La restitución del Evangelio y el conocimiento personal de la verdad
Por el élder John Morgan, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 17 de agosto de 1879 por la tarde.
Dios ha restaurado los principios y la autoridad del Evangelio para que toda persona pueda conocer la verdad mediante la obediencia y el Espíritu Santo, y prepararse para regresar a Su presencia.
La restitución de todas las cosas—La existencia preterrenal del hombre—Los primeros principios del Evangelio John Morgan
Leeré para ustedes esta tarde los versículos 19, 20 y 21 del capítulo 3 de los Hechos de los Apóstoles:
«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan tiempos de refrigerio de la presencia del Señor,
»y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado;
»a quien de cierto es menester que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el principio del mundo».
Al procurar dirigirme a quienes están presentes esta tarde, deseo contar con la fe y las oraciones de mis oyentes, para que se digan aquellas cosas y se expongan aquellos principios que sean para nuestro bien y beneficio mutuos, y que resulten aceptables a nuestro Padre y Dios. A menudo he pensado, en relación con nuestros servicios aquí en el Tabernáculo, que la manera en que se lleva a cabo nuestra predicación debería ser un testimonio, no solo para los Santos de los Últimos Días, sino también para los visitantes que puedan venir entre nosotros, acerca de la obra en la que estamos embarcados. Los élderes vienen a la congregación sin esperar en absoluto que se les pida dirigirse al pueblo. Durante la semana quizás han estado ocupados en sus diversas labores como agricultores, artesanos, trabajadores de distintos oficios, comerciantes y en las diferentes ocupaciones de la vida; y posiblemente vienen a la reunión y se sientan entre la congregación con la mente llena de los asuntos de la semana anterior, cuando se les pide ponerse de pie ante una congregación de mil, dos mil, tres mil, cinco mil o diez mil personas y predicarles las palabras de vida eterna. Para edificar e instruir a una congregación de ese tamaño en cualquier otra parte del mundo cristiano, se requeriría una preparación considerable por parte del ministro. Pero no sucede así entre nosotros como pueblo. Los élderes son llamados al estrado sin un momento de aviso ni tiempo para preparar lo que puedan decir o lo que se espere que digan; y me pareció extraño cuando entré por primera vez en una congregación de los santos y vi esta manera de proceder. Sin duda, hoy les parece extraño a muchos que nos visitan. Pero confiamos en las promesas de nuestro Salvador, aunque fueron hechas hace muchos cientos de años. Consideramos que esas promesas siguen siendo válidas y están en vigor, y que en la hora en que se nos llame a proclamar las palabras de vida eterna, Él nos dará palabras para hablar; hablaremos por la inspiración de ese Espíritu que nos conduce, guía y dirige a toda verdad.
En los pasajes que acabo de leer, especialmente en el versículo 21, se hace referencia a Jesucristo de Nazaret, quien, en el día y la época en que se pronunciaron estas palabras, había salido humildemente de la ciudad de Nazaret, proclamando ciertos principios, ciertas ideas y ciertas doctrinas. Aquellos principios, ideas y doctrinas no eran populares en la región donde Él predicaba en aquel tiempo. Enseñó ciertas doctrinas al pueblo que la mayoría de quienes lo rodeaban no recibieron, no aceptaron ni creyeron. Por el contrario, emplearon todos los medios a su alcance para frustrar el cumplimiento de los designios del Salvador, la presentación de los principios y la promulgación de las ideas y doctrinas que Jesús y quienes lo acompañaban proclamaban. Como resultado de esta oposición, que duró un tiempo considerable, este hombre, Jesús de Nazaret, fue prendido por el populacho y por los escribas, fariseos, ministros y principales sacerdotes de aquel tiempo, y crucificado; y dijeron: «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos», considerando