Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

Vivir el Evangelio cada día

Por el élder George Q. Cannon, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el 27 de julio de 1879.

El Evangelio de Jesucristo debe manifestarse en nuestra conducta diaria mediante el arrepentimiento, la honradez, la bondad y el esfuerzo constante por vivir en paz con Dios y con nuestros semejantes.

La naturaleza práctica del Evangelio


Queda un poco de tiempo, que se me ha pedido ocupar.

El tema del Evangelio es uno sobre el que se puede hablar durante mucho tiempo sin agotarlo; porque, según las creencias de los Santos de los Últimos Días, el Evangelio abarca toda verdad, y no hay verdad de ninguna naturaleza ni denominación, sea científica, moral o religiosa, que no esté comprendida dentro del alcance del Evangelio de Jesucristo. Por tanto, quienes abrazan el Evangelio, como se ha dicho, emprenden el sendero del progreso, cuyo fin nadie puede ver; a los seres humanos no les es dado comprenderlo; se extiende hasta la eternidad y abarca la sabiduría, el poder y el conocimiento de la eternidad. Personas que no están acostumbradas a nuestra forma de adoración ni a nuestro método de instrucción han observado con frecuencia, respecto a nuestras reuniones en este Tabernáculo, que muy a menudo tratamos muchos temas que otras personas no consideran apropiados para el día de reposo. Hay una razón para ello; se encuentra en el hecho que he señalado: que el Evangelio de Jesucristo abarca toda verdad y, por tanto, todo lo necesario para promover la felicidad del hombre, ampliar su visión y su mente, y desarrollar todo su ser, físico y mental, todo lo de esta naturaleza debe tratarse en el momento y la ocasión en que se necesite. Yo, personalmente, no valoro una religión que limita sus enseñanzas al día de reposo y no entra en la vida cotidiana de quienes la profesan. Las personas pueden ponerse una religión así como se ponen su ropa del domingo y llevarla a la casa de reuniones; y cuando pasa el día, quitársela como se quitan la ropa y volver a sus prácticas habituales. Pero quienes creen en la religión de Jesucristo deben enseñarla y practicarla todos los días de la semana y en todas las ocupaciones de la vida. Y a este respecto, a veces pienso que nosotros, como Santos de los Últimos Días, no cumplimos plenamente con lo que nos corresponde. Permitimos que nuestra religión sea demasiado teórica y no la practicamos hasta el grado que requieren las enseñanzas del Evangelio. Está muy bien que vengamos hoy, escuchemos el discurso que hemos oído y nos regocijemos en su espíritu; pero si no nos llevamos los principios que se enseñan y los aplicamos en nuestra vida, nuestra visita de hoy a este Tabernáculo habrá sido de muy poco provecho. Para este propósito se ha revelado el Evangelio, para este propósito se enseña, para este propósito se ha prometido y derramado el Espíritu Santo: para que quienes lo reciban lleguen a ser mejores hombres y mejores mujeres, lleguen a ser más puros, y para que el mal que parece ser natural en nosotros a causa de nuestra condición caída sea vencido, desarraigado y apartado de nosotros. ¿Serán deshonestos quienes creen y practican el Evangelio? Ciertamente no. ¿Se aprovecharán de sus semejantes? ¿Dirán falsedades acerca de ellos? ¿Se entregarán a la calumnia, los chismes y la maledicencia? ¿Serán envidiosos o estarán llenos de malicia o celos? No, si practican el Evangelio; si el espíritu del Evangelio descansa sobre ellos, no harán ninguna de estas cosas. Si las hacen, serán refrenados en sus sentimientos; el Espíritu de Dios los reprenderá y, si viven como deben, cuando se arrodillen por la noche para pedir perdón por los actos del día que hayan sido impropios a la vista de Dios, se los traerá a la memoria y les mostrará con claridad en qué han fallado en estos asuntos; tendrán el espíritu de arrepentimiento y procurarán apartar tales cosas muy lejos de ellos. De esta manera progresarán. Ahora bien, esto no se nos exige solo hoy, el primer día de la semana, el día de adoración apartado para que nos reunamos, sino también el lunes, el martes y así sucesivamente hasta el sábado. Esta labor de mejoramiento personal, bajo la influencia y el poder del Evangelio y del Espíritu de Dios, debe continuar cada día de nuestra vida, y debe ser un tema constante de reflexión al levantarnos por la mañana y al acostarnos por la noche: ¿En qué hemos dejado de obedecer los principios del Evangelio? ¿He causado algún daño a mi semejante? ¿He contristado al Espíritu del Señor? ¿He descuidado algún deber? ¿He dicho lo que no debía haber dicho? ¿He hecho lo que no debía haber hecho? ¿He sido justo, misericordioso y recto? ¿He permitido que entre en mi corazón algún pensamiento o sentimiento acerca de mi prójimo o de alguno de mis compañeros que no debería albergar? Si lo he hecho, entonces es mi deber, si creo en el Evangelio y deseo practicar sus principios, arrepentirme de ello y confesarlo.

