos apartados, y yo quiero mantener a los míos apartados de sus influencias. ¿Por qué? Porque estamos vinculados con cosas cuyas consecuencias son eternas. Aspiramos a la gloria celestial. Creemos que ellos obtendrán una gloria tan grande como la que buscan, pero no será la que nosotros esperamos; por tanto, no queremos que formen a nuestros hijos y los conduzcan a la muerte. Queremos encargarnos nosotros mismos de estas cosas, pero sin perjudicar a nadie. ¿Resulta alguien perjudicado por ello? No. «No puedo ver las cosas como ustedes», dicen algunos. Muy bien, no podemos evitarlo. ¿Reprocharía yo al Concejo Municipal que diera un terreno para sepulturas a quienes prefieren tener a sus muertos separados? No, si tienen terreno de sobra; pero, por otra parte, no excluyamos a nuestro propio pueblo ni nuestros propios intereses, sino mantengamos sabiamente todo derecho para la edificación del reino de Dios. Seremos tan generosos como el mundo se atreva a serlo; y esperamos que los principios del Evangelio sempiterno sigan adelante y aumenten hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo.

Digo a los hombres que tengan diferencias: resuélvanlas como hombres y dejen de comportarse como niños, sino condúzcanse como siervos del Dios Altísimo. Y que Él les permita hacerlo, nos bendiga a todos y nos guíe por los senderos de la vida es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.

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