Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

Despertar a nuestros deberes y honrar nuestros llamamientos.

Por el élder John Taylor, pronunciado en el Tabernáculo, Salt Lake City, el domingo 7 de julio de 1878.

El Señor espera que los Santos de los Últimos Días cumplan fielmente sus responsabilidades, magnifiquen el sacerdocio y santifiquen el día de reposo para contribuir al establecimiento de Su reino.

Una época importante—Preguntas directas—Unas palabras a los obispos—También a los setentas—Honren el día de reposo.


Me han interesado mucho, como sin duda les ha ocurrido a todos ustedes que han asistido a esta conferencia, los principios que aquí se han enseñado. Es cierto que muchísimas personas no han estado presentes para escuchar las cosas de las que han hablado los élderes de Israel y los apóstoles del Señor durante esta conferencia. Sin duda, ha habido diversas reflexiones en relación con los principios expuestos por los distintos oradores; se han enunciado muchas verdades claras; pero necesitamos, como se ha dicho, que se nos despierte continuamente al sentido de nuestro deber y a la comprensión de las grandes responsabilidades que recaen sobre nosotros.

Vivimos en una época muy importante de la historia del mundo, cuando están a punto de acontecer grandes sucesos, y el Señor nos ha llamado a realizar una obra muy grande en nuestros días y en nuestra generación. Él ha enviado una revelación de Su voluntad; ha restaurado el antiguo Evangelio sempiterno; ha restaurado el Santo Sacerdocio; se ha manifestado al abrir los cielos y comunicar Su voluntad, mediante la ministración de ángeles, mediante la organización de Su Iglesia y reino, mediante la manifestación continua de Su Santo Espíritu, impartiendo diariamente fe a los miembros de la familia humana que procuran humilde y diligentemente observar Sus leyes y guardar Sus mandamientos.

El Señor tiene una obra que realizar sobre la tierra; y los poseedores del sacerdocio de la antigüedad que han vivido sobre la tierra y que ahora viven en el cielo también tienen una obra que realizar. Y este Evangelio y este reino se han establecido para que haya un sacerdocio sobre la tierra que obre con Dios y con el sacerdocio de los cielos para el cumplimiento de Sus propósitos, para la redención de los vivos, de todos aquellos que deseen amar la verdad y obrar con rectitud, y para la salvación y redención de los muertos; para que se lleven a cabo los propósitos de Dios desde antes de la fundación del mundo, y para que las leyes, los principios, las reglas y el gobierno, tal como existen en el cielo, se enseñen al hombre sobre la tierra; y para que, mediante la acción y la cooperación del sacerdocio celestial y del sacerdocio terrenal, y de Dios el Padre y de Jesús, el Mediador del nuevo convenio, Heb. 12:24 se pueda efectuar una organización, formar una unión, desarrollar la verdad y establecer un reino, a fin de que la voluntad de Dios se haga sobre la tierra como se hace en el cielo. Mat. 6:10 Luc. 11:2 Y esto es lo que Jesús enseñó a Sus discípulos a pedir en oración: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Mat. 6:10 Luc. 11:2 Pero no podemos hacer la voluntad de Dios como se hace en el cielo hasta que Él la revele; no podemos conocer la voluntad de Dios en el cielo hasta que Él la revele al hombre sobre la tierra. Y así como se requieren los poderes, el espíritu y la sabiduría de Dios para administrar, dirigir y controlar los asuntos de los mundos celestiales y para regular Su reino allí, del mismo modo se requieren el mismo poder, la misma sabiduría, la misma luz e inteligencia para llevar adelante Sus propósitos aquí y establecer Su reino sobre la tierra. Y, por tanto, precisamente con este propósito ha comenzado a revelarse a la familia humana, y también con el propósito de organizar el sacerdocio sempiterno. ¿Sabemos lo que eso significa? Un sacerdocio que ministra en el tiempo y por toda la eternidad; un sacerdocio que está bajo la guía, la dirección y el control del Todopoderoso; un sacerdocio al cual Él comunicará Su voluntad y dará a conocer Sus designios, mediante el cual cumplirá Sus propósitos, edificará Su Sion y establecerá el reino de Dios sobre la tierra. Y con este propósito se establece el reino de Dios; con este propósito se ponen en orden las diversas organizaciones del sacerdocio; con este propósito se ordena y aparta a los hombres para cumplir los diversos deberes y responsabilidades que recaen sobre ellos, ya sea aquí o en el extranjero, según corresponda. No es para buscar nuestra propia ganancia, interés o remuneración, ni para satisfacer los designios y deseos de nuestro corazón; estamos aquí como Jesús estuvo aquí, no para hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que nos envió; Juan 5:30 Juan 6:38 no para hablar nuestras propias palabras, sino las palabras de vida, bajo la inspiración del Altísimo, a fin de que Sion sea instruida en los principios de la rectitud, comprenda las leyes de la vida y pueda cumplir su destino sobre la tierra.