Hubo un tiempo en que Dios exigía a Su pueblo el sacrificio de animales. Traían sus animales y los ofrecían como sacrificios, y obtenían la remisión de los pecados por ese medio. Esto se exigía bajo la ley de Moisés; se exigió hasta la venida del Hijo de Dios, hasta que Él realizó Su gran sacrificio por el hombre. Pero ¿qué nos exige Dios a nosotros? ¿Que traigamos animales y le ofrezcamos holocaustos? No, hoy no nos exige eso, sino que este es el sacrificio que se nos requiere: nos pide que vengamos a Él con el corazón quebrantado y el espíritu contrito. Si lo hacemos, nos aceptará; nuestras ofrendas serán como las de Abel, aceptables a Su vista; pero si acudimos a Él como lo hizo Caín, nuestras ofrendas no le serán aceptables y las rechazará. Pero si ustedes, yo y todos los que profesamos ser seguidores del Señor Jesús nos inclinamos ante Él con humildad de corazón, cada uno con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, ¿cuál será el efecto? Confesaremos nuestras faltas ante Él, porque estarán claras a nuestra vista; nos veremos a nosotros mismos a la luz del Espíritu de Dios y el espíritu de arrepentimiento descansará sobre nosotros. Supongamos que nos inclinamos ante Él porque es la costumbre, de manera formal, adorándolo con los labios mientras nuestro corazón está lejos de Él, repitiendo de memoria ciertas frases que hemos aprendido y a cuyo uso nos hemos acostumbrado; ¿será aceptable semejante ofrenda a la vista de Dios? Ciertamente no. Él desea que quienes lo adoren lo hagan en espíritu y en verdad, y que confiesen sus pecados no solo a Él, sino también unos a otros cuando se hayan agraviado mutuamente. Es mi deber, si he agraviado a mi hermano, acudir a él, confesarlo y pedirle perdón. Si agravio a mi hermana, es mi deber hacer lo mismo. Si obro mal contra mi Dios, es mi deber inclinarme ante Él con humildad y confesar, con contrición de espíritu, el mal que he hecho y suplicarle en el nombre de Jesús que perdone mis pecados. Y este es un deber que recae sobre nosotros como Santos de los Últimos Días.