que era mejor que un hombre pereciera a que toda la nación fuera descarriada. Consideraban que, si permitían que este hombre continuara, todo el mundo lo seguiría; por tanto, esta herejía, este engaño, este enorme mal que había surgido debía eliminarse, y la única manera de hacerlo era matar a Jesús, a quien consideraban un impostor. Por ello lo crucificaron, sin duda esperando que aquel acto detuviera la obra que Él había iniciado; que, desde el día de Su crucifixión, Sus seguidores disminuirían y se apartarían, y que ya no se volvería a oír sobre la faz de la tierra el engaño que había estado predicando. Pues bien, hasta cierto punto tenían razón en esto. Pedro, sin duda como profeta, vidente y revelador, vio este aspecto del futuro. Al decirles que habían crucificado al Cristo, el Salvador del mundo, les recordó que los cielos debían recibir a este hombre. Ya no podía morar con ellos en la carne. Había venido y nacido sobre la tierra; había sido bautizado; el Espíritu Santo había descendido sobre Él en forma corporal de paloma; había sido crucificado, sepultado y resucitado, y había ascendido al cielo. Naturalmente, Sus amigos y seguidores preguntarían: ¿Cuánto tiempo permanecerá allí? ¿Por todas las edades de la eternidad? Oh, no, porque en el momento de Su ascensión, mientras Sus discípulos permanecían mirándolo ascender a lo alto, había dos ángeles junto a ellos, quienes dijeron: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de entre vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo». De labios de santos ángeles recibieron la promesa de que, de la misma manera en que había ascendido con un cuerpo de carne y huesos, regresaría a la tierra. Pedro nos informa entonces cuánto tiempo permanecería apartado de la tierra, cuánto tiempo habría de morar en los cielos: «A quien de cierto es menester que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas».
Por tanto, algo tendría que ser quitado de la tierra para que pudiera efectuarse una restitución. Por ejemplo, sería imposible que un hombre me restituyera algo que yo nunca hubiera poseído. Sería imposible devolver a la tierra algo que la tierra nunca hubiera tenido. Sería imposible restituir a la familia humana aquello que nunca hubiera poseído. Por consiguiente, para que se efectuara una restitución, tendrían que devolverse a la tierra ciertas cosas, ciertos principios, ciertas doctrinas y ciertas ideas que en otro tiempo habían existido sobre su faz. Otros Apóstoles y profetas, videntes y reveladores del Señor Jesucristo, en su día y época, esperaron este tiempo. Isaías nos dice que llegaría el tiempo en que la tierra se lamentaría, se marchitaría y languidecería. ¿Por qué? «Porque traspasaron las leyes, cambiaron la ordenanza, quebrantaron el convenio sempiterno».
Se expusieron ciertos principios cuando Jesús estuvo sobre la tierra. Él los expuso, al igual que Sus seguidores, los discípulos y quienes creían en Su misión. Entre los más destacados se encontraba el principio que enseñó acerca de Sí mismo. Habló de haber venido del Padre; y Pedro, al tratar este asunto en una de sus epístolas, dice: «Ya destinado desde antes de la fundación del mundo». Al remontarnos más atrás en la historia, tal como la tenemos aquí en las Santas Escrituras, descubrimos que Dios había hablado a algunos de los profetas de la antigüedad acerca del mismo principio. Dijo a Jeremías: «Antes que te formase en el vientre, te conocí; y antes que nacieses, te santifiqué; te di por profeta a las naciones». También encontramos en los escritos de Job, al hablar de la organización del mundo, que «los hijos de Dios gritaban de gozo cuando se pusieron los cimientos de la tierra». Además, uno de los autores de las Santas Escrituras, hablando sobre este tema, dijo: «Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios, quien lo dio». Considero una consecuencia lógica que sería imposible regresar a un lugar donde nunca hubiéramos estado; que sería imposible regresar a Dios si no hubiéramos estado en Su presencia.