Santos de los Últimos Días, por esto se organizó esta Iglesia; por esto se organizó el sacerdocio; por esto se han enviado mensajeros, se están enviando ahora y se seguirán enviando en mayor abundancia a las naciones de la tierra. Y es apropiado y correcto que, en nuestras conferencias, reflexionemos sobre estas cosas y sobre los deberes y responsabilidades que recaen sobre nosotros, y que nos preguntemos: ¿Estamos cumpliendo con los requisitos del gran Elohim? El hermano Brigham, que acaba de hablar, ha preguntado aquí si este reino fracasará. Les digo, en el nombre del Dios de Israel, que no fracasará. Les digo, en el nombre del Dios de Israel, que seguirá adelante y que se cumplirán las cosas que los santos profetas han dicho acerca de él. Pero, en relación con esto, les diré otra cosa: Muchísimos Santos de los Últimos Días fracasarán; muchos de ellos no están viviendo ahora, ni han vivido jamás, a la altura de sus privilegios, ni han magnificado sus llamamientos y su sacerdocio, y Dios les pedirá cuentas a tales personas a menos que se arrepientan pronto. Hay una negligencia, una insensibilidad, una apatía y una indiferencia que existen en gran medida entre los Santos de los Últimos Días, y nunca hubo prueba más contundente de ello que la que se manifestó aquí ayer. Al contemplar los bancos vacíos, me pregunté: ¿Dónde están todos los obispos? ¿No tienen tiempo para asistir a la conferencia trimestral? ¡Oh, qué vergüenza para tales hombres! ¿Son dignos de ocupar un lugar en el obispado y de asociarse con el Santo Sacerdocio de Dios? Están profanando los santos principios por los cuales deberían regirse. ¿Dónde están sus consejeros?, me pregunté, ¿y dónde están los presbíteros, los maestros y los diáconos? ¿No se manifiesta interés alguno en la Iglesia y el reino de Dios, ni en la Sion que Él está a punto de establecer? No mucho por parte de muchos de ellos. ¿Dónde estaban esos miles de setentas, sumos sacerdotes y élderes? La gran mayoría no estaba aquí; pero hoy sí están, y pensé que les hablaría mientras están presentes, y no cuando estén ausentes. ¿Son las cosas de Dios de tan poca importancia; son los asuntos de la vida, los destinos del mundo y la salvación de los vivos y de los muertos de tan poca importancia que no podemos dedicar un día cada trimestre a atender los deberes de nuestro oficio, a representar nuestros diferentes distritos y a cumplir con los deberes de nuestro sacerdocio y las obligaciones que Dios ha puesto sobre nosotros? Les digo a ustedes, élderes de Israel, que descuidan estas cosas y eluden sus deberes, que Dios quitará su candelero de su lugar, y pronto, D. y C. 63:15 a menos que se arrepientan. Apoc. 2:5 Y se lo digo a los obispos, y se lo digo a todo Israel que posee el sacerdocio. No estamos aquí para hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de nuestro Padre Celestial que nos envió. Juan 5:30 Juan 6:38 Dios nos ha encomendado una misión importante; espera que la cumplamos. Si la tratamos a la ligera y descuidamos nuestros deberes, nos quitará y otros tomarán nuestra corona. Apoc. 3:11 Pero no permitirá que Su reino sea derrocado, porque seguirá adelante, se extenderá y aumentará hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo; y Él reinará para siempre jamás. Apoc. 11:15

Ayer recordé una parábola que el Salvador empleó en Su época.

“Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron a recibir al novio.

“Y cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.

“Las que eran insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite;

“mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.

“Y tardándose el novio, cabecearon todas y se durmieron”. Mat. 25:1–5

Pensé que esa parte estaba casi cumplida, pues a casi todas las personas que pertenecen a esta estaca se las encontró dormidas. Más adelante, o, para citar las palabras del texto:

“Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡He aquí el novio viene! ¡Salid a recibirle!

“Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas.

“Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan.

“Pero las prudentes respondieron, diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden y comprad para vosotras.