Estos son algunos de los aspectos prácticos de nuestra religión y, como he dicho, no deben practicarse solo hoy, el primer día de la semana, el día de reposo, sino también mañana, y deben llevarse a la práctica en nuestra vida, en nuestro trato diario unos con otros: ser mansos y humildes de corazón, buscar el Espíritu de Jesús y estar dispuestos a sufrir el mal antes que hacerlo; no ser groseros, ásperos, insensibles ni faltos de bondad en nuestro trato con nuestras familias, sino llevar con nosotros el espíritu de mansedumbre y amor, para que, cuando entremos en nuestros hogares, seamos recibidos con alegría y nuestros hijos se deleiten con nuestra llegada como lo harían con la visita de un ángel si supieran que iba a venir uno. ¿Cuántos de los hombres de esta congregación y de esta Iglesia entran en sus casas con el ceño fruncido, llevando consigo todas sus preocupaciones, perturbando la serenidad de sus familias y haciendo que su presencia resulte desagradable para todos, en lugar de entrar con alegría y paz, llevando consigo el consuelo que siempre debería acompañar su presencia? Quizás sus esposas estén inquietas por el exceso de trabajo, con los nervios alterados por las labores del día o por el calor, lo que las pone de humor irritable; y cuando ambos se encuentran en tales circunstancias, producen roces, malos sentimientos y ofensas. ¿Es deber, derecho o privilegio de un hombre llevar sus preocupaciones a su familia y perturbar la paz y la serenidad que existen allí relatando sus dificultades? Ciertamente no. Cuando su pie se posa en el umbral de su puerta, cualesquiera que sean sus dificultades o perplejidades, debe entrar con el espíritu de paz en el corazón y con el amor de Dios ardiendo en su interior. Si existe irritabilidad, su presencia debe ser un bálsamo para cada miembro de su hogar y, particularmente al hablar con sus hijos, estos deben sentir la influencia de su presencia; y si hubiera sentimientos impropios, deberían calmarse como se aquietan las aguas agitadas y revueltas al verter aceite sobre ellas. ¡Un Santo de los Últimos Días! Piensen en la naturaleza de ese nombre. ¡Un santo de Dios! Debería ser casi como un ángel, de los más perfectos de la familia humana. Debe ser perfecto en su esfera, así como Dios es perfecto en la Suya. Debe estar libre de faltas. Si tiene una falta, debe procurar corregirla cada día y cada hora, y no darse por satisfecho, mientras sea consciente de ella, hasta vencerla, suplicando al Padre en el nombre de Jesús fortaleza para superar su debilidad y poder para apartarla; llevando consigo el espíritu de amor, de serenidad y de paz, para que, cuando se presente en la sociedad, sin importar dónde esté, todos los que entren en contacto con él sientan su influencia y se sientan purificados y fortalecidos por su ejemplo, sus palabras y su sola presencia. Y esto es lo que Dios desea que seamos como Santos de los Últimos Días. Chismear unos de otros, murmurar, calumniar y hablar mal unos de otros: ¿son apropiadas tales cosas para los Santos de los Últimos Días? No. Deben desterrarse de nuestra sociedad y de nuestros hogares. Debe enseñarse a nuestros hijos a obrar mejor. Cuando hablen mal de alguien, se les debe corregir y decir que, si no pueden decir algo bueno de sus semejantes, no digan nada. En lugar de buscar faltas, debe haber caridad, que cubre multitud de pecados. En lugar de fijarse en las faltas de los demás, se les debe enseñar a mirar las suyas propias. Y estas son lo bastante numerosas; tenemos suficientes para mantenernos plenamente ocupados todo el tiempo, con toda la oración y toda la fe que podamos ejercer ante Dios. Nuestras propias faltas, nuestros propios pecados y nuestras propias deficiencias bastan para ocupar toda nuestra atención, sin pensar en los de nuestros semejantes ni hablar jamás de ellos. Quienes poseen el sacerdocio tienen el derecho, y es su deber, de administrar reprensión y señalar las faltas; pero corresponde a los miembros de la Iglesia examinarse a sí mismos. Que cualquier miembro de la Iglesia que piense que, después de atender a sus propias faltas, le sobra tiempo para ocuparse de las de su prójimo, se examine a sí mismo; que se incline ante el Señor y pida que el Santo Espíritu sea derramado sobre él, para poder verse tal como realmente es; y sería muy extraño que no se levantara convencido de que necesitará todo su tiempo para corregir sus propias debilidades e insensateces.

Entonces, ¿somos honrados unos con otros? En mis tratos con mi prójimo, ¿hago con él lo que deseo que él haga conmigo? Si no lo hago, entonces no llevo a la práctica los principios de mi religión. Si me aprovecho de su ignorancia, de su inexperiencia o de sus circunstancias —quizás se encuentre en una situación difícil y se vea obligado a hacer algo que no haría si sus necesidades no lo apremiaran—, ¿cumplo mi deber hacia él como Santo de los Últimos Días? Si me aprovecho de él, entonces no lo trato como me gustaría ser tratado si nuestras posiciones se invirtieran. ¿Entra el espíritu de codicia en mi corazón y pienso: «Ahora tengo una oportunidad de ganar algo o sacar ventaja»? Si es así, entonces no soy un Santo de los Últimos Días en ese aspecto; no llevo a la práctica los principios del Evangelio de Jesucristo, no soy lo que profeso ser y tengo motivo para arrepentirme verdadera y sinceramente y pedir perdón al Señor y a mi hermano.