Encuentro en los pasajes que he citado una alusión a la existencia preterrenal que hemos tenido, semejante a lo que Jesús enseñó acerca de Sí mismo cuando estuvo sobre la tierra. Mientras Él y Sus discípulos iban por el camino, encontraron a un hombre que era ciego de nacimiento. Los discípulos se dirigieron a Jesús y preguntaron: «¿Quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?». Si la ceguera era resultado del pecado del hombre, ciertamente ese pecado debía haberse cometido antes de su nacimiento en la carne. Difícilmente podría castigarse de esta manera a un hombre ante la expectativa de que fuera a cometer un pecado. Esa idea queda reservada para los hombres del siglo XIX. Como pueblo, sabemos que, en cientos y miles de casos, los hombres son juzgados y condenados antes de que se pruebe su culpabilidad. Sin embargo, esa idea no se promulga por autoridad divina. Encuentro, pues, en estos pasajes una prueba de la existencia preterrenal de estos espíritus nuestros que habitan en nuestros tabernáculos, los de quienes veo ante mí esta tarde, así como el mío propio. Encuentro que, en todas las partes del mundo de las que tenemos conocimiento, o dondequiera que he tenido el privilegio de entrar en contacto con los hijos de los hombres, les sobreviene lo que llamamos muerte; y encuentro que casi universalmente están de acuerdo —aunque las creencias de los saduceos existen hasta cierto punto en el mundo cristiano de hoy— en que, cuando llevamos a sepultar este cuerpo de carne y huesos, esta cubierta exterior del espíritu, hay un espíritu que ha habitado en ese cuerpo y que va a algún lugar, si así lo quieren expresar; que, cuando deja esta tierra, existe como espíritu, o tiene una existencia fuera de este cuerpo de carne y huesos. También encuentro, como regla general, que la familia humana reconoce que ese espíritu tiene inteligencia; y, además, encuentro que la gran mayoría del mundo cristiano cree que ese espíritu no solo tiene inteligencia, sino que puede sufrir dolor y disfrutar del placer. Por ejemplo, oímos a las personas hablar de aquellos miembros de su familia que han partido de entre ellas. Han sepultado el cuerpo de carne y huesos y este puede descomponerse en la tumba; sin embargo, sienten el deseo de decir: «El espíritu ha ido detrás del velo, y cuando vayamos allí esperamos encontrarnos». También encontramos que quienes hoy se llaman seguidores del Señor Jesucristo, al hablar de este asunto, afirman que el espíritu ha ido a un lugar de castigo, donde es castigado, o que ha ido a un lugar de gozo, donde puede disfrutar. En otras palabras, que este espíritu que llevamos dentro es algo tangible, algo que puede razonar, algo que puede percibir y sentir dolor o disfrutar del placer. En otras palabras, cuando examinamos este asunto y procuramos averiguar la verdad al respecto, descubrimos que el espíritu que habita en este cuerpo, los espíritus que habitan en los cuerpos de la familia humana, es su parte inteligente; es la parte que recibe luz y conocimiento; es la parte que fue creada antes de que se pusieran los cimientos de la tierra y que ha venido a la tierra para morar en la carne; y cuando hemos terminado con este cuerpo de carne y huesos, el espíritu, en lo que respecta a la luz y al conocimiento, conserva su identidad y su conocimiento. Una idea muy errónea que se ha introducido en la mente de la familia humana, y que encontramos transmitida por tradición a la mente de nuestros hijos, es esta: una especie de impresión vaga e indistinta de que, cuando dejamos este cuerpo de carne y huesos, dejamos también las flaquezas e imperfecciones de esta vida. No es así si las palabras de este libro —la Biblia— son verdaderas, pues encontramos que, después de haber pasado detrás del velo, fue necesario predicar a esos espíritus, según el apóstol Pedro: «Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos», dice él, «para que sean juzgados en la carne según los hombres, pero vivan en el espíritu según Dios». Necesitaban que se les predicara para poder vivir