“Y mientras ellas iban a comprar, vino el novio; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta”; Mat. 25:6–10 y las otras no entraron, y eso es todo. Y hay otro pasaje de las Escrituras al que me referiré. Jesús dice: “Muchos son los llamados, y pocos los escogidos”. Mat. 20:16 Mat. 22:14 D. y C. 121:40 Y hay muchos otros pasajes particulares de las Escrituras en relación con este asunto. Me referiré a otro: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? Mat. 7:22

“Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. Mat. 7:23 O, en otras palabras: Apártense de mí, nunca los aprobé. ¿A quiénes creen ustedes, mis hermanos y hermanas, que se refieren estos pasajes de las Escrituras? Algunos dirán que a los gentiles; pero yo tengo una opinión muy distinta al respecto. Hay hombres ante mí hoy que han profetizado en el nombre de Dios, que han echado fuera demonios en el nombre de Dios, que han sanado a los enfermos en el nombre de Dios y que han hecho muchos milagros en el nombre de Dios; pero no están guardando Sus mandamientos ni magnificando su sacerdocio; están tratando con ligereza las cosas sagradas, y Dios les pedirá cuentas por ello; y si esperan poder servir al mismo tiempo a las riquezas, al mundo y al diablo, Mat. 6:24 Luc. 16:13 están cometiendo un gran error. Dios les dirá: “Nunca os conocí”. Mat. 7:23 Ahora bien, yo estaré allí, y ustedes estarán allí; y les advierto, en el nombre de Jesús, que se arrepientan de sus pecados, se humillen y, de ahora en adelante, magnifiquen su sacerdocio y honren a su Dios.

¿Cómo están nuestros diversos cuórums y autoridades, y cómo están muchos de los obispos? No les importan mucho las cosas, sea cual sea el rumbo que tomen. Tienen tiempo para atender sus actividades comerciales, sus transacciones, sus negocios y sus placeres, pero no tienen tiempo para atender la causa de Dios ni los intereses del rebaño sobre el cual Él los ha puesto. Pero si no pueden encontrar tiempo, Dios encontrará un pueblo que sí encuentre tiempo para atender Sus asuntos. Durante años, y especialmente en los últimos años, hemos estado ocupados en organizar la Iglesia de manera más perfecta. Y hemos estado ordenando hombres en los diversos cuórums durante los últimos cuarenta años; ¿y para qué? ¿Simplemente para darles un lugar, una posición y el sacerdocio? No, les digo que no; sino para que, poseyendo el santo sacerdocio, lo magnifiquen y lleguen a ser salvadores de los hombres. D. y C. 103:9 Pero ¿no ocurre que muchos de nuestros élderes y setentas procuran ver cuán poco pueden hacer para salvarse y conservar su condición de miembros de la Iglesia, en lugar de cuánto pueden hacer? Pues todos los cielos están esperando nuestras acciones; los Dioses de los mundos eternos y los padres de los espíritus de los difuntos, el santo sacerdocio detrás del velo, todos están esperando nuestras acciones para ver lo que haremos. Y se nos encuentra dormidos, descuidados e indiferentes, dispuestos a que cualquiera realice la obra del Señor con tal de que a nosotros se nos deje fuera. Les digo, en el nombre de Dios, que Él les concederá su deseo; los dejará fuera, a menos que se arrepientan pronto. “No os engañéis; Dios no puede ser burlado, porque todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Gál. 6:7–8 Pero ¿cuáles son los deberes de estos setentas, tantos de los cuales están ante mí hoy? Según lo que leo, deben estar bajo la dirección de los Doce y estar disponibles para ir a las naciones de la tierra como mensajeros, D. y C. 107:34 y prepararse para ese propósito. A veces hablamos de la obra que hemos realizado. Relativamente pocos hombres han realizado esta obra, y la gran mayoría no ha hecho casi nada. ¿Cuántas naciones quedan todavía sin amonestar y no saben nada de los principios de la salvación? Nuestros padres están preocupados por ellas y esperan que nosotros les llevemos la palabra. ¡Oh, qué vergüenza para los élderes de Israel, especialmente para los setentas, que han sido llamados expresamente a esta obra! Hace poco recibí una carta de uno de nuestros élderes que está trabajando fiel y diligentemente en el ministerio, en la que escribe algo así: “Si puede enviarme dos o tres élderes aquí, se lo agradeceré mucho; si los setentas o los élderes no consideran que es demasiada molestia venir aquí”. ¿Cómo? ¿Demasiada molestia para los élderes de Israel proclamar las palabras de vida y salvación a sus semejantes y magnificar su llamamiento y sacerdocio? ¡Oh, qué vergüenza para tales élderes, tales setentas y tales sumos sacerdotes; qué vergüenza para ellos! Dios, les digo en el nombre de Dios, los hará responsables de estas cosas. Y, sin embargo, lo que dijo ese hombre era casi enteramente cierto. Si un hombre va a una misión, piensa que está realizando algo maravilloso. En años anteriores solíamos considerarlo nuestro deber, una de las cosas que Dios requería de nosotros. Nos manteníamos preparados en todo momento. Y algunos de nosotros que nunca hemos salido al extranjero comenzamos a hablar de la gran obra que hemos realizado. ¡Cómo flotamos las manzanas!, ¿verdad? Hablar de lo que hemos hecho, cuando quizá cientos y miles de hermanos que jamás han salido al extranjero en una misión en toda su vida considerarían una gran calamidad ser llamados a servir en una misión en el extranjero.