Esta labor de mejoramiento personal, bajo el poder y la influencia del Evangelio de Jesucristo, es una obra encomendada a cada uno de nosotros. Debe ser la gran obra de nuestra vida; debe ser el pensamiento principal de nuestro corazón. No hay nada mayor. El hermano Stayner observó que, si pudiera ser el medio de salvar una sola alma, cuán grande sería su gozo. Sí, eso es verdad. Y si esa alma fuera únicamente la suya, su gozo sería grande. Pero si fuera el medio de salvar otra alma, su gozo sería aún mayor. Sin embargo, la obra más grande que podemos hacer es vivir de tal manera que nosotros mismos seamos salvos, que nuestros propios actos sean correctos y que nuestra voluntad, nuestros deseos y nuestras pasiones se sometan a la voluntad de Dios. No conozco ninguna obra tan grande e importante para mí como esta. Un hombre puede cumplir una misión; puede realizar innumerables buenas obras; su nombre puede ser proclamado por toda la Iglesia y entre las naciones de la tierra, y las personas pueden aceptarlo como el de un hombre grande y poderoso; pero si ese hombre no se domina a sí mismo ni vive en estricta conformidad con los principios del Evangelio, su posición no hará sino aumentar su condenación. Mucho mejor es la condición del hombre humilde y desconocido, del hombre a quien no se conoce fuera del círculo limitado de sus relaciones inmediatas, que carece de fama, pero vive su religión y practica los principios del Evangelio tal como los enseña el Señor. Mucho mejor es la condición de ese hombre que la del otro, si él hace eso y el otro lo descuida. Este Evangelio nuestro es un Evangelio práctico. No es como nuestra ropa del domingo, que nos ponemos hoy y nos quitamos mañana; debemos llevarlo con nosotros en todos los asuntos de la vida, aplicarlo a todo lo que pensamos, decimos y hacemos, y recordarlo siempre. ¿Y qué clase de pueblo seremos entonces? Seremos un pueblo al que el Señor se deleitará en bendecir, sobre el cual descansarán Su Espíritu y Su poder. Y no importa cuánto se nos difame y se hable mal de nosotros, tendremos el consuelo de saber por el Señor que estamos en lo correcto, que hemos hecho lo que Él requiere y que tenemos Su bendición y Su aprobación. Esto vale más que cualquier otra cosa que pueda obtenerse. Con la experiencia que he tenido en mi vida, preferiría tener la gracia de Dios, la dulzura y la felicidad, la bendición y el consuelo de Su Espíritu, y vivir en una pobreza tan grande como la del indígena de nuestras montañas que vive en estado salvaje, antes que morar en palacios y deleitarme en el lujo y la comodidad sin esa gracia y ese Espíritu. He comprobado esto para mi entera satisfacción, lo he comprobado en circunstancias en que he demostrado que un hombre puede ser tan feliz como un ángel —es decir, tan feliz en su propia esfera— al hacer la voluntad de Dios en medio de la pobreza y las dificultades. No son esas circunstancias externas las fuentes de la felicidad. Por supuesto, es correcto y apropiado que cuidemos los cuerpos que Dios nos ha dado tanto como nuestros espíritus, que los mantengamos limpios, que nuestra ropa sea cómoda y nuestra vivienda adecuada. Dios nos ha dado sabiduría y poder para hacerlo, ha puesto los elementos a nuestro alrededor y nos condenaría si no los utilizáramos para nuestra comodidad y bendición. Pero no son las únicas cosas necesarias. Pueden amontonar dinero hasta llenar este Tabernáculo, y poseerlo no haría feliz a un hombre. Pueden dar a los hombres carruajes y caballos, casas y tierras y todo lo de esta naturaleza, pero, a menos que tengan en su interior el espíritu de felicidad, no serán felices. El hombre que vive cerca de Dios, que tiene el Espíritu de Dios, por humilde que sea, es un hombre feliz; y sin ese Espíritu no hay verdadera felicidad.

Debe ser nuestro empeño constante vivir de tal manera que el Santo Espíritu more siempre con nosotros, para que, al levantarnos por la mañana, nuestra mente y nuestro corazón estén tan despejados como el cielo cuando no hay en él ninguna nube, y nos sintamos en paz con Dios y con los hombres. Todo aquel que profese ser Santo de los Últimos Días debe proponerse no salir de su habitación por la mañana hasta que pueda hacerlo sintiendo ese espíritu de paz, con la frente libre de preocupación y con la conciencia de haber estado en comunión con Dios y de conocer su situación ante Él. Cuando salga de su habitación con ese espíritu, difundirá gozo y alegría por todo su hogar. Si ocurre algo que perturbe la serenidad de un Santo de los Últimos Días, debe apartarse y pedir a Dios, en el nombre de Jesús, que lo quite y derrame sobre él el espíritu de paz y consuelo para llenar su corazón. Por la noche también debe buscarse ese mismo Espíritu de paz. Deben repasarse los pensamientos, las palabras y las acciones del día, y debe buscarse el perdón de lo malo; entonces el hombre puede acostarse en paz, y si Dios, en Su providencia, lo llamara a Su presencia durante la noche, se sentiría en paz con Él y con todos los hombres. De esta manera debemos vivir, y si no vivimos así, no llegamos a ser lo que profesamos ser.

Que Dios nos ayude a vivir de esa manera es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.

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