conforme al Espíritu de Dios; y, como encontramos en el capítulo anterior, Pedro dice: «En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé». A menudo pienso, en relación con este asunto, que si muchos de nuestros hombres de Israel se detuvieran unos momentos a reflexionar sobre este punto, les sería de beneficio; que si entendieran y comprendieran que los hábitos y las debilidades a los que se entregan, las flaquezas a las que se acostumbran y que no son correctas, los acompañan al mundo de los espíritus, donde tendrán que arrepentirse de ellas o abandonarlas, vacilarían antes de hacerse adictos a muchas de las cosas que hacen, comprendiendo que los hábitos que han adquirido permanecerán eternamente con ellos a menos que se arrepientan. Pero el arrepentimiento, aquí o allí, debe llegar antes de que puedan alcanzar el progreso o la exaltación, por los siglos de los siglos. Todos los pensamientos y actos a los que nos entregamos aquí, las ideas que adquirimos y los principios de los que participamos son eternos por naturaleza, y permanecerán con nosotros durante las eternidades venideras, para bien o para mal. Hay ciertas leyes, ciertas normas, un determinado sistema de orden que gobierna, conduce y guía todo este gran plan. Estos principios fueron enseñados por el Salvador cuando estuvo sobre la tierra. Sin embargo, no eran populares porque no concordaban con las ideas de aquel día y época del mundo. Dijeron aquellos sabios de entre los fariseos y saduceos: «Estos principios chocan con nuestras ideas particulares o peculiares, y si los aceptamos por un momento, la estructura que hemos edificado aquí se derrumbará; no podemos soportarlo». Es cierto que no podían contender con Jesús y Sus Apóstoles mediante argumentos; y siempre he dicho que cualquier hombre, grupo de hombres o gobierno, sin importar quiénes sean ni qué sean, que recurra a la fuerza bruta para convencer a sus oponentes de que están equivocados, casi con certeza está en el error. Se les han acabado los argumentos; y considero que cualquier gobierno que obligue a los hombres en materia de creencias, sean políticas o religiosas, o las personas que participen en algo así, se han quedado sin argumentos a su favor, ya no tienen argumentos para sostenerse y recurren a la fuerza para imponer su propósito. En aquel día y época del mundo, a esos hombres que se oponían a Jesús y a Sus Apóstoles se les acabaron los argumentos y, como resultado, dijeron: «Le quitaremos la vida a este hombre».
Encontramos otros principios que nuestro Salvador enseñó cuando estuvo sobre la tierra. Uno de ellos fue la fe, un principio muy importante en el plan de salvación. Otro fue el principio del arrepentimiento; y a menudo he pensado, al relacionarme con la familia humana, que una de las razones de la discordia y la confusión que reinan hoy entre los hijos de los hombres es que no se han arrepentido verdaderamente. Es cierto que muchos millones de integrantes de la familia humana practican una forma de arrepentimiento: una especie de arrepentimiento que gime, se lamenta, llora y se aflige por los pecados cometidos, pero al día siguiente van y hacen lo mismo. Esa es la clase de arrepentimiento a la que Pablo se refería cuando dijo: «Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de lo que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte». Hay una clase de tristeza de la que no hay que arrepentirse, y consiste en apartarse de todo lo malo, de todo lo que es incorrecto o indebido a la vista de Dios, de los santos ángeles y de todos los hombres buenos.