Estoy hablando con franqueza, pero es verdad ante Dios, y ustedes saben que es verdad, y yo sé que es verdad. Y les digo a ustedes, setentas, y a ustedes, élderes: ¡Despierten! Dios les ha conferido el sacerdocio y espera que lo magnifiquen, y que no estén todo el día, año tras año, cantando: “Duérmete, pequeño, en la copa del árbol; cuando sople el viento, la cuna se mecerá”. Queremos algo más; queremos que se manifiesten en Israel la hombría, el sacerdocio y el poder de Dios, y que el Espíritu de Dios se derrame sobre Israel y sobre sus élderes. Y ruego a Dios, el Padre Eterno, que despierte a estos élderes, para que el espíritu de su misión repose sobre ellos y comprendan su verdadera posición ante Dios.

Ahora bien, no habría dicho estas cosas ante una congregación pública si no se las hubiera dicho con frecuencia en sus reuniones del sacerdocio. Pero es hora de que despertemos al sentido de la posición que ocupamos ante Dios; porque no está lejano el día en que oiremos de guerras y rumores de guerras; JS—M 1:23, 28 D. y C. 45:26 no solo rumores de guerras, sino guerras mismas: nación enfrentada contra nación, agarrándose unas a otras por el cuello, y correrá la sangre, y una matanza general se extenderá por las tierras; y si no magnifican sus llamamientos, Dios los hará responsables de aquellos a quienes podrían haber salvado si hubieran cumplido con su deber. ¿Cuántos de ustedes pueden decir: Mis vestidos están limpios de la sangre de esta generación? Jacob 1:19 D. y C. 88:75, 85 D. y C. 112:33 Hablo en favor de las naciones y de sus habitantes, y de los de corazón sincero que no conocen a Dios ni Sus leyes. Él nos ha llamado a iluminarlos, a difundir la verdad, a dar a conocer los principios del Evangelio y a señalar el camino de la vida. Y a nosotros nos corresponde atender estas cosas para obtener el favor y la aprobación de Dios.

Pero somos descuidados e irreflexivos; y, como ya se ha señalado, prestamos muy poca atención al día de reposo. Éx. 20:8–11 Algunos prefieren ir a esas excursiones dominicales y llevar a sus familias consigo, conduciéndolas por senderos que llevan a la muerte, antes que traerlas a la casa de Dios. Pero permítanme decir a todos los que hacen esto que, tan ciertamente como lo hagan, tendrán que sentir, y muy profundamente también, el resultado de sus actos, y esos resultados los seguirán en el tiempo y por toda la eternidad. Y los exhorto, Santos de los Últimos Días, a arrepentirse de sus iniquidades y a santificar el día de reposo, Éx. 20:8 a apartarlo como un día de descanso, Éx. 31:15 un día para reunirse a ofrecer sus sacramentos D. y C. 59:9–13 y escuchar las palabras de vida, y así ser hallados guardando los mandamientos y dando un buen ejemplo a sus hijos. Mar. 2:26 (TJS) Hagamos lo que es correcto, honremos a nuestro Dios y magnifiquemos nuestro llamamiento, y el Espíritu y la bendición de Dios reposarán sobre nosotros. Pero si no hacemos estas cosas, Su Espíritu se apartará de nosotros y quedaremos abandonados a nosotros mismos. Morm. 2:26 Dios no será burlado por Su pueblo ni por ningún otro pueblo; sino que segaremos la recompensa de nuestros hechos. Gál. 6:7–8

Hablamos de ser un buen pueblo. Pues bien, lo somos en comparación con el resto del mundo; pero deberíamos ser veinte veces mejores de lo que somos hoy. Y si nosotros, como Santos de los Últimos Días, observáramos estrictamente el día de reposo, pagáramos nuestros diezmos y ofrendas, cumpliéramos nuestros compromisos, tuviéramos menos apego a las cosas del mundo y estuviéramos unidos en las cosas temporales y espirituales, D. y C. 78:5–6 Sion se levantaría y resplandecería, y la gloria de Dios reposaría sobre ella. Isa. 60:1 Y no pasaría mucho tiempo antes de que todas las naciones nos llamaran bienaventurados. Mal. 3:12 Pero somos perezosos, descuidados e indiferentes, y desatendemos nuestro deber y las responsabilidades que recaen sobre nosotros.

Ruego que Dios ilumine nuestra mente y nos guíe por los senderos de la vida; Sal. 16:11 2 Ne. 31:18 y que honremos nuestro llamamiento y a nuestro Dios; que se nos halle dignos de asociarnos con los justos sobre la tierra y que, junto con ellos, obtengamos una herencia en el reino de Dios, en el nombre de Jesús. Amén.

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