Jesús también enseñó el principio del bautismo, y no tengo ninguna duda de que previó que llegaría el tiempo en que el principio del bautismo tal como Él lo enseñó sería pervertido y cambiado. Sin duda, Pablo previó aquel tiempo, pues dice: «Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina; sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas». Hoy encontramos muchas fábulas en el mundo acerca del principio del bautismo. El bautismo que enseñó Pedro era muy diferente del que enseña el mundo cristiano de hoy. Él dijo: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros». ¿Para qué? «Para remisión de los pecados». Hoy, quienes profesan tener el Evangelio de Cristo no practican el bautismo con ese propósito en mente. Bautizan como una formalidad, para satisfacer una buena conciencia. Encuentro que el bautismo que enseñó Pedro, el que enseñó Juan, tenía por objeto la remisión de los pecados, y otro principio muy importante debía seguir a este bautismo, pues Pedro dijo enfáticamente: «Recibiréis el don del Espíritu Santo». Y, por temor a que hubiera quienes pervirtieran, cambiaran y se apartaran de este principio, dijo a los miles de Judea que lo escuchaban que «para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». La promesa era para quienes estaban lejos. No importa la nacionalidad, el linaje ni la raza; y hoy, si Dios llama a algún hombre a obedecerle y guardar Sus mandamientos entrando en las aguas del bautismo, esta promesa es tan válida como lo fue el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo se derramó con tanto poder sobre los Apóstoles. Encontramos un caso relacionado con esta ordenanza en los Hechos de los Apóstoles. Los Apóstoles, estando en Jerusalén, oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios y que Felipe había estado administrando la ordenanza del bautismo después de que las personas se arrepintieron; pero por medio del arrepentimiento no recibieron el Espíritu Santo. Como saben, en el mundo cristiano de hoy el arrepentimiento trae el don del Espíritu Santo. Pedro y Juan descendieron a Samaria y oraron para que recibieran el Espíritu Santo. Pero ¿lo recibieron por orar? No. «Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo». Esta fue una ordenanza instituida por nuestro Señor y Maestro, enseñada y predicada por Él y por Sus Apóstoles para la recepción del Espíritu Santo. Pero hoy, en el mundo cristiano, esa ordenanza ha caído en desuso; ya no se considera necesaria. Supongo que en esta época ilustrada del siglo XIX, con su sabiduría en cuanto a la mecánica, los descubrimientos y las invenciones, han encontrado algún atajo por el que pueden labrar su salvación sin la ayuda del Señor y, por consiguiente, se han tomado la atribución de eliminar este principio del Evangelio.
Encontramos que una de las bendiciones que debían darse a quienes recibieran este gran y glorioso don era el don de sabiduría. Sin embargo, si hemos de juzgar a los llamados sabios de la actualidad, solo podemos concluir que ciertamente no lo poseen; ciertamente no pueden poseerlo, o no seguirían el curso que muchos de ellos siguen. Debería darles sabiduría, pero no se encuentra sabiduría entre ellos ni fe en esta ordenanza del Evangelio. ¿Cuál es la razón de que hoy esta nación, por ejemplo, no entre en las aguas del bautismo? Que no tiene fe en que Dios cumplirá Su promesa y remitirá sus pecados mediante esa ordenanza. ¿Cuál es la razón de que las sectas de hoy omitan la ordenanza de la imposición de manos para la recepción del Espíritu Santo? Que no creen que el Dios de Israel cumplirá Su promesa; no tienen fe en Él. ¿Cuál es la razón de que, en medio de la necesidad y la miseria ocasionadas por la enfermedad, no administren a los enfermos mediante la imposición de manos, como se ha mandado? Que no tienen fe para creer que Dios cumplirá Su promesa. Por consiguiente, me inclino a creer que en todo esto hay falta de sabiduría por parte de las personas; no han recibido el don del Espíritu Santo, que las conduce, guía y dirige a toda verdad. Que este no hace eso con los sabios de esta nación ni de todas las naciones de la tierra es un hecho evidente por los muchos errores que cometen en su labor política y en sus planes financieros; porque hoy se presenta un plan para pagar la deuda nacional, mañana surge otro hombre con sus ideas y al día siguiente aparece algo más, y así son llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina financiera; por consiguiente, me inclino a creer que no han recibido este don.
También encuentro que este don nos mostrará las cosas que han de venir. Es cierto que encontramos personas que hablan de cosas venideras. Recientemente tuvimos a un hombre que publicó un pequeño libro acerca de grandes calamidades que se avecinan. ¿Con qué autoridad habló? ¿Con qué atribución expuso estas ideas y de dónde las obtuvo? ¿Recibió reconocimiento por ellas? Sí; el mundo le concede reconocimiento. Pero ¿habló Dios por medio de ese hombre? Yo diría que no, si hemos de tomar como evidencia todas sus creencias y doctrinas. Además, cuando viajamos por esta nación y por las naciones de la tierra, preguntamos: «¿Tienen entre ustedes hombres sabios que puedan prever y predecir acontecimientos venideros?». «No», dicen, «no tenemos nada de eso; hoy no creemos que ningún hombre tenga ese don». Y recuerdo muy bien la mirada de asombro que me dirigió un caballero cuando, al conversar acerca de este principio, le dije que el don del Espíritu Santo revelaba al hombre las cosas que habían de venir. Al principio, la idea pareció causarle una impresión muy agradable. Era miembro de una iglesia y vivía en una comunidad cristiana en la que había miles de buenos cristianos. Mientras conversábamos, le pregunté cuál sería el resultado si él afirmara tener tal don. «Pues», dijo, «ciertamente creo que me matarían. No me dejarían vivir aquí una semana si afirmara algo semejante». «¿Cómo?», dije, «¿en medio de esta comunidad cristiana, con Biblias por todas partes, con asociaciones bíblicas, con ministros del Evangelio que exhortan a las personas a ser salvas, y con el hecho de que el Salvador predicó esta doctrina, y aun así le quitarían la vida si siguiera Sus instrucciones?». «Sí», dijo, «verdaderamente creo que lo harían». Pues bien, yo también puedo creer que lo harían, por la poca experiencia que he tenido en el mundo cristiano; por consiguiente, me inclino a creer que carecen de este principio, que no han recibido este don. Y a veces, al meditar sobre ello, lo comparo de esta manera: Juan dijo: «Aquella era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». Entiendo que toda persona sobre la faz de la tierra posee esta lámpara, pero les pregunto, como seres razonables: ¿De qué les sirve esta lámpara si no está encendida? ¿Le serviría de algo a un hombre una lámpara en un cuarto oscuro si no tuviera medios para encenderla ni para hacer que brillara? De nada en absoluto; estaría igual de bien sin la lámpara. Debe encenderse, y la dificultad del mundo hoy es que quizás posee esa lámpara, pero no ha sido encendida, mientras que sí fue encendida en los profetas del Dios viviente en tiempos pasados; y así Pedro pudo decir a estas personas, consolándolas acerca de estos asuntos: «A quien de cierto es menester que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el principio del mundo». Fue el encenderse de esa lámpara en el interior de Pedro lo que le enseñó acerca de este gran acontecimiento que habría de venir en la restitución de todas las cosas. Pues bien, cuando llegó el día de la restitución, ¿cuál fue el resultado? Cuando salió el sol de la mañana del día de la restitución y comenzó a hacer sentir su influencia sobre la tierra, ¿cuál fue el resultado? La historia no hace sino repetirse. Como fue en los días de Noé, así será en la venida del Hijo del Hombre, en los días de la restitución de todas las cosas. Y cuando aconteció que Dios levantó a Su profeta sobre la faz de la tierra y envió a Su ángel desde las cortes del cielo para restaurar a los hijos de los hombres estas cosas, estos grandes y gloriosos principios que se habían perdido, surgió la misma oposición, la misma clase de oposición. El principio de la fe se había perdido en gran medida de sobre la faz de la tierra y, al ser restaurado, tenía que ser precisamente la misma fe que existía en los tiempos antiguos: la fe que haría que los hombres obedecieran los principios del Evangelio sempiterno a pesar de toda la oposición de los poderes de las tinieblas, de la tierra y del infierno combinados que pudieran alzarse contra ellos. Se restauró a la tierra el principio correcto del arrepentimiento, de apartarse de lo malo. Se restauró a la tierra el principio correcto del bautismo para la remisión de los pecados. Se restauró a la tierra la ordenanza de la imposición de manos para la recepción del Espíritu Santo. Se restauró a la tierra la autoridad para actuar en estos diferentes oficios y, puesto que Juan el Bautista poseía las llaves del oficio del bautismo para la remisión de los pecados, fue enviado de regreso a la tierra en este día y época del mundo como mensajero de Dios para restaurar este principio. «Pero», dice el mundo cristiano, «no lo creemos». Me pregunto qué diferencia hace eso. Me pregunto si hace alguna diferencia. Me pregunto si eso tendrá alguna influencia sobre el hecho. Si Juan realmente vino, aunque todo hombre y toda mujer, toda alma que existe sobre la faz de la tierra, se negara a creer, salvo aquel a quien fue enviado, aun así impone una obligación sobre ellos en la medida en que la proclamación les llegue. Lo crean o no, sigue siendo un hecho, un principio de verdad; y cuando el hombre, el vano hombre, se levanta y dice lo que cree, ¿qué diferencia hace eso? Ninguna en absoluto, con todo el debido respeto por su creencia, cualquiera que sea. Nosotros, como pueblo, sabemos hoy por nosotros mismos que la autoridad para bautizar para la remisión de los pecados ha sido restaurada a la tierra por el regreso del personaje correspondiente, y los Santos de los Últimos Días conocen bien estos asuntos. «¿Cómo saben estas cosas? ¿Cómo obtienen este conocimiento?», me han preguntado hombres al entrar yo en contacto con personas ajenas a nuestra fe. Para responder a esa pregunta, volvamos a las palabras del Salvador. Él dijo: «El que quiera» —no lo limitó a una docena, cien, mil o diez millones— «hacer la voluntad de él [del Padre] conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo». Los Santos de los Últimos Días han entrado en las aguas del bautismo, han recibido la imposición de manos y saben por sí mismos que estos principios de los que les he hablado esta tarde son verdaderos; y a menudo he considerado el asunto de esta manera: ¿No sería algo inaudito y peculiar que, digamos, cincuenta, cien o quinientos sabios del Este vinieran aquí e intentaran convencernos de que no hay un lago allí, de que nunca lo ha habido, de que todo es un error y un mito y de que estamos engañados al respecto; y que, después de llevar su argumento hasta el punto de resultar casi ofensivos, desagradables y molestos, sin convencernos, dijeran: «Pues bien, los encarcelaremos y multaremos si no reconocen que no hay lago»? Pero igual de inaudito es el proceder que se ha empleado contra nosotros hoy y durante los años pasados en relación con estos principios que defendemos; como pueblo, sabemos, tan ciertamente como sabemos que existe el Lago Salado, que Dios ha hablado desde los cielos en estos últimos días. ¡Y se habla de convencer a los hombres de lo contrario con respecto a estos asuntos! A veces me maravillo de la insensatez de los hombres en estas cosas, y me parece presuntuoso que hablen y actúen como lo hacen. Estoy dispuesto a conversar con bondad, cortesía y agrado con cualquier hombre acerca de estos principios; y cuando me dice que existe un lugar llamado Omaha y afirma: «He pasado por allí, sé que existe ese lugar», o que hay ciertas estaciones en el ferrocarril aquí, estoy dispuesto a creerle; no lo contradigo, y cuando le digo que conozco por mí mismo la veracidad de mi religión, espero que me trate con cortesía en ese asunto. Pero nuestras expectativas a ese respecto no siempre se cumplen. A menudo se nos responde de manera muy peculiar; a menudo se nos presentan argumentos muy peculiares. Sin embargo, considero evidente que difamar el carácter de quienes creen en un principio no constituye un argumento para refutarlo. La conducta posterior de Judas no demostró que su testimonio de Cristo fuera incorrecto. La negación de Pedro no demostró que Jesús no fuera el Cristo. El carácter de un hombre no tiene nada que ver con el principio que pueda exponerse. No me importa de dónde venga la verdad; no me importa quién la predique; no me importa si el diablo mismo enunciara un principio de verdad: sigue siendo verdad y no pueden cambiarlo ni alterarlo. No me importa cuán sabio sea el hombre, cuán larga sea la oración que pronuncie ni cuán reverente parezca: si dice una mentira, es una mentira, y no pueden cambiarla ni alterarla. Así es como nosotros, como pueblo, consideramos los principios de verdad, esos principios que conducen a la luz y al conocimiento, y ya es hora de que las personas abandonen la insensata idea de luchar contra tales cosas. Sentémonos un momento y examinemos detalladamente un principio tras otro; y les diré que, si cualquier hombre sobre la faz de la tierra me demuestra que estoy equivocado en algún principio, lo abandonaré en esa misma hora y dejaré de sostenerlo como principio. ¿Hará todo hombre lo mismo conmigo? Muchos lo harán y muchos no. Recuerdo el caso de un ministro que vino a visitarme. Yo deseaba ser justo con él y deseaba que él lo fuera igualmente conmigo. Dije: «Ahora estamos solos en la habitación, no hay testigos aquí; pero haré un acuerdo con usted. Aquí está la Biblia; buscaremos la verdad, y dondequiera que yo encuentre verdad, usted habrá de reconocerla, y dondequiera que usted encuentre verdad, yo haré lo mismo». «No», dijo, «no lo haré». «¿Por qué no?», pregunté. «Oh», dijo, «podría tenderme alguna trampa. Tenemos una disciplina determinada por la cual regirnos; tenemos un credo de fe y usted podría intentar atraparme en alguna trampa». «Pero», dije, «si está equivocado en su credo o en su fe, ¿no quiere que se le corrija?». «Oh», dijo, «es la fe de mis padres, la fe en la que murieron; es la fe de mi abuelo y de mi bisabuelo; durante generaciones han vivido y muerto conforme a ella, y no puedo permitirme cambiar». «Pues bien», dije, «no tiene sentido que conversemos si ese es el caso; con eso termina la conversación». Ahora bien, considero que semejante razonamiento es el colmo de la insensatez. Como hombres y mujeres honrados, dejemos de lado todo prejuicio y malicia, y examinemos los principios de verdad y rectitud tal como se nos presentan y tal como la luz y la inteligencia del Santo Espíritu nos los mostrarán, porque nos conducirán y guiarán de regreso a la presencia de nuestro Padre y Dios. La verdad no perjudicará a ningún hombre. Los principios de verdad que los Santos de los Últimos Días predican a las naciones de la tierra, los principios que los élderes han llevado a las naciones, son los principios mediante los cuales la familia humana puede ser salva si tan solo los escucha. Estos principios no son para unos pocos; el plan que Dios ha revelado es para todos. Estos principios se revelan para que el reino de Dios pueda establecerse sobre la tierra en rectitud, y conducirán, guiarán y gobernarán a incontables millones de integrantes de la familia humana que han morado y todavía morarán sobre la tierra. Como Santos de los Últimos Días, debemos tener una visión amplia y filantrópica de estas cosas. ¿Qué importa si nuestros nombres son desechados como malos? ¿Qué importa si nos golpean o contienden acerca de estos asuntos? Lean la historia del pasado, ¿y cuál ha sido el resultado? Consideren a los individuos, a los hombres que han contendido contra el reino de Dios durante el último medio siglo, ¿y cuál ha sido el resultado? Consideren los planes y los incontables miles de complots y proyectos que se han concebido para derrocar a la Iglesia de Cristo, ¿y dónde están hoy? «Se desvanecieron entre las cosas que fueron, un relato de escolares de otros días, la maravilla de apenas una hora». Han desaparecido para no ser recordados más; han sido olvidados de sobre la faz de la tierra, junto con quienes los idearon. ¿Cuánto tiempo continuarán los hombres en su insensatez, luchando contra los escudos de Jehová? Solo mientras el Señor se lo permita, no más. Nosotros, como pueblo de Dios, reconocemos la mano de Dios en relación con estas cosas y queremos preparar y disponer nuestra mente para tener una visión elevada del funcionamiento del reino de Dios. Queremos desechar esas ideas de «ahorrar centavos y derrochar libras» que muchos tenemos acerca de estas cosas, por no ser dignas de nosotros como Santos de los Últimos Días. No estoy buscando faltas; pero queremos contemplar estos principios con una mente grande y noble; queremos amoldar nuestra vida a estas cosas y, como se dijo en la antigüedad, «buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Queremos orientar nuestros esfuerzos a la edificación del reino de Dios, a la difusión y promulgación de sus principios, no solo por los valles de las montañas, sino entre las naciones de la tierra. ¿Y la oposición que tenemos que afrontar lo detendrá? De ninguna manera. No hará sino añadir combustible al fuego, hasta que la llama crezca más y más, hasta que todas las naciones de la tierra la vean, y Sion sea puesta sobre un monte, lo cual Dios conceda, en el nombre de Jesús. Amén